María, Mujer perfecta y modelo de toda mujer


La Iglesia, sobre todo en tiempos recientes, ha mostrado singular atención, alentada entre otras cosas por el hecho de que la figura de María, si se contempla a la luz de lo que de ella nos narran los evangelios, constituye una respuesta válida al deseo de emancipación de la mujer: María es la única persona humana que realiza de manera eminente el proyecto de amor divino para la humanidad.

Ese proyecto ya se manifiesta en el Antiguo Testamento, mediante la narración de la creación, que presenta a la primera pareja creada a imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). Por eso, la mujer, al igual que el varón, lleva en sí la semejanza con Dios. Desde su aparición en la tierra como resultado de la obra divina, también vale para ella esta consideración: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). Según esta perspectiva, la diversidad entre el hombre y la mujer no significa inferioridad por parte de ésta, ni desigualdad, sino que constituye un elemento de novedad que enriquece el designio divino, manifestándose como algo que está muy bien.

Sin embargo, la intención divina va más allá de lo que revela el libro del Génesis. En efecto, en María Dios suscitó una personalidad femenina que supera en gran medida la condición ordinaria de la mujer, tal como se observa en la creación de Eva. La excelencia única de María en el mundo de la gracia y su perfección son fruto de la particular benevolencia divina, que quiere elevar a todos, hombres y mujeres, a la perfección moral y a la santidad propias de los hijos adoptivos de Dios. María es la bendita entre todas las mujeres; sin embargo, en cierta medida, toda mujer participa de su sublime dignidad en el plan divino.

El don singular que Dios nos hizo a la Madre del Señor no sólo testimonia lo que podríamos llamar el respeto de Dios por la mujer; también manifiesta la consideración profunda que hay en los designios divinos por su papel insustituible en la historia de la humanidad.

La obra admirable que el Creador realizó en María ofrece a los hombres y a las mujeres la posibilidad de descubrir dimensiones de su condición que antes no habían sido percibidas suficientemente. Contemplando a la Madre del Señor las mujeres podrán comprender mejor su dignidad y la grandeza de su misión. Pero también los hombres, a la luz de la Virgen Madre, podrán tener una visión más completa y equilibrada de su identidad, de la familia y de la sociedad.

La atenta consideración de la figura de María, tal como nos la presenta la sagrada Escritura leída en la fe por la Iglesia, es más necesaria aún ante la desvalorización que, a veces, han realizado algunas corrientes feministas. En algunos casos, la Virgen de Nazaret ha sido presentada como el símbolo de la personalidad femenina encerrada en un horizonte doméstico restringido y estrecho.

Por el contrario, María constituye el modelo del pleno desarrollo de la vocación de la mujer al haber ejercido, a pesar de los límites objetivos impuestos por su condición social, una influencia inmensa en el destino de la humanidad y en la transformación de la sociedad.

Además la doctrina mariana puede iluminar los múltiples modos con los que la vida de la gracia promueve la belleza espiritual de la mujer.

Ante la vergonzosa explotación de quien a veces transforma a la mujer en un objeto sin dignidad, destinado a la satisfacción de pasiones deshonestas, María reafirma el sentido sublime de la belleza femenina, don y reflejo de la belleza de Dios.

Es verdad que la perfección de la mujer, tal como se realizó plenamente en María, puede parecer a primera vista un caso excepcional, sin posibilidad de imitación, un modelo demasiado elevado como para poderlo imitar. De hecho, la santidad única de quien gozó desde el primer instante del privilegio de la concepción inmaculada, fue considerada a veces como signo de una distancia insuperable.

Por el contrario, la santidad excelsa de María, lejos de ser un freno en el camino del seguimiento del Señor, en el plan divino está destinada a animar a todos los cristianos a abrirse a la fuerza santificadora de la gracia de Dios, para quien nada es imposible. Por tanto, en María todos están llamados a tener confianza total en la omnipotencia divina, que transforma los corazones, guiándolos hacia una disponibilidad plena a su providencial proyecto de amor.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 29 de noviembre de 1995

Seamos santos porque nuestro Padre y Maestro es Santo


El Divino Maestro y ejemplo de perfección, Jesucristo, quien junto con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado “un solo Santo”, amó a la Iglesia como esposa y se entregó por ella, para santificarla y para presentarla gloriosa a Sí mismo. Con el precepto dado a sus discípulos de imitar la perfección del Padre, envía a todos el Espíritu Santo, para que los mueva interiormente a amar a Dios de todo corazón y amarse mutuamente unos a otros, como Él los amó. Los discípulos de Cristo han sido llamados no según sus obras, sino según el designio y la gracia de Él y han sido justificados en el Señor Jesús por la fe de bautismo, han sido hechos realmente hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y han sido realmente santificados.

Entre ellos Dios elige siempre a algunos que, siguiendo más de cerca el ejemplo de Cristo, dan testimonio preclaro del reino de los cielos con el derramamiento de su sangre o con el ejercicio heroico de sus virtudes.

La Iglesia, que desde los primeros tiempos del cristianismo siempre creyó que los Apóstoles y los Mártires en Cristo están unidos a nosotros más estrechamente, los ha venerado particularmente junto a la bienaventurada Virgen María y a los Santos Ángeles, y ha implorado devotamente el auxilio de su intercesión. A ellos se han unidos también otros que imitaron más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo y además aquellos cuyo preclaro ejercicio de las virtudes cristianas y de los carismas divinos han suscitado la devoción y la imitación de los fieles.

Mientras contemplamos la vida de aquellos que han seguido fielmente a Cristo, nos sentimos incitados con mayor fuerza a buscar la ciudad futura y se nos enseña con seguridad el camino a través del cual, entre las vicisitudes del mundo, según el estado y la condición de cada uno, podemos llegar a una perfecta unión con Cristo o a la santidad. Así, teniendo tan numerosos testigos, mediante los cuales Dios se hace presente y nos habla, nos sentimos atraídos a alcanzar su reino en el cielo por el ejercicio de la virtud.

La Sede Apostólica, que desde tiempos inmemorables escruta los signos y la voz de su Señor con la mayor reverencia y docilidad por la importante misión de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo de Dios que le ha sido confiado, propone hombres y mujeres que sobresalen por el fulgor de la caridad y de otras virtudes evangélicas para que sean venerados e invocados, declarándoles Santos en acto solemne de canonización, después de haber realizado las oportunas investigaciones.

Fuente: San Juan Pablo II, Constitución apostólica Divinus Perfectionis Magister

San José, hombre de oración, Terror de los demonios


También el trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo relacionado con la figura de José. Pero es un silencio que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José “hizo”; sin embargo permiten descubrir en sus “acciones” -ocultas por el silencio- un clima de profunda contemplación. José estaba en contacto cotidiano con el misterio “escondido desde siglos”, que “puso su morada” bajo el techo de su casa. Esto explica, por ejemplo, por qué Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental.

El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada “en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta”.

Esta sumisión a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción, la cual constituye una de las expresiones de la virtud de la religión.

La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva todavía a considerar el misterio de la encarnación precisamente bajo al aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad en orden a la santificación de los hombres: “En virtud de la divinidad, las acciones humanas de Cristo fueron salvíficas para nosotros, produciendo en nosotros la gracia tanto por razón del mérito, como por una cierta eficacia”.

Entre estas acciones los Evangelistas resaltan las relativas al misterio pascual, pero tampoco olvidan subrayar la importancia del contacto físico con Jesús en orden a la curación (cf., Mc 1, 41) y el influjo ejercido por él sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en el seno materno (cf. Lc 1, 41-44).

El testimonio apostólico no ha olvidado -como hemos visto- la narración del nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en Nazaret, por el “misterio” de gracia contenido en tales “gestos” , todos ellos salvíficos, al ser partícipes de la misma fuente de amor: la divinidad de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres, a través de la humanidad de Cristo, los beneficiados en primer lugar eran ciertamente: María, su madre, y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina había colocado en su estrecha intimidad.

Puesto que el amor “paterno” de José no podía dejar de influir en el amor “filial” de Jesús y, viceversa, el amor “filial” de Jesús no podía dejar de influir en el amor “paterno” de José, ¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta relación singularísima? Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior.

Además, la aparente tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra en él una superación ideal, cosa posible en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis), podemos decir que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo de aquella misma humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Pastor con olor a Cristo


“Porque somos para Dios buen olor de Cristo, entre los que se salvan, y entre los que se pierden”. (2 Cor. 2, 15)

José Gabriel Brochero es un ignaciano criollo con una vitalidad asombrosa y un equilibrio prudente entre el sacerdote en pos de lo eterno y el hombre sensible a las necesidades temporales.

Podemos decir incluso que Brochero se encontró siempre con su sacerdocio, o tal vez mejor, que encontró en el sacerdocio secular o diocesano su lugar adecuado. “Brochero no ha podido ser sino sacerdote”, dice Cárcano con justeza. Así lo vivió, sin dramas ni cuestionamientos, hasta el último día. Tuvo estilo y, como tal, contagió y desbordó.

José Gabriel Brochero dejó huella e hizo escuela. No sólo lo admiraban los hombres de mundo por sus obras. Los sacerdotes y hombres de fe, más allá de sus obras y su chispeante personalidad, veían al sacerdote abnegado y celoso.

“No hemos de olvidar que Brochero fue ante todo y sobre todo un pastor de almas. Si es verdad que le preocuparon los problemas materiales de la región... sin embargo, su constante pensamiento, sus esfuerzos y fatigas, sus largas correrías por montes y por valles, sus frecuentes vigilias, sus palabras, sus acciones, y hasta la original modalidad de su carácter se encaminaron siempre a hacer de sus hijos buenos cristianos, amantes de Dios, guardadores de su ley, honrados y virtuosos”. (Padre Domingo Acevedo)

Sabemos que sólo las obras de Dios perduran en el tiempo. Lo demás, lo puramente humano, queda en el pasado, en la memoria, en la anécdota. Y Brochero trascendió a su muerte y su obra espiritual hoy está viva. Esto no se explica sino porque estamos ante un homo Dei (1 Tim 6, 11), un hombre de Dios.

“Quiero hacer constar que esta religión que se quiere quitar de las escuelas, es la que produce campeones tan esforzados como el Cura Brochero que así moraliza las masas que, con la propaganda y con el ejemplo, construye casas de ejercicios...; que levanta templos; instala colegios monumentales; que construye caminos que faciliten las comunicaciones, procurando así no sólo el bien moral sino el engrandecimiento material de sus feligreses. ¡Y nos han de hablar de liberalismo! ¿Dónde están sus obras? Armados de la piqueta demoledora quieren destruir la obra de siglos y arrancar al hombre el supremo bien de la religión...”. (Luis Santillán Vélez)

San José Gabriel del Rosario Brochero es un arquetipo de sacerdote que, cumpliendo fielmente su misión identificándose plenamente con ella, la hace indivisible del ordenamiento temporal de todas las cosas a Dios. De no separar jamás lo temporal de lo eterno, y de afirmación visible de que nuestra patria sólo se orienta al cielo poniendo a Cristo como centro y a Dios como Principio y Fundamento de todo lo creado.

A todos asombró la magnitud de las obras que emprendía en una zona tan desprovista de recursos. Objetivamente todo lo superaba. Esa desproporción no se explica de otra manera que por su gran confianza en la Providencia, en la Santísima Virgen y San José, que siempre tuvo, y a quienes acudía en todas sus dificultades.

Una idea central de su vida sacerdotal fue la de la Redención, la eficacia de los sacramentos para cambiar una vida y salvar el alma. Sabía que si lograba iniciar sus serranos en la vida de oración, acercarlos a la confesión y, sobre todo a la Eucaristía, Cristo haría su obra. A pesar de deslumbrarnos por su obra temporal, tenía clara conciencia que la salvación de las almas, por la que tanto se desvelaba era obra personal de Cristo a través de los sacramentos.

Poseía de una manera especial el instinto de las almas, el percibir de una manera connatural a quien lo necesitaba y cómo abordarlo. Esto no es otra cosa que una forma sacerdotal eminente de la caridad.

Fuente: Pbro. Ramiro Sáenz, San José Gabriel del Rosario Brochero y su tiempo

Padre nutricio del Hijo de Dios y Sostén de las familias


Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios elige a José como esposo de María. Se sigue de esto que la paternidad de José -una relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de toda elección y predestinación- pasa a través del matrimonio con María, es decir, a través de la familia.

Los evangelistas, aun afirmando claramente que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y que en aquel matrimonio se ha conservado la virginidad, llaman a José esposo de María y a María esposa de José.

Y también para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio la paternidad de José. De aquí se comprende por qué las generaciones han sido enumeradas según la genealogía de José. “¿Por qué -se pregunta san Agustín- no debían serlo a través de José? ¿No era tal vez José el marido de María? La Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica, que él era el marido. No temas, dice, recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Se le ordena poner el nombre del niño, aunque no fuera fruto suyo. Ella, añade, dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de la semilla de José, porque a él, preocupado por el origen de la gravidez de ella, se le ha dicho: es obra del Espíritu Santo. Y, no obstante, no se le quita la autoridad paterna, visto que se le ordena poner el nombre al niño. Finalmente, aun la misma Virgen María, plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por medio de la unión conyugal con él, le llama sin embargo padre de Cristo”.

El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que les une: “A raíz de aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo aquella madre, sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su madre, ambos por medio de la mente, no de la carne”. En este matrimonio no faltaron los requisitos necesarios para su constitución: “En los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos la prole, que es el mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existe adulterio; el sacramento, porque no hay divorcio”.

Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás la ponen siempre en la “indivisible unión espiritual”, en la “unión de los corazones”, en el “consentimiento”, elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar. En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena “libertad” el “don esponsal de sí” al acoger y expresar tal amor. “En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida”.

¡Cuántas enseñanzas se derivan de todo esto para la familia! Porque “la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor” y “la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa”; es en la sagrada Familia, en esta originaria “iglesia doméstica”, donde todas las familias cristianas deben mirarse. En efecto, “por un misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Brochero, el Cura santo


Desde sus años de seminario adquirió hábitos auténticos de oración. Probablemente ha sido la espiritualidad ignaciana la que le suministró los elementos más valiosos y acordes a su personalidad. Cuando iba a Córdoba solía alojarse en la casa de la Compañía. Gustaba rezar en el presbiterio de la capilla y, con tal fervor, qué le llamó poderosamente la atención al Maestro de Novicios y que se lo ponía por modelo y ejemplo. A pesar de su vida tan activa y desigual, siempre se lo vio celebrar la Misa, rezar su breviario y su rosario. Sus largos viajes a caballo o mula lo sorprendían muchas veces en lugares solitarios e inhóspitos. No obstante había pedido permiso para celebrar en casas de familia (llamado licencia de altar portátil) para no dejar su Misa diaria. Y en sus últimos años celebraba de memoria la Misa de la Virgen cuando ya estaba ciego. Quienes lo acompañaban en sus largos viajes por la sierra también cuentan que solía retirarse en soledad para rezar el Oficio Divino que llevaba envuelto en un pañuelo.

No sólo era exigente en las tandas que organizaba, sino que más lo era consigo mismo. El padre Antonio Alonso, mayordomo del seminario, nos cuenta cómo solía hacer sus Ejercicios anuales. “El señor Brochero era el número uno en espíritu... era quien hincado en un reclinatorio solía leer los puntos para la primera meditación de la mañana antes de las misas. En tiempos libres de descanso paseaba por los patios, leyendo el libro de Tomás de Kempis. Ya terminadas en la capilla las oraciones últimas de la noche, convidaba a sus compañeros sacerdotes para que lo acompañaran en la penitencia que practicaba”.

Tenía también un grandísimo amor a la Santísima Virgen, particularmente a la Inmaculada. Su gran devoción fue el rezo del santo rosario, oración que se adaptaba tan bien a su vida. Se lo veía con frecuencia rezarlo repetidamente. El padre Aznar, que siguió sus pasos, nos dice que “predicaba con gran gusto y elocuencia” sobre la Madre de Dios; y nos informa que aún mucha gente que lo escuchó “reza todavía dos veces el santo rosario; una vez por la mañana y otra por la noche”. Y gracias a él “estaba arraigado el rezo del rosario en los hogares con la asistencia de todas las personas de la casa, incluso los domésticos”.

En sus largas travesías, cuenta un anciano que lo acompañaba, “llevaba el Santo Evangelio, lo leía, se callaba, meditaba, y después predicaba”.

Cuando contrajo la lepra la gente se lamentaba de su enfermedad. Pero él dijo que así “estaba mejor para meditar piadosamente en las cosas de Nuestro Señor”.

Brochero conservó hasta su última enfermedad la frescura de su ser sacerdotal, en momentos en que no se sustenta si no es con heroísmo.

“La fama de su santidad no se funda únicamente en las anécdotas sino porque realmente era santo a mi entender, un santo popular como San Juan Bosco”. (Dr. Benjamín Galíndez).

De una Carta de san José Gabriel del Rosario al Obispo de Santiago del Estero, Juan Martín Yániz:

Recordarás que yo sabía decir de mí mismo, que iba a ser tan enérgico siempre, como el caballo chesche que se murió galopando; pero jamás tuve presente que Dios Nuestro Señor es y era quien vivifica y mortifica, quien da las energías físicas y morales y quien las quita. Pues bien, yo estoy ciego casi al remate, apenas distingo la luz del día, y no puedo verme ni mis manos, a más estoy casi sin tacto desde los codos hasta la punta de los dedos y de las rodillas hasta los pies, y así otra persona me tiene que vestir o prenderme la ropa. La Misa la digo de memoria, y es aquella de la Virgen cuyo Evangelio es: “extollens quaedam mulier de turba...”; para partir la hostia consagrada, y para poner en medio del corporal la hijuela cuadrada, llamo al ayudante para que me indique que la forma le he tomado bien, para que se parta por donde la he señalado, y que la hijuela cuadrada está en el centro del corporal para hacerlo doblar; me cuesta mucho hincarme y muchísimo más levantarme, a pesar de tomarme de la mesa del altar. Ya ves el estado a que ha quedado reducido el chesche, el enérgico, el brioso. Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva, quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo.

Fuente: Pbro. Ramiro Sáenz, San José Gabriel del Rosario Brochero y su tiempo

San José, esposo de la Madre de Dios (I)


El Hijo de Dios, al descender a la tierra para tomar la humanidad, necesitaba una Madre; esta Madre no podía ser otra que la más pura de las vírgenes; la maternidad divina no debía alterar en nada su incomparable virginidad. Hasta tanto que el Hijo de María fuera reconocido por Hijo de Dios, el honor de su Madre requería un protector: un hombre, pues, debía ser llamado a la gloria de ser el Esposo de María. Este fue José el más casto de todos los hombres.

Y no sólo consiste su gloria, en haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado, sino también fue llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el Hijo de Dios. Los judíos llamaban a Jesús hijo de José. En el templo, en presencia de los doctores a quienes el divino Niño acababa de llenar de admiración por la sabiduría de sus preguntas y respuestas, dirigía así María la palabra a su Hijo: “Tu Padre y yo doloridos te buscábamos”; y el Santo Evangelio añade que Jesús estaba sujeto tanto a José como a María.

¿Quién podrá concebir y expresar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre, que el Evangelio nos pinta con una sola palabra, llamándole hombre justo? Un afecto conyugal, que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas de Dios; el anuncio celestial, hecho por el ángel, que le reveló que su esposa lleva en su seno el fruto de salvación, y le asocia, como testigo único en la tierra, a la obra divina de la encarnación; las alegrías de Belén, cuando asistió al nacimiento del Niño, cuando custodió a la Virgen Madre y escucho los cantos angélicos, cuando vio llegar ante el recién nacido a los pastores, y poco después a los Magos; las inquietudes que vienen en seguida a interrumpir tanta dicha, cuando, en medio de la noche, tiene que huir a Egipto con el Niño y la Madre; los rigores de este destierro, la pobreza, desnudez a que fueron expuestos el Dios escondido, cuyo protector era, y la Esposa virginal, cuya dignidad comprendía cada vez mejor; la vuelta a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en aquella aldea, donde tantas veces sus tiernos ojos contemplaron al Creador del mundo, llevando con él un trabajo humilde; y, en fin, las delicias de esta existencia sin igual en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; ambos a una dieron a José el honor de presidir aquella familia, que agrupaba con lazos más queridos al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre y a la Virgen, incomparable obra maestra del poder y santidad de Dios.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Beata Laura Vicuña, un modelo a imitar


Desde los primeros días de su ingreso en el colegio, notóse en Laura -refiere su directora- un juicio superior a su edad y una verdadera inclinación a la piedad. Su inocente corazón no hallaba paz y descanso sino en las cosas de Dios. Aunque niña, su devoción era seria; nada de afectación ni de exageraciones en ella.

En todo era llana y sencilla. Durante el rezo se echaba de ver que tenía su mente atenta a la acción que estaba ejecutando. Casi nunca se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor, y muchas veces hubo que advertirle que se la llamaba o que era tiempo de salir de la iglesia. Con esta misma atención procedía en el cumplimiento de todos los demás deberes. Había comprendido bien y tomado para sí aquella sentencia: “Haz lo que haces”, y con santa libertad de espíritu, alegre y contenta, pasaba de la iglesia a la clase, de esta al taller o a cualquier otro trabajo, o al recreo.

“Para mí -solía decir- es lo mismo rezar o trabajar, rezar o jugar, rezar o dormir. Haciendo lo que me mandan, hago lo que Dios quiere que haga, y esto es lo que yo quiero hacer: ésa es mi mejor oración”.

“Luego que conoció la piedad -escribe su directora-, la amó, y alcanzó un don de oración tan alto y continuo que se la veía en tiempo de recreo absorta en Dios”.

“Me parece -decía- que Dios mismo es quien mantiene vivo en mí el recuerdo de su divina presencia. Dondequiera que me hallo, ya sea en la clase, ya en el patio, ese recuerdo me acompaña, me ayuda y me consuela”.

“Es que usted -le objetó el Padre confesor- estará siempre preocupada con ese pensamiento, descuidando tal vez sus deberes”.

“¡Ah, no, Padre!, repuso ella. Conozco que ese pensamiento me ayuda a hacerlo todo mejor y que en nada me estorba; porque no es que esté yo pensando continuamente en él, sino que sin pensarlo estoy gozando de ese recuerdo”.

Fuente: De la Vida de Laura Vicuña, escrita por Augusto Crestanello, presbítero

Una Santa contra el aborto (III)


El 25 de abril de 1994, con motivo de su beatificación, el Papa Juan Pablo II llegará a decir: “Gianna Beretta Molla supo entregar su vida en sacrificio, para que el ser que llevaba en su seno -y que se encuentra hoy entre nosotros- pudiera vivir. Como médico, era consciente de lo que le esperaba, pero no retrocedió ante el sacrificio, confirmando de ese modo la heroicidad de sus virtudes. Es nuestro deseo rendir homenaje a todas las madres valerosas, que se dedican sin reservas a su familia, y que están dispuestas a no escatimar pena alguna, a hacer todos los sacrificios, para transmitirles lo mejor de ellas... ¡Cuánto deben luchar contra las dificultades y los peligros! ¡Cuántas veces son llamadas a enfrentarse a verdaderos “lobos” decididos a quitar la vida y a dispersar el rebaño! Y esas madres heroicas no siempre reciben apoyo de su entorno. Al contrario, los modelos de sociedad, promovidos y propagados con frecuencia por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad. Hoy en día, en nombre del progreso y de la modernidad, los valores de fidelidad, castidad y sacrificio, por los que numerosas esposas y madres cristianas se distinguen y continúan distinguiéndose, se presentan como superados. Sucede entonces que una mujer que decide ser coherente con sus principios se siente profundamente sola. Sola con su amor, al que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio conductor es Cristo, que nos ha revelado ese amor que nos prodiga el Padre. Una madre que cree en Cristo encuentra un enorme apoyo en ese amor que todo lo soportó. Se trata de un amor que le permite creer que lo que hace por un hijo concebido, traído al mundo, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios. Como lo escribe san Juan, Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y cuando esa realidad se manifieste plenamente seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es”.

El Papa manifiesta igualmente su solicitud paternal con las mujeres que han recurrido al aborto mediante las siguientes palabras de ánimo de la Encíclica Evangelium vitae: “La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la reconciliación... Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida... seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

“Recemos juntos a fin de tener la valentía de defender al niño que va a nacer y de darle la posibilidad de amar y de ser amado -decía la madre Teresa de Calcuta-. Y creo que de ese modo, con la gracia de Dios, podremos conseguir que haya paz en el mundo”.

Que en este año nuevo, la Santísima Virgen y san José nos concedan la paz que el Hijo de Dios vino a dar al mundo mediante su Encarnación.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Luminoso faro de la Iglesia


Desde su primera encíclica, fue como si una llama luminosa se elevara para esclarecer las mentes y encender los corazones.

¡Qué claridad de pensamiento! ¡Qué fuerza de persuasión! Ciertamente era la ciencia y la sabiduría de un profeta inspirado, la intrépida claridad de un Juan Bautista y de un Pablo de Tarso, era la ternura paterna del Vicario y representante de Cristo, avizor a todas las necesidades, solícito para todos los intereses, atento a todas las miserias de sus hijos. Su palabra era trueno, era espada, era bálsamo; se comunicaba intensamente a toda la Iglesia y se extendía mucho más allá de ella con eficacia; alcanzaba su irresistible vigor no sólo de la indiscutible sustancia del contenido, sino también de su íntimo y penetrante calor. Se sentía hervir en ella el alma de un Pastor que vivía en Dios y de Dios, sin otra mira que conducir hasta él a sus corderos y a sus ovejas.

Con su mirada de águila, más perspicaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad contaminada o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo.

Frente a los atentados contra los derechos inalienables de la libertad y dignidad humana, contra los derechos sagrados de Dios y de la Iglesia, sabía erguirse como un gigante con toda la majestad de su autoridad soberana.

Defensor de la fe, heraldo de la verdad eterna, custodio de las más santas tradiciones, Pío X reveló un sentido finísimo de las necesidades, de las aspiraciones, de las energías de su tiempo. Por eso ocupa un puesto entre los más gloriosos Pontífices, depositarios fieles en la tierra de las llaves del reino de los cielos, a los que la Humanidad es deudora de todos sus verdaderos avances en el camino recto del bien y de todo su genuino progreso.

En Pío X se revela el arcano de la sabia y benigna Providencia que asiste a la Iglesia, y por medio de ella al mundo, en todas las épocas de la Historia.

Si hoy la Iglesia de Dios, lejos de retroceder frente a las fuerzas destructoras de los valores espirituales, sufre, combate y, por la divina virtud, avanza y redime, se debe en gran parte a la acción clarividente y a la santidad de Pío X. Confiad en su intercesión y orad juntamente con Nos, así: ¡Oh Santo Pontífice, fiel siervo de tu Señor, humilde y confiado discípulo del divino Maestro, en el dolor y en el gozo, en los trabajos y en las solicitudes, experimentado Pastor de la grey de Cristo!, dirige tu mirada a nosotros que nos postramos ante tus santos despojos. Difíciles son los tiempos en que vivimos; duras las fatigas que ellos exigen de nosotros. La Esposa de Cristo, confiada en otro tiempo a tus cuidados, se encuentra de nuevo en graves angustias, sus hijos están amenazados por innumerables peligros de alma y cuerpo; el espíritu del mundo, como león rugiente, da vueltas buscando a quien poder devorar. No pocos caen como víctimas suyas. Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen. Cierran sus ojos a la luz de la eterna verdad; escuchan las voces de sirenas que insinúan engañosos mensajes. Tú, que fuiste aquí gran suscitador y guía del pueblo de Dios, sé auxilio e intercesor nuestro y de todos aquellos que se profesan seguidores de Cristo. Tú, cuyo corazón se hizo pedazos cuando viste el mundo precipitarse en sangrienta lucha, socorre a la Humanidad, socorre a la cristiandad, expuesta al presente a iguales riesgos; consigue de la misericordia divina el don de una paz duradera y como añadidura de ella el retorno de los espíritus a aquel sentido de verdadera fraternidad, única que puede volver a entronizar entre los hombres y las naciones la justicia y la concordia queridas por Dios. Así sea.

Fuente: Cf. S.S. Pío XII, Alocución del 3 de junio de 1951, en la beatificación de Su Santidad Pío X

La belleza de la fidelidad conyugal

Tolkien y su esposa Edith

Como contrato indisoluble, el matrimonio tiene la fuerza de constituir y vincular a los esposos en un estado social y religioso, de carácter legítimo y perpetuo y tiene sobre todos los demás contratos la superioridad de que ningún poder en el mundo es capaz de rescindirlo. En vano una de las partes pretenderá desatarse de él; el pacto violado, renegado, roto, no afloja sus lazos; continúa obligando con el mismo vigor que el día en que fue sellado ante Dios con el consentimiento de los contrayentes; ni siquiera la víctima puede ser desatada del sagrado vínculo que la une a aquel o a aquella que le ha traicionado. La atadura no se desata, o más bien, no se rompe sino con la muerte.

A pesar de eso, la fidelidad dice todavía algo más poderoso, más profundo y al mismo tiempo más delicado y más infinitamente dulce. Porque, uniendo el contrato matrimonial a los esposos en una comunidad de vida social y religiosa, es necesario que determine con exactitud los límites dentro de los cuales obliga, que recuerde la posibilidad de una coacción exterior, a la cual una de las partes puede acudir para obligar a la otra al cumplimiento de los deberes libremente aceptados. Pero mientras estas determinaciones jurídicas, que son como el cuerpo material del contrato, le dan necesariamente como un frío aspecto formal, la fidelidad es en él como el alma y el corazón, la prueba abierta, el testimonio patente.

Aunque más exigente, la fidelidad cambia en dulzura lo que la precisión jurídica parecía poner en el contrato de más riguroso y más austero. Sí, más exigente; porque ella juzga infiel y perjuro no sólo al que atenta con el divorcio, por otra parte inútil y sin efecto, a la indisolubilidad del matrimonio, sino también al que, sin destruir materialmente el hogar por él fundado, aun continuando la vida conyugal, se permite establecer y mantener paralelamente otro vínculo criminal; infiel y perjuro el que, aun sin establecer una lícita relación durable, dispone, aunque sea una sola vez, para el placer ajeno o para la propia, egoísta y pecaminosa satisfacción de un cuerpo - para usar la expresión de San Pablo -, sobre el cual, solamente el esposo y la esposa legítima tienen derecho. Más exigente todavía y más delicada que esta estricta fidelidad natural, la verdadera fidelidad cristiana señorea y alcanza más allá; reina e impera, como soberana amorosa, en toda la amplitud del dominio real del amor.

Porque, efectivamente, ¿qué es la fidelidad sino el religioso respeto del don que cada uno de los esposos ha hecho al otro, don de sí mismo, de su cuerpo, de su mente, de su corazón, para toda la vida, sin otra reserva que los sagrados derechos de Dios?

Si desde el principio el amor fue verdadero y no solamente una búsqueda egoísta de satisfacciones sensuales, este amor nunca cambiado del corazón vive siempre joven, jamás vencido por los años que pasan. Ninguna cosa hay más edificante y encantadora, ninguna más conmovedora que el espectáculo de aquellos venerables ancianos cuyas bodas de oro tienen en su celebración algo de más tranquilo, pero también de más profundo, hasta diríamos de más tierno, que aquellas de la juventud.

Sobre su amor han pasado cincuenta años: trabajando, amando, sufriendo, rezando juntos, han aprendido a conocerse mejor, a descubrir el uno en el otro la verdadera bondad, la verdadera belleza, la verdadera palpitación de un corazón devoto, o adivinar todavía más lo que al otro puede agradar; y de aquí aquellas premuras exquisitas, aquellas pequeñas sorpresas, aquellas innumerables pequeñeces, en las que solamente encontraría chiquilladas el que no sabe descubrir la grandiosa, la hermosa dignidad de un inmenso amor. Esta es la fidelidad del mutuo don de los corazones.

Felices vosotros, jóvenes esposos, si habéis podido, si podéis todavía contemplar semejantes escenas en vuestros abuelos. Acaso vosotros, cuando muchachos, habéis bromeado con ellos delicada y amorosamente; pero ahora, el día de vuestras bodas, vuestras miradas se han posado conmovidas sobre estos recuerdos con santa envidia, con la esperanza de ofrecer un día vosotros mismos un espectáculo semejante a vuestros nietos. Nos lo auguramos y sobre vosotros invocamos del Señor la gracia de esta larga, indefectible y deliciosa fidelidad, mientras, con toda la efusión del corazón, os damos Nuestra paternal bendición apostólica.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 29 de octubre de 1942

Una intercesora en tiempos de sufrimiento

Santa Josefina Bakhita

En Josefina Bakhita encontramos un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. “Siendo esclava nunca me he desesperado decía, porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía”. El nombre Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. “Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios”, solía repetir.

Transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su “madre morenita”, así la llamaban, una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico.

“La ley del Señor es perfecta e instruye al ignorante”. Estas palabras del Salmo responsorial resuenan con fuerza en la vida de la religiosa Josefina Bakhita. Secuestrada y vendida como esclava a la tierna edad de siete años, sufrió mucho en manos de amos crueles. Pero llegó a comprender la profunda verdad de que Dios, y no el hombre, es el verdadero Señor de todo ser humano, de toda vida humana. Esta experiencia se transformó en una fuente de gran sabiduría para esta humilde hija de África.

Invito a toda la Iglesia a invocar la intercesión de santa Bakhita sobre todos nuestros hermanos perseguidos, para que experimenten la reconciliación y la paz.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilías del 17 de mayo de 1992 y del 1 de octubre de 2000

En honor a su nombre


Karol Wojtyla, quien luego se convertiría en el Papa San Juan Pablo II, contó en una ocasión por qué su padre, también llamado Karol, decidió ponerle ese nombre.

“La relación entre el último emperador de Austria y rey de Hungría, Carlos de Habsburgo, ahora beato, con Karol Wojtyla es poco conocida, pero la historia es muy interesante”, afirma Artur Hanula en un artículo titulado “Carlos de Habsburgo: En su honor, Wojtyla era Karol”.

“Hace años, Rodolfo de Habsburgo, hijo del último emperador de Austria, rey de Hungría y Bohemia, reveló en sus memorias, un comentario de San Juan Pablo II durante una audiencia privada. El representante de la famosa dinastía austriaca evoca, en sus notas, el encuentro de su familia con el Papa polaco”, relató Hanula.

A la audiencia asistieron el príncipe Rodolfo, sus hijos con sus familias y su madre, la emperatriz Zita, ahora Sierva de Dios.

El Papa polaco “saludó muy calurosamente a los Habsburgo y, dirigiéndose a Zita, la llamó mi Emperatriz; el Papa ni siquiera pasó por alto la cortesía de inclinar la cabeza ante ella. Habló muy afectuosamente de su difunto esposo, Carlos I. De repente, palabras elocuentes y sorprendentes salieron de la boca del Papa: ¿Saben por qué me llamaron Karol en el bautismo? Porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, del que era soldado”.

Carlos I de Habsburgo fue el último beato que el Papa Wojtyla elevó a los altares. Eso ocurrió el 3 de octubre en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

Ese día, el Pontífice polaco afirmó que “Carlos de Austria, jefe de Estado y cristiano”, asumió su cargo “como un servicio santo a su pueblo. Su principal aspiración fue seguir la vocación del cristiano a la santidad también en su actividad política. Por eso, para él era importante la asistencia social. Que sea un modelo para todos nosotros, particularmente para aquellos que hoy tienen la responsabilidad política en Europa”.

El milagro que llevó a la beatificación al emperador se obró en una monja polaca, la hermana Maria Zyta Gradowska, que nació en 1894.

A los 25 años se unió a la Congregación de las Hermanas de la Caridad. Pronto se convirtió en misionera en Brasil. Con el tiempo, su salud se deterioró, hasta el punto de que estuvo postrada en cama. Una de las hermanas sugirió que orara por la curación por intercesión del Siervo de Dios Carlos de Hasburgo.

La religiosa inicialmente se resistió a rezarle, pero su resistencia se rompió cuando el dolor se volvió cada vez más difícil de soportar, explica Artur Hanula.

Una mañana, la hermana Gradowska se levantó como si nada y simplemente fue a la capilla a rezar. No solo había desaparecido el dolor insoportable, sino que las heridas que no curaban en sus piernas habían desaparecido por completo. La enfermedad nunca volvió y la religiosa vivió hasta los 95 años.

Artur Hanula resalta finalmente que el segundo nombre del Papa polaco: Józef probablemente se refería al predecesor de Carlos I, el hermano de su abuelo, Francisco José I.

Fuente: aciprensa.com

Un padre y una madre dignos del cielo (II)


Para los esposos Martin, era muy claro qué es del César y qué es de Dios. Al Señor Dios es al primero que se ha de servir, decía Juana de Arco. Los esposos Martin lo convirtieron en lema de su hogar: para ellos Dios ocupaba siempre el primer lugar en su vida. La señora Martin decía a menudo: “Dios es el Maestro. Hace lo que quiere”. El señor Martin se hacía eco de esas palabras, repitiendo: “Al Señor Dios es al primero que se ha de servir”. Cuando la prueba llegó a su hogar, su reacción espontánea fue siempre la aceptación de esta voluntad divina.

Dentro de algunos instantes proclamaremos nuestra profesión de fe, que Luis y Celia repitieron tantas veces en la misa y enseñaron a sus hijos. Después de haber confesado la santa Iglesia católica, el símbolo de los Apóstoles añade la comunión de los santos.

Yo creía -decía Teresa-, “sentía que hay un cielo y que este cielo está poblado de almas que me quieren, que me consideran como su hija...”. En este cielo poblado de almas ahora podemos incluir a los beatos Luis y Celia, a quienes por primera vez invocamos públicamente: “Luis y Celia, rogad a Dios por nosotros. Os pido que nos queráis, que nos consideréis como vuestros hijos; quered a toda la Iglesia, quered sobre todo, nuestros hogares y a sus hijos”.

Luis y Celia son un don para los esposos de todas las edades por la estima, el respeto y la armonía con que se amaron durante diecinueve años. Celia escribió a Luis: “Yo no puedo vivir sin ti, querido Luis”. Él le respondió: “Yo soy tu marido y amigo que te ama por toda la vida”. Vivieron las promesas del matrimonio: la fidelidad del compromiso, la indisolubilidad del vínculo, la fecundidad del amor, tanto en las alegrías y en las penas como en la salud y en la enfermedad. Luis y Celia son un don para los padres. Ministros del amor y de la vida, engendraron numerosos hijos para el Señor. Entre estos hijos, admiramos particularmente a Teresa, obra maestra de la gracia de Dios, pero también obra maestra de su amor a la vida y a los hijos. Luis y Celia son un don para todos los que han perdido un cónyuge. La viudez es siempre una situación difícil de aceptar. Luis vivió la pérdida de su esposa con fe y generosidad, prefiriendo el bien de sus hijos a sus atracciones personales. Luis y Celia son un don para los que afrontan la enfermedad y la muerte. Celia murió de cáncer; Luis terminó su existencia afectado por una arteriosclerosis cerebral. En nuestro mundo, que trata de ocultar la muerte, nos enseñan a mirarla a la cara, abandonándonos a Dios.

Por último, doy gracias a Dios porque Luis y Celia son un modelo ejemplar de hogar misionero. Los testimonios de los hijos de los esposos Martin a propósito del espíritu misionero que reinaba en su hogar son unánimes e impresionantes: “Mis padres se interesaban mucho por la salvación de las almas... Pero nuestra obra de apostolado más conocida era la propagación de la fe, para la cual cada año nuestros padres daban un cuantioso donativo. Este mismo celo por las almas les hacía desear mucho tener un hijo misionero e hijas religiosas”.

Hermanos míos, quiera Dios que vuestras familias, vuestras parroquias, vuestras comunidades religiosas, sean también hogares santos y misioneros, como lo fue el hogar de los beatos esposos Luis y Celia Martin. Amén.

Fuente: Card. José Saraiva Martins, Homilía del 19 de octubre de 2008 en la ceremonia de Beatificación

Un padre y una madre dignos del cielo (I)


Luis y de Celia Martin, padres de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones. Con su vida de matrimonio ejemplar anunciaron el Evangelio de Cristo. Vivieron ardientemente su fe y la transmitieron en su familia y en su entorno. Que su oración común sea fuente de alegría y de esperanza para todos los padres y todas las familias. (S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 19 de octubre de 2008)

Santa Teresa del Niño Jesús escribió en la Historia de un alma: “Perdóname, Jesús, si desvarío queriendo decirte mis deseos, mis esperanzas, que tocan el infinito. Perdóname y sana mi alma dándole lo que espera...”. Jesús realizó siempre los deseos de Teresa. Incluso se mostró generoso ya antes de su nacimiento, puesto que, como ella misma escribió al abad Bellière -muchos lo saben ya de memoria-, “el buen Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra”.

Mi corazón da gracias a Dios por este testimonio ejemplar de amor conyugal, que puede estimular a los hogares cristianos a la práctica integral de las virtudes cristianas como suscitó el deseo de santidad en Teresa.

Pensaba en mi padre y en mi madre; y en este momento quisiera que también vosotros pensarais en vuestro padre y en vuestra madre, y que juntos diéramos gracias a Dios porque nos ha creado y nos ha hecho cristianos a través del amor conyugal de nuestros padres. Recibir la vida es algo maravilloso, pero, para nosotros, es más admirable aún que nuestros padres nos hayan conducido a la Iglesia, la única capaz de hacer cristianos. Nadie puede hacerse cristiano por sí mismo.

El matrimonio es una de las vocaciones más nobles y más elevadas a las que los hombres están llamados por la Providencia. Luis y Celia comprendieron que podían santificarse no a pesar del matrimonio, sino a través, en y por el matrimonio, y que su unión debía ser considerada como el punto de partida de una ascensión de dos personas. Hoy la Iglesia no solamente admira la santidad de estos hijos de la tierra de Normandía, un don para todos, sino que se mira en esta pareja de beatos que contribuye a hacer más hermoso y espléndido el vestido de novia de la Iglesia. No sólo admira la santidad de su vida; reconoce en este matrimonio la santidad eminente de la institución del amor conyugal, tal como la ha concebido el Creador mismo.

El amor conyugal de Luis y Celia es reflejo puro del amor de Cristo a su Iglesia; también es reflejo puro del amor con el que la Iglesia ama a su Esposo, Cristo. El Padre “nos eligió en él antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1, 4).

Luis y Celia testimoniaron el radicalismo del compromiso evangélico de la vocación al matrimonio hasta el heroísmo. No temieron hacerse violencia a sí mismos para arrebatar el reino de los cielos, y así se convirtieron en luz del mundo, que hoy la Iglesia pone en el candelero a fin de que brillen para todos los que están en la casa (la Iglesia). Brillan ante los hombres, para que estos vean sus buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos. Su ejemplo de vida cristiana es como una ciudad situada en la cima de un monte, que no puede ocultarse (cf.Mt 5,13-16).

¿Cuál es el secreto del éxito de su vida cristiana? “Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Dios de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6, 8). Luis y Celia caminaron humildemente con Dios en busca del consejo del Señor. Señor, danos tu consejo. Buscaban el consejo del Señor. Tenían sed del consejo del Señor. Amaban el consejo del Señor. Se conformaron al consejo del Señor sin quejarse. Para estar seguros de caminar en el verdadero consejo del Señor, se dirigieron a la Iglesia, experta en humanidad, poniendo todos los aspectos de su vida en armonía con las enseñanzas de la Iglesia.

Fuente: Card. José Saraiva Martins, Homilía del 19 de octubre de 2008 en la ceremonia de Beatificación

Negociemos los talentos


“El que recibió cinco talentos negoció con ellos y ganó otros cinco, y de la misma manera el que recibió dos ganó otros dos, y el que recibió uno cavó en la tierra y escondió el tesoro de su señor.”

En el criado que recibió cinco talentos y en el que recibió dos están representados los fervorosos y diligentes; porque ordinariamente los que han recibido mucho caudal cobran grande ánimo y confianza para trabajar, y como mercaderes ricos se abalanzan a grandes empresas y ganan mucho, con tal que tengan humildad, atribuyendo su fervor a la divina gracia.

En el que recibió un talento están representados los negligentes y perezosos, porque los que tienen poco caudal, si no son muy humildes, suelen ser muy quejicosos, envidiosos y pusilánimes, y así se rinden a la pereza. Y si tienen otros talentos de mundo y carne, empléanse en buscar los bienes terrenos, y debajo de esta tierra sepultan el talento que recibieron para negociar los bienes del cielo.

Y ¿cuál es su premio y galardón? Al que ganó cinco talentos y al que ganó dos, díjoles el Señor: “Alégrate, siervo bueno y fiel; pues fuiste fiel en lo poco, yo te haré señor de muchas cosas: entra en el gozo de tu señor.”

Califícalos de buenos y fieles: buenos, porque vivieron santamente, cumpliendo su ley y voluntad; fieles, porque usaron fielmente de los dones y gracias que habían recibido, aunque en sí grandes, pero pequeños respecto de los eternos; y por eso dice: “Pues fuiste fiel en lo poco”, cual es lo que pasa en esta vida mortal, Yo te constituiré en el cielo sobre mucho, haciéndote muchas y grandes mercedes. “Entra en el gozo de tu Señor”; engólfate en el abismo de los deleites celestiales, para que de dentro y de fuera estés lleno y colmado de gozo, bebiendo del río copioso de su alegría hasta tener perfecta hartura.

A ambos dijo las mismas palabras, para darnos a entender que en la paga del cielo más se atiende a la diligencia de las obras que al número de los talentos. No hubiera sido llamado siervo bueno y fiel el que recibió cinco talentos, si sólo hubiera ganado dos. Y tú ¿negocias con los talentos que Dios te dio? ¿En tu salud, tu ingenio, tu ciencia, con verdadero afán, en las cosas que tocan al servicio de Dios y bien de las almas?

“El siervo que recibió un talento dijo a su Señor: Sé que eres hombre duro y que coges de lo que no haz sembrado, y así, temiéndote, escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo.”

Descúbrese aquí la malicia del perezoso que, para en encubrir su pereza, finge peligros y dificultades y teme donde no hay que temer.

“Respondióle el Señor: Siervo malo y perezoso, si sabías que cojo donde no siembro, debías haber dado mi dinero cambio, para que cuando viniera recibiera lo que es mío con ganancia. Quitadle el talento y dadle al que tiene cinco; porque, al que tiene se le dará, y al que no tiene le quitarán lo que parece que tiene; y a este siervo desaprovechado echadle en tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de diente.”

¡Terrible sentencia! No sólo le reprende aspérrimamente y le confunde delante de los otros siervos, sino que le quita el talento que tenía, esto es, le despoja de todos los bienes de gracia y de todos los dones añadidos a su naturaleza, en castigo de su pereza. Y le echa en las tinieblas exteriores del infierno, donde perpetuamente llore y rabie por su desaprovechada pereza.

Y si tal castigo se da al que por pereza no usa del talento que recibió, ¿qué castigo se dará al que usa de él para ofender a Dios y escandalizar o dañar al prójimo?

Señor, no entres en juicio conmigo. Merecía que me hubieras quitado los talentos que me diste, por haberlos enterrado. Mas ya que por tu paciencia me has hecho sufrir ayúdame a desenterrarlos para que, negociando con ellos lo que me pides, alcance lo que prometes a los que dignamente los emplean.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

Imitar a los que alabamos


Todo el que admira con amor religioso a los Santos y celebra una y otra vez con alabanzas la gloria de los justos, debe imitar su justicia y su vida santa. El que siente alegría ensalzando los méritos de algún santo, ha de tener empeño también en ser, como el santo, fiel al servicio de Dios. Así, pues, o imita uno al que alaba o no alaba al que no quiere imitar. El que tributa elogios a otro, hágase digno de ser alabado, y el que admira el mérito de los Santos, hágase también admirar por su vida santa. Si amamos a las almas justas y fieles por el aprecio que hacemos de su justicia y su fe, también nosotros podemos ser lo que son ellos, si lo que hacen ellos, lo hacemos nosotros.

Y no es difícil para nosotros imitar sus acciones, pues, mientras los primeros Santos, para hacerlas, no tuvieron ejemplos anteriores que imitar, no fueron imitadores de otros, se nos presentan ellos a nosotros como ejemplares que debemos copiar en la práctica de la virtud. Así, tanto por el provecho que sacamos nosotros de su ejemplo, como por el que saque el prójimo del nuestro, será Jesucristo perpetuamente glorificado por sus siervos en la Santa Iglesia.

Ya en los primeros tiempos del mundo el inocente Abel fue sacrificado; Henoc, porque era grato a Dios, fue arrebatado de este mundo; Noé fue hallado justo; Abraham, probado y hallado fiel; Moisés se distinguió por su mansedumbre; Josué, en la castidad; David por la clemencia; Elías agradó al Señor; Daniel fue piadoso; sus tres compañeros, vencedores; los Apóstoles, discípulos de Cristo, fueron nombrados maestros de los creyentes; instruidos por ellos, los Confesores luchan con valentía; los Mártires, consumados en perfección, triunfan; y legiones de cristianos, armados por Dios, infligen al diablo continuas derrotas. Por sus virtudes todos estos son parecidos; por sus combates, diferentes; por sus victorias, gloriosos.

Oh cristiano, eres soldado cobarde si piensas que vas a vencer sin luchar y a triunfar sin esfuerzo. Despliega tu fuerza, lucha con valor, pelea sin desmayo en esta refriega. Recuerda tu pacto, atiende a las condiciones, mira lo que es la milicia: el pacto, lo hiciste; las condiciones, las aceptaste; en la milicia, te alistaste.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

La humildad de María (II)


Si te es imposible imitar el candor y la belleza de María -dice San Bernardo- imita al menos su humildad. Una virtud verdaderamente gloriosa es la virginidad, pero no es necesaria como la humildad; la primera nos fue propuesta bajo la forma de una invitación; la segunda nos fue impuesta como un precepto absoluto: “si no os hicieres como niños no entraréis en el reino de los cielos”; la virginidad será premiada, pero la humildad nos es exigida; sin la virginidad podemos salvarnos, pero sin la humildad es imposible la salvación. Sin la humildad, la misma virginidad de María habría desagradado a Dios. Agradó al Señor María por su virginidad; pero llegó a ser Madre por su humildad.

Las cualidades y las dotes más hermosas, hasta la penitencia, la pobreza, la virginidad, el apostolado, la misma vida consagrada a Dios, incluso el sacerdocio, son estériles e infecundas si no están acompañadas por una humildad sincera; más aún, sin la humildad pueden ser un peligro para el alma que las poseen. Lucifer era casto, pero no era humilde, y el orgullo fue su ruina. Cuanto más encumbrado es el puesto que ocupamos en la viña del Señor, cuanto más elevada es la vida de perfección que profesamos, cuanto más importante es la misión que Dios nos ha confiado, más necesidad tenemos de vivir fuertemente radicados en la humildad. Así como la maternidad de María fue el fruto de su humildad -humilitate concepit-, del mismo modo la fecundidad de nuestra vida interior, de nuestro apostolado, dependerá y estará en proporción con la humildad. Sólo Dios puede realizar en nosotros y por medio de nosotros obras maravillosas, pero no las hará si no nos ve sincera y profundamente humildes. Sólo la humildad es el terreno fértil y apto para que fructifiquen los dones del Señor; por otra parte, siempre será la humildad quien haga descender sobre nosotros la gracia y los favores de Dios. En el ajedrez, “la dama es la que más guerra le puede hacer [al Rey], y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad; ésta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella [humildad] le traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas. Y creed que quien más [humildad] tuviere, más le tendrá [a Dios], y quien menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado” (Santa Teresa).

¡Oh Madre humildísima! Hazme humilde, para que el Señor se complazca en fijar sus ojos en mí. Nada hay en mi alma que pueda fascinar la mirada de Dios: nada de sublime, nada digno de sus complacencias, nada verdaderamente bueno y virtuoso. Y si algo hubiese digno de Dios, está mezclado con tanta miseria, es tan débil y deficiente que no merece el nombre de virtud. Entonces, Señor, ¿qué es lo que podrá atraer tu gracia sobre mi pobre alma? ¿En quién se posan tus miradas, sino en los humildes y en los hombres de corazón contrito? (Is. 66, 2). ¡Oh Señor, que sea yo humilde! Hacedme humilde por los méritos de tu humildísima Madre.

“¡Oh María! Si Tú no hubieras sido tan humilde, no habría descendido sobre ti el Espíritu Santo y no habrías llegado a ser Madre...” (San Bernardo). Del mismo modo, si yo no soy humilde, el Señor no me dará la gracia, el Espíritu Santo no descenderá sobre mí, y mi vida será estéril e infecunda. Haz, ¡oh Virgen Santa!, que tu humildad, tan agradable a los ojos de Dios, me alcance el perdón de mi orgullo y me conceda un corazón verdaderamente humilde.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Caridad y compasión de San Francisco (III)


No hay inteligencia humana que pueda entender lo que sentía cuando pronunciaba, santo Señor, tu nombre; aparecía todo él jubiloso, lleno de castísima alegría, como un hombre nuevo y del otro mundo. Por eso mismo, dondequiera se encontrase un escrito divino o humano, en el camino, en casa o sobre el suelo, lo recogía con grandísimo respeto y lo colocaba en lugar sagrado y decoroso, en atención a que pudiera estar escrito en él el nombre del Señor o algo relacionado con éste. Como un religioso le preguntara en cierta ocasión para qué recogía con tanta diligencia también los escritos de los paganos y aquellos en que no se contenía el nombre del Señor, respondió: “Hijo mío, porque en ellos hay letras con las que se compone el gloriosísimo nombre del Señor Dios. Lo bueno que hay en ellos, no pertenece a los paganos ni a otros hombres, sino a sólo Dios, de quien es todo bien”. Y cosa no menos de admirar: cuando hacía escribir algunas cartas de saludo o exhortación, no permitía que se borrase una letra o sílaba, así fuera superflua o improcedente.

¡Oh cuán encantador, qué espléndido y glorioso se manifestaba en la inocencia de su vida, en la sencillez de sus palabras, en la pureza del corazón, en el amor de Dios, en la caridad fraterna, en la ardorosa obediencia, en la condescendencia complaciente, en el semblante angelical! En sus costumbres, fino; plácido por naturaleza; afable en la conversación; certero en la exhortación; fidelísimo a su palabra; prudente en el consejo; eficaz en la acción; lleno de gracia en todo. Sereno de mente, dulce de ánimo, sobrio de espíritu, absorto en la contemplación, constante en la oración y en todo lleno de fervor. Tenaz en el propósito, firme en la virtud, perseverante en la gracia, el mismo en todo. Pronto al perdón, tardo a la ira, agudo de ingenio, de memoria fácil, sutil en el razonamiento, prudente en la elección, sencillo en todo. Riguroso consigo, indulgente con los otros, discreto con todos.

Fuente: Cf. Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, Cap. XXIX

En la Fiesta del Beato Carlos de Austria


Oración al Beato Carlos en tiempo de calamidad

Oh Beato Carlos, has aceptado las difíciles tareas y desafíos que Dios te ha dado durante tu vida y has confiado siempre en Nuestro Señor Jesucristo a través de la guía del Espíritu Santo, y en María, Madre de Dios y nuestra, siempre has encontrado inspiración, consuelo y esperanza. Ven en nuestra ayuda ahora que somos probados por esta calamidad e intercede por nosotros. Te confiamos las almas de los que han fallecido; llévalos al abrazo misericordioso de Dios y consuela a todos los que lloran y sufren el duelo. Intercede por la curación de los enfermos para que recuperen la fuerza y la salud del cuerpo y del espíritu. Tú que has sido un verdadero rey cristiano, guía e ilumina a los líderes de las naciones, para que adopten decisiones justas y sabias por el bien y la paz de la humanidad. Fortalece a los médicos, enfermeros y científicos con la sabiduría, el conocimiento y la compasión del Médico Divino. Disipa nuestra soberbia para que podamos cooperar por la paz y la unidad. Alcánzanos la fe para que podamos experimentar y ser testigos de la saludable intervención de Dios. Ayúdanos a poner nuestras vidas en las manos de Dios Todopoderoso y hacer su santa voluntad, para que podamos alabarlo por siempre como tú lo hiciste. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Oración del apóstol laico

Señor Jesús, que nos has llamado al honor de aportar nuestra humilde contribución al trabajo del Apostolado Jerárquico; Tú, que has rogado al Padre Celestial no que nos sacara del mundo sino que nos guardara del mal; concédenos en abundancia tu luz y tu gracia para vencer, en nosotros mismos, el espíritu de las tinieblas y el pecado, a fin de que, conscientes de nuestros deberes, perseverantes en el bien e inflamados de celo por tu causa, con la fuerza del ejemplo, de la oración, de la acción y de la vida sobrenatural, nos hagamos cada día más dignos de nuestra misión, y más aptos para establecer y promover entre los hombres, nuestros hermanos, tu Reino de justicia, de amor y de paz. Amén. (Oración compuesta por S.S. Pío XII)

Señor Jesucristo, Rey y centro de los corazones. Rendidos a tus pies, te suplicamos la gracia de ser fieles hijos de Dios y soldados valerosos de tu Iglesia. Por tu gran compasión borra nuestras culpas y líbranos del poder del enemigo. Danos tu Santo Espíritu para que, llevando una vida santa e irreprochable en tu presencia por el amor, seamos capaces de enseñar a los hombres tus caminos para que se vuelvan a Ti, su Creador.

Mira, Señor, que han llegado tiempos en que la sana doctrina no es soportada por los hombres, sino que, buscándose maestros que halaguen sus oídos, se echan a andar por el camino ancho que lleva a la perdición, olvidando tu ley y tu amor.

Por eso acudimos a Ti, nuestro Dios y Redentor, para que te dignes auxiliarnos con tu mano poderosa en esta nuestra lucha cotidiana. Que el ejemplo y la intercesión de tu Santísima Madre, la Virgen María, nos hagan salir victoriosos de las pruebas presentes, para que, luchando sin descanso por tu honor y por tu gloria, alcancemos el premio que nos tienes preparado y ayudemos a muchos otros a alcanzarlo. Te lo pedimos a Ti que eres Rey, glorioso e inmortal, de los siglos y de los pueblos. Amén.

Fuente: Cf. Oraciones de los Grupos de Estudio de ARCADEI

Santa Margarita María, instrumento del Sagrado Corazón


Santa Margarita María fue el instrumento escogido por Dios para perfeccionar y puntualizar la devoción en su espíritu y en sus prácticas y para imprimirla un movimiento de extensión universal. Y si hasta entonces los devotos del Sagrado Corazón le habían tribulado principalmente un culto de adoración y de acción de gracias, Jesús pidió a la Santa Visitandina que en lo sucesivo ese culto a su Corazón fuese sobre todo un culto de reparación por los ultrajes que recibe de parte del mundo, que no quiere saber nada del Amor infinito.

Santa Margarita María deseó padecimientos, humillaciones, desprecios, como los quieren todas las almas llamadas a un apostolado fecundo en la Iglesia y a una vida de reparación y de expiación. Dios oyó su oración: tentaciones del demonio, asperezas de muchos miembros de su familia, sospechas de parte de sus Hermanas, padecimientos físicos que Dios mismo la mandaba; todo lo aceptó con grandísima paciencia y caridad para conseguir el triunfo y el reinado del Sagrado Corazón: “Con tal que este Corazón esté contento, decía, que sea amado y glorificado, eso nos debe bastar”. “En cuanto a los que se ocupan en darle a conocer y amar, ¡oh! si pudiese y me fuese lícito expresar lo que se me ha dado a entender sobre la recompensa que recibirán de este Corazón adorable, vos diríais como yo, que son dichosos los que se emplean en ejecutar sus designios. Este Divino Corazón se convertirá en asilo y puerto seguro, a la hora de la muerte, de todos los que le hayan honrado durante su vida y los defenderá y protegerá”.

Después de tanto trabajar y sufrir, sólo sentía necesidad de Dios y de abismarse en el Corazón de Jesucristo, y, al expirar el 17 de octubre de 1690, el médico declaró “que no le cabía la menor duda de que había muerto únicamente de amor de Dios”.

Pide a Jesús que se acuerde, según lo prometió, de los que confían en tus oraciones y que nos haga participantes de sus riquezas. Pero, como la entrada de su Corazón es muy estrecha y se necesita ser pequeño y despojarse de todo para poder entrar en El, alcánzanos ese desasimiento de las vanidades del mundo y esa humildad tan profunda que te infundía un gran desprecio de ti misma, a la vez que te ganaba las complacencias divinas, a fin de que, por tus méritos y a ejemplo tuyo, amándole en todo y sobre todo, merezcamos tener en el mismo Corazón, una mansión permanente.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Santa Teresa de Jesús - relato de su conversión


El año 1554 con 29 años de edad comenzó su conversión definitiva y entrega total a Dios. A partir de aquí avanza con pasos de gigante en la senda de la santidad.

Ella relata: Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas. Y no sabía lo que decía (que harto hacía quien por sí me las consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento) y encomendábame a aquesta gloriosa santa para que me alcanzase perdón.

Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.

En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto. Yo soy muy aficionada a san Agustín, porque el monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome que en ellos había de hallar ayuda y que, como los había el Señor perdonado, podía hacerlo a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié; de mí muchas veces...

En cuanto comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí. Comencé a encomendarme mucho a este glorioso santo. Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí misma con gran aflicción y fatiga... Yo me admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. ¡Sea Dios alabado, que me dio vida para salir de muerte tan mortal!

Fuente: Cf. Santa Teresa de Jesús, Vida, 9, 1-3; 9, 7-8. Citado por P. Ángel Peña O.A.R, Santa Teresa de Jesús: Vida y Obras, Ed. digital, pp. 26 y 27

Caridad y compasión de San Francisco (I)


El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado con todos los pobres, no se sentía tranquilo si veía otro más pobre que él; no era por deseo de vanagloria, sino por afecto de verdadera compasión. Y si es verdad que estaba contento con una túnica extremadamente mísera y áspera, con todo, muchas veces deseaba dividirla con otro pobre.

Movido de un gran afecto de piedad y queriendo este pobre riquísimo socorrer de alguna manera a los pobres, en las épocas más frías solicitaba de los ricos del mundo que le dieran capas o pellicos. Como éstos lo hicieran devotamente y más a gusto de lo que él pedía de ellos, el bienaventurado Padre les decía: “Os lo recibo con esta condición: que no esperéis verlo más en vuestras manos”. Y al primer pobre que encontraba en el camino lo vestía, gozoso y contento, con lo que había recibido.

No podía sufrir que algún pobre fuese despreciado, ni tampoco oír palabras de maldición contra las criaturas. Ocurrió en cierta ocasión que un hermano ofendió a un pobre que pedía limosna, diciéndole estas palabras injuriosas: “Ojo, que no seas un rico y te hagas pasar por pobre!” Habiéndolo oído el padre de los pobres, San Francisco, se dolió profundamente, y reprendió con severidad al hermano que así había hablado, y le mandó que se desnudase delante del pobre y, besándole los pies, le pidiera perdón. Pues solía decir: “Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo”.

Por eso, si se encontraba con pobres que llevaban leña u otro peso, por ayudarlos lo cargaba con frecuencia sobre sus hombros, en extremo débiles.

Su espíritu de caridad se derramaba en piadoso afecto, no sólo sobre hombres que sufrían necesidad, sino también sobre los mudos y brutos animales, reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles. Pero, entre todos los animales, amaba con particular afecto y predilección a los corderillos, ya que, por su humildad, nuestro Señor Jesucristo es comparado frecuentemente en las Sagradas Escrituras con el cordero y porque éste es su símbolo más expresivo. Por este motivo, amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios.

Fuente: Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, Cap. XXVIII

San Jerónimo, noble defensor de la fe

La última Comunión de san Jerónimo

Jerónimo (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma.

En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde.

Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años) y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, “teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos”. Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.

El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

Fuente: Butler, Alban, Vida de los Santos, Vol. III, ed. 1965, pp. 714 y 721

San Agustín, ilustre penitente


Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo que da a la Iglesia, en la persona de San Agustín, un penitente tan ilustre, un santo tan eminente y un doctor admirable, que llega a ser el oráculo de los concilios, la luz de la Iglesia, el Padre de los Padres y el Doctor de los Doctores. Glorifiquemos a Dios por el poder de su gracia, que obró tan gran prodigio, y felicitemos a San Agustín, que no sólo ha podido decir: “por la gracia de Dios soy lo que soy”, sino que ha podido agregar: “su gracia no ha sido estéril en mí” (I Cor. 15,10).

Jamás se ha visto un penitente más enternecido, más humilde ni más lleno de gratitud. Más enternecido: sus lágrimas empezaron a correr en el principio de su conversión. “Se levantó en mí -dice- una tempestad que fue seguida de una lluvia de lágrimas”; y resolvió sepultarse vivo en una soledad para llorar sus faltas hasta su último suspiro. Si los designios de la Providencia se opusieron a este deseo, San Agustín supo unir a los trabajos del episcopado, la penitencia de los más austeros anacoretas. Su vida entera fue una serie no interrumpida de vigilias, ayunos y cruces; y, encontrando estas expiaciones insuficientes para la magnitud de número de sus faltas, cuando ya estaba para morir hizo escribir en las paredes de su habitación los salmos penitenciales, que rezó con gran abundancia de lágrimas, hasta que exhaló el último suspiro.

Fue el penitente más humilde: en el libro de sus Confesiones hace saber a toda la tierra sus más vergonzosos pecados y quiere soportar su vergüenza ante todos los hombres y todos los siglos. Siempre se sabrá que San Agustín fue un tiempo impúdico y libertino; y esta confesión pública y permanente la hizo cuando aún vivía en el mundo, cuando ocupaba uno de los tronos de la Iglesia, rodeado de herejes y de envidiosos, cuyo desprecio aceptaba como cosa muy merecida.

Jamás hubo penitente más lleno de gratitud: sus escritos sólo respiran amor a las misericordias que el Señor usó con él; y para contarlas ni su lengua ni su pluma satisficieron las ansias de su corazón: son la expansión del entusiasmo de su admiración; son vivas acciones de gracias y efusiones de amor. “¡Oh belleza siempre antigua y siempre nueva! -exclama- ¡qué tarde te conocí! ¡Oh días desgraciados en los cuales no te amé! ¡Oh fuego que siempre ardéis sin consumiros jamás! ¡Oh amor siempre ferviente que no conocéis interrupción! Abrazadme, hacedme arder para amaros con todas mis fuerzas y que no haya nada en mí que no sea amor. Me parece que os amo ¡oh mi Dios! pero quiero amaros siempre más y más”. ¡Qué hoguera de amor! ¡Oh gran santo! ¡Caigan en mi pobre corazón algunas centellas del fuego que os devora!

San Agustín poseía en el más alto grado el celo para evangelizar a los pueblos, y la caridad para socorrer a los desgraciados. Ardiendo en deseos de hacer conocer y amar a Jesucristo, no solamente en toda la tierra sino durante todos los siglos, se aplicó con ardor al estudio de las Santas Escrituras; llegó a ser un abismo de ciencia divina y luego, derramando en los pueblos tal plenitud, los alimentó abundantemente con el pan de la Palabra. A sus predicaciones tan elocuentes, añadió doctos escritos que fueron a buscar a los paganos y a los filósofos, a los arrianos y a los maniqueos, a los donatistas, y pelagianos para conducirlos a la verdad. Ningún error escapó a su celo. Reveló al mundo los más escondidos misterios de la gracia en obras inmortales, que serán siempre un foco de luz para la Iglesia universal.

Su caridad para aliviar a los desgraciados le hizo olvidarse de sí mismo; dio todo lo que tenía y al morir no pudo hacer testamento, porque -como dice su historiador- todo lo había dado a los pobres y no tenía qué legar.

¿Hay abnegación más bella que ésta? Confrontemos nuestra vida con la de este gran santo y juzguémonos.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Sus alas eran el amor y el deseo de Dios


Agustín y su madre conversaban a solas, entretenidos en dulcísimos coloquios. Y fueron raptados a lo alto durante una altísima contemplación. ¿Y qué sucedió luego? Este mundo con sus delicias se volvía vil a sus ojos: he aquí que me marché con tristeza, porque el espíritu me elevó.

Advierte también cómo, después de haber consumido el Cuerpo de Cristo, ella fue elevada un codo sobre la tierra y comenzó a decir: “Volemos al cielo”. ¡Oh gran deseo que logró levantar la mole del cuerpo! Oh Mónica, ¿cómo podremos volar? No recuerdas que te envuelve un pesado cuerpo terrestre. Antes tienes que deshacerte de él. ¿Pero dónde están las alas? Eran ciertamente el amor y el deseo de Dios. Los animales que vio Ezequiel, tanto el león como el toro, eran pesados, pero tenían alas.

Es admirable encontrar un deseo tan ardiente en una mujer casada, porque, como dice el Apóstol, el amor en los casados está dividido entre el marido, los hijos y los bienes, y a Dios sólo se le reserva una pequeña porción. Sin embargo, esta mujer reservaba todo su deseo para Dios. ¡Oh mujer excepcional! Con un marido pagano y de genio áspero, y un hijo maniqueo, sola como una rosa entre espinas, sostenía la casa con prudencia y paciencia singulares. En la adversidad aguantaba al marido, que, si bien era de noble linaje y patricio según el siglo, era a la vez pagano y fiero como un león; luego lo hería con la espada de la benevolencia y de la doctrina, elevando su alma a Dios, y con palabras sabias y la ayuda del Espíritu Santo le hizo fiel cristiano y le transformó de feroz león en manso cordero. Mujeres, aprended de esta mujer ejemplar el respeto, la paciencia, la prudencia, la dulzura y el amor a vuestros maridos.

¿Por su hijo cuántas lágrimas no derramó? ¿A cuántos varones santos no importunó? “¿Señor, cómo iba yo a alumbrar a un perseguidor de la Iglesia? ¿Acaso di yo de mamar a un blasfemo que hace mofa de tu nombre? ¿Habría de pasar por madre de un hereje, de uno que se burla de Cristo? Señor, si quieres que mi gozo sea pleno, haz cristiano a mi hijo, al igual que me hiciste a mí”. Tú acogiste su deseo. Un ángel se le apareció en lo alto: “Mujer, ¿por qué lloras? Tus plegarias han sido oídas, el Señor ha acogido tus deseos. Mira dónde estás tú y dónde está tu hijo; los dos estáis sobre una misma regla”. Cuando ella refirió lo acaecido a su hijo, nota cómo éste intentó tergiversar su significado, y cómo la madre supo responder a sus cavilaciones, haciendo callar a un hijo tan erudito y tan sabio que infundía miedo a toda la Iglesia.

El Señor escuchó su deseo, porque era un deseo santo. Madres, aprended qué habéis de desear para los hijos; esposas, aprended qué habéis de desear para vuestros esposos; señoras, aprended qué habéis de desear para vuestra familia. No pide para el hijo riquezas, ni honores ni dignidades; pide religión, santidad, y lo hace no con tibieza sino con tal ardor que llega a abandonar su casa y como una leona sigue a su hijo a Italia con intención de no cesar de rugir hasta resucitar a su cachorro. Y Dios se lo concedió. Oíd cómo: “Hijo, al verte siervo de Dios y desasido de toda aspiración terrena, ninguna cosa me deleita ya en este mundo”.

Mónica, mira cómo tienes mucho más de lo que habías deseado. Habías deseado un creyente, y tienes un religioso; habías deseado un cristiano, y tienes un doctor eximio de Cristo y de la fe. Pero esto no ha sido obra tuya, sino de Él, porque las palabras sólo penetran en el corazón cuando reciben la fuerza de lo alto. Nuestro deseo de Dios es vacilante y nuestros deseos del cielo están adormecidos, mortecinos y casi sin vida. Al Espíritu Santo toca vivificar los deseos extinguidos e inflamar los tibios.

Fuente: Santo Tomás de Villanueva, Sermón de la fiesta de Santa Mónica

Paciencia de San José de Calasanz


Cuando la criatura aprovecha las gracias que el Señor le dispensa, se hacen patentes los admirables efectos del favor divino, que el Señor se complace en conceder al alma que le pide con buenas disposiciones. Los Santos cuyas virtudes admiramos fueron hombres como nosotros, sujetos a las mismas debilidades, combatidos por las mismas pasiones, quizás con más violencia que nosotros o por enemigos más tenaces o por temperamento más fuerte; y no obstante todo esto, alcanzaron la victoria y con ella la santidad.

La paciencia de San José de Calasanz fue tan heroica que mereció ser llamado el Job de la Ley de gracia. Calumnias atroces, persecuciones injustas, oprobios sin número acumularán sobre este glorioso santo sus enemigos, inspirados por el infierno, que llegaron a creer eterno su triunfo. Pero él no se altera; firme en su confianza en Dios, levanta al cielo sus ojos exclamando con el santo Job: “Bendito sea, Señor, vuestro santo nombre”. Correspondió a la gracia y a la voluntad divina, y por eso triunfó de las pasiones.

Por querer seguir mi propia voluntad y mis apetitos, soy desgraciada víctima de ellos, olvidando que el mismo Jesucristo no vino hacer su voluntad, sino la de su Eterno Padre, y que mis pecados me hacen merecedor de penas infinitamente más grande que los sufrimientos que recibo por tan culpable impaciencia.

Era tal la vehemencia con que el amor purísimo a Dios abrazaba el pecho de este santo, que no pudiendo permanecer oculta esta interior hoguera, brotaba al exterior en prodigiosos resplandores con que apareció iluminado su rostro cuando salía de la oración o hablaba de las obras y misericordias del Omnipotente. De este ardiente amor nacía el celo infatigable con que emprendía todas las obras más difíciles que redundaban en la gloria del Señor, y la santa indignación que mostraba contra todo lo que fuera ofensa de la Soberana bondad. A su paciencia para sufrir y trabajar, igualó su celo por la gloria de Dios y su odio por el pecado, que se manifestó desde niño. No exhala una queja contra sus enemigos, no desfallece su actividad ante los sufrimientos que le proporcionan sus empresas, y su voz vibra indignada contra todo lo que es pecado, y el empeño especial de su vigilancia -que duró toda su vida- se dirigió a hacer todos los esfuerzos posibles para conservar la pureza en el corazón de los niños.

¿En qué se parece mi espíritu al que animaba a San José de Calasanz? Digo que amo a Dios y, no obstante, lo ofendo con demasiada frecuencia; repito que amo a Dios, y hasta en las pocas obras buenas que hago domina la tibieza; proclamo de nuevo mi amor a Dios y no reparo en escandalizar a mis próximos con mis culpas. ¡Singular amor el mío, que no se lastima con los pecados propios ni con las miserias ajenas! ¿No parece también un egoísmo refinado el amor que sólo tiende a favorecer a los prójimos que me inspiran simpatía, y rehúsa todo socorro y el menor sacrificio, a los que no me parecen amables?

Pacientísimo San José de Calasanz, alcanzadme que yo sufra con resignación, a ejemplo vuestro, las contrariedades de la vida. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea bendito su santo Nombre” (Job. 1,21)

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

San Bernardo, amado de Dios y de los hombres


Adoremos a Jesucristo que, siempre atento a las necesidades de su Iglesia, le envía en cada época santos adecuados a las circunstancias y que particularmente, a fin de remediar las calamidades de la Iglesia en el siglo XII, le dio en San Bernardo un santo que fue a la vez doctor en las ciencias de los santos y en las inteligencia de las santas Escrituras, apóstol por la predicación del Evangelio, mártir por la mortificación de los sentidos, confesor por la eminencia de sus virtudes, profeta por la predicación de lo porvenir, taumaturgo por el don de milagros, patriarca por la extensión de su orden, y angélico por la pureza de su cuerpo. Demos gracias a Nuestro Señor por haber dado tal Santo a su Iglesia y tal modelo a todos los siglos.

San Bernardo comprendió desde muy joven que su alma había sido hecha para algo más elevado que el mundo y, en consecuencia, cerrando su corazón a todo apego terrestre, lo abrió enteramente a Jesús y a María, elevándose por este gran amor como por una doble escala, como él mismo lo dice, sobre todo lo que pasa, y dio un adiós al mundo, llevándose consigo, como en triunfo, a su padre, a su tío, a sus hermanos y a treinta jóvenes amigos suyos, a quienes había comunicado el sagrado fuego que le consumía.

Llevando así una vida celestial a favor de un silencio perpetuo, tenía su alma en continúa unión con Dios por la oración, y desprendida de los sentidos por el ayuno y el trabajo. Dios recompensó tanto amor elevándole a las más íntimas comunicaciones con Él, a las más altas contemplaciones y, algunas veces, a santos arrobamientos, que le hacían sentir un gusto anticipado del paraíso. Así las horas de la oración nunca saciaban su espíritu, y siempre le parecían brevísimas.

Al lado de este gran santo ¡qué pequeño se ven los hombres del mundo, que viven para la tierra, absorbiendo un alma inmortal en la disipación y los miserables goces de este mundo! Y ¡cuán pobres somos nosotros, tan poco recogidos, tan pocos unidos con Dios y con tan poco espíritu de oración!

Esta maravillosa unión con Dios no le impedía entregarse a los trabajos de la vida activa. Escribe libros inmortales, admirables cartas a los obispos, el incomparable libro “De las consideraciones”, dedicado al Papa Eugenio.

Llega a ser doctor de la Iglesia, el oráculo a quien consultan los más sabios prelados, la boca de los soberanos pontífices, el azote de los herejes y el tesoro vivo de la ciencia eclesiástica. Pasando de la vida solitaria al apostolado, recorre la Europa para sacar al mundo cristiano del caos de iniquidades en que estaba envuelto. Hizo oír la verdad a los reyes y grandes, rectificó cánones y decretos de los concilios, triunfó de las herejías, detuvo escándalos y extinguió el odio entre príncipes divididos.

El principal secreto de su éxito fue su incomparable dulzura, que encantaba a cuantos le trataban y convertía los lobos en ovejas. Confundámonos ante tan grandes obras, nosotros que hacemos tan poco por Nuestro Señor y que tan lejos estamos de su mansedumbre.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

La política religiosa de San Martín


Existen numerosos y serios estudios que analizan la posición religiosa de San Martín. Por eso, no es del caso, ponernos acá a repetirlos. Quizás con la trascripción de una página de un autor que no es especialmente considerado como católico, baste para esclarecer el punto. En ese sentido, dice al respecto Rodolfo Terragno:

“Credenciales católicas:

Los antecedentes demuestran que San Martín no tiene un rapto de fe utilitaria:

§ Conoció a su futura esposa durante una misa de Gloria, en el templo San Miguel Arcángel.

§ Al contraer nupcias, comulgó durante la misa de Velación.

§ Tras el combate de San Lorenzo, ordenó celebrar un oficio y colocó cruces en las tumbas de los muertos.

§ Como Gobernador de Cuyo, fundó el Colegio de la Santísima Trinidad, y mandó que junto a las “ciencias profanas” se enseñaran allí “los deberes del católico”.

§ El “Código de Deberes Militares” que redactó para el Ejército de los Andes dice en su primer artículo: “Todo el que blasfemare el santo nombre de Dios o de su adorable madre e insultare la religión por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza por el término de ocho días; y por segunda vez será atravesada su lengua por un hierro candente y arrojado del cuerpo de Granaderos”.

§ Ese ejército fue puesto por él bajo la advocación de la Virgen del Carmen.

§ Celebró los aniversarios de sus batallas con función de Iglesia.

§ Juró por Dios y la Patria la Independencia nacional, hace cuatro años.

§ Donó al convento franciscano su bastón de General.

§ Sus tropas usaban el Santo Rosario al cuello y lo rezaban a orden del sargento de semana.

§ El Estatuto que hizo sancionar en Perú dice, en su Sección Primera, que “la Religión Católica, Apostólica y Romana es la religión del Estado; el gobierno reconoce como uno de sus deberes el mantenerla y conservarla, por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana”.

§ El Estatuto reserva los puestos públicos a quienes profesen la Religión del Estado y reserva “severos castigos” para quienes ataquen “en público o privadamente”, “sus dogmas y principios”. La libertad de cultos es “únicamente para las confesiones cristianas, previa consulta al Consejo de Estado”.

Fuente: Cf. P. Javier Olivera Ravasi, Que no te la cuenten, publicado en infocatolica.com el 10/12/2014

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (III)


En el convento de san Damián, Clara practicó de modo heroico las virtudes que deberían distinguir a todo cristiano: la humildad, el espíritu de piedad y de penitencia, y la caridad. Aunque era la superiora, ella quería servir personalmente a las hermanas enfermas, dedicándose incluso a tareas muy humildes, pues la caridad supera toda resistencia y quien ama hace todos los sacrificios con alegría. Su fe en la presencia real de la Eucaristía era tan grande que, en dos ocasiones, se verificó un hecho prodigioso. Sólo con la ostensión del Santísimo Sacramento, alejó a los soldados mercenarios sarracenos, que estaban a punto de atacar el convento de san Damián y de devastar la ciudad de Asís.

También estos episodios, como otros milagros, cuyo recuerdo se conservaba, impulsaron al Papa Alejandro IV a canonizarla sólo dos años después de su muerte, en 1255, elogiándola en la bula de canonización, en la que se lee: “¡Cuán intensa es la potencia de esta luz y qué fuerte el resplandor de esta fuente luminosa! En verdad, esta luz se mantenía encerrada en el ocultamiento de la vida claustral y fuera irradiaba fulgores luminosos; se recogía en un angosto monasterio, y fuera se expandía en todo el vasto mundo. Se custodiaba dentro y se difundía fuera. Clara, en efecto, se escondía; pero su vida se revelaba a todos. Clara callaba, pero su fama gritaba”. Y es exactamente así, queridos amigos: son los santos quienes cambian el mundo a mejor, lo transforman de modo duradero, introduciendo las energías que sólo el amor inspirado por el Evangelio puede suscitar. Los santos son los grandes bienhechores de la humanidad.

La espiritualidad de santa Clara, la síntesis de su propuesta de santidad está recogida en la cuarta carta a santa Inés de Praga. Santa Clara utiliza una imagen muy difundida en la Edad Media, de ascendencias patrísticas: el espejo. E invita a su amiga de Praga a reflejarse en ese espejo de perfección de toda virtud que es el Señor mismo. Escribe: “Feliz, ciertamente, aquella a la que se concede gozar de estas sagradas nupcias, para adherirse desde lo más hondo del corazón a Aquel cuya belleza admiran incesantemente todos los dichosos ejércitos de los cielos, cuyo afecto apasiona, cuya contemplación conforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo resplandece suavemente, cuyo perfume devuelve los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial. Y, puesto que Él es esplendor de la gloria, candor de la luz eterna y espejo sin mancha, mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y escruta continuamente en él su rostro, para que de ese modo puedas adornarte toda por dentro y por fuera... En este espejo refulgen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad”.

Agradeciendo a Dios que nos da a los santos que hablan a nuestro corazón y nos ofrecen un ejemplo de vida cristiana a imitar, quiero concluir con las mismas palabras de bendición que santa Clara compuso para sus hermanas y que todavía hoy custodian con gran devoción las Clarisas, que desempeñan un papel precioso en la Iglesia con su oración y con su obra. Son expresiones en las que se muestra toda la ternura de su maternidad espiritual: “Os bendigo en vida y después de mi muerte, como puedo y más de cuanto puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias bendice y bendecirá en el cielo y en la tierra a su hijos e hijas, y con las que un padre y una madre espiritual bendicen y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amén”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

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