Guadalupe, un Milagro perpetuo (II)


Las mediciones ginecológicas han determinado que la Virgen de la imagen posee las dimensiones físicas de una mujer embarazada de tres meses. Bajo el cinto que sujeta el vestido, en el emplazamiento justo del embrión, destaca una flor de cuatro pétalos: es la flor solar, el más habitual de los jeroglíficos aztecas, que para ellos simboliza la divinidad, el centro del mundo, del cielo, del tiempo y del espacio. Del cuello de la Virgen pende un broche cuyo centro está adornado con una pequeña cruz que recuerda la muerte de Cristo en la Cruz por la salvación de todos los hombres. Otros detalles de la imagen de María la convierten en un documento extraordinario para nuestra época, en que pueden constatarse gracias a las técnicas modernas.

De ese modo, la ciencia, que ha servido con frecuencia de pretexto a la incredulidad, nos ayuda en la actualidad a hacer patentes las señales que habían quedado escondidas durante siglos y para las que no encuentra explicación.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe lleva consigo un mensaje evangelizador: la basílica de México es un centro “de donde fluye un río de luz del Evangelio de Cristo, derramándose por toda la tierra por medio de la imagen misericordiosa de María” (Juan Pablo II, 12 de diciembre de 1981). Además, mediante su intervención en favor del pueblo azteca, la Virgen ha contribuido a salvar innumerables vidas humanas, y su embarazo puede interpretarse como una llamada especial en favor de los niños que van a nacer y en defensa de la vida humana; esta llamada es de relevante actualidad, ya que en nuestros días se multiplican y se agravan las amenazas contra la vida de las personas y de los pueblos, sobre todo cuando esa vida es débil y carece de defensa. “Todos los delitos que se oponen a la misma vida, como son los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia... todo esto y otras plagas análogas son, ciertamente, lacras que afean a la civilización humana; en realidad rebajan más a los que así se comportan que a los que sufren la injusticia. Y ciertamente están en máxima contradicción con el honor debido al Creador” (Gaudium et Spes, 27). Frente a esos azotes, que se desarrollan gracias a los progresos científicos y técnicos, y que se aprovechan de un amplio consenso social y de reconocimientos legales, invoquemos a María con confianza. Ella es un “modelo incomparable de acogida y cuidado de la vida... Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en Él” (Juan Pablo II, Evangelium vitae). “La muerte y la vida tuvieron enconada lucha; murió el Autor de la vida, pero ahora reina vivo” (Secuencia Pascual).

Pidamos a san Juan Diego, canonizado por el Papa Juan Pablo II el 31 de julio de 2002, que nos inspire una verdadera devoción hacia nuestra Madre del Cielo, pues “la compasión de María alcanza a todos los que la solicitan, aunque sea solamente con una sencilla Ave María” (San Alfonso de Ligorio). Ella obtendrá para nosotros la misericordia de Dios, especialmente si hemos caído en faltas graves, porque es Madre de Misericordia.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 26 de mayo de 2004

Acuérdate de nosotros, bienaventurado san José


Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.

Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad. Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor.

Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia, ¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial gratitud y reverencia.

Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido a los patriarcas y a los profetas.

Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.

Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: Pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito.

Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.

Fuente: De los Sermones de san Bernardino de Siena, presbítero

Protector de la Santa Iglesia (II)


Este patrocinio debe ser invocado y todavía es necesario a la Iglesia no sólo como defensa contra los peligros que surgen, sino también y sobre todo como aliento en su renovado empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos países y naciones, en los que la religión y la vida cristiana fueron florecientes y que están ahora sometidos a dura prueba. Para llevar el primer anuncio de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está descuidado u olvidado, la Iglesia tiene necesidad de un especial “poder desde lo alto” (cf. Lc 24, 49; Act 1, 8), don ciertamente del Espíritu del Señor, no desligado de la intercesión y del ejemplo de sus Santos.

Además de la certeza en su segura protección, la Iglesia confía también en el ejemplo insigne de José; un ejemplo que supera los estados de vida particulares y se propone a toda la Comunidad cristiana, cualesquiera que sean las condiciones y las funciones de cada fiel.

La actitud fundamental de toda la Iglesia debe ser de religiosa escucha de la Palabra de Dios, esto es, de disponibilidad absoluta para servir fielmente a la voluntad salvífica de Dios revelada en Jesús. Ya al inicio de la redención humana encontramos el modelo de obediencia -después del de María- precisamente en José, el cual se distingue por la fiel ejecución de los mandatos de Dios.

Pablo VI invitaba a invocar este patrocinio “como la Iglesia, en estos últimos tiempos suele hacer; ante todo, para sí, en una espontánea reflexión teológica sobre la relación de la acción divina con la acción humana, en la gran economía de la redención, en la que la primera, la divina, es completamente suficiente, pero la segunda, la humana, la nuestra, aunque no puede nada (cf. Jn 15, 5), nunca está dispensada de una humilde, pero condicional y ennoblecedora colaboración. Además, la Iglesia lo invoca como protector con un profundo y actualísimo deseo de hacer florecer su terrena existencia con genuinas virtudes evangélicas, como resplandecen en san José”.

La Iglesia transforma estas exigencias en oración. Y recordando que Dios ha confiado los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación, que le dé un corazón puro, como san José, que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado, y que “por el ejemplo y la intercesión de san José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados en justicia y santidad”.

Hace ya cien años el Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel “amor paterno” que José “profesaba al niño Jesús”; a él, “próvido custodio de la Sagrada Familia” recomendaba la “heredad que Jesucristo conquistó con su sangre”. Desde entonces, la Iglesia implora la protección de san José en virtud de “aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María”, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana.

Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras de León XIII: “Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios... Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas...; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad”. Aún hoy existen suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san José.

Deseo vivamente que el presente recuerdo de la figura de san José renueve también en nosotros la intensidad de la oración que hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle. Esta plegaria y la misma figura de José adquieren una renovada actualidad para la Iglesia.

Encomendándonos, por tanto, a la protección de aquel a quien Dios mismo “confió la custodia de sus tesoros más preciosos y más grandes” aprendamos al mismo tiempo de él a servir a la “economía de la salvación”. Que san José sea para todos un maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo, tarea que en la Iglesia compete a todos y a cada uno: a los esposos y a los padres, a quienes viven del trabajo de sus manos o de cualquier otro trabajo, a las personas llamadas a la vida contemplativa, así como a las llamadas al apostolado.

El varón justo, que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua Alianza, ha sido también introducido en el “comienzo” de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él nos indique el camino de esta Alianza salvífica, cual debe perdurar y desarrollarse ulteriormente la “plenitud de los tiempos”, que es propia del misterio inefable de la encarnación del Verbo.

Que san José obtenga para la Iglesia y para el mundo, así como para cada uno de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Protector de la Santa Iglesia (I)


Llamado a ser el Custodio del Redentor, “José... hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24).

Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio, han subrayado que san José, al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo.

En el centenario de la publicación de la Carta Encíclica Quamquam pluries del Papa León XIII, y siguiendo la huella de la secular veneración a san José, deseo presentar a la consideración de vosotros, algunas reflexiones sobre aquél al cual Dios “confió la custodia de sus tesoros más preciosos”. Con profunda alegría cumplo este deber pastoral, para que en todos crezca la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente.

De este modo, todo el pueblo cristiano no sólo recurrirá con mayor fervor a san José e invocará confiado su patrocinio, sino que tendrá siempre presente ante sus ojos su humilde y maduro modo de servir, así como de “participar” en la economía de la salvación.

Considero, en efecto, que el volver a reflexionar sobre la participación del Esposo de María en el misterio divino consentirá a la Iglesia, en camino hacia el futuro junto con toda la humanidad, encontrar continuamente su identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio de la Encarnación.

Precisamente José de Nazaret “participó” en este misterio como ninguna otra persona, a excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. Él participó en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por cuyo poder el eterno Padre “nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo” (Ef 1, 5).

En tiempos difíciles para la Iglesia, Pío IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo declaró “Patrono de la Iglesia Católica”. El Pontífice sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida por Dios a este su siervo fiel, “la Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias”.

¿Cuáles son los motivos para tal confianza? León XIII los expone así: “Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial Patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús (...). José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia (...). Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Brochero, el Cura santo


Desde sus años de seminario adquirió hábitos auténticos de oración. Probablemente ha sido la espiritualidad ignaciana la que le suministró los elementos más valiosos y acordes a su personalidad. Cuando iba a Córdoba solía alojarse en la casa de la Compañía. Gustaba rezar en el presbiterio de la capilla y, con tal fervor, qué le llamó poderosamente la atención al Maestro de Novicios y que se lo ponía por modelo y ejemplo. A pesar de su vida tan activa y desigual, siempre se lo vio celebrar la Misa, rezar su breviario y su rosario. Sus largos viajes a caballo o mula lo sorprendían muchas veces en lugares solitarios e inhóspitos. No obstante había pedido permiso para celebrar en casas de familia (llamado licencia de altar portátil) para no dejar su Misa diaria. Y en sus últimos años celebraba de memoria la Misa de la Virgen cuando ya estaba ciego. Quienes lo acompañaban en sus largos viajes por la sierra también cuentan que solía retirarse en soledad para rezar el Oficio Divino que llevaba envuelto en un pañuelo.

No sólo era exigente en las tandas que organizaba, sino que más lo era consigo mismo. El padre Antonio Alonso, mayordomo del seminario, nos cuenta cómo solía hacer sus Ejercicios anuales. “El señor Brochero era el número uno en espíritu... era quien hincado en un reclinatorio solía leer los puntos para la primera meditación de la mañana antes de las misas. En tiempos libres de descanso paseaba por los patios, leyendo el libro de Tomás de Kempis. Ya terminadas en la capilla las oraciones últimas de la noche, convidaba a sus compañeros sacerdotes para que lo acompañaran en la penitencia que practicaba”.

Tenía también un grandísimo amor a la Santísima Virgen, particularmente a la Inmaculada. Su gran devoción fue el rezo del santo rosario, oración que se adaptaba tan bien a su vida. Se lo veía con frecuencia rezarlo repetidamente. El padre Aznar, que siguió sus pasos, nos dice que “predicaba con gran gusto y elocuencia” sobre la Madre de Dios; y nos informa que aún mucha gente que lo escuchó “reza todavía dos veces el santo rosario; una vez por la mañana y otra por la noche”. Y gracias a él “estaba arraigado el rezo del rosario en los hogares con la asistencia de todas las personas de la casa, incluso los domésticos”.

En sus largas travesías, cuenta un anciano que lo acompañaba, “llevaba el Santo Evangelio, lo leía, se callaba, meditaba, y después predicaba”.

Cuando contrajo la lepra la gente se lamentaba de su enfermedad. Pero él dijo que así “estaba mejor para meditar piadosamente en las cosas de Nuestro Señor”.

Brochero conservó hasta su última enfermedad la frescura de su ser sacerdotal, en momentos en que no se sustenta si no es con heroísmo.

“La fama de su santidad no se funda únicamente en las anécdotas sino porque realmente era santo a mi entender, un santo popular como San Juan Bosco”. (Dr. Benjamín Galíndez).

De una Carta de san José Gabriel del Rosario al Obispo de Santiago del Estero, Juan Martín Yániz:

Recordarás que yo sabía decir de mí mismo, que iba a ser tan enérgico siempre, como el caballo chesche que se murió galopando; pero jamás tuve presente que Dios Nuestro Señor es y era quien vivifica y mortifica, quien da las energías físicas y morales y quien las quita. Pues bien, yo estoy ciego casi al remate, apenas distingo la luz del día, y no puedo verme ni mis manos, a más estoy casi sin tacto desde los codos hasta la punta de los dedos y de las rodillas hasta los pies, y así otra persona me tiene que vestir o prenderme la ropa. La Misa la digo de memoria, y es aquella de la Virgen cuyo Evangelio es: “extollens quaedam mulier de turba...”; para partir la hostia consagrada, y para poner en medio del corporal la hijuela cuadrada, llamo al ayudante para que me indique que la forma le he tomado bien, para que se parta por donde la he señalado, y que la hijuela cuadrada está en el centro del corporal para hacerlo doblar; me cuesta mucho hincarme y muchísimo más levantarme, a pesar de tomarme de la mesa del altar. Ya ves el estado a que ha quedado reducido el chesche, el enérgico, el brioso. Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva, quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo.

Fuente: Pbro. Ramiro Sáenz, San José Gabriel del Rosario Brochero y su tiempo

San José, esposo de la Madre de Dios (III)


He aquí cómo se expresa Santa Teresa: “Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa, que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras muchas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aún hay muchas personas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad”.

Pío IX para responder a los numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de septiembre de 1847, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio de San José, que estaba concedida a la Orden del Carmen y a algunas iglesias particulares. Más tarde Pío X la elevó a la categoría de las mayores solemnidades dotándola de una octava. Su Santidad, el Papa Pío XII, deseando dar un patrono especial a todos los obreros del mundo, ha instituido una nueva fiesta, que se celebrará el primero de mayo; y ha decretado que la fiesta del 19 de marzo honre a la vez a San José como esposo de la Santísima Virgen y como Patrono de la Iglesia universal.

Dios sometió al Esposo de María a una prueba durísima. José, tal es la experiencia de las almas más santas, había de ser para sus devotos una guía incomparable en la vía espiritual; y esta es la razón por la que él debía conocer también la aflicción, crisol necesario, donde toda santidad se purifica. Mas la Sabiduría no abandona nunca a aquellos que buscan sus veredas. Como lo canta la Iglesia, ella conducía al justo por las vías rectas, sin la cual, él no tiene conocimiento, y le mostraba su divina luz en esta noche donde sus pensamientos buscaban penosamente descubrir el camino de la justicia; le fue dado el conocimiento de los secretos celestiales; en recompensa del sufrimiento del corazón, veía el lugar que le reservaba el inescrutable plan de la Divina Providencia, en este reino de Dios, cuyos resplandores estaban llamados a iluminar por siempre, desde su pobre morada, al mundo entero. Verdaderamente, pues, podía reconocer que la Sabiduría, en efecto, había ennoblecido su trabajo y fecundado sus penas. Siempre del mismo a modo da a los justos el premio de sus trabajos y les conduce por vías admirables.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

La maternidad divina de María (I)


Una fórmula de bendición muy antigua, recogida en el libro de los Números, reza así: “El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm 6, 24-26). Con estas palabras que la liturgia nos hizo volver a escuchar en el primer día del año, os expreso mis mejores deseos a vosotros.

Celebramos la solemne fiesta de María, Madre de Dios. “Madre de Dios”, Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo.

Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre, de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Por eso, después de una larga discusión, en el concilio de Éfeso, se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título de Theotokos, Madre de Dios.

Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado “verdadero Dios y verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad”. El concilio Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina.

El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

En estos días de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de Oriente. Más tarde, en la fiesta de la “Presentación del Señor”, que celebraremos el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos “contemporáneos” de los pastores, de los Magos, de Simeón y Ana, y mientras vamos con ellos nos sentimos llenos de alegría, porque Dios ha querido ser Dios con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.

¡Feliz año a todos! Que el nuevo año, iniciado bajo el signo de la Virgen María, nos haga sentir más vivamente su presencia materna, de forma que, sostenidos y confortados por la protección de la Virgen, podamos contemplar con ojos renovados el rostro de su Hijo Jesús y caminar más ágilmente por la senda del bien.

Confiémonos a la Virgen María, para que nos conduzca a su Hijo Jesucristo y nos haga valientes constructores de su reino en este mundo. Una vez más: ¡Feliz año a todos!

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 2 de enero de 2008

Contemplando al Santo Niño de Praga


La imagen del Niño Jesús lleva inmediatamente a pensar en el misterio de la Encarnación, en el Dios omnipotente que se hizo hombre y vivió treinta años en la humilde familia de Nazaret, confiado por la Providencia a la solícita custodia de María y de José. El pensamiento se dirige a todas las familias del mundo, a sus alegrías y a sus dificultades. A la reflexión unimos la oración, invocando del Niño Jesús el don de la unidad y de la concordia para todas las familias. Pensamos especialmente en las familias jóvenes, que deben esforzarse tanto para dar a sus hijos seguridad y un futuro digno. Oramos por las familias en dificultad, probadas por la enfermedad y el dolor, por las que están en crisis, desunidas o desgarradas por la discordia y la infidelidad. A todas las encomendamos al Santo Niño de Praga, sabiendo cuán importante es su estabilidad y su concordia para el verdadero progreso de la sociedad y para el futuro de la humanidad.

La imagen del Niño Jesús, con la ternura de su infancia, nos permite además percibir la cercanía de Dios y su amor. Comprendemos lo preciosos que somos a sus ojos porque, precisamente gracias a Él, nos hemos convertido en hijos de Dios, en el rostro de cada ser humano, brilla la imagen de Dios.

Esto vale sobre todo para los niños. En el Santo Niño de Praga contemplamos la belleza de la infancia y la predilección que Jesucristo siempre manifestó hacia los pequeños, como leemos en el Evangelio. ¡Cuántos niños, en cambio, no son amados ni acogidos ni respetados! ¡Cuántos son víctimas de la violencia y de toda forma de explotación por parte de personas sin escrúpulos! Que se reserve a los menores el respeto y la atención que se les debe: los niños son el futuro y la esperanza de la humanidad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Discurso del 26 de septiembre de 2009

Escritos sobre la Virgen María (II)


¡Hijos míos, estrechémonos a María Santísima y estaremos salvados!

Invoquemos incesantemente su materno patrocinio y tengamos viva la fe: de María podemos y debemos esperar todo. Ella sola bastará para hacernos triunfar de toda tentación, de todo enemigo, para hacernos superar todas las dificultades, para vencer cada batalla por el bien de nuestras almas y por la santa causa y el triunfo de la Iglesia de Jesucristo.

¡Beatos aquellos que se abandonan en las manos de María! Beatos aquellos que le ofrecen al Señor sus oraciones, sus sacrificios, los sudores, las lágrimas, las cruces en las manos de María. ¿No serán nuestras oraciones más gratas a Dios y más eficaces? ¿No serán nuestras buenas obras, nuestras tribulaciones más valoradas por los méritos altísimos de María?

¡Gran confianza, entonces, en María Santísima, oh hijos míos, gran confianza y devoción tiernísima a María! ¡Oh la utilidad, por no decir la necesidad, de la devoción a María! Humildad, mortificación, pureza, caridad, oración y confianza en María: a Ella Jesús no le puede negar nada, de Ella todo, con Ella todo, con Ella nosotros podemos todo.

¡Ave María y adelante!

Su benignidad no sólo socorre a quien lo pide, sino, muchas veces se adelanta a la demanda.

¡Ave María y adelante, adelante!

Que nos abra el corazón el “Recuerda, piadosísima Virgen” de San Bernardo. ¡Pensemos cuántas gracias hemos tenido por las manos de María! Recordemos lo que dijo San Pedro Damián, que María, no tiene, después de Dios, quien la supere o la iguale en amarnos.

¡Ave, Oh María, llena de gracias, intercede por nosotros!

¿Qué hubiésemos podido nosotros, sin Ti? ¿Y qué podríamos, si Tú no estuvieses con nosotros? Oh entonces, dinos: ¿A quién iremos nosotros sino a Ti?

¿No eres Tú la meridiana antorcha de caridad? ¿No eres la fuente viva de aceite y de bálsamo? ¿Tal vez no es en Ti, oh bendita entre las mujeres, que Dios ha reunido toda la potencia, la bondad y la misericordia? Oh sí: En Ti misericordia, en Ti piedad, en Ti magnificencia, en Ti se reúne. ¡Sí, sí, Oh Santa Virgen mía! Todo Tú tienes y ¡todo Tú lo puedes, lo que tú quieras!

¡Y luego...y luego el Santo Paraíso! Cerca de Ti, María: ¡siempre con Jesús, siempre contigo, sentados a tus pies, oh Madre nuestra, en el Paraíso, en el Paraíso!

Fuente: San Luis Orione, carta del 27 de junio de 1937

El Oficio Divino (II)


El Oficio divino se compone en máxima parte de textos sacados de la Sagrada Escritura e inspirados por el Espíritu Santo. No encontraremos, por lo tanto, oraciones vocales más bellas y aptas para alabar a la Majestad divina. Por ellas, el Espíritu Santo intercede “a favor nuestro con gemidos inenarrables” (Rom. 8, 26). Y siendo tan rica en doctrina y en unción, proporcionan sólido alimento a la oración personal. Todas estas razones nos hacen comprender que “a la dignidad excelsa de esta oración debe corresponder la devoción interna de nuestra alma” (Mediator Dei), de modo que “nuestra mente esté acorde con nuestra voz”, como dice San Agustín. Por ser el Oficio divino la oración que la Iglesia eleva a Dios en compañía de Jesús, su Cabeza, y por estar inspirada por el Espíritu Santo, tiene ya un grandísimo valor intrínseco; pero esa riqueza no tendrá valor para nosotros -para fomentar nuestra unión con Dios y atraernos las bendiciones divinas-, no será oración nuestra, si no la secundamos con nuestra devoción personal. La Iglesia, en cuanto sociedad de los fieles, ora con el corazón de sus hijos, ora con nuestro corazón, y cuanto más fervoroso y lleno de amor se halle éste, tanto más agradable será a Dios nuestra oración, oración de la Iglesia.

Aunque no tenga obligación de rezar el Oficio divino y se limite a algunas pocas oraciones escogidas del Breviario, es bueno que toda alma de vida interior procure apropiarse el espíritu de la oración litúrgica y hacerla suyo, espíritu de alabanza y adoración que quiere prestar a Dios culto perenne junto con Cristo y en nombre de toda la Iglesia; espíritu de solidaridad con Jesús nuestra Cabeza y con todos nuestros hermanos creyentes; espíritu universal que abarca las necesidades de todo el mundo, que ora en nombre de toda la cristiandad. ¡Cómo se amplían así los horizontes y las intenciones de nuestra oración! Orando no nos sentiremos ya solos, sino pequeños orantes al lado de Jesús, el gran Orante.

“Prefiero, ¡oh Señor!, consumir mis fuerzas alabándote. Pero no es posible desfallecer alabándote a Ti. Alabarte es como tomar alimento; cuanto más te alabo, más fuerte me siento, porque tanta mayor dulzura me infundes Tú, que eres el objeto de mis alabanzas. Ayúdame a ensalzarte con la voz y la mente y las buenas obras, de modo que pueda cantarte el cántico nuevo al que me exhortas en la Sagrada Escritura. Para el hombre viejo el cantar viejo; para el hombre nuevo el canto nuevo. Si amo las cosas terrenas, mi canto es viejo; para cantar el cántico nuevo debo amar las cosas eternas. Tu amor es de suyo nuevo y eterno; es siempre nuevo, precisamente porque nunca envejece. El pecado es lo que me envejeció. Renuévame Tú con tu gracia” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

María nos recibió como a hijos, y como a tales nos ama


María, no sólo es poderosísima para obtenernos de Dios toda clase de bienes, sino que además, por ser nuestra madre santísima, desea alcanzárnoslos con su intercesión. María es nuestra madre: madre clementísima, madre llena de misericordia; nosotros somos sus hijos, que mucho le hemos costado, ya que nos dio a luz con mucha angustia y crueles sufrimientos en la cima ensangrentada del Calvario. En el Gólgota Cristo, a punto de morir, nos recomendó y entregó como hijos a María, su madre, en la persona de Juan, el discípulo amado; y ella nos recibió como a hijos, y como a tales nos ama, nos mira, nos protege; aparta de nosotros todos los males; mitiga nuestras penas, infunde el consuelo celestial en los corazones atormentados.

¿Estamos enfermos? Acudamos a María, que es la “Salud de los enfermos”, y pronto nos restableceremos. ¿Estamos angustiados por la tristeza o las preocupaciones? Acudamos a María, que es “Consuelo de los afligidos”, y seremos consolados. ¿Hemos pecado o nos hallamos en peligro de pecar? Acudamos a María, que es llamada “Refugio de los pecadores” y ella nos librará del pecado o nos apartara del peligro. ¿Necesitamos gracia o ayuda? Acudamos a María, que es llamada “Auxilio de los cristianos”, y ella proveerá a nuestras necesidades.

¿Por ventura tememos que nos rechace? Rechacemos todo temor, hermanos; en María no hay aspereza alguna: en ella todo es gracia, amar, suavidad, misericordia. Decidme: si en las bodas de Cana, compadecida de los esposos, sin que nadie se lo pidiera, impulsó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino, ¿cuánto más no intercederá por nosotros, si se lo pedimos humildemente? Si María pudo e hizo tanto cuándo estaba aquí en la tierra, ¿cuánto mayor, amadísimos, no será su poder y su intervención ahora que triunfa en el cielo, y está sentada a la derecha del Hijo, constituida madre de los hombres, reina de los ángeles, Señora del universo?

¿Cuánto mayor, - repito -, no será su poder y su intervención, ella que es amada en el cielo, deseada por la tierra, terrible para el infierno? ¿Qué más podemos añadir? Asunta al cielo, María es Madre de Dios y Madre nuestra; nos ama con amar de madre, intercede por nosotros con gran interés, y desea ardientemente vernos un día asociados a su gloria y felicidad; por eso, tengamos por cierto que recibiremos de ella toda clase de bienes.

Depositemos, pues, en María una gran esperanza, ya que ella desea intensamente favorecernos; mayor es su solicitud en favorecernos que el nuestro en obtener sus favores. Tengámosle una gran devoción, pues no podemos ser buenos discípulos de Cristo, si no veneramos adecuadamente a María.

La venera la Iglesia, que levanta en su honor altares y edificios sagrados, instituye fiestas, compone oraciones para que los fieles las reciten. Celebrad, pues, con piedad, las fiestas de María, visitad con frecuencia sus iglesias, sus altares, sus imágenes.

¿Queréis agradar a Dios? ¿Queréis complacer a María y merecer su maternal patrocinio? Sed humildes, desprendidos de las cosas del mundo, guardad puro y casto el corazón y el espíritu; sed pacientes en la tribulación, obedientes a las leyes, sumisos a los superiores; amad a Dios y al prójimo. María os colmara de gracias y beneficios; os asistirá en la hora de vuestra muerte; os llevara finalmente a la gloria de los bienaventurados, donde viviréis con ella eternamente.

Fuente: De los Sermones de san Antonio María Pucci, presbítero

El sábado, día de la Virgen


Desde hace muchos siglos se dedica el sábado a venerar de manera especial a la Santísima Virgen. Se suele celebrar la Misa de “Santa María en Sábado”, como se la llama; a veces en tal día se canta solemnemente la Salve Regina.

Como devoción concreta al alcance de todos nombremos ante todo los cinco primeros sábados de mes. La Virgen de Fátima ha vinculado una promesa de salvación a los que comulgan con sentido de reparación tales días.

Asimismo el sábado se puede rezar -en público o en privado- lo que se llama la Sabatina, o sea una especial súplica a la Virgen en su día.

Felicitación sabatina en honor de la Santísima Virgen María

Saludo:

Gocémonos siempre en el Señor, honrando a la bienaventurada Virgen Santa María, Madre de Dios; Virgen antes del parto, en el parto y después del parto; predestinada antes que todas las criaturas, Reina y Corredentora, Abogada nuestra. Amén.

Plegaria:

V.\ Virgen Madre de Dios, purísima María, El que no cabe en todo el orbe se encerró hecho hombre en tus entrañas.

Después del parto permaneciste virgen. Madre de Dios, intercede por nosotros.

R.\ Dios te salve, María...

V.\ Virgen inmaculada, concebida sin pecado, imploran tu favor los poderosos, porque eres la más poderosa de las criaturas y la más bella de los siglos.

El Señor te vistió con vestido de santidad y te rodeó con el manto de su gracia, como a esposa adornada con sus joyas.

R.\ Dios te salve, María...

V. Bendita tú, Virgen María Inmaculada, por el Señor, Dios excelso, sobre todas las mujeres de la tierra.

Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú eres la honra de nuestro pueblo.

R. Dios te salve, María...

Felicitación:

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón, mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.

Oración:

Omnipotente y sempiterno Dios, que con la cooperación del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen y Madre María para que fuese merecedora de ser morada digna de tu Hijo; concédenos que, pues celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. P. Alfredo Saenz, Magníficat.

Novena de ánimas


Hoy comienza el piadoso ejercicio de la novena de ánimas, dedicado a rezar especialmente por las almas del Purgatorio, almas santas a quienes está asegurada la posesión de la Gloria eterna, pero que han muerto con alguna culpa venial, o sin haber satisfecho plenamente la Justicia divina. Pacientes y resignadas bendicen a Dios como el más tierno de los padres, aunque las trate como Juez inexorable, reconociéndose merecedoras de las penas que padecen. En sus tormentos no tienen otra esperanza que la que fundan en nosotros, ya que el tiempo de enmendarse y merecer acaba con la muerte. Considera que esta devoción agrada muchísimo a Dios, no sólo por la caridad que nos une con las almas benditas, esposas suyas queridísimas, sino por la gloria que le procura al mismo Dios. Nuestra insensibilidad sería tanto más cruel cuanto más fácil nos es socorrerlas. Y ¡qué dicha si logramos librar alguna de esas almas! Te deberá a ti la libertad y la posesión de una felicidad infinita ¿Cómo no suplicará por ti a Dios, te socorrerá en los peligros y necesidades y pondrá todo su empeño en que alcances también el Cielo?

Y ¿cómo podemos aliviar a las almas del Purgatorio? “No nos mostraríamos bastante reconocidos al Señor que dio a los hombres poder para satisfacer los unos por los otros si no procuramos satisfacer de algún modo las deudas que han contraído con la divina Justicia nuestros hermanos difuntos”. Así habla el Catecismo Romano.

El principal medio de socorrerlas está en el altar; es el santo sacrificio de la Misa, según nos lo enseña el Santo Concilio de Trento. “No en vano, dice San Juan Crisóstomo, han recomendado los Apóstoles que se hiciera especial mención de los difuntos al tiempo de inmolar la sagrada Víctima pues bien sabían que ellos participan en gran manera de los frutos de esta inmolación”. La Santa Misa es, en efecto, de un valor infinito. Es la sangre de Jesucristo que allí habla, que pide justicia para el Redentor que reclama el precio de sus merecimientos; misericordia en favor de estas almas cautivas, porque Él tiene derecho de aplicarles sus méritos. En la Misa se renuevan su muerte mística, sus padecimientos, sus tormentos, que Él sustituye a los que ellas padecen. Santa Mónica, momentos antes de expirar, decía: “No os preocupe la suerte de mi cuerpo; haced de él lo que queráis; pero lo que os pido es que os acordéis de mí en el altar del Señor”.

La oración, la limosna, las varias obras de misericordia y de penitencia, pero de un modo especial, las indulgencias ganadas en sufragio suyo, alivian en gran manera sus sufrimientos, y les abren las puertas del cielo, acelerando el día de su libertad.

Todo esto me ha de mover a favorecerlas cuanto pudiere, aunque lo quite de mí para dárselo a ellas.

1. Porque si viese arder a un amigo en un grande fuego y pudiese sacarle de allí, sin daño mío y sin quedarme yo, crueldad sería no sacarle. Pues si con la fe veo arder a tantas almas en tan terrible fuego y puedo librarlas con Misas, indulgencias y otras buenas obras, será gran caridad ser cuidadoso en esto.

2. Y si lo que querría para mí, he de querer para mi prójimo, justo es hacer lo que pudiere para a librar a los que penan en el Purgatorio, como yo querría que otros lo hiciesen por mí cuando este allá.

3. Especialmente, que con esto me hago digno de que Dios tenga cuidado de inspirar a otros que me ayuden, porque “los misericordiosos alcanzarán misericordia” en el género de cosas que ellos la tuvieron. Y las mismas almas, cuando llegan a ver a Dios, son muy agradecidas a los que las favorecieron en sus trabajos, y solicitarán el favor de Dios para nosotros en los nuestros.

4. Y aunque me quite la satisfacción de la obra que aplico al difunto, pero en dársela de limosna aumento el merecimiento porque crece la caridad, quitándome lo que yo había menester, por socorrer al necesitado.

Entra dentro de ti mismo y mira hasta dónde llega tu caridad para con las benditas almas del Purgatorio.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

La devoción a María, gran señal de salvación


La verdadera devoción a la Virgen constituye una de las mayores señales de predestinación que, pueden encontrarse en una determinada persona, así como el sentir poco atractivo, y sobre todo tratar de rebajar la importancia de esta devoción constituye uno de los más temibles síntomas de eterna reprobación.

Es muy fácil demostrar teológicamente estas graves afirmaciones. Basta para ello recordar ciertos principios:

1º Dios ha dispuesto que todas las gracias que han de concederse a los hombres pasen por María, como Mediadora y Dispensadora universal de todas ellas. Por lo mismo, el verdadero devoto de María entra en el plan salvífico de Dios, que lo ha dispuesto libremente así. Y, por el contrario, el que se aparta voluntariamente de María, se aparta, por lo mismo, del plan divino de salvación. El primero lleva consigo, por consiguiente, una gran señal de que pertenece al número de los predestinados a la gloria; el segundo, en cambio, lleva consigo -por su voluntaria resistencia a entrar en los planes de Dios- un espantoso signo de eterna reprobación.

2º La devoción a María es necesaria para la salvación de todos los que conocen la existencia de María y saben que es obligatoria la devoción a Ella. Ahora bien, el verdadero devoto de María cumple esta obligación y muestra, por lo mismo, que está en camino de salvación, a la que llegará infaliblemente si no abandona esta devoción salvadora. Por el contrario, quien, agitado por las borrascas de este mundo, rehúsa asirse a la mano auxiliadora de María, pone en peligro su salvación.

Estos son los argumentos fundamentales que ha invocado siempre la tradición cristiana y el magisterio de la Iglesia a través de los papas y de la liturgia. Veamos algunos testimonios de esta doble fuente.

La tradición cristina. La prueba sacada de la tradición cristiana es sencillamente abrumadora. Se cuentan por millares los textos de los Santos Padres, teólogos y expositores sagrados. Citamos tan sólo unos pocos por vía de ejemplo.

San Ireneo: “María ha sido constituida causa de salvación para todo el género humano”.

San Juan Damasceno: “¡Oh, Soberana mía!, acepta la plegaria de uno de tus siervos. Es verdad que es pecador; pero te ama ardientemente, te mira como a la única esperanza de su alegría, como a la protectora de su vida, como a su Mediadora ante el Señor, como a la prenda segura de su salvación”.

San Pedro Damiano: “No podrá perecer ante el eterno Juez el que se haya asegurado la ayuda de su Madre”. San Anselmo: “Es imposible que se pierda quien se dirige con confianza a María y a quien ella acoge bien”.

San Bernardo: “Recurre a María... Te doy garantía segura: Ella será oída por su reverencia. El Hijo oirá a la Madre, de la misma manera que el Padre oye al Hijo. Hijitos, María es la escala de los pecadores, es mi más grande esperanza, es la razón de toda mi esperanza...”.

San Luis María Grignion de Montfort: “Es una señal infalible de reprobación... el no tener estima y amor a la Santísima Virgen; así como, por el contrario, es un signo infalible de predestinación de entregársele y serle devoto entera y verdaderamente”.

El Magisterio de la Iglesia. La jerarquía católica, en efecto, con su magisterio ordinario a través de los Sumos Pontífices, de la liturgia y de los obispos esparcidos por todo el mundo, ha bendecido, aplaudido y fomentado de mil diversas formas esta convicción profunda de todo el pueblo cristiano, en el que no es posible el error común o colectivo.

Fuente: Antonio Royo Marín, La devoción a María

Corresponder al Amor


La estructura de nuestra vida espiritual depende en gran parte de la idea que nos formamos de Dios. Si, como el siervo perezoso del Evangelio (Mt. 25, 14-30), tenemos de Dios una idea estrecha y mezquina, en vez de sentirnos espoleados a amarle y a consagrarnos generosamente a su servicio, seremos fríos, perezosos, calculadores, enterraremos también nosotros el talento recibido de nuestro Amo, no preocupándonos de emplear para Dios los bienes que de él hemos recibido. Muchos cristianos, por desgracia, viven así: sirven a Dios como sirve el esclavo a su amo; si se abstienen del pecado, es sólo por temor del castigo; si oran o hacen alguna obra buena, es sólo con la mira en el propio interés, y por eso no hay en ellos arranque alguno de generosidad y de amor. Por el contrario, cuando el alma comienza a intuir que Deus charitas est (Dios es amor) (I Jn. 4, 8), empieza a penetrar el misterio del amor infinito que le envuelve, empieza a comprender el amor de Dios, el amor de Jesús hacia ella; entonces todo espontáneamente cambia de aspecto, porque “el amor llama al amor”. La devoción al Sagrado Corazón, que es la devoción al amor infinito de Jesús, debe producir en nosotros precisamente este efecto: hacernos comprender cada vez mejor “el amor de Cristo que supera toda ciencia” (Ef. 3, 19). Meditando y contemplando el Corazón de Jesús traspasado por amor nuestro, aprenderemos la ciencia del amor, ciencia que ningún libro terreno nos puede enseñar, sino que se aprende sólo por el libro abierto del Corazón de Cristo, de Cristo nuestro único Maestro. “Allí me enseñó ciencia muy sabrosa” (San Juan de la Cruz), canta con entusiasmo el alma que Jesús ha introducido en los secretos de su divino Corazón. Y entonces la respuesta a su amor será fácil: “Él me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí... y yo de buena gana me gastaré y me desgastaré hasta agotarme por las almas, que son su tesoro” (Gál. 2, 20; II Cor. 12,15). El amor se lanza así, rebasando todo cálculo, todo egoísmo.

“¡Oh Jesús, Rey mío y Dios mío! Recíbeme en el asilo benignísimo de tu Corazón divino, y allí úneme a ti de manera que yo viva totalmente para Ti. Deja en adelante que me abisme en el inmenso océano de tu misericordia, que me abandone completamente a tu piedad, que me arroje al horno ardiente de tu amor y en él permanezca hasta quedar consumido...

Pero ¿qué soy yo, Dios mío? ¡Oh, qué distinto soy de Ti, yo que soy el desecho de todas las criaturas! Pero Tú eres mi segura confianza, porque en ti está la compensación sobreabundante de los bienes que he perdido. Enciérrame, Señor, en la tumba de tu Corazón abierto por la lanza y coloca encima la piedra de tu mirada dulcísima, de modo que enteramente esté yo confiada a tus cuidados. A la sombra de tu amor paternal me servirá de reposo la memoria perpetua de tu soberano amor” (Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Devoción a Nuestra Señora del Carmen (III)


Deberes que nos impone la devoción a Nuestra Señora del Carmen

Tanta bondad de parte de la Madre de Dios, tan bellas promesas ofrecidas a los que se consagran a su amor, exige de los hijos del Carmelo: 1° El mirar con respeto y cariñosa ternura el Escapulario, símbolo de su filiación; llevarlo sobre su pecho constantemente, sin dejarlo jamás; besarlo con el afecto que merece la prenda del amor de una Madre como Ella, que, desde el cielo, no nos olvida un solo instante; y llenarnos del sentimiento de la dignidad a que nos eleva la posición de este verdadero tesoro. 2° Ver en el Escapulario la librea con que María quiere que se distingan los que componen la familia de sus de sus queridos hijos, y que debe recordarles las virtudes que embellecen a su santa Madre, y han de forzarse ellos en practicar. Símbolo de la pureza sin mancha de María, el Escapulario enseña a los hijos del Carmelo el horror con que han de mirar aún la sombra del vicio opuesto a la virtud angélica; símbolo de la caridad de María, les dice que, como su Madre celestial, deben mantener viva en su corazón la llama del amor a Dios y del amor fraternal para con sus prójimos, especialmente los pobres y necesitados. Símbolo de la paciencia de las que es justamente llamada Reina de los mártires, les predica el deber de aceptar el dolor bajo las diversas formas con que la Providencia nos lo envíe, como son la pobreza, las enfermedades, las humillaciones y los sacrificios; besando la mano divina que nos hiere para santificarnos, sin prorrumpir en quejas y lamentos. 3° En las horas de aflicción, estrechar el Escapulario y poner nuestra confianza en la dulce Madre, esperándolo todo de Ella y echándonos confiadamente en su amante seno. 4° Finalmente, instruirnos en las especiales obligaciones impuestas a los cofrades y cumplirlas con religiosa exactitud. ¡Cuán poco es todo esto, en comparación de los grandes bienes que su observancia nos promete! ¡Oh María! lo confieso lleno de confusión: los favores que durante toda mi vida he recibido de Vos, debieran obligarme a ser el hijo más amante y que mejor o sirviera, y ¡cuán ingrato he sido para con Vos! ¡Cuán lejos me hallo de ser el hijo digno de la Madre que tantas gracias me ha obtenido! ¡Perdón, Madre querida! Y, junto con el perdón, obtenedme una gracia poderosa que venza mi debilidad y me dé aliento para practicar las virtudes que reclama la sagrada insignia que llevo sobre mi pecho y con la cual quiero exhalar mi último suspiro.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Devoción a Nuestra Señora del Carmen (II)


EN QUÉ CONSISTE ESTA DEVOCIÓN Y QUÉ VENTAJAS NOS PROCURA

Aun cuando no tuviera esta devoción el origen excelso, el hecho sólo de consistir en honrar con afectuosas preces y una vida cristiana a la Reina del cielo, llevando constantemente sobre nuestro pecho su Escapulario, símbolo de nuestra consagración a su servicio, ya sería poderoso título para prometernos de tal devoción singulares favores. María, a imitación del Padre Celestial, que hace brillar el sol así para los buenos como para los malos, prodiga sus gracias hasta a aquellos que no la invocan ni piensan en Ella, hasta a aquellos mismos que la ultrajan. Siendo esto así ¿cómo no tendrá fijos sus ojos en los que la reconocen por Madre suya y viven deseosos de complacerla? ¿Cómo no ha de tender su mano protectora a los que, a los pies del sagrado altar, ante las miradas de Dios y de sus ángeles, le hicieron la promesa de amarla, después de Jesús, con toda el alma, y que como signo de este amor, recibieron el Escapulario, para mantenerlo cariñosamente junto a su corazón y no separarlo de él jamás hasta la muerte? Donde quiera que vaya el hijo del Carmelo llevará esa divisa; la tendrá consigo día y noche, en la vigilia y en el sueño, y nunca lo verá desde el cielo su amante Madre, sin ver igualmente el Escapulario que le acredita como hijo suyo. El Escapulario tendrá una voz que dirá siempre a María: “He aquí un siervo vuestro; he aquí un alma que os pertenece”. No os extrañe el que haya hecho la celestial Señora tan bellas promesas a los que así la veneran. El Escapulario será: 1º “Una salvación en los peligros”, en los peligros del cuerpo y, en particular, en los peligros del alma; María estará atenta para sostenernos en los combates con el infierno, el mundo y las pasiones. 2º Será prenda de que no caeremos en el infierno. Sí, la poderosa Reina de la gloria nos obtendrá la vigilancia y la generosidad para no caer en el pecado; y, si cayéremos, nuevas y poderosas gracias nos levantarán con la cooperación nuestra; sólo se perderá el hijo del Carmelo que se obstine en perderse. 3° María nos visitará en el Purgatorio y acelerará la hora de nuestra salida de aquel lugar de expiación. Meditemos en estas preciosas ventajas y, besando con amor el Escapulario, tributemos nuevos homenajes de gratitud a la Madre de Misericordia.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Devoción a Nuestra Señora del Carmen (I)


Origen de la devoción

Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo, que se complace en que su divina Madre reciba los homenajes de nuestra gratitud y de nuestro amor; y así, mientras Él la colma de gloria en el cielo, quiere que el nombre de María sea bendecido en la tierra, por cientos y miles de corazones que la aman con filial ternura. Démosle gracias por haber depositado en el corazón de María los más ricos tesoros de caridad en favor nuestro. A Él y a María tributémoselas muy sinceras, por habernos dado, en el Escapulario del Carmen una señal de salvación, una seguridad en los peligros de la vida, una prenda de paz y de la protección de la Soberana del cielo. Nuestros corazones deben abrirse a la esperanza, en vista de estas manifestaciones de la bondad divina.

Esta devoción tuvo su origen en una aparición con que la Santísima Virgen se dignó favorecer a San Simón Stock, sexto general de los Carmelitas. Este santo nació en 1164 de una de las más ilustres familias de Inglaterra, se retiró a la edad de 12 años a un extenso bosque, en donde practicó las austeridades de los antiguos solitarios. El hueco de una encina fue su habitación, el agua que brotaba de una roca su bebida, las hierbas y raíces su alimento, y su ocupación orar. Veinte años había llevado esta vida, cuando dos señores ingleses que volvían de Tierra Santa trajeron consigo algunos religiosos del Monte Carmelo. Vivamente emocionado por la piedad de estos religiosos para con la Reina del Cielo, Simón se juntó a ellos y seis años después fue nombrado general de su Orden. Un día en que, en las expansiones de su confianza filial, se quejaba a la celestial Señora de las persecuciones que sufría esta Orden venerable y ante las cuales, al parecer, iba a sucumbir, le suplicó con lágrimas que no abandonara a una familia religiosa que había adoptado como suya, y que le diese algún signo de su protección maternal. La augusta Virgen se le manifiesta, rodeada de brillante luz, y, presentándole un Escapulario que traía en sus manos, le dijo: “Hijo querido, recibe este Escapulario de tu Orden; es la muestra del privilegio que para ti y para todos los hijos del Carmelo he obtenido. Quien muera revestido de este hábito no caerá en el fuego eterno. Es signo de salvación, seguridad en los peligros, prenda de paz y de mi especial protección”. En el colmo de la dicha, el santo se apresuró a revelar a todos el rico don que había obtenido, no solamente para los hijos del Carmelo, sino para el pueblo cristiano en general. Pronto los personajes de la época más distinguidos por su piedad y posición social, reyes y señores de la más alta categoría, se inscribieron en la asociación, la cual, autorizada por los Papas, se extendió rápidamente por todo el orbe. Medio siglo después, María quiso manifestarse al Papa Juan XXII y ordenarle que confirmara e hiciera conocer las gracias, privilegios y favores que había obtenido en favor de los religiosos y cofrades del Carmelo, añadiéndole que, como Madre compasiva, descendería todos los sábados al purgatorio para libertar a las almas de aquellos hijos suyos que hubieran muerto revestido de su sagrado hábito (el Escapulario). ¡Ah! ¡Qué bien nos revela María que no olvida el legado que le hizo su Hijo moribundo en el Calvario! Nos ama, piensa en nosotros y se interesa por nuestra suerte eterna. ¿Cómo no amarte, Madre celestial? ¿Cómo no proclamar en todas partes que eres toda misericordia y bondad para con nosotros, a fin de conquistarte nuevos corazones que te pertenezcan?

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús


Hoy celebramos la Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús.

Origen de la Fiesta. El 22 de Enero de 1854, una religiosa escuchó de labios de Jesús estas palabras: “¡Cuántas almas hay que me rodean y no me consuelan! Mi Corazón ansía amor, como el pobre pide pan. Es mi Corazón Eucarístico: ¡haz que se le conozca y se le ame! ¡Extiende esta devoción!”. Benedicto XV aprobó el 9 de noviembre de 1921 Misa y Oficio propios, y asignó la fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús, al Jueves siguiente a la Octava del Corpus.

Objeto de la Fiesta. La misma Iglesia nos indica el objeto de esta devoción: que “es la de honrar el acto de suprema dilección, por el que Nuestro Señor, prodigando todas las riquezas de su Corazón, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía; para permanecer con nosotros hasta el fin de los siglos”. Mientras la devoción a la Sagrada Eucaristía se dirige al Hombre-Dios, verdaderamente presente en nuestros altares bajo los velos de las sagradas especies y tiene como objeto la misma Persona de Jesús, la devoción al Sagrado Corazón Eucarístico trata de rendir un culto de veneración y de amor agradecido a este acto particular de Jesús, que realiza y perpetúa el don de la Eucaristía. Es la devoción al Amor inspirador, creador y continuador de la Eucaristía. En tanto que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, honra, bajo el símbolo del corazón, toda la caridad del Salvador, de donde han brotado los torrentes de las gracias más preciosas, esta otra considera la caridad de Cristo sólo en la obra de amor por excelencia y rinde homenaje a este acto de amor, al cual debemos la institución de la Eucaristía, la presencia real y permanente de Jesucristo en el tabernáculo, su inmolación en el Santo Sacrificio de la Misa, su donación a cada uno de nosotros en la sagrada comunión.

La devoción al Corazón Eucarístico de Jesús. Este acto de suprema dilección, olvidado por tantos cristianos, exigía un culto especial de acción de gracias, de adoración, de reparación y de súplicas.

El Sumo Pontífice, al fijar esta fiesta en estos días, ha querido mostrarnos que la devoción al Corazón Eucarístico encierra en sí lo que tienen de más excelente las devociones al Sagrado Corazón y a la Eucaristía. Tiene el secreto de unirlas en admirable armonía, porque en la Sagrada Eucaristía nos muestra a un Dios que se da, como nadie puede darse: víctima por los pecados en el Calvario, pan de vida en la hostia; compañero de destierro en el tabernáculo: ¡que se da todo entero; con su Cuerpo, Sangre, Alma, Divinidad y su Corazón!... Y esta donación tan perfecta, al descubrirnos la esencia misma del Corazón de nuestro Dios, hace a nuestras almas cautivas del amor a Jesús, presente entre nosotros. Porque el alma cristiana quiere responder a esta inenarrable ternura del Corazón de Jesús. Dios nos amó primero, y nos amó usque in finem, hasta el exceso; tiene una ardiente sed de ser honrado en el Santísimo Sacramento. El alma se ve obligada a exclamar con San Pablo, “la caridad de Cristo nos apremia”, y con San Juan: “Amemos a Dios, porque Él se adelantó en el amor”. Este es el fruto de la devoción y fiesta del Corazón Eucarístico: persuadirnos de que Jesús nos ama, que desea ardientemente nuestro amor, que el fin de su inmolación es nuestra unión con El; y, una vez convencidos de esto, obrar en consecuencia: amarle prácticamente, uniéndonos a Él, inmolándonos con Él y anonadándonos ante Él, para que podamos decir con el Apóstol: “vivo yo, mas ya no yo, pues es Cristo quien vive en mí”.

Alabado sea el Corazón Eucarístico de Jesús

Sea por siempre Bendito y Alabado

Corazón Eucarístico de Jesús, en Vos confío

¡Gloria y Reparación al Corazón Eucarístico de Jesús!

Fuente: Cf. Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús

El Beato Carlos de Austria y la estampa de su funeral

Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios? Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo -que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: “Obra de la justicia será la paz”?

Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de inmortal memoria, al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: “Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a Él hay que suplicar y de Él hay que esperar nuestra salvación”.

Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a santa Gertrudis y a santa Margarita María- que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual -para valernos de las palabras de nuestro predecesor, de féliz memoria, León XIII- nos recuerda “aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía”. Ciertamente, “no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio”.

Fuente: S.S. Pío XII, Carta Encíclica Haurietis Aquas

El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (II)

REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

SEGUNDA REVELACIÓN

Fecha indeterminada de 1674

Después de esto, se me presentó el Divino Corazón como en un trono de llamas más radiante que el sol y transparente como el cristal, con la sagrada llaga, y estaba rodeado de una corona de espinas, símbolo de las heridas que le causaron nuestros pecados, y encima tenía una cruz que significaba que desde el primer instante de su Encarnación, es decir, desde que el Sagrado Corazón fue creado, estuvo la Cruz plantada en Él.

Me manifestó que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres y de apartarlos del camino de perdición, en el que Satanás los hace caer a montones, le habían hecho concebir el designio de manifestar a los hombres su Corazón con todos los tesoros de su amor, de misericordia, de gracia, de santificación y de salvación que contiene, a fin de que todos los que quieran rendirle y procurarle todo honor, el amor y la gloria que pudiesen, quedasen enriquecidos con abundancia y profusión de esos divinos tesoros del Corazón de Dios, origen de ellos, al que debían honrar bajo la figura de ese Corazón de carne, cuya imagen quería que estuviese expuesta y que yo la llevara sobre mi corazón para imprimir en él su amor y colmarle con los dones de que Él estaba lleno, destruyendo de ese modo todos sus movimientos desordenados.

Y que derramaría sus gracias y bendiciones en todos los lugares en que estuviera expuesta a la veneración de dicha imagen. Y que esta devoción era como el último esfuerzo de su amor, que quería favorecer a los hombres con esa amorosa Redención, en estos últimos tiempos, para sacarlos del dominio de Satanás, a quien pretendía arruinar, poniéndonos bajo la dulce libertad del imperio de su amor, que quería restablecer en los corazones de cuantos quisieran abrazar dicha devoción.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

Antiguos textos sobre la devoción al Sagrado Corazón (I)

Imagen ante la cual rezó el Beato Carlos de Austria

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús cobró difusión universal a partir de las apariciones a Santa Margarita (1673-1675). Pero ya mucho antes había en la Iglesia indicios de esta devoción. Transcribimos algunos textos antiguos que hacen referencia a ella.

Ofrece tu corazón a Aquel que primero te dio el Suyo, para que tú le devuelvas corazón por Corazón. Dichoso trueque en que todo es para ti: tu corazón y el Corazón de Jesús... ¿Por ventura no te mostró la morada de su Corazón cuando un soldado le abrió el costado? Fue una brecha hecha en el muro, una puerta abierta a fin de que tu corazón tenga acceso a su Corazón, para que por la fe y el amor puedas, sin obstáculo, entrar hasta su Corazón. Calienta allí tu corazón. Anónimo del siglo XII, Libro de la doctrina del corazón.

Vuestro costado fue herido para que, al abrigo de todas las tormentas del exterior, pudiéramos permanecer en esta viña. ¿Mas, para qué herido? Para que por la herida visible viéramos la invisible herida del amor... ¿Cómo mejor manifestar este amor ardiente que dejando herir no sólo el cuerpo sino también el Corazón? La herida de la carne muestra la herida espiritual... ¿Quién no amará a ese Corazón? ¿Quién no corresponderá a este Amor que ama tanto? ¿Quién no abrazará a un Esposo tan casto?... Devolvamos, pues, en cuanto podamos, amor por Amor; abracemos a nuestro Amado y Herido, y oremos para que enlace con el lazo de su amor nuestro corazón todavía duro e impenitente, para que le hiera con una saeta de amor. Tratado de la Pasión del Señor, atribuido a San Buenaventura.

Mírame, pues, y ve en qué estado me ha puesto el amor. Tengo el Corazón traspasado por una lanza. Mi Corazón desea tu corazón. Me haces enfermar de amor. Apresúrate en venir a mí. Dame tu corazón. Estrofas que se cantaban en la comunidad franciscana poco después de la muerte de San Francisco (1226).

Quiero hacer tres tiendas, una en sus manos otra en sus pies, pero, sobre todo, una que esté fija en su costado... Así hablaré a su Corazón y obtendré de él todo cuanto querré. Si te has derretido oyendo su voz, ¿cómo no te has perdido en Él, cuando entras por sus heridas hasta su Corazón? Si meditas bien su pasión, y si entras profundamente en su costado, presto llegarás a su Corazón. Feliz el corazón que se une así tiernamente al Corazón de Cristo. Acerquémonos a este Corazón profundo y sumerjámonos enteramente en esta profundidad de la infinita bondad. Acerquémonos con confianza al costado de Jesús: entremos en El. De la obra Stimulus amoris, que contiene extractos de los escritos de San Buenaventura.

El Salvador abrió su costado y su Corazón a la paloma, es decir, al alma religiosa, para que en Él encuentre su nido. ¡Oh hombre! Te dio su Corazón en la Cruz y por esto su costado fue abierto. De los sermones de San Antonio de Padua.

Fuente: R. P. Juan Rosanas SJ, La devoción a los SS. Corazones de Jesús y María

Novena de la confianza al Sagrado Corazón de Jesús

“Es una bendición tener una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón” (Beato Carlos de Austria)

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. He aquí que, confiando en tus santas palabra, yo llamo, busco, y pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, pasarán los cielos y la tierra pero mis palabras jamás pasarán”. He ahí que yo, confiando en lo infalible de tus santas palabras pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, todo lo que pidáis a mi Padre en mi Nombre, se os concederá”. He ahí que yo al Padre Eterno y en tu Nombre pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús!, te es imposible no sentir compasión por los desdichados: ten piedad de nosotros, pobres pecadores, y concédenos las gracias que pedimos en nombre del Inmaculado Corazón de María, nuestra tierna Madre. Amén.

San José, padre adoptivo del Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

Fuente: Oraciones de ARCADEI

La Esclavitud Mariana


“Soy todo tuyo, ¡oh María!, y cuanto tengo es tuyo”

La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más conforme a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y conforma a Nuestro Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo.

La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Ésta es la devoción que yo enseño, y que consiste -en otras palabras- en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales.

Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo.

Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro Dios y Redentor.

Todo cristiano, en el Bautismo, por su propia boca o las de sus padrinos, renunció a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y eligió a Jesucristo como a su Dueño y Señor, para depender de Él en calidad de esclavo de amor. Es precisamente lo que hacemos por la presente devoción: renunciar al demonio, al mundo, al pecado y a nosotros mismos, y consagrarnos totalmente a Jesucristo por manos de María.

En el Bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María, ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas acciones. Y, después de él, quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente a Nuestro Señor por manos de María y le entregamos el valor de todas nuestras acciones.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

Método para asistir con fruto a la Santa Misa


Al ver a tantos que voluntariamente asisten a la santa Misa con marcada irreverencia, distraídos, sin atención, sin modestia y sin arrodillarse, con dolor podemos asegurar que no asisten al divino Sacrificio como María Santísima y San Juan, sino como los judíos, crucificando otra vez a Jesucristo, con gran escándalo y deshonor de nuestra santa Religión.

Asistid, a tan augusto Sacrificio, pero con disposiciones de verdaderos cristianos, e imaginaos ver a Jesucristo sufriendo todos los tormentos de su dolorosa Pasión, y expuesto por nuestra salvación a los más bárbaros tratos.

Durante la Misa, estad con recogimiento y modestia, de manera que nada os pueda distraer; que vuestro espíritu, vuestro corazón y vuestros sentidos no se ocupen más que en honrar a Dios. Os recomiendo que tengáis gran empeño en no faltar nunca a la Misa; aun cuando tuvieseis algo que sufrir por ser fieles a esta piadosa práctica.

San Isidro, pobre labrador de una granja, se levantaba muy temprano para oír Misa, con el fin de ejecutar a su debido tiempo las órdenes de su amo. La constancia con que cumplió este acto de devoción le mereció, además de gracias muy especiales de Dios, toda clase de bendiciones sobre sus trabajos.

Acordaos también de aplicar la Misa en sufragio de las almas del Purgatorio y especialmente por las de vuestros parientes y bienhechores difuntos.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Joven mariano


Cuanto mejor se corresponde al amor de María Santísima, más feliz se es. Ahora bien, este amor lo tuvo, en grado altísimo, Domingo Savio. Como decía Don Bosco, la vida de Domingo Savio fue una serie de actos devotos hacia María. Todo lo que él encontraba en su devocionario en honor de María, lo rezaba, y se deleitaba con su Rosario.

Cuando contaba con doce años, en 1854, Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Cuentan que yendo por las calles de Turín se alegraba ante los honores tributados a María Santísima y quería hacer algo que correspondiese a tan excepcional evento. Pero, ¿qué podía hacer en honor de la Inmaculada Concepción? Pensó unir consigo a otros jóvenes, fundando así la Sociedad de la Inmaculada Concepción.

Y escribió a los catorce años, reglas de esta sociedad, reglas todas rebosantes de amor, en las que se ve el esfuerzo ascético, el entusiasmo del alma, del corazón que todo lo quiere realizar para honrar a María.

“Sonría, escribe, María Santísima a esta sociedad que ha sido constituida por su inspiración, y escuche nuestras plegarias y nuestros deseos”. De esta suerte, el joven angélico era también mariano.

Era su amor por María, un amor filial y veraz, porque, a las prácticas de piedad exteriores, correspondía su afecto interior. Hacía muchos sacrificios en honor de María, sobre todo el de la guarda de los sentidos. Habiéndole dicho un compañero: “pero, ¿qué haces con los ojos que no miras nada? ¿Para qué los guardas?, respondió: “los reservo para contemplar el rostro de María Santísima, si llego a ser digno de que me admita en su presencia”.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Las virtudes heroicas de un joven laico (I)

Venerable Isidoro Zorzano

Isidoro Zorzano, que fue un siervo bueno y fiel precisamente en lo poco: amó a Dios y al prójimo en las circunstancias de la vida ordinaria.

Era un hombre equilibrado, de carácter más bien reflexivo y reservado, trabajador infatigable. Quienes le conocieron recuerdan su afabilidad y simpatía, no exuberantes, y su espíritu abierto a las necesidades de los demás.

Isidoro buscó de modo constante la santidad en el mundo, como fiel laico, en el cumplimiento amoroso de sus deberes diarios, en el trabajo profesional y en las variadas circunstancias de la vida ordinaria.

Vivió ejemplarmente la diligencia en el trabajo, la lealtad y el espíritu de servicio hacia sus colegas, el amor a la justicia en la promoción de iniciativas en favor de los más necesitados, la fe y la caridad a través de labores de catequesis y de formación para los sectores más abandonados de la sociedad.

Isidoro Zorzano buscaba en todas sus acciones la gloria de Dios y el bien espiritual de quienes le rodeaban. Desarrolló un apostolado asiduo con sus amigos y con los jóvenes. Movido por una profunda conciencia de su filiación divina, se esforzó con perseverancia en el cumplimiento fiel de varias prácticas de piedad recomendadas por la Iglesia. Su vida interior tenía su centro y raíz en la Santa Misa; por eso albergaba una honda devoción eucarística y recibía con frecuencia el sacramento de la penitencia. Eran asimismo abundantes las muestras de su devoción a la Virgen Santísima. Daba una importancia primordial a la oración mental y vocal. Practicó el espíritu de penitencia y de mortificación, sobre todo en el cumplimiento del deber de cada instante y en recibir con alegría las dificultades y contrariedades.

Fuente: Decreto sobre las virtudes heroicas, 21 de diciembre de 2016

San José, protector de la infancia


¿Qué hacemos nosotros para proteger a la infancia? Hay infantes entre nosotros que reclaman toda nuestra protección.

Unos abandonados por madres mercenarias o pecadoras, o que les procuran la muerte antes que vengan al mundo; otros expuestos al vicio y a la prostitución antes que sepan casi darse razón de lo que es malo; y todos o la mayor parte en peligro de perder sus almas, que es lo que más vale de este mundo, por los escándalos de palabras, de escritos, de láminas, etc., etc., o porque corrompen su inteligencia con el error que se les comunica en las escuelas laicas, de perdición y sin Dios.

Contra todos estos y otros innumerables e inminentes males que amenazan a la débil infancia, aprovechemos el patrocinio de san José, presentemos nuestras oraciones a Jesús y a María por manos del Santo, y la suerte de la infancia se mejorará.

¡Oh Santo protector de la infancia, que libraste a Jesús de las celadas y persecución de Herodes que quería darle muerte! Libra a la infancia desvalida de las asechanzas del Herodes infernal que quiere matar sus almas, robarles su inocencia y su gracia, para que, libres de sus garras, alcancen la salvación eterna. Amén.

Fuente: San Enrique de Ossó, El devoto josefino

Oración de Adviento


¡Dulcísima y amabilísima Madre de Dios y Virgen sacratísima! ya se llega la hora de vuestro bienaventurado parto, parto sin dolor, parto gozoso. Vuestra es esta hora, y nuestra es: vuestra es porque en ella habéis de descubrir al mundo los tesoros divinos que tenéis encerrados en vuestras entrañas, y el Sol que le ha de alumbrar, y el Pan del cielo que le ha de sustentar, y la Fuente de aguas vivas por la cual viven todas la cosas que viven. Y Vos, Señora, con este sagrado parto habéis de quedar más gloriosa, pues por ser Madre no se marchitará la flor de vuestra virginidad, antes cobrará nuevo frescor y nueva belleza, porque sois la puerta de Ezequiel cerrada, huerto cercado y fuente sellada, y todas las gentes os quedarán obligadas, y os reconocerán y venerarán por Madre de su Señor, y reparadora del linaje humano, y Reina de todo lo criado.

Pero también esta hora es nuestra, no solamente por ser para nuestro bien y principio de nuestro bien, sino porque desde que pecó Adán y Dios le dio esperanza con su promesa que le remediaría, todos los patriarcas la han deseado, todos los profetas la han prometido, todos los santos del Antiguo Testamento han suspirado por ella, todas las gentes la han aguardado y todas las criaturas están suspensas y colgadas de vuestro felicísimo parto, en el cual está librada la suma de la salud y felicidad eterna. Pues ¡oh esperanza nuestra! ¡oh refugio y consuelo de nuestro destierro!; oíd nuestros clamores, oíd los gemidos de todos los siglos y naciones, y los continuos ruegos y lágrimas del linaje humano, que está sepultado en la sombra de la muerte aguardando esta luz, y que Vos le mostréis su Salvador, su Redentor, su vida, su gloria y toda su bienaventuranza. Daos prisa, Virgen santísima, daos prisa, acelerad vuestro dichoso y bienaventurado parto, y manifestadnos a vuestro Unigénito Hijo, vestido de vuestra carne, para dar espíritu a los hombres carnales y hacerlos hijos de Dios, al cual sea gloria y alabanza en los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: devocionario.com

Meditando en la Navidad (VII)


La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población, y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina. Seguía a la Reina de los Ángeles el jumento que le había servido de cabalgadura durante el viaje y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado ahí probablemente por alguno de los caminantes que había ido a buscar hospedaje en la ciudad.

El Divino Niño, desconocido por sus criaturas, va a tener que acudir a los irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto su humilde actitud, el respeto y la adoración que le había negado Belén. La rojiza linterna que José tenía en la mano iluminaba tenuemente ese paupérrimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del Altar y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres. María está en adoración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterios.

¡Oh, adorable Niño! Nosotros también queremos ofreceros nuestra pobre adoración; no la rechacéis: Venid a nuestras almas, venid a nuestros corazones llenos de amor. Encended en ellos la devoción a vuestra santa Infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de vuestra Navidad, sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fiel y celosamente propagada nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

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