El deber más sagrado de un padre de familia

El deber más sagrado de un padre de familia es el procurar la santificación de los suyos. La naturaleza se lo impone, Dios se lo exige, y va en ello su salvación eterna. Los deberes de un padre para con sus hijos son importantísimos, ya que tienen por objeto hacer de ellos buenos cristianos, ciudadanos valiosos y almas dignas del cielo. Un padre, ante todo, debe esmerarse en procurar a sus hijos una educación cristiana, base sólida e indispensable de una vida honesta y de un porvenir feliz. Tendrá especial cuidado de la moralidad de las escuelas y colegios a los que quiere encomendar la inocencia de sus hijos.

a) El niño está lleno de defectos que se desarrollan en él paralelos a su edad. Lo que importa es atacarlos en su misma raíz, y continuar siguiéndolos de cerca. La corrección de un niño debe ser: Sosegada: para que sea justa. Razonable: proporcionada a la falta, más bien moderada que severa. La misericordia de Dios obra de igual suerte con nosotros. Lo que se ha de buscar en la corrección es hacer ver al niño el porqué, el castigo y el mal de su falta, para que su espíritu odie el mal y ame el bien. Cordial: en toda corrección, aun en la más severa, ha de aparecer el corazón del padre, al objeto de procurarse el arrepentimiento humilde y contrito del hijo. Digna: un padre es siempre un jefe; debe honrar y hacer honrar en sí la autoridad de Dios, debe ser digno en sus palabras, noble en la paciente espera del arrepentimiento, bondadoso en la concesión de la gracia del perdón.

b) Debe proteger a sus hijos contra el escándalo que despiertan en el niño las viciosas tendencias adormecidas; es un deber importantísimo del padre el preservar a los niños de sus peligros morales. Su ignorancia curiosa, su debilidad y el afán de imitar, pronto los harán caer en el pecado. A medida que el niño avanza en edad es de todo punto indispensable fortalecerlo con prudencia, pero con energía, contra el escándalo que inevitablemente le esperará a su entrada en el mundo. Sea el padre severo en no permitir la lectura de libros peligrosos: la impresión que dejan en el niño es imborrable; asimismo ha de ser intransigente con las malas compañías.

c) Un padre debe igualmente vigilar con cuidado sobre las amistades de sus hijos. La amistad es la necesidad del corazón. Un padre y una madre deben ordenar sus medios comunes para fomentar y desarrollar el espíritu y el amor de la familia a fin de que sus hijos sean felices tan sólo en la familia. El peligro comienza al despertarse el amor propio o cuando el joven adolescente vive lejos del hogar paterno. Sus padres deben entonces prevenirlo contra los falsos amigos, manteniendo con todo cuidado el lazo del amor filial. Si se dieren cuenta de una amistad peligrosa, deben servirse del consejo y de la autoridad. Esas relaciones han de ser totalmente rotas. Vale más un duro golpe, mientras haya esperanza, que esperar el deshonor y la muerte. Tarde o temprano el amor filial volverá felizmente sobre sus pasos.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La voluntad de Dios es que seamos santos (VIII)

No me digan: no podemos, porque puede darse que no puedan rezar por largo tiempo, arrodillándose con las manos juntas. No sabrían hacer meditaciones bien ordenadas, recitar oraciones estudiadas, bien compuestas y afectuosas según la manera de pensar de ustedes; mas piensen en las máximas eternas, piensen seriamente y digan de corazón al Señor aquello que saben, y no vayan a buscar otras cosas: el Señor mira el corazón, no las palabras.

¿No podrán dar limosnas? recen, compadézcanse, aconséjense, corríjanse. Su estado no les permitirá hacer largas oraciones y rigurosas penitencias, pues hagan sólo aquello que pueden; al menos ofrezcan al Señor sus dificultades, sus fatigas, sus sudores, al menos lleven con paciencia aquellas tribulaciones, aquellas desgracias, aquellas enfermedades, aquellas cruces que Dios les envía, y a Él le serán mucho más agradables que aquellas penitencias que ustedes quisieran hacer.

No pueden predicar y convertir el mundo a la fe; pero pueden dar buen ejemplo; vean que del ejemplo que dan en el vestir, en el hablar, en el conversar y en el actuar no se pueda aprender sino el bien, y entonces harán más bien que el que hacen los mismos predicadores. Si desean hacer algo más y no pueden, lloren en lo secreto de sus corazones, lloren no sólo sus propios pecados sino los pecados de todos los hombres, la desgracia de los herejes, de los incrédulos, de los infieles, de los obstinados.

¡Ah! ¡Mis queridos! ¡Si supieran que la santidad más grande está en el corazón y no en la apariencia de lo que se ve! Díganme con sencillez: ¿la sustancia de nuestra ley, no consiste en amar al prójimo y en amar a Dios? Y el prójimo y Dios ¿no se aman con el corazón? Y hablando especialmente de Dios ¿no es verdad que debemos amarlo con un amor entrañable, con un amor ardiente, con un amor tan grande que supere grandemente la esfera de nuestras acciones? Y he aquí, mis oyentes, el más grande motivo por el cual, no sólo, todos podemos y debemos hacernos santos, sino también por el cual Dios no ha querido poner algún límite a nuestra santidad, diciendo que debemos ser perfectos como Él.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Natalicio de la Sierva de Dios Zita de Borbón

Fotografías de la esposa del Beato Carlos de Austria en su infancia

Zita María de Borbón-Parma, la quinta de doce hijos, nace el 9 de mayo de 1892 en Pianore (Italia). Zita guarda un recuerdo excelente de su juventud: “Tuve una infancia extremamente feliz y alegre... La doble mudanza de Austria a Pianore y el regreso, en primavera, a Schwarzau, donde pasábamos el verano, era para nosotros, que éramos niños, el mayor de los acontecimientos. Si, durante las vacaciones, estudiábamos muy poco según nuestros preceptores, teníamos que coser, remendar y reparar. Y no solamente nuestra propia ropa, sino también la ropa de las personas mayores y de los enfermos”. Las chicas se encargaban también de los enfermos sin familia: “Por la tarde, regresábamos con frecuencia agotados y debíamos desinfectarnos como medida preventiva hacia los más jóvenes. Cuando esa limpieza duraba demasiado, nuestra madre nos recordaba: La caridad es el mejor remedio contra los riesgos de contagio. Nada es duradero en este mundo. Lo que cuenta es el amor, y nada más”.

También hay momentos de distracción, en que los niños príncipes pueden hacer picnic a su antojo y entregarse hasta la noche a actividades como montar a caballo, bañarse y jugar con los niños del pueblo. La educación es estricta, pero llena de amor: “Para nosotros, el peor castigo —raramente infligido—era quedarnos sin postre. Nuestras comidas eran sencillas, de tal manera que cualquier cosita dulce extra era una fiesta. Papá era todo alegría y bondad”.

Zita está interna en el convento de Zangberg, en Alta Baviera, cuando se entera de que su padre está moribundo; éste recibe la llamada de Dios el 16 de noviembre de 1907, antes incluso de que ella pueda volver a verlo. En 1909, su madre la envía a estudiar a Ryde, en la isla de Wight, con las monjas de Solesmes. Su abuela materna, que había ingresado en el monasterio antes de enviudar, es la priora, y también está su hermana Adelaida, monja desde hace poco. Allí, Zita recibe una educación de enorme valor en filosofía, teología y música. En su alma nace la atracción por la clausura. Sin embargo, Zita y Carlos, que se conocen desde la infancia, se frecuentan con gozo creciente. En 1911, el archiduque pide la mano a la joven princesa regalándole un anillo de compromiso que Zita guarda en el bolsillo con un “¡Gracias!” travieso...

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval

En la Fiesta de un joven Santo

Aquí aparece ante nuestros ojos la imagen de Domingo Savio, frágil adolescente, de cuerpo débil, pero de alma extendida en una pura oblación de sí al amor soberano, delicado y exigente de Cristo. En una edad tan tierna, uno esperaría encontrar más bien buenas y amables disposiciones del espíritu, y en su lugar se encuentran en él con asombro las vías maravillosas de las inspiraciones de la gracia, y una constante adhesión sin reservas a las cosas del cielo, que su fe percibía con una rara intensidad. En la escuela de su Maestro Espiritual, el gran Santo Don Bosco, él aprendió cómo la alegría de servir a Dios y de hacerlo amar por los demás puede convertirse en un poderoso medio de apostolado. El 8 de diciembre de 1854 lo vio elevado en un éxtasis de amor hacia la Virgen María, y poco después él reunía algunos de sus amigos en la “Compañía de la Inmaculada Concepción”, a fin de avanzar a grandes pasos en el camino de la santidad y para evitar incluso el menor de los pecados. Instaba a sus compañeros a la piedad, a la buena conducta, a la frecuencia de los sacramentos, al rezo del Santo Rosario, a escapar del mal y de las tentaciones. Sin dejarse intimidar por las malas actitudes y respuestas insolentes, intervenía con firmeza, pero con caridad, para llamar al deber a los imprudentes y perversos. Lleno en esta vida de la familiaridad y de los dones del dulce Huésped del alma, pronto dejó la tierra para recibir, con la intercesión de la Reina de los cielos, la recompensa de su filial amor. (Discurso de Pio XII con motivo de la Canonización, el 12 de junio de 1954)

Oración

Santo Domingo Savio, tu entregaste tu corta vida totalmente por el amor a Jesús y su Madre. Ayuda hoy a la juventud para que se dé cuenta de la importancia de Dios en su vida. Tú que llegaste a ser santo a través de la participación fervorosa de los sacramentos, ilumina a padres y niños en la importancia de frecuentar la confesión y la santa comunión. Tú que a una temprana edad meditaste en los sufrimientos de la Pasión de Nuestro Señor, obtén para nosotros la gracia de un ferviente deseo de sufrir por amor a Él. Necesitamos tu intercesión para proteger a los niños de hoy de los engaños de este mundo. Vigila sobre ellos y condúceles por el camino estrecho hacia el Cielo. Pide a Dios que nos de la gracia para santificar nuestras obligaciones diarias llevándolas a cabo de manera perfecta por amor a Él. Y recuérdanos la necesidad de practicar la virtud sobre todo en los tiempos de prueba y tribulación.

Santo Domingo Savio, tú que supiste preservar el corazón en la inocencia bautismal, ruega por nosotros. Amén.

Morir antes que pecar

Jóvenes mártires de la virginidad, las Beatas: Karolina Kozka, Pierina Morosini, Teresa Bracco, Albertina Berkenbrock, Anna Kolesarova y Verónica Antal


Karolina Kózka es considerada como la “María Goretti” de Polonia. Fue arrastrada entre matorrales y asesinada en 1914, por evitar que un soldado ebrio la violase. Sus manos ensangrentadas daban fe de la resistencia que opuso. Tenía 16 años de edad. Juan Pablo II la beatificó el 10 de junio de 1987.

Pierina Morosini, italiana; inscrita en la Juventud Femenina de la Acción Católica participó en la peregrinación a Roma para la beatificación de María Goretti en 1947. El 4 de abril de 1957, mientras regresaba a su casa, en un lugar solitario fue abordada por un joven que no le ocultó sus torpes propósitos. Pierina trató de hacerle entender la gravedad de sus intenciones y le opuso una fuerte resistencia. Fue inútil. Agredida, se defendió con todas sus fuerzas. Herida mortalmente en la nuca con una piedra repetidas veces, siguió pronunciando palabras de fe y de heroico perdón, hasta que entró en un coma irreversible. Tenía 26 años. Fue beatificada por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1987.

Teresa Bracco, italiana; cuando conoció la vida de Domingo Savio quedó fascinada y desde entonces hizo suyo el lema “La muerte antes que el pecado”. Y mantuvo el propósito. Secuestrada en 1944 por un soldado alemán, trató de eludir sus brutales intenciones y, al ver que todo esfuerzo era inútil, prefirió renunciar a la vida antes que perder la virtud tan celosamente guardada. La hallaron, con el cuerpo martirizado, el 30 de agosto. Tenía 20 años. Juan Pablo II la beatificó el 24 de mayo de 1998.

Albertina Berkenbrock, brasilera; tenía dos puntos de referencia espirituales: la Virgen Madre de Dios y san Luis Gonzaga. El 15 de junio de 1931 se opuso con firmeza ante un violador para salvaguardar su pureza. Al no lograrlo, el hombre extrajo una navaja y le cortó la garganta, causándole la muerte en el acto. Albertina tenía 12 años. El 20 de octubre de 2007 Benedicto XVI la beatificó.

Anna Kolesarova, eslovaca. Su vida transcurrió tranquila hasta que el ejército ruso ocupó su aldea. Durante un ataque militar el 22 de noviembre de 1944, Anna y sus padres se escondieron, pero un soldado los descubrió y comenzó a hacerle insinuaciones la joven. Ella se resistió, para defender su castidad, y el soldado la asesinó de un tiro frente a su familia. Tenía 16 años. En su tumba se encuentra grabado el lema de Santo Domingo Savio: “Antes morir que pecar”. Fue beatificada por el Papa Francisco el 1 de septiembre de 2018.

Verónica Antal, la “María Goretti de Rumania”; a los 16 años conoce la obra de San Maximiliano Kolbe y no duda en entregar su existencia en manos de la Inmaculada y se convierte en Mílite (miembro laico de la Milicia de la Inmaculada). El 23 de agosto de 1958 fue apuñalada 24 veces por un joven que pretendió abusarla. Cuando encontraron su cuerpo tenía aferrado a sus manos el Rosario. Tenía 23 años. Fue beatificada el 22 de septiembre de 2018.

Fuente: cf. es.catholic.net

Mártires argentinos

El Siervo de Dios Pedro Ortiz de Zárate, nació en la ciudad de San Salvador de Jujuy aproximadamente en el año 1622. Cuando Pedro tenía 32 años reflota en él la idea del sacerdocio debido a su amistad con los jesuitas. Ya decidido, éstos le abren las puertas del Seminario de Córdoba, donde hizo sus estudios y llega así a la ordenación sacerdotal. Luego de ella y hallándose vacante la sede parroquial de San Salvador de Jujuy, don Pedro es designado en este cargo. Como cura fue muy piadoso, caritativo y buen cristiano. Los Jesuitas lo ponderaban, diciendo de él que era un ejemplo de sacerdote de gran capacidad y que fomentaba la construcción de Iglesias y capillas con aportes populares o utilizando los recursos de su bolsillo.

En el año 1647, las relaciones entre los colonos españoles y los indios eran turbulentas. Don Pedro entonces, levanta el banderín de la pacificación entre ellos y sale en una nueva expedición misionera, aunque costase el martirio, como sucedió en otras expediciones semejantes. Hacia fines de abril de 1683, la cruzada, encabezada por Don Pedro y por los misioneros jesuitas, Antonio Solinas y Diego Ruiz, acompañados por un nutrido grupo de ayudantes y criados, se puso en marcha. La meta era la actual comarca de la diócesis de Orán (Salta), donde fijaron sus tiendas. La acogida de los indios fue muy buena. A los pocos meses los misioneros pudieron formar un pueblito o reducción de unas dos mil almas. Lamentablemente, los hechiceros de cada clan, al ver desplazada su influencia, comenzaron a tramar su perdición. En las primeras horas de la tarde del 27 de Octubre de 1683, mientras los misioneros se hallaban indefensos entre indios amigos, los hechiceros y sus fautores, los acometieron con suma gritería y les quitaron las vidas con dardos y macanas.

Conocer a nuestros héroes, a nuestros apóstoles y a nuestros mártires es un desafío, porque al ponderar sus gestas, nace en nosotros una santa admiración, y, a la vez, brotan el deseo de soñar cosas grandes y la aspiración de ser dignos de ellos en nuestra conducta y en nuestra entrega al servicio del apostolado.

Oración

Dios y Padre nuestro, que enviaste a tu Siervo, Pedro Ortiz de Zárate y compañeros, para que anunciaran el Evangelio en el norte de Salta y Jujuy y dieran testimonio de fe entregando sus propias vidas por el martirio; escucha nuestras súplicas y concédenos que por la intercesión de estos testigos de tu amor seamos liberados de todo mal y podamos alcanzar la salvación, mientras esperamos con gozo poder venerarlos en los altares como ejemplos de la santidad de tu iglesia y generosos misioneros de tu palabra. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: cf. martiresdelzenta.org

Los ancianos y el don de la sabiduría

La Sierva de Dios Zita de Borbón junto al Pontífice que más tarde beatificó a su esposo, el Emperador Carlos de Austria.


A las personas ancianas -muchas veces injustamente consideradas inútiles, cuando no incluso como carga insoportable- recuerdo que la Iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y misionera, que no sólo es posible y obligada también a esa edad, sino que esa misma edad la convierte, en cierto modo, en específica y original.

La Biblia siente una particular preferencia en presentar al anciano como el símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a Dios (cf. Si 25, 4-6). En este mismo sentido, el «don» del anciano podría calificarse como el de ser, en la Iglesia y en la sociedad, el testigo de la tradición de fe, el maestro de vida, el que obra con caridad.

El acrecentado número de personas ancianas en diversos países del mundo, y la cesación anticipada de la actividad profesional y laboral, abren un espacio nuevo a la tarea apostólica de los ancianos. Es un deber que hay que asumir, por un lado, superando decididamente la tentación de refugiarse nostálgicamente en un pasado que no volverá más, o de renunciar a comprometerse en el presente por las dificultades halladas en un mundo de continuas novedades; y, por otra parte, tomando conciencia cada vez más clara de que su propio papel en la Iglesia y en la sociedad de ningún modo conoce interrupciones debidas a la edad, sino que conoce sólo nuevos modos. Como dice el salmista: «Todavía en la vejez darán frutos, serán frescos y lozanos, para anunciar lo recto que es el Señor» (Sal 92, 15-16).

La entrada en la tercera edad ha de considerarse como un privilegio; y no sólo porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, sino también y sobre todo porque éste es el período de las posibilidades concretas de volver a considerar mejor el pasado, de conocer y de vivir más profundamente el misterio pascual, de convertirse en ejemplo en la Iglesia para todo el Pueblo de Dios.

No obstante la complejidad de los problemas que debéis resolver y el progresivo debilitamiento de las fuerzas, y a pesar de las insuficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislación oficial, las incomprensiones de una sociedad egoísta, vosotros no sois ni debéis sentiros al margen de la vida de la Iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivo movimiento, sino sujetos activos de un período humana y espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tenéis todavía una misión que cumplir, una ayuda que dar. Según el designio divino, cada uno de los seres humanos es una vida en crecimiento, desde la primera chispa de la existencia hasta el último respiro.

Fuente: S.S. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici

Malvinas - Oración a Nuestra Señora

8 de mayo en Malvinas

Oh dulce Virgen María, Madre de Dios y nuestra, Reina de la Argentina, Tú que viste nacer nuestra Patria a la sombra de la Cruz y bajo tu cetro real, y que para custodiar su cuerpo y su alma suscitaste tantos héroes, escucha benigna nuestras súplicas por esta porción de la Patria tan dolida y tan amada: nuestras islas Malvinas.

Te pedimos por los caídos, que en la turba o en el fondo del mar siguen de guardia permanente, esperando el relevo de un puesto que nos pertenece, y que son para cada argentino un ejemplo, un estímulo y un reto.

Por los que volvieron, dejando atrás días de gloria. Que su sola presencia entre nosotros sea un reproche a nuestra comodidad. Que tanto unos como otros, que supieron desposarse con el honor, nos recuerden siempre que tenemos para con ellos un compromiso y un deber, y que aún sigue una deuda pendiente: la victoria final. Que su sangre derramada generosamente no sea estéril, sino que sirva para redimir el alma de la Patria de tantos pecados.

Por todos los argentinos, para que jamás nos avergoncemos de aquellas cosas grandes que nos identifican y nos unen como Nación. Que teniendo por delante el ejemplo de los héroes y aquella gesta que ellos comenzaron un glorioso 2 de abril, no perdamos nunca la esperanza. Hasta que tu manto amoroso, nuestra bandera, vuelva a flamear en Malvinas y la Cruz de Cristo quede clavada en sus entrañas. Amén.

Fuente: Oración a Nuestra Señora de Malvinas

Santificación en el matrimonio (V)


A todo cristiano, cualquiera que sea su condición -sacerdote o seglar, casado o célibe-, se le aplican plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios, santos y amados. Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos.

Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres.

Puede proponerse a los esposos cristianos, modelo de familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Éfeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Un Santo de nuestra Patria

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Hoy celebramos en Argentina la Memoria de San José Gabriel del Rosario Brochero.

José Gabriel Brochero nace el 16 de marzo de 1840 en Villa Santa Rosa, Provincia de Córdoba, en el oeste de Argentina.

En 1856, José Gabriel ingresa en el seminario de Nuestra Señora de Loreto, en Córdoba. Se aplica al estudio con rigor y perseverancia. Ya desde esa época, José Gabriel descubre los Ejercicios espirituales de san Ignacio. Cada año renueva su retiro en los jesuitas de Córdoba. José Gabriel es ordenado sacerdote el 4 de noviembre de 1866.

El fuego del amor divino que prende en su corazón lo iluminará y guiará por todos los caminos. Un día se le ofrece una ocasión providencial de ejercer la misericordia. En 1867, Córdoba padece una epidemia de cólera que se lleva en poco tiempo más de 4.000 personas. La población está presa de aflicción y de pánico. Con peligro de su vida, el joven sacerdote se entrega en cuerpo y alma, mostrando hasta el final de la epidemia una dedicación incansable y una valentía que no desfallece.

En diciembre de 1869, el padre Brochero es nombrado párroco. Para dirigirse desde Córdoba a San Pedro, capital del departamento a donde es destinado, el nuevo párroco necesita tres días de viaje a lomo de una mula, a través de la montaña. Poco tiempo después, se instalará definitivamente en Villa del Tránsito, donde permanecerá más de cuarenta años predicando el Evangelio mediante la palabra y el ejemplo.

El párroco se identifica con sus feligreses, entregándose a todos para ganarlos a Cristo. Como no todos van a la iglesia, con audacia, enarbolando su crucifijo, su bravura y su amabilidad proverbial, parte en busca de las ovejas perdidas. Y éstas, a cambio, lo aman incondicionalmente. Él se lo merece, pues, mientras les habla de Dios y del Evangelio, les construye iglesias y escuelas, puentes y caminos, cunetas y canales. Para alcanzar sus objetivos, no teme presentarse ante el gobernador de la Provincia, ante los ministros e incluso ante el mismo presidente de la República cuando la necesidad lo requiere.

El padre Brochero ve en los Ejercicios espirituales de san Ignacio un medio especialmente adaptado para forjar la reforma de las costumbres y el progreso en el bien. El párroco recluta incansablemente personas interesadas en los retiros, por centenares. En su mente toma forma un proyecto: abrir en su parroquia una casa grande para los Ejercicios espirituales. Su propósito se cumple en 1887, tras dos años de obras.

En 1898, el obispo le concede el relevo de su función curial y lo nombra canónigo de la catedral. Todo lo que gana como canónigo lo redistribuye a los pobres.

En 1902, en sus visitas a un leproso al que quería ganar para Jesucristo, el padre Brochero se contagia de la enfermedad, pierde la vista, pero no por ello deja de celebrar la Misa ni de predicar. Fiel a su lenguaje popular, se compara con una bestia de carga: “Ahora, todos mis arreos están listos para partir”. Son sus últimas palabras. Entrega apaciblemente su alma a Dios a la edad de 73 años, el 26 de enero de 1914.

Fuente: cf. Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval

En memoria de la esposa del Beato Carlos de Austria

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La Sierva de Dios, fallecida santamente el 14 de marzo de 1989

Zita fue la última emperatriz de Austria. La fecha de su muerte (el 14 de marzo de 1989) no nos resulta demasiado lejana. Después de la misa solemne de réquiem celebrada en la catedral vienesa de San Esteban el 1 de abril de 1989 -el mismo día del fallecimiento de su esposo-, los funerales de Estado austríacos prescribían que la comitiva fúnebre recorriera las calles del casco antiguo de la capital del Imperio de los Habsburgo. El trayecto finalizaba ante la puerta de la iglesia de los Capuchinos, en cuya cripta reposaría hasta el día del Juicio Final esta mujer admirable.

Fiel a los valores que defendió su marido, cuyo corazón la acompañó a todas partes, Zita transmitió esa herencia moral, espiritual y política a su numerosa descendencia: ocho hijos, treinta y tres nietos y ciento diez bisnietos. Su vida estuvo fundada sobre roca, sobre ese Dios en el que había puesto toda su confianza; construyó su vida sobre el amor de Jesucristo, cuyos mandamientos se esforzó por cumplir. Fue una esposa ejemplar en vida de su esposo y vivió con él en una intensa unidad de oración durante los sesenta y siete años que duró su viudedad.

En estos tiempos difíciles en que vivimos, a la Iglesia le gusta ofrecer a los fieles ejemplos de vidas que poder seguir, de personas cuyo itinerario no está alejado del suyo y que quizá han conocido, o de las que han oído hablar a alguien cercano, generándose así una proximidad. Son personas con sus defectos y debilidades, igual que cualquiera de nosotros, pero han movilizado todas sus fuerzas para seguir el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia, y para mejorar mientras viven en este mundo.

Fuente: Cyrille Debris, Zita, Retrato íntimo de una emperatriz

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

Santificación en el matrimonio (III)

Beato Carlos de Austria 06 10

No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser aquellos a los que los hijos confían sus inquietudes, con quienes consultan sus problemas, de los que esperan una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no sólo imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Fuente: cf. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Habrá niños santos - Siervo de Dios Guido de Fontgalland

Guido de Fontgalland 01 01

Guido de Fontgalland nació el 30 de noviembre de 1913 en París, Francia, y fue bautizado el 7 de diciembre.

Después de su primera comunión, Guido solía decir: «Cuando se quiere comulgar es preciso pensar en ello desde la víspera y prepararse, "echando flores al Nino Jesús", como decía sor Teresita, ofreciendo pequeños sacrificios por su amor».
No escatimaba momento ni tiempo en propaganda para la Comunión. Quería que todos participaran de esta fiesta, de este manjar divino... que nadie se quedara sin recibir a Dios vivo como alimento.
En octubre de 1921 entró en el colegio de S. Luis Gonzaga. No atraía la atención hacia sí mismo, pero destacaba por su caridad y compañerismo.

En julio de 1924 la familia fue de peregrinación a Lourdes. Ante la gruta tuvo una revelación de que moriría pronto; era sábado, día dedicado a la Virgen Santísima.
En la noche del 7 al 8 de diciembre, cayó enfermo con difteria. Siguió un período de crisis y mejorías durante el cual, sabiendo que moriría a pesar del optimismo de los doctores, desveló su secreto a su madre y para consolarla le dijo: «Querida mamá, tengo que contarte un secreto: estoy a punto de morir. La Virgen vendrá a llevarme con Ella. La idea de dejar a papá y sobre todo a ti me hizo sufrir. Solo porque Dios lo quiere, me dejo llevar. La Virgen me dijo que desde tus brazos pasaré a los suyos. No llores, mamá, va a ser tan dulce morir así». Afrontó el dolor con valentía y murió el sábado 24 de enero de 1925 a la edad de 11 años.

La llamada a la santidad comienza en el bautismo; no tenemos que esperar a tener canas y ser ancianos para servir a Dios. Los santos jóvenes nos dicen algo de la santidad, y su ejemplo es especialmente luminoso, pues dedican sus jóvenes vidas a Dios. La juventud necesita héroes que admirar, cuya valentía, determinación y gran amor a Dios y a la Iglesia fueron el incentivo para superar tentaciones y dificultades. El ejemplo de los santos se contrapone al de los ídolos de paja que son, con demasiada frecuencia, los únicos que se proponen hoy en día.

Fuente: cf. hogardelamadre.org

Un matrimonio de santos

San Isidro Labrador 03 04 Santos Isidro labrador y María Toribia

San Isidro y Santa María lograron una perfecta unión de corazón y alma, de fe y de vida cristiana. Su caridad ilimitada hace que sus contemporáneos ya les admiraran y veneraran como a unos Santos, siendo uno de los pocos ejemplos en la historia de la Iglesia en que ambos cónyuges han alcanzado la gloria de los altares.

La vida del santo matrimonio encendía más y más el fervor del pueblo de Madrid, tras el conocimiento de su estilo de vida y de los prodigios que realizaban con total naturalidad.
Fueron un matrimonio santo y padres de familia en sentido cristiano y evangélico que, por su amor a Cristo y a la Santísima Virgen, se santificaron mediante el ejercicio de sus grandes amores y virtudes, dejándonos como ejemplo su testimonio de vida:
- Amor al Señor, mediante la Oración y la Eucaristía (S. Isidro siempre visitaba la Iglesia antes del trabajo).
- Amor a la figura de la Virgen María (en sus advocaciones madrileñas de Almudena y Atocha, sobre todo).
- Amor a la familia (como esposos y con su hijo).
- Amor al prójimo, mediante sus continuas prácticas, en ocasiones milagrosas, de caridad.
- Amor al trabajo, entendiéndolo y viviéndolo como medio de santificación y alabanza a Dios.

San Isidro y Santa María de la Cabeza, siguen siendo hoy en día un modelo a imitar, pues su ejemplo de vida es absolutamente actual; esa vida que ya en su tiempo suscitó admiración y veneración por sus virtudes no usuales, lo que les llevó a ser considerados santos en vida.
Son, por tanto, para nosotros:
- Modelo de cristianos
- Modelo de caridad
- Modelo de trabajadores y

-Modelo de matrimonio y familia ejemplar.

Oración
Señor Dios todopoderoso, te pedimos que por la intercesión de san Isidro y santa María de la Cabeza, matrimonio de santos que vivieron una vida comprometida con el Evangelio de Jesucristo y son ejemplo de familia cristiana, recibamos la fuerza del Espíritu para confirmarnos en la fe y, con la ayuda de la Santísima Virgen, nos sigan protegiendo, al igual que a las familias y a los matrimonios. Amén.

Fuente: congregacionsanisidro.org

Un solo Corazón

Sagrada Familia 11 23

En el episodio de Jesús a los doce años se registran sus primeras palabras: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Aquí, cuando Jesús todavía está completamente integrado en la vida de la Familia de Nazaret, es importante notar la resonancia que puede haber tenido en el corazón de María y de José escuchar de labios de Jesús la palabra «Padre», y revelar, poner de relieve quién es el Padre, y escuchar de sus labios esta palabra con la consciencia del Hijo Unigénito, que precisamente por esto quiso permanecer durante tres días en el templo, que es la «casa del Padre».
Desde entonces, podemos imaginar, la vida en la Sagrada Familia se vio aún más colmada de un clima de oración, porque del corazón de Jesús todavía niño -y luego adolescente y joven- no cesará ya de difundirse y de reflejarse en el corazón de María y de José este sentido profundo de la relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra la verdadera situación, el clima de estar con el Padre. De este modo, la Familia de Nazaret es el primer modelo de la Iglesia donde, en torno a la presencia de Jesús y gracias a su mediación, todos viven la relación filial con Dios Padre, que transforma también las relaciones interpersonales, humanas.

Queridos amigos, por estos diversos aspectos que, a la luz del Evangelio, he señalado brevemente, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y el ejemplo de sus padres: vivir en un clima marcado por la presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 28 de diciembre de 2011

Habrá niños santos

Corpus Christi 05 07

A pesar de sus pequeños defectos, en un niño pueden generalmente echarse de ver la simplicidad y la conciencia de su debilidad, sobre todo si está bautizado y ha sido cristianamente educado. La sencillez o ausencia de doblez es en él totalmente espontánea, sin afectación; generalmente dice lo que piensa y manifiesta sin ambages sus deseos, sin miedo del qué dirán. Tiene igualmente conciencia de su debilidad, porque por sí nada puede y en todo depende de sus padres.

Esta conciencia de la propia debilidad hace que sea humilde, y le dispone a practicar las tres virtudes teologales de una manera profunda en su simplicidad. En primer lugar el niño cree todo lo que le dicen sus padres, que muchas veces le enseñan a rezar y le hablan de Dios. El niño naturalmente tiene confianza en sus padres que le enseñan a esperar en Dios aun antes de que sea capaz de formular un acto de esperanza, que más tarde leerá en su catecismo y recitará mañana y tarde.

El niño, en fin, ama cordialmente a sus padres a quienes lo debe todo; y si ese padre y esa madre son verdaderamente cristianos, hacen que el afecto de ese tierno corazón se eleve hacia Dios y hacia su santa Madre. Dentro de tanta sencillez, de esa conciencia de su debilidad, y de esa simple práctica de las tres virtudes teologales, se encuentra el germen de la más alta vida espiritual.
Por esta razón, queriendo Jesús enseñar a sus apóstoles la importancia de la humildad, colocando un niño en medio de ellos, les dijo: “En verdad os digo, si no os volvéis y hacéis semejantes a niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”(Mt 18, 3). En estos últimos tiempos, nos ha sido dado ver realizada la predicción de Pío X: “Habrá niños santos” llamados desde pequeños a la comunión frecuente.

Fuente: cf. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

Video sugerido: Habrá niños santos.

5 consejos prácticos para padres, de los santos Luis y Celia Martin

San Luis y Celia Martin 02 02b

1. Consagrad cada niño a Dios desde el nacimiento

Celia tenía la costumbre de consagrar a sus hijos a Dios inmediatamente después de dar a luz, usando la siguiente oración: "Señor, concédeme la gracia de que este niño Te sea consagrado y que nada venga a empañar la pureza de su alma". Quería que todos sus hijos fueran santos, y decía que "ahora" es el mejor momento para empezar.

2. Amad a vuestros hijos con inmenso afecto
Luis y Celia amaban a sus hijas con un gran cariño, se aseguraban de que todas supieran el grandísimo amor que sus padres sentían por ellas. Celina Martin escribió sobre su padre: "Aunque duro consigo mismo, siempre era cariñoso con nosotras. Se desvivía por nosotras. Ningún corazón de madre podía sobrepasar el suyo".

3. No os rindáis si vuestro hijo es difícil
Celia tranquilizaba a su hermano en una carta: "No te intranquilice si descubres que tu pequeña Jeanne manifiesta mal genio. Eso no evitará que madure hasta ser una excelente muchacha más adelante, y que incluso sea tu consuelo. Recuerdo que Paulina, hasta los dos años, era igual, y yo estaba angustiadísima con ella... y ahora es la mejor de todas. Pero debo decirte que tampoco la consentí. Por pequeña que fuera, nunca permití que se saliera con la suya".
Paulina no fue la única en la familia Martin que generó estrés parental. Tanto Teresa como su hermana Leonia mortificaron a su madre. Sin embargo, Celia y Luis no se rindieron y continuaron esforzándose aunque su trabajo pareciera infructífero al principio.

4. Sed un ejemplo de caridad para vuestros hijos
Nuestros hijos imitan todos nuestros actos, para bien y para mal. Luis y Celia hicieron lo posible para servir de modelo a sus hijas con el buen trato. Celina escribió: "En una ocasión acompañé a papá a cobrar la renta de la casa de una inquilina; era en la calle principal de Lisieux. La mujer se negó a pagar y corrió tras él profiriendo insultos. Yo estaba horrorizada, pero él permaneció tranquilo y no pronunció réplica alguna, tampoco se quejó de ella después".
¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos sean pacientes y amables con otras personas si primero nosotros mismos no somos ejemplos de ello?

5. Jugad con vuestros hijos
Hoy en día nos tienta la facilidad con la que podemos dejar a los niños delante de una pantalla y a duras penas dedicar tiempo a jugar con ellos. Sin embargo, a veces nuestros hijos necesitan nuestra atención, incluso en el reino de los juegos.
Celina escribió que su madre incluso jugaba con ellas de buena gana, a riesgo de que sus propias labores diarias se alargaran luego hasta medianoche o más. Luis se unía también a los juegos y a menudo elaboraba pequeños juguetes para sus hijas, inventaba juegos y les cantaba canciones.

Fuente: cf. es.aleteia.org

El martirio es el testimonio culminante de la verdad moral (II)

Martirio Santiago el Menor 01 01 Martirio del Apóstol Santiago el Menor

Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte, es anuncio solemne «usque ad sanguinem», hasta el derramamiento de la sangre, para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad.

Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades.
Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente para cuantos transgreden la ley (cf. Sb 2, 2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: «¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5, 20).
Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le capacita a «amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno».

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor

El martirio es el testimonio culminante de la verdad moral (I)

Padre Francisco Vera 01 01 Martirio del Padre Francisco Vera, en Méjico. “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos” (Tertuliano).

Es un honor para los cristianos obedecer a Dios antes que a los hombres (cf. Hch 4, 19; 5, 29) e incluso aceptar el martirio a causa de ello, como han hecho los santos y las santas del Antiguo y del Nuevo Testamento, reconocidos como tales por haber dado su vida antes que realizar este o aquel gesto particular contrario a la fe o la virtud.

La Iglesia propone el ejemplo de numerosos santos y santas, que han testimoniado y defendido la verdad moral hasta el martirio o han preferido la muerte antes que cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida.

En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se debe envilecer ni menospreciar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades.
Jesús nos exhorta con la máxima severidad: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8, 36).
El martirio demuestra como ilusorio y falso todo significado humano que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones excepcionales, a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la «humanidad» del hombre, antes aún en quien lo realiza que no en quien lo padece.
El martirio es, pues, también exaltación de la perfecta humanidad y de la verdadera vida de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: «Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera... dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios.»

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor

Esposa y madre ejemplar

Amparo Portilla 01 01 La Sierva de Dios Amparo Portilla junto a su esposo y sus 11 hijos

Amparo Portilla nació en Valencia el 26 de mayo de 1925, siendo la mayor de cuatro hermanos. A la edad de 12 años, la muerte de su padre en la guerra civil le hace madurar anticipadamente y aceptar la vida austera que dicha pérdida supuso.

Estudió bachillerato en el colegio del Sagrado Corazón de Godella (Valencia), donde el 25 de Mayo de 1943 le fue impuesta la medalla de Hija de María, eligiendo como lema “Aparta Madre de mí, lo que me aparte de Ti”, al que fue delicadamente fiel durante toda su vida. Siempre mantuvo gran cariño y relación con las Religiosas a quienes estaba muy agradecida por el afecto y formación que le habían dado. También tenía gran devoción por el mes de María.
Amparo estudió Magisterio y Puericultura. Participó e impulsó la catequesis en su Parroquia.

Se fue a vivir a Madrid en 1950 tras casarse con Federico Romero. Fue un matrimonio enamorado y feliz del que nacieron once hijos, más la prueba de haber perdido Amparo tres embarazos. Dedicada a su familia, madre cariñosa, paciente y abnegada, trabajadora infatigable, siempre alegre y generosa, dando a los demás permanente ejemplo de vida cristiana. Diariamente agradecía al Señor los dones cotidianos que decía no merecer y ofrecía las adversidades por quienes estaban en peor situación.
Siempre preocupada y volcada hacia las necesidades de los demás, con especial amor por los más desprotegidos, pobres, enfermos o apartados de Dios, a los que, sin aceptar el pecado, defendía como personas, resaltando sus cualidades y disculpando los defectos. Nunca tuvo rencor a nadie, aunque le hubieran perjudicado en algo, sino que perdonaba y se esmeraba con ellos dándoles más cariño.

En febrero de 1994 aceptó con serenidad cristiana el diagnóstico de su cáncer de pulmón, considerando su enfermedad como instrumento de acercamiento al Señor para ella y para todos los que estaban a su alrededor. Luchó contra su enfermedad, diciendo que había generado una explosión de cariño en todos los que le rodeaban, familia y amigos. No dejó de interesarse por los problemas de los demás. Soportó y ofreció con alegría las numerosas intervenciones médicas que se le practicaron, sin queja alguna, animando y dando cariño a los que le trataban, a su familia y conocidos.
Falleció en su casa, en Madrid, la madrugada del 10 de mayo de 1996, mirando en sus últimos días una imagen de la Virgen de los Desamparados, dejando en todos los que la conocieron la huella de su profunda y auténtica vida cristiana.

Fuente: cf. amparoportilla.org

La santidad es para todos

Beato Carlos de Austria y Otto 01 01 El Beato Carlos de Austria con su primer hijo

“Para gloria de mi Padre es que debéis dar mucho fruto, para luego ser mis discípulos” (Jn 15, 8)

La santidad de vida no es un privilegio de unos cuantos escogidos: es una obligación; es el llamado de Dios y Su voluntad para cada cristiano.
No podemos poner una barrera de excusas a la realidad que nos muestra claramente que “la Voluntad de Dios es nuestra santificación” (I Tes 4, 3). Hemos sido creados por Dios con el expreso propósito de irradiar a Su Hijo, Jesús, con nuestro modo único y particular. Le damos gloria al escoger ser lo que Su Sapiencia nos pide ser.
Un cristiano debe ser un “signo de contradicción”, una luz en la cima de una montaña, una antorcha en medio del mundo. Su vida entera es un silente reproche para los pecadores, una luz de esperanza para los oprimidos, un rayo de sol para los que están tristes, una fuente de valor para los desposeídos y un signo visible de la realidad invisible de la gracia.

Los santos son personas ordinarias, que aman a Jesús, intentan ser como Él, son fieles a los deberes propios de su estado de vida, se sacrifican por su prójimo y mantienen sus mentes y sus corazones alejados del mundo.
Viven en el mundo, pero se elevan sobre sus estándares mediocres. Podrían no entender la razón de la cruz, pero la fe les da una capacidad especial para hallar la esperanza en ella. Entienden que deben seguir las huellas del Maestro y que todo lo que les sucede está orientado a lograr su bien.

Nadie está exento del llamado a la santidad. Hombres, mujeres y niños han subido la escalera de la vida y han alcanzado altos grados de santidad. Estos santos cristianos pueden encontrarse en todos los estados de vida existentes.
Una madre de familia santa lo será en la medida que sea una amorosa esposa y madre, llena de compasión por su familia porque está llena de Jesús que es compasivo. Un esposo y padre será santo en la medida que sea un hombre trabajador, honesto, preocupado por las cosas del hogar, con las ideas claras sobre su modelo que es el providente Jesús.
Seamos los santos que debemos ser. Para eso fuimos creados. No existen santos grandes o pequeños, sólo hombres y mujeres que lucharon y oraron para ser como Jesús. Vivamos cumpliendo la Voluntad del Padre en cada momento donde sea que estemos sin importar lo que estemos haciendo.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

San Luis Gonzaga, celestial Patrono de la juventud (II)

San Luis Gonzaga 07 13

Plegaria por los jóvenes

¡Oh admirable joven San Luis Gonzaga! Admirable en la modestia de los ojos, admirable en la penitencia con vuestro cuerpo, admirable en la abstinencia, admirable en la oración, en que gastabais cada día, admirable en la inocencia, conservando la gracia bautismal hasta la muerte ¡Oh, cuánto me confundo al verme tan lejos de la perfección! Proteged a la tierna edad y alejadla de los peligros, ¡oh amable protector de la juventud! Y ya que no supe imitaros en la inocencia de la vida, alcanzadme al menos del Señor que imite vuestra penitencia, si no en los santos rigores al menos en la victoria de mis pasiones y mortificación de los sentidos, a fin de que caminando por la única senda que conduce a los pecadores al Cielo, os acompañe en el triunfo de la gloria. Amén.

“Al atardecer de esta vida, te examinarán en el amor”. Es a este amor, en una total entrega, al que Dios nos llama desde nuestra juventud, tal como lo hizo con el joven rico del Evangelio: “Ven y sígueme” (Mt 19, 21). Que la juventud actual -tan carente de modelos a seguir y tan confundida acerca del amor- no tome la actitud del joven rico, que se entristeció por tener que desapegarse de las cosas de este mundo, sino que se encuentre con el ejemplo de su patrono, San Luis Gonzaga. A eso incentivó el recordado Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jóvenes de Mantua: “San Luis es sin duda un santo a ser redescubierto en su alta estatura cristiana. Es un modelo indicado también para la juventud de nuestro tiempo, un maestro de la perfección y un experimentado guía hacia la santidad. 'El Dios que me llama es Amor -se lee en uno de sus apuntes-, ¿cómo puedo circunscribir este amor, cuando para hacerlo sería demasiado pequeño el mundo entero?'”

Fuente: cf. Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

San Luis Gonzaga, celestial Patrono de la juventud (I)

San Luis Gonzaga 06 12

Los jóvenes tienen que recurrir a este poderoso Patrono celestial en las pruebas y peligros de sus vidas, también deben seguirlo como el modelo ideal de todas las virtudes. Si estudian su vida en profundidad, entenderán claramente los caminos a seguir para llegar a la perfección cristiana y lo que los preciosos frutos de la virtud podrán reunir siguiendo los pasos de Luis. De hecho, al desplazarse por la historia eclesiástica, es fácil encontrar que los jóvenes y los hombres que, después de la muerte de Gonzaga hasta el día de hoy, bajo la acción del Espíritu divino, han sido más dignos de admiración por la inocencia de su vida, en gran parte modelaron su comportamiento en su escuela. Y para citar a uno de los educadores y maestros más recientes de la juventud, Juan Bosco no sólo era gran devoto de Luis, sino que esta devoción, que dejó a sus hijos, solía inculcar calurosamente a todos los niños que tomaba bajo sus órdenes de enseñanza educativa; y entre ellos se elevó sobre todo, como un imitador de Luis, el alma cándida de Domingo Savio.

Si los jóvenes miran a Luis Gonzaga como un modelo perfecto de castidad y santidad, no sólo aprenderán a reprimir las pasiones, sino que también evitarán el peligro en el que caerían, imbuidos de los dictados de cierta ciencia que ignora la doctrina de Cristo y de la Iglesia. Por lo tanto, aquellos que quieren militar bajo las insignias de Cristo deben tener la certeza de que, queriendo sacudirse el yugo de la disciplina por sí mismos, en lugar de cosechar triunfos, solo traerán derrotas despreciables; ya que la naturaleza misma requiere, por disposición divina, que los jóvenes no puedan obtener ningún beneficio real, tanto en la vida intelectual como moral, e informar la propia conducta al espíritu cristiano, si no bajo las enseñanzas de Cristo y la Iglesia.
En consecuencia, siguiendo el ejemplo establecido por nuestros predecesores, en particular por Benedicto XIII y León XIII, solemnemente confirmamos y, declaramos a San Luis Gonzaga celestial Patrono de toda la juventud cristiana. Y mientras confiamos este sector tan importante de la familia católica a la protección y custodia de Luis, para que crezca y sea cada vez más floreciente y ejemplar en la profesión abierta y pronta de la fe cristiana y en la pureza de las costumbres, exhortamos a nuestra juventud y con afecto paternal imploramos tener siempre en cuenta a Luis como modelo y nunca dejar de honrarlo e invocarlo.

Fuente: cf. Pío XI, Carta Apostólica «Singulare illud», 13 de junio de 1926

La luz del cristiano no puede quedar escondida

Venerable Carlo Acutis 02 02 Venerable Carlo Acutis

El cristiano fervoroso ha de preocuparse del bien de los demás.

Todos podemos ayudar a nuestro prójimo, si cada cual cumple con lo suyo.
Si el fermento mezclado con la harina no transforma toda la masa, ¿es verdaderamente fermento? Si la esencia no perfuma, ¿merece el nombre de esencia?
Y no vale decir: “No puedo convertir a los demás”; si eres cristiano de verdad, esto es inadmisible, ya que es algo que radica en la misma naturaleza del ser cristiano, y las propiedades naturales no pueden negarse.

No hagas injuria a Dios. Si dijeras que el sol no puede alumbrar, harías injuria al sol. Si dijeras que el cristiano no puede ser de provecho para los demás, haces injuria a Dios, porque lo tildas de mentiroso. Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto sería que la luz fuese tinieblas.
No digas entonces que es cosa imposible; lo contrario es lo imposible. No hagas injuria a Dios. Si ponemos en orden nuestra propia conducta, todo lo demás que hemos dicho se seguirá por consecuencia natural. La luz del cristiano no puede quedar escondida; una lámpara tan resplandeciente no puede ocultarse.

Fuente: de las Homilías de san Juan Crisóstomo. Liturgia de las Horas.

Jóvenes ejemplares (II)

Egidio Bullesi 01 01 Egidio Bullesi venerado por la Armada en Italia

El Venerable Egidio Bullesi nació el 24 de agosto de 1905 en Pola, Italia. A los 13 años ayudaba a su padre y su hermano mayor como aprendiz de la carpintería naval. Por la mañana al salir de su casa se santiguaba y rezaba las oraciones por la calle, preparándose así a la santa Comunión. Para Egidio el apostolado fue siempre algo espontáneo, diríase congénito. Entre los obreros, sus compañeros, repartía diarios, revistas, libros de buena lectura. Al salir trataba de acompañarse con los más jóvenes y conversaba con ellos de cosas indiferentes para luego entrar en temas de religión. Las discusiones, las burlas, las hostilidades de muchos se ahogan en el mar de alegría que las primeras conquistas ocasionaron a su corazón.

En 1924 el movimiento de los Aspirantes de la Acción Católica hallábase en sus comienzos. Sin embargo Egidio comprendió enseguida la necesidad urgente de difundirlo, sobre todo en un barrio de su ciudad donde los chicos estaban muy abandonados.

Así, forjado por las santas luchas del apostolado, afirmado en su piedad sólida y serena y animado por la alegría de su juventud fuerte y pura, a los veinte años se apresta a cumplir con el deber patrio del servicio militar; es enrolado en la Armada y asignado al acorazado "Dante Alighieri". La nave está tripulada por mil jóvenes, entre reclutas y marineros. Pero Egidio lo encara, no con la desconfianza de quien posee un tesoro inseguro para custodiar y defender, sino con el santo atrevimiento del apóstol que no tiene sino ansias de conquista. Egidio lo enfrenta serenamente todo, aún más, lo desafía. Así, se santigua antes de comer, y al atardecer no se preocupa de que lo sorprendan rezando el Rosario sobre el puente.
Una tarde está escribiendo en la sala de la biblioteca. Es la hora del descanso. En un rincón unos cabos entonan una canción horriblemente obscena. Se acerca al grupo, pide un poco de silencio y les declara con firmeza que deberían tener vergüenza ellos que son graduados, de dar tan mal ejemplo deshonrando al uniforme y a la Patria. Los suboficiales aceptan con camaradería aquella franca corrección.
Entre los reclutas logra encontrar a unos jóvenes de Acción Católica. Los reúne y junto con ellos prepara el plan de acción: una "cruzada por la pureza". El ejemplo de los primeros arrastra a otros más. Las voluntades son afirmadas con fervientes conversaciones y lecturas de libros edificantes.

Su alegría llega al colmo el día que consigue hacer capitular al mismo jefe de su sección, Guido Foghin. Un sábado por la noche le dice como de costumbre: -Mañana descenderé a tierra antes del almuerzo, porque voy a oír misa y a comulgar. El Cabo se siente empujado por una fuerza misteriosa: -Pues... ¡yo te acompaño! -le dice. Egidio no se muestra asombrado. Lo prepara diligentemente y a la mañana siguiente el nuevo "hijo pródigo" se acerca a la Santa Comunión abriendo, después de tantos años, su corazón a la alegría y a la esperanza; a tal punto, que merecerá la gracia de la vocación religiosa, donde tomará en nombre de Egidio María, y se ordenará sacerdote.
Al acabar la conscripción Egidio regresa a su hogar. Pero deja sobre el "Dante" un núcleo de apóstoles que continuarán su obra encontrando fuerzas en la oración y reuniéndose en derredor del pequeño altar del Sagrado Corazón que han levantado en lugar de honor, en la sección de máquinas. Cerca de la sagrada imagen los muchachos han colocado la fotografía de Egidio; su sonrisa continúa incitándolos a la perseverancia.

A finales de agosto de 1928 la enfermedad de la tuberculosis brinda a Egidio un medio aún más eficaz para la salvación de las almas: el holocausto. En el hospital sigue siendo apóstol, a su lado nadie blasfema, logra que los enfermos recen el Santo Rosario y comulguen en Gracia, y por ellos ofrece sus sufrimientos con resignada y alegre serenidad. Sus dolores se hacen más agudos. En la cama de al lado un muchacho sufre una hemorragia: Egidio reza por él a santa Teresita, y el enfermo se repone, pero se reproduce en Egidio, y por tres días no se la pueden frenar. Con su buen humor exclama: "¡Pero querida santa Teresita, no eran éstas las condiciones!".
Egidio se alegra sintiendo acercarse el momento en que entrará en la Patria. El día 25 de abril de 1929 el alma de Egidio vuela al Cielo a los 23 años de edad. En 1997 es declarado Venerable, reconociéndose sus virtudes en grado heroico.

Fuente: cf. Jefes de fila en la juventud del siglo XX

Jefe en las filas de la juventud

Beato Ivan Merz 03 03 Beato Iván Merz

El justo, inundado por la luz divina, se convierte a su vez en antorcha que resplandece y da calor. Es lo que nos enseña hoy la figura del nuevo beato Iván Merz.

Joven brillante, supo multiplicar los ricos talentos naturales de los que estaba dotado y obtener numerosos éxitos humanos: se puede decir que su vida fue un éxito. Lo que le introduce en el coro de los beatos es su éxito ante Dios. La gran aspiración de toda su vida, de hecho, fue la de «no olvidarse nunca de Dios, desear unirse siempre a Él».
En toda su actividad, buscó el sublime conocimiento de Jesucristo y se dejó conquistar por Él (cf. Filip 3, 8.12). Participando en la Misa, alimentándose del Cuerpo de Cristo y de la Palabra de Dios, encontró el empuje para convertirse en apóstol de los jóvenes. No es casualidad que escogiera como lema «Sacrificio - Eucaristía - Apostolado».
Consciente de la vocación recibida en el Bautismo, hizo de su existencia una carrera hacia la santidad, «elevada medida» de la vida cristiana. Por este motivo, no desaparecerá su recuerdo, su nombre vivirá de generación en generación (Eclo 39, 9).

El nombre de Iván Merz ha supuesto un programa de vida y de acción para toda una generación de jóvenes católicos. ¡También hoy debe seguir siéndolo! Queridos jóvenes, me dirijo, a cada uno de vosotros para invitaros a que no os echéis atrás, a que no cedáis a la tentación del desaliento. No busquéis en otro lugar una vida más cómoda, no huyáis de vuestras responsabilidades esperando que otros resuelvan los problemas, poned más bien remedio al mal con la fuerza del bien.
Al igual que el beato Iván, buscad el encuentro personal con Cristo, que ilumina con una nueva luz la vida. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe vuestras orientaciones y vuestras decisiones! De este modo, os convertiréis en misioneros con vuestros gestos y palabras y seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia misericordiosa de Cristo. No olvidéis: No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón (Mt 5, 15).

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía en la Misa de beatificación de Iván Merz, 22 de junio del 2003

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