Caridad y compasión de San Francisco (III)


No hay inteligencia humana que pueda entender lo que sentía cuando pronunciaba, santo Señor, tu nombre; aparecía todo él jubiloso, lleno de castísima alegría, como un hombre nuevo y del otro mundo. Por eso mismo, dondequiera se encontrase un escrito divino o humano, en el camino, en casa o sobre el suelo, lo recogía con grandísimo respeto y lo colocaba en lugar sagrado y decoroso, en atención a que pudiera estar escrito en él el nombre del Señor o algo relacionado con éste. Como un religioso le preguntara en cierta ocasión para qué recogía con tanta diligencia también los escritos de los paganos y aquellos en que no se contenía el nombre del Señor, respondió: “Hijo mío, porque en ellos hay letras con las que se compone el gloriosísimo nombre del Señor Dios. Lo bueno que hay en ellos, no pertenece a los paganos ni a otros hombres, sino a sólo Dios, de quien es todo bien”. Y cosa no menos de admirar: cuando hacía escribir algunas cartas de saludo o exhortación, no permitía que se borrase una letra o sílaba, así fuera superflua o improcedente.

¡Oh cuán encantador, qué espléndido y glorioso se manifestaba en la inocencia de su vida, en la sencillez de sus palabras, en la pureza del corazón, en el amor de Dios, en la caridad fraterna, en la ardorosa obediencia, en la condescendencia complaciente, en el semblante angelical! En sus costumbres, fino; plácido por naturaleza; afable en la conversación; certero en la exhortación; fidelísimo a su palabra; prudente en el consejo; eficaz en la acción; lleno de gracia en todo. Sereno de mente, dulce de ánimo, sobrio de espíritu, absorto en la contemplación, constante en la oración y en todo lleno de fervor. Tenaz en el propósito, firme en la virtud, perseverante en la gracia, el mismo en todo. Pronto al perdón, tardo a la ira, agudo de ingenio, de memoria fácil, sutil en el razonamiento, prudente en la elección, sencillo en todo. Riguroso consigo, indulgente con los otros, discreto con todos.

Fuente: Cf. Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, Cap. XXIX

En la Fiesta del Beato Carlos de Austria


Oración al Beato Carlos en tiempo de calamidad

Oh Beato Carlos, has aceptado las difíciles tareas y desafíos que Dios te ha dado durante tu vida y has confiado siempre en Nuestro Señor Jesucristo a través de la guía del Espíritu Santo, y en María, Madre de Dios y nuestra, siempre has encontrado inspiración, consuelo y esperanza. Ven en nuestra ayuda ahora que somos probados por esta calamidad e intercede por nosotros. Te confiamos las almas de los que han fallecido; llévalos al abrazo misericordioso de Dios y consuela a todos los que lloran y sufren el duelo. Intercede por la curación de los enfermos para que recuperen la fuerza y la salud del cuerpo y del espíritu. Tú que has sido un verdadero rey cristiano, guía e ilumina a los líderes de las naciones, para que adopten decisiones justas y sabias por el bien y la paz de la humanidad. Fortalece a los médicos, enfermeros y científicos con la sabiduría, el conocimiento y la compasión del Médico Divino. Disipa nuestra soberbia para que podamos cooperar por la paz y la unidad. Alcánzanos la fe para que podamos experimentar y ser testigos de la saludable intervención de Dios. Ayúdanos a poner nuestras vidas en las manos de Dios Todopoderoso y hacer su santa voluntad, para que podamos alabarlo por siempre como tú lo hiciste. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Oración del apóstol laico

Señor Jesús, que nos has llamado al honor de aportar nuestra humilde contribución al trabajo del Apostolado Jerárquico; Tú, que has rogado al Padre Celestial no que nos sacara del mundo sino que nos guardara del mal; concédenos en abundancia tu luz y tu gracia para vencer, en nosotros mismos, el espíritu de las tinieblas y el pecado, a fin de que, conscientes de nuestros deberes, perseverantes en el bien e inflamados de celo por tu causa, con la fuerza del ejemplo, de la oración, de la acción y de la vida sobrenatural, nos hagamos cada día más dignos de nuestra misión, y más aptos para establecer y promover entre los hombres, nuestros hermanos, tu Reino de justicia, de amor y de paz. Amén. (Oración compuesta por S.S. Pío XII)

Señor Jesucristo, Rey y centro de los corazones. Rendidos a tus pies, te suplicamos la gracia de ser fieles hijos de Dios y soldados valerosos de tu Iglesia. Por tu gran compasión borra nuestras culpas y líbranos del poder del enemigo. Danos tu Santo Espíritu para que, llevando una vida santa e irreprochable en tu presencia por el amor, seamos capaces de enseñar a los hombres tus caminos para que se vuelvan a Ti, su Creador.

Mira, Señor, que han llegado tiempos en que la sana doctrina no es soportada por los hombres, sino que, buscándose maestros que halaguen sus oídos, se echan a andar por el camino ancho que lleva a la perdición, olvidando tu ley y tu amor.

Por eso acudimos a Ti, nuestro Dios y Redentor, para que te dignes auxiliarnos con tu mano poderosa en esta nuestra lucha cotidiana. Que el ejemplo y la intercesión de tu Santísima Madre, la Virgen María, nos hagan salir victoriosos de las pruebas presentes, para que, luchando sin descanso por tu honor y por tu gloria, alcancemos el premio que nos tienes preparado y ayudemos a muchos otros a alcanzarlo. Te lo pedimos a Ti que eres Rey, glorioso e inmortal, de los siglos y de los pueblos. Amén.

Fuente: Cf. Oraciones de los Grupos de Estudio de ARCADEI

Santa Margarita María, instrumento del Sagrado Corazón


Santa Margarita María fue el instrumento escogido por Dios para perfeccionar y puntualizar la devoción en su espíritu y en sus prácticas y para imprimirla un movimiento de extensión universal. Y si hasta entonces los devotos del Sagrado Corazón le habían tribulado principalmente un culto de adoración y de acción de gracias, Jesús pidió a la Santa Visitandina que en lo sucesivo ese culto a su Corazón fuese sobre todo un culto de reparación por los ultrajes que recibe de parte del mundo, que no quiere saber nada del Amor infinito.

Santa Margarita María deseó padecimientos, humillaciones, desprecios, como los quieren todas las almas llamadas a un apostolado fecundo en la Iglesia y a una vida de reparación y de expiación. Dios oyó su oración: tentaciones del demonio, asperezas de muchos miembros de su familia, sospechas de parte de sus Hermanas, padecimientos físicos que Dios mismo la mandaba; todo lo aceptó con grandísima paciencia y caridad para conseguir el triunfo y el reinado del Sagrado Corazón: “Con tal que este Corazón esté contento, decía, que sea amado y glorificado, eso nos debe bastar”. “En cuanto a los que se ocupan en darle a conocer y amar, ¡oh! si pudiese y me fuese lícito expresar lo que se me ha dado a entender sobre la recompensa que recibirán de este Corazón adorable, vos diríais como yo, que son dichosos los que se emplean en ejecutar sus designios. Este Divino Corazón se convertirá en asilo y puerto seguro, a la hora de la muerte, de todos los que le hayan honrado durante su vida y los defenderá y protegerá”.

Después de tanto trabajar y sufrir, sólo sentía necesidad de Dios y de abismarse en el Corazón de Jesucristo, y, al expirar el 17 de octubre de 1690, el médico declaró “que no le cabía la menor duda de que había muerto únicamente de amor de Dios”.

Pide a Jesús que se acuerde, según lo prometió, de los que confían en tus oraciones y que nos haga participantes de sus riquezas. Pero, como la entrada de su Corazón es muy estrecha y se necesita ser pequeño y despojarse de todo para poder entrar en El, alcánzanos ese desasimiento de las vanidades del mundo y esa humildad tan profunda que te infundía un gran desprecio de ti misma, a la vez que te ganaba las complacencias divinas, a fin de que, por tus méritos y a ejemplo tuyo, amándole en todo y sobre todo, merezcamos tener en el mismo Corazón, una mansión permanente.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Santa Teresa de Jesús - relato de su conversión


El año 1554 con 29 años de edad comenzó su conversión definitiva y entrega total a Dios. A partir de aquí avanza con pasos de gigante en la senda de la santidad.

Ella relata: Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas. Y no sabía lo que decía (que harto hacía quien por sí me las consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento) y encomendábame a aquesta gloriosa santa para que me alcanzase perdón.

Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.

En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto. Yo soy muy aficionada a san Agustín, porque el monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome que en ellos había de hallar ayuda y que, como los había el Señor perdonado, podía hacerlo a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié; de mí muchas veces...

En cuanto comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí. Comencé a encomendarme mucho a este glorioso santo. Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí misma con gran aflicción y fatiga... Yo me admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. ¡Sea Dios alabado, que me dio vida para salir de muerte tan mortal!

Fuente: Cf. Santa Teresa de Jesús, Vida, 9, 1-3; 9, 7-8. Citado por P. Ángel Peña O.A.R, Santa Teresa de Jesús: Vida y Obras, Ed. digital, pp. 26 y 27

Caridad y compasión de San Francisco (I)


El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado con todos los pobres, no se sentía tranquilo si veía otro más pobre que él; no era por deseo de vanagloria, sino por afecto de verdadera compasión. Y si es verdad que estaba contento con una túnica extremadamente mísera y áspera, con todo, muchas veces deseaba dividirla con otro pobre.

Movido de un gran afecto de piedad y queriendo este pobre riquísimo socorrer de alguna manera a los pobres, en las épocas más frías solicitaba de los ricos del mundo que le dieran capas o pellicos. Como éstos lo hicieran devotamente y más a gusto de lo que él pedía de ellos, el bienaventurado Padre les decía: “Os lo recibo con esta condición: que no esperéis verlo más en vuestras manos”. Y al primer pobre que encontraba en el camino lo vestía, gozoso y contento, con lo que había recibido.

No podía sufrir que algún pobre fuese despreciado, ni tampoco oír palabras de maldición contra las criaturas. Ocurrió en cierta ocasión que un hermano ofendió a un pobre que pedía limosna, diciéndole estas palabras injuriosas: “Ojo, que no seas un rico y te hagas pasar por pobre!” Habiéndolo oído el padre de los pobres, San Francisco, se dolió profundamente, y reprendió con severidad al hermano que así había hablado, y le mandó que se desnudase delante del pobre y, besándole los pies, le pidiera perdón. Pues solía decir: “Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo”.

Por eso, si se encontraba con pobres que llevaban leña u otro peso, por ayudarlos lo cargaba con frecuencia sobre sus hombros, en extremo débiles.

Su espíritu de caridad se derramaba en piadoso afecto, no sólo sobre hombres que sufrían necesidad, sino también sobre los mudos y brutos animales, reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles. Pero, entre todos los animales, amaba con particular afecto y predilección a los corderillos, ya que, por su humildad, nuestro Señor Jesucristo es comparado frecuentemente en las Sagradas Escrituras con el cordero y porque éste es su símbolo más expresivo. Por este motivo, amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios.

Fuente: Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, Cap. XXVIII

San Jerónimo, noble defensor de la fe

La última Comunión de san Jerónimo

Jerónimo (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma.

En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde.

Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años) y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, “teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos”. Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.

El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

Fuente: Butler, Alban, Vida de los Santos, Vol. III, ed. 1965, pp. 714 y 721

San Agustín, ilustre penitente


Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo que da a la Iglesia, en la persona de San Agustín, un penitente tan ilustre, un santo tan eminente y un doctor admirable, que llega a ser el oráculo de los concilios, la luz de la Iglesia, el Padre de los Padres y el Doctor de los Doctores. Glorifiquemos a Dios por el poder de su gracia, que obró tan gran prodigio, y felicitemos a San Agustín, que no sólo ha podido decir: “por la gracia de Dios soy lo que soy”, sino que ha podido agregar: “su gracia no ha sido estéril en mí” (I Cor. 15,10).

Jamás se ha visto un penitente más enternecido, más humilde ni más lleno de gratitud. Más enternecido: sus lágrimas empezaron a correr en el principio de su conversión. “Se levantó en mí -dice- una tempestad que fue seguida de una lluvia de lágrimas”; y resolvió sepultarse vivo en una soledad para llorar sus faltas hasta su último suspiro. Si los designios de la Providencia se opusieron a este deseo, San Agustín supo unir a los trabajos del episcopado, la penitencia de los más austeros anacoretas. Su vida entera fue una serie no interrumpida de vigilias, ayunos y cruces; y, encontrando estas expiaciones insuficientes para la magnitud de número de sus faltas, cuando ya estaba para morir hizo escribir en las paredes de su habitación los salmos penitenciales, que rezó con gran abundancia de lágrimas, hasta que exhaló el último suspiro.

Fue el penitente más humilde: en el libro de sus Confesiones hace saber a toda la tierra sus más vergonzosos pecados y quiere soportar su vergüenza ante todos los hombres y todos los siglos. Siempre se sabrá que San Agustín fue un tiempo impúdico y libertino; y esta confesión pública y permanente la hizo cuando aún vivía en el mundo, cuando ocupaba uno de los tronos de la Iglesia, rodeado de herejes y de envidiosos, cuyo desprecio aceptaba como cosa muy merecida.

Jamás hubo penitente más lleno de gratitud: sus escritos sólo respiran amor a las misericordias que el Señor usó con él; y para contarlas ni su lengua ni su pluma satisficieron las ansias de su corazón: son la expansión del entusiasmo de su admiración; son vivas acciones de gracias y efusiones de amor. “¡Oh belleza siempre antigua y siempre nueva! -exclama- ¡qué tarde te conocí! ¡Oh días desgraciados en los cuales no te amé! ¡Oh fuego que siempre ardéis sin consumiros jamás! ¡Oh amor siempre ferviente que no conocéis interrupción! Abrazadme, hacedme arder para amaros con todas mis fuerzas y que no haya nada en mí que no sea amor. Me parece que os amo ¡oh mi Dios! pero quiero amaros siempre más y más”. ¡Qué hoguera de amor! ¡Oh gran santo! ¡Caigan en mi pobre corazón algunas centellas del fuego que os devora!

San Agustín poseía en el más alto grado el celo para evangelizar a los pueblos, y la caridad para socorrer a los desgraciados. Ardiendo en deseos de hacer conocer y amar a Jesucristo, no solamente en toda la tierra sino durante todos los siglos, se aplicó con ardor al estudio de las Santas Escrituras; llegó a ser un abismo de ciencia divina y luego, derramando en los pueblos tal plenitud, los alimentó abundantemente con el pan de la Palabra. A sus predicaciones tan elocuentes, añadió doctos escritos que fueron a buscar a los paganos y a los filósofos, a los arrianos y a los maniqueos, a los donatistas, y pelagianos para conducirlos a la verdad. Ningún error escapó a su celo. Reveló al mundo los más escondidos misterios de la gracia en obras inmortales, que serán siempre un foco de luz para la Iglesia universal.

Su caridad para aliviar a los desgraciados le hizo olvidarse de sí mismo; dio todo lo que tenía y al morir no pudo hacer testamento, porque -como dice su historiador- todo lo había dado a los pobres y no tenía qué legar.

¿Hay abnegación más bella que ésta? Confrontemos nuestra vida con la de este gran santo y juzguémonos.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Sus alas eran el amor y el deseo de Dios


Agustín y su madre conversaban a solas, entretenidos en dulcísimos coloquios. Y fueron raptados a lo alto durante una altísima contemplación. ¿Y qué sucedió luego? Este mundo con sus delicias se volvía vil a sus ojos: he aquí que me marché con tristeza, porque el espíritu me elevó.

Advierte también cómo, después de haber consumido el Cuerpo de Cristo, ella fue elevada un codo sobre la tierra y comenzó a decir: “Volemos al cielo”. ¡Oh gran deseo que logró levantar la mole del cuerpo! Oh Mónica, ¿cómo podremos volar? No recuerdas que te envuelve un pesado cuerpo terrestre. Antes tienes que deshacerte de él. ¿Pero dónde están las alas? Eran ciertamente el amor y el deseo de Dios. Los animales que vio Ezequiel, tanto el león como el toro, eran pesados, pero tenían alas.

Es admirable encontrar un deseo tan ardiente en una mujer casada, porque, como dice el Apóstol, el amor en los casados está dividido entre el marido, los hijos y los bienes, y a Dios sólo se le reserva una pequeña porción. Sin embargo, esta mujer reservaba todo su deseo para Dios. ¡Oh mujer excepcional! Con un marido pagano y de genio áspero, y un hijo maniqueo, sola como una rosa entre espinas, sostenía la casa con prudencia y paciencia singulares. En la adversidad aguantaba al marido, que, si bien era de noble linaje y patricio según el siglo, era a la vez pagano y fiero como un león; luego lo hería con la espada de la benevolencia y de la doctrina, elevando su alma a Dios, y con palabras sabias y la ayuda del Espíritu Santo le hizo fiel cristiano y le transformó de feroz león en manso cordero. Mujeres, aprended de esta mujer ejemplar el respeto, la paciencia, la prudencia, la dulzura y el amor a vuestros maridos.

¿Por su hijo cuántas lágrimas no derramó? ¿A cuántos varones santos no importunó? “¿Señor, cómo iba yo a alumbrar a un perseguidor de la Iglesia? ¿Acaso di yo de mamar a un blasfemo que hace mofa de tu nombre? ¿Habría de pasar por madre de un hereje, de uno que se burla de Cristo? Señor, si quieres que mi gozo sea pleno, haz cristiano a mi hijo, al igual que me hiciste a mí”. Tú acogiste su deseo. Un ángel se le apareció en lo alto: “Mujer, ¿por qué lloras? Tus plegarias han sido oídas, el Señor ha acogido tus deseos. Mira dónde estás tú y dónde está tu hijo; los dos estáis sobre una misma regla”. Cuando ella refirió lo acaecido a su hijo, nota cómo éste intentó tergiversar su significado, y cómo la madre supo responder a sus cavilaciones, haciendo callar a un hijo tan erudito y tan sabio que infundía miedo a toda la Iglesia.

El Señor escuchó su deseo, porque era un deseo santo. Madres, aprended qué habéis de desear para los hijos; esposas, aprended qué habéis de desear para vuestros esposos; señoras, aprended qué habéis de desear para vuestra familia. No pide para el hijo riquezas, ni honores ni dignidades; pide religión, santidad, y lo hace no con tibieza sino con tal ardor que llega a abandonar su casa y como una leona sigue a su hijo a Italia con intención de no cesar de rugir hasta resucitar a su cachorro. Y Dios se lo concedió. Oíd cómo: “Hijo, al verte siervo de Dios y desasido de toda aspiración terrena, ninguna cosa me deleita ya en este mundo”.

Mónica, mira cómo tienes mucho más de lo que habías deseado. Habías deseado un creyente, y tienes un religioso; habías deseado un cristiano, y tienes un doctor eximio de Cristo y de la fe. Pero esto no ha sido obra tuya, sino de Él, porque las palabras sólo penetran en el corazón cuando reciben la fuerza de lo alto. Nuestro deseo de Dios es vacilante y nuestros deseos del cielo están adormecidos, mortecinos y casi sin vida. Al Espíritu Santo toca vivificar los deseos extinguidos e inflamar los tibios.

Fuente: Santo Tomás de Villanueva, Sermón de la fiesta de Santa Mónica

Paciencia de San José de Calasanz


Cuando la criatura aprovecha las gracias que el Señor le dispensa, se hacen patentes los admirables efectos del favor divino, que el Señor se complace en conceder al alma que le pide con buenas disposiciones. Los Santos cuyas virtudes admiramos fueron hombres como nosotros, sujetos a las mismas debilidades, combatidos por las mismas pasiones, quizás con más violencia que nosotros o por enemigos más tenaces o por temperamento más fuerte; y no obstante todo esto, alcanzaron la victoria y con ella la santidad.

La paciencia de San José de Calasanz fue tan heroica que mereció ser llamado el Job de la Ley de gracia. Calumnias atroces, persecuciones injustas, oprobios sin número acumularán sobre este glorioso santo sus enemigos, inspirados por el infierno, que llegaron a creer eterno su triunfo. Pero él no se altera; firme en su confianza en Dios, levanta al cielo sus ojos exclamando con el santo Job: “Bendito sea, Señor, vuestro santo nombre”. Correspondió a la gracia y a la voluntad divina, y por eso triunfó de las pasiones.

Por querer seguir mi propia voluntad y mis apetitos, soy desgraciada víctima de ellos, olvidando que el mismo Jesucristo no vino hacer su voluntad, sino la de su Eterno Padre, y que mis pecados me hacen merecedor de penas infinitamente más grande que los sufrimientos que recibo por tan culpable impaciencia.

Era tal la vehemencia con que el amor purísimo a Dios abrazaba el pecho de este santo, que no pudiendo permanecer oculta esta interior hoguera, brotaba al exterior en prodigiosos resplandores con que apareció iluminado su rostro cuando salía de la oración o hablaba de las obras y misericordias del Omnipotente. De este ardiente amor nacía el celo infatigable con que emprendía todas las obras más difíciles que redundaban en la gloria del Señor, y la santa indignación que mostraba contra todo lo que fuera ofensa de la Soberana bondad. A su paciencia para sufrir y trabajar, igualó su celo por la gloria de Dios y su odio por el pecado, que se manifestó desde niño. No exhala una queja contra sus enemigos, no desfallece su actividad ante los sufrimientos que le proporcionan sus empresas, y su voz vibra indignada contra todo lo que es pecado, y el empeño especial de su vigilancia -que duró toda su vida- se dirigió a hacer todos los esfuerzos posibles para conservar la pureza en el corazón de los niños.

¿En qué se parece mi espíritu al que animaba a San José de Calasanz? Digo que amo a Dios y, no obstante, lo ofendo con demasiada frecuencia; repito que amo a Dios, y hasta en las pocas obras buenas que hago domina la tibieza; proclamo de nuevo mi amor a Dios y no reparo en escandalizar a mis próximos con mis culpas. ¡Singular amor el mío, que no se lastima con los pecados propios ni con las miserias ajenas! ¿No parece también un egoísmo refinado el amor que sólo tiende a favorecer a los prójimos que me inspiran simpatía, y rehúsa todo socorro y el menor sacrificio, a los que no me parecen amables?

Pacientísimo San José de Calasanz, alcanzadme que yo sufra con resignación, a ejemplo vuestro, las contrariedades de la vida. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea bendito su santo Nombre” (Job. 1,21)

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

San Bernardo, amado de Dios y de los hombres


Adoremos a Jesucristo que, siempre atento a las necesidades de su Iglesia, le envía en cada época santos adecuados a las circunstancias y que particularmente, a fin de remediar las calamidades de la Iglesia en el siglo XII, le dio en San Bernardo un santo que fue a la vez doctor en las ciencias de los santos y en las inteligencia de las santas Escrituras, apóstol por la predicación del Evangelio, mártir por la mortificación de los sentidos, confesor por la eminencia de sus virtudes, profeta por la predicación de lo porvenir, taumaturgo por el don de milagros, patriarca por la extensión de su orden, y angélico por la pureza de su cuerpo. Demos gracias a Nuestro Señor por haber dado tal Santo a su Iglesia y tal modelo a todos los siglos.

San Bernardo comprendió desde muy joven que su alma había sido hecha para algo más elevado que el mundo y, en consecuencia, cerrando su corazón a todo apego terrestre, lo abrió enteramente a Jesús y a María, elevándose por este gran amor como por una doble escala, como él mismo lo dice, sobre todo lo que pasa, y dio un adiós al mundo, llevándose consigo, como en triunfo, a su padre, a su tío, a sus hermanos y a treinta jóvenes amigos suyos, a quienes había comunicado el sagrado fuego que le consumía.

Llevando así una vida celestial a favor de un silencio perpetuo, tenía su alma en continúa unión con Dios por la oración, y desprendida de los sentidos por el ayuno y el trabajo. Dios recompensó tanto amor elevándole a las más íntimas comunicaciones con Él, a las más altas contemplaciones y, algunas veces, a santos arrobamientos, que le hacían sentir un gusto anticipado del paraíso. Así las horas de la oración nunca saciaban su espíritu, y siempre le parecían brevísimas.

Al lado de este gran santo ¡qué pequeño se ven los hombres del mundo, que viven para la tierra, absorbiendo un alma inmortal en la disipación y los miserables goces de este mundo! Y ¡cuán pobres somos nosotros, tan poco recogidos, tan pocos unidos con Dios y con tan poco espíritu de oración!

Esta maravillosa unión con Dios no le impedía entregarse a los trabajos de la vida activa. Escribe libros inmortales, admirables cartas a los obispos, el incomparable libro “De las consideraciones”, dedicado al Papa Eugenio.

Llega a ser doctor de la Iglesia, el oráculo a quien consultan los más sabios prelados, la boca de los soberanos pontífices, el azote de los herejes y el tesoro vivo de la ciencia eclesiástica. Pasando de la vida solitaria al apostolado, recorre la Europa para sacar al mundo cristiano del caos de iniquidades en que estaba envuelto. Hizo oír la verdad a los reyes y grandes, rectificó cánones y decretos de los concilios, triunfó de las herejías, detuvo escándalos y extinguió el odio entre príncipes divididos.

El principal secreto de su éxito fue su incomparable dulzura, que encantaba a cuantos le trataban y convertía los lobos en ovejas. Confundámonos ante tan grandes obras, nosotros que hacemos tan poco por Nuestro Señor y que tan lejos estamos de su mansedumbre.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

La política religiosa de San Martín


Existen numerosos y serios estudios que analizan la posición religiosa de San Martín. Por eso, no es del caso, ponernos acá a repetirlos. Quizás con la trascripción de una página de un autor que no es especialmente considerado como católico, baste para esclarecer el punto. En ese sentido, dice al respecto Rodolfo Terragno:

“Credenciales católicas:

Los antecedentes demuestran que San Martín no tiene un rapto de fe utilitaria:

§ Conoció a su futura esposa durante una misa de Gloria, en el templo San Miguel Arcángel.

§ Al contraer nupcias, comulgó durante la misa de Velación.

§ Tras el combate de San Lorenzo, ordenó celebrar un oficio y colocó cruces en las tumbas de los muertos.

§ Como Gobernador de Cuyo, fundó el Colegio de la Santísima Trinidad, y mandó que junto a las “ciencias profanas” se enseñaran allí “los deberes del católico”.

§ El “Código de Deberes Militares” que redactó para el Ejército de los Andes dice en su primer artículo: “Todo el que blasfemare el santo nombre de Dios o de su adorable madre e insultare la religión por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza por el término de ocho días; y por segunda vez será atravesada su lengua por un hierro candente y arrojado del cuerpo de Granaderos”.

§ Ese ejército fue puesto por él bajo la advocación de la Virgen del Carmen.

§ Celebró los aniversarios de sus batallas con función de Iglesia.

§ Juró por Dios y la Patria la Independencia nacional, hace cuatro años.

§ Donó al convento franciscano su bastón de General.

§ Sus tropas usaban el Santo Rosario al cuello y lo rezaban a orden del sargento de semana.

§ El Estatuto que hizo sancionar en Perú dice, en su Sección Primera, que “la Religión Católica, Apostólica y Romana es la religión del Estado; el gobierno reconoce como uno de sus deberes el mantenerla y conservarla, por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana”.

§ El Estatuto reserva los puestos públicos a quienes profesen la Religión del Estado y reserva “severos castigos” para quienes ataquen “en público o privadamente”, “sus dogmas y principios”. La libertad de cultos es “únicamente para las confesiones cristianas, previa consulta al Consejo de Estado”.

Fuente: Cf. P. Javier Olivera Ravasi, Que no te la cuenten, publicado en infocatolica.com el 10/12/2014

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (III)


En el convento de san Damián, Clara practicó de modo heroico las virtudes que deberían distinguir a todo cristiano: la humildad, el espíritu de piedad y de penitencia, y la caridad. Aunque era la superiora, ella quería servir personalmente a las hermanas enfermas, dedicándose incluso a tareas muy humildes, pues la caridad supera toda resistencia y quien ama hace todos los sacrificios con alegría. Su fe en la presencia real de la Eucaristía era tan grande que, en dos ocasiones, se verificó un hecho prodigioso. Sólo con la ostensión del Santísimo Sacramento, alejó a los soldados mercenarios sarracenos, que estaban a punto de atacar el convento de san Damián y de devastar la ciudad de Asís.

También estos episodios, como otros milagros, cuyo recuerdo se conservaba, impulsaron al Papa Alejandro IV a canonizarla sólo dos años después de su muerte, en 1255, elogiándola en la bula de canonización, en la que se lee: “¡Cuán intensa es la potencia de esta luz y qué fuerte el resplandor de esta fuente luminosa! En verdad, esta luz se mantenía encerrada en el ocultamiento de la vida claustral y fuera irradiaba fulgores luminosos; se recogía en un angosto monasterio, y fuera se expandía en todo el vasto mundo. Se custodiaba dentro y se difundía fuera. Clara, en efecto, se escondía; pero su vida se revelaba a todos. Clara callaba, pero su fama gritaba”. Y es exactamente así, queridos amigos: son los santos quienes cambian el mundo a mejor, lo transforman de modo duradero, introduciendo las energías que sólo el amor inspirado por el Evangelio puede suscitar. Los santos son los grandes bienhechores de la humanidad.

La espiritualidad de santa Clara, la síntesis de su propuesta de santidad está recogida en la cuarta carta a santa Inés de Praga. Santa Clara utiliza una imagen muy difundida en la Edad Media, de ascendencias patrísticas: el espejo. E invita a su amiga de Praga a reflejarse en ese espejo de perfección de toda virtud que es el Señor mismo. Escribe: “Feliz, ciertamente, aquella a la que se concede gozar de estas sagradas nupcias, para adherirse desde lo más hondo del corazón a Aquel cuya belleza admiran incesantemente todos los dichosos ejércitos de los cielos, cuyo afecto apasiona, cuya contemplación conforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo resplandece suavemente, cuyo perfume devuelve los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial. Y, puesto que Él es esplendor de la gloria, candor de la luz eterna y espejo sin mancha, mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y escruta continuamente en él su rostro, para que de ese modo puedas adornarte toda por dentro y por fuera... En este espejo refulgen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad”.

Agradeciendo a Dios que nos da a los santos que hablan a nuestro corazón y nos ofrecen un ejemplo de vida cristiana a imitar, quiero concluir con las mismas palabras de bendición que santa Clara compuso para sus hermanas y que todavía hoy custodian con gran devoción las Clarisas, que desempeñan un papel precioso en la Iglesia con su oración y con su obra. Son expresiones en las que se muestra toda la ternura de su maternidad espiritual: “Os bendigo en vida y después de mi muerte, como puedo y más de cuanto puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias bendice y bendecirá en el cielo y en la tierra a su hijos e hijas, y con las que un padre y una madre espiritual bendicen y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amén”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (I)


Una de las santas más queridas es sin duda santa Clara de Asís, que vivió en el siglo XIII, contemporánea de san Francisco. Su testimonio nos muestra cuánto debe la Iglesia a mujeres valientes y llenas de fe como ella, capaces de dar un impulso decisivo para la reforma de la Iglesia.

¿Quién era Clara de Asís? Para responder a esta pregunta contamos con fuentes seguras: no sólo las antiguas biografías, como la de Tomás de Celano, sino también las Actas del proceso de canonización promovido por el Papa sólo pocos meses después de la muerte de Clara y que contiene los testimonios de quienes vivieron a su lado durante mucho tiempo.

Clara nació en 1193, en el seno de una familia aristocrática y rica. Renunció a la nobleza y a la riqueza para vivir humilde y pobre, adoptando la forma de vida que proponía Francisco de Asís. Aunque sus parientes, como sucedía entonces, estaban proyectando un matrimonio con algún personaje de relieve, Clara, a los 18 años, con un gesto audaz inspirado por el profundo deseo de seguir a Cristo y por la admiración por Francisco, dejó su casa paterna y, en compañía de una amiga suya, Bona de Guelfuccio, se unió en secreto a los Frailes Menores en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Era la noche del domingo de Ramos de 1211. En la conmoción general, se realizó un gesto altamente simbólico: mientras sus compañeros empuñaban antorchas encendidas, Francisco le cortó su cabello y Clara se vistió con un burdo hábito penitencial. Desde ese momento se había convertido en virgen esposa de Cristo, humilde y pobre, y se consagraba totalmente a Él. Como Clara y sus compañeras, innumerables mujeres a lo largo de la historia se han sentido atraídas por el amor a Cristo que, en la belleza de su divina Persona, llena su corazón. Y toda la Iglesia, mediante la mística vocación nupcial de las vírgenes consagradas, se muestra como lo que será para siempre: la Esposa hermosa y pura de Cristo.

En una de las cuatro cartas que Clara envió a santa Inés de Praga, la hija del rey de Bohemia, que quiso seguir sus pasos, habla de Cristo, su Esposo amado, con expresiones nupciales, que pueden ser sorprendentes, pero conmueven: “Amándolo, eres casta; tocándolo, serás más pura; dejándote poseer por Él eres virgen. Su poder es más fuerte, su generosidad más elevada, su aspecto más bello, su amor más suave y toda gracia más fina. Ya te ha estrechado en su abrazo, que ha adornado tu pecho con piedras preciosas... y te ha coronado con una corona de oro grabada con el signo de la santidad”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Ardiente amor a Dios de San Lorenzo


San Lorenzo, uno de los más ilustres mártires de la Iglesia de Roma, desempeñaba al lado del Papa San Sixto las funciones de diácono, cuando el 2 de agosto del año 258 este Santo pontífice fue aprisionado y conducido al martirio. Afligido de no morir por Jesucristo con su Obispo, va a encontrarle. Y “¿A dónde vais, padre mío, sin vuestro hijo?, -le dice con lágrimas y suspiros- ¿subiréis al patíbulo sin vuestro diácono, vos que jamás subíais al altar sin él? ¿En qué, pues, ha tenido la desgracia de desagradaros? Probad, padre santo, probad si os engañasteis en la elección que habéis hecho de mí; si, encargado por vos de repartir la Sangre de Cristo, he sido cobarde rehusándole la mía”. Palabras que nos recuerdan el uso de aquellos tiempos de hacer distribuir por los diáconos la Sagrada Comunión a los fieles, al mismo tiempo que las limosnas a los pobres. El santo anciano, para consolar a este ferviente levita, le respondió que dentro de tres días le seguiría por medio de un martirio mucho más brillante y para siempre memorable. San Lorenzo, recibiendo esta respuesta como una predicción segura de su martirio, se apresuró a vender todos los bienes que él guardaba, y a distribuir su precio a los pobres. El juez pagano, no menos avaro que cruel, le pregunta: ¿en dónde están los tesoros de la Iglesia? “Helos ahí, le dice San Lorenzo mostrando a los pobres que había reunido; éstas son las más grandes riquezas de la Iglesia”. Irritado por esta respuesta que frustraba su avidez, el juez le hace desgarrar el cuerpo a azotes, y después le hace tender sobre una parrilla, bajo la cual había carbones encendidos lo suficiente apenas para quemarle lentamente y prolongarle más tiempo el martirio. San Lorenzo, con el corazón lleno de alegría, se tendió sobre este horrible lecho, y allí permaneció con el rostro sereno, bendiciendo a Dios. Y cuando por un lado estuvo quemado, invitó al tirano a darle vuelta por el otro.

“¡Ah! -dice San León- el fuego del amor divino que ardía interiormente era mucho más activo que el fuego que le quemaba por fuera”. ¡Oh amor, cuán admirable eres! ¡Oh fuego sagrado! Consumidnos. San Lorenzo es invencible al dolor, porque vos le llenáis; y nosotros somos tan cobardes, que la menor dificultad nos aterra, porque no amamos.

Tomemos la resolución de esforzamos todos los días en crecer en el amor divino, que es lo único que puede darnos el valor de cumplir en toda circunstancia con nuestro deber; y de estar dispuestos a morir antes que ofender a Dios, y de defender siempre la religión y la Iglesia sin ningún respeto humano. “El hijo del hombre se avergonzará delante de su Padre, de aquel que se haya avergonzado de Él y de sus enseñanzas delante de los hombres” (Lc. 9 26).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Santo Domingo, modelo de apóstol de la oración


El apostolado de la oración consiste en atraer, por medio de fervientes súplicas, las bendiciones del cielo sobre los pecadores para convertirlos; sobre los males de la Iglesia para repararlos; sobre todas las calamidades para conjurarlas; sobre todas las buenas obras para estimularlas y continuarlas. Este apostolado tiene cuatro caracteres: 1° es posible a todos, puesto que todos pueden orar; 2° está libre de todo peligro de amor propio, puesto que todo pasa en secreto entre Dios y el alma que ora; 3° es la condición necesaria para el buen resultado de toda empresa, pues sin la intervención de Dios la palabra humana no puede producir ningún fruto; y 4° es el medio de asegurar el éxito, puesto que la oración bien hecha es todopoderosa para con Dios, y, con frecuencia, conversiones que el mundo atribuye al predicador, no son sino obra de un alma buena y desconocida que ora en silencio.

Penetrado de estos santos sentimientos, Santo Domingo hizo de toda su vida una vida de oración. Desde sus primeros años, oraba día y noche; elevado al sacerdocio y nombrado canónigo de la catedral de Osma, se consagró aún más al apostolado de la oración, y se le vio en su silla del coro, orando con la modestia y el fervor de un ángel. Enviado por su Obispo al sur de Francia a la defensa de la religión amenazada por los herejes, y no pudiendo hacerse escuchar de ellos, recurrió a su arma ordinaria: oró e hizo orar por medio de las preces del Rosario. Todo cedió a este nuevo apostolado; la herejía rindió sus armas; el orden, la paz y la felicidad renacieron en estas provincias desoladas. Santo Domingo, animado por tan feliz resultado, resolvió establecer en Orden religiosa a los hombres apostólicos que le habían acompañado en su misión; la Santa Sede erigió entonces la nueva Orden, y nuevos varones apostólicos vinieron a engrosar sus filas. De Roma, en donde acababa de alcanzar victoria tan fecunda, el fundador se multiplicó por las aldeas y los campos para predicar el Evangelio, pero siempre empleando el poderoso recurso de la oración. En sus viajes marcha solo, apartándose de sus compañeros para hablar con Dios más libremente. Llegando a las puertas de las ciudades cae de rodillas pidiendo a Dios que no envíe sus rayos vengadores sobre la ciudad en que iba a penetrar un gran pecador como él; y su primera visita es a las Iglesias, para adorar al Dios que allí habita y orar por el éxito de su ministerio.

Así desempeñó Santo Domingo el apostolado de la oración ¿cómo lo cumplimos nosotros? ¿Pedimos por la conversión de los pecadores, por la Santa Iglesia, por nuestra Patria, y por el feliz éxito de las obras católicas? “Orad unos por otros, para que os salvéis; pues vale mucho la oración perseverante del justo” (St. 5,16).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Actualidad del propósito de Santo Domingo de Guzmán


Santo Domingo había predicado ya diez años en el Languedoc, y a su alrededor se había reunido un grupo de predicadores. Hasta entonces, había portado el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín y observado su regla. Pero deseaba ardientemente reavivar el espíritu apostólico de los ministros del altar, puesto que su ausencia era la causa principal del escándalo del pueblo y del florecimiento del vicio y la herejía. Para eso proyectaba fundar un grupo de religiosos, que no serían necesariamente sacerdotes ni se dedicarían exclusivamente a la contemplación, como los monjes, sino que unirían a la contemplación el estudio de las ciencias sagradas y la práctica de los ministerios pastorales, especialmente de la predicación.

El objetivo principal del santo era el de multiplicar en la Iglesia los predicadores celosos, cuyo espíritu y ejemplo facilitasen la difusión de la luz de la fe y el calor de la caridad, capaces de ayudar eficazmente a los obispos a curar las heridas que habían infligido a la Iglesia la falsa doctrina y la vida disipada.

Para facilitar la tarea de Santo Domingo, el obispo Fulk, de Toulouse, le concedió, en 1214, una renta, y, al año siguiente, aprobó la fundación embrionaria de la nueva orden.

Fuente: Butler, Alban, Vida de los Santos, Vol. III, ed. 1965, p. 262

El Santo Cura de Ars (II)


El centro de toda su vida era, por consiguiente, la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, “con un solo movimiento interior, del altar al confesonario”, donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística.

Los métodos pastorales de san Juan María Vianney podrían parecer poco adecuados en las actuales condiciones sociales y culturales. De hecho, ¿cómo podría imitarlo un sacerdote hoy, en un mundo tan cambiado? Es verdad que los tiempos cambian y que muchos carismas son típicos de la persona y, por tanto, irrepetibles; sin embargo, hay un estilo de vida y un anhelo de fondo que todos estamos llamados a cultivar. Mirándolo bien, lo que hizo santo al cura de Ars fue su humilde fidelidad a la misión a la que Dios lo había llamado; fue su constante abandono, lleno de confianza, en manos de la divina Providencia.

Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.

Su testimonio nos recuerda, queridos hermanos y hermanas, que para todo bautizado, y con mayor razón para el sacerdote, la Eucaristía “no es simplemente un acontecimiento con dos protagonistas, un diálogo entre Dios y yo. La Comunión eucarística tiende a una transformación total de la propia vida. Con fuerza abre de par en par todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

Amor de San Alfonso a María Santísima


No puede amarse a Jesucristo sin amar con ternura a María, su Madre y Madre nuestra, desde que nos adoptó por hijos al pie de la Cruz. Por eso, San Alfonso, que con su ardiente palabra y con sus escritos excitó los corazones a amar a Jesús y a traerle adoradores en el sagrado tabernáculo, desplegó todo el entusiasmo de su cariño filial hacia la Madre de Dios para revelar los títulos que Ella tiene a nuestra veneración y a nuestro afecto. Jamás dejó de hablar de María en sus predicaciones, en sus libros de piedad. Después de llevar al alma a los pies de Jesús, la conduce a los de María; en sus numerosos libros tiene las preses más sentidas con que deseó que se invocara a la Reina del cielo; dedica un libro entero exclusivamente a narrar las glorias de la dulce Madre, libro cuyas páginas de oro serán leídas con enternecimiento por cuantos sientan en su pecho una chispa de amor a María.

Y ¡cuán bellas recompensas le otorgó María por ese amante celo! La vida de Alfonso se vio probada, especialmente sus postreros años, por rudas contrariedades. Fue traicionado por los suyos y calumniado ante la Santa Sede; a estas penalidades Dios quiso agregar otras interiores con que fuese acrisolada su virtud. Y, en las horas de su dolor, su consuelo más eficaz fue el arrojarse ante una imagen de su Madre querida y derramar allí su llanto. Todo hace creer que en su lecho de muerte fue visitado por María, que vino a enjugar su última lágrima, a hacerle sonreír de dicha con las luces del cielo que brillaban sobre él, y a conducir su alma ante el supremo Juez, que le aguardaba con la merecida corona.

Así paga Jesús a los que aman y hacen amar a María; así el Hijo divino se complace en hacer sentir cuán gloriosos son para Él y cuán ventajosos para nosotros los homenajes tributados a su Madre. Hagámonos nosotros acreedores a estos bienes, poniendo todo nuestro empeño en conocer a nuestra dulcísima Madre e imitar sus virtudes: su docilidad a la voluntad de Dios, su humildad profundísima, su fe inquebrantable, su celo por la santificación de las almas... No perdiendo ocasión de hablar de la Santísima Virgen y de excitar a otros a amarla; no pasando ante una imagen suya, especialmente la que nos la representa al pie de la Cruz, sin dirigirle una expresión de nuestro filial afecto; invocándola cuando nos sintamos inclinados a caer en alguna falta y, en fin, pidiéndole su amparo en cualquier situación difícil. Repitamos la frase que siempre tuvo San Alfonso en sus labios y en sus escritos: “¡Vivan Jesús, nuestro amor, y María, nuestra esperanza!”

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Belleza del matrimonio vivido según el Evangelio


Hoy celebramos la memoria de Santa Brígida de Suecia, que en la vigilia del gran jubileo del año 2000, fue proclamada copatrona de toda Europa por el Papa S. Juan Pablo II. El Papa Benedicto XVI, decía sobre esta Santa en la audiencia general del 27/10/10:

“Quiero presentar su figura, su mensaje y las razones por las que esta santa mujer tiene mucho que enseñar -todavía hoy- a la Iglesia y al mundo.

Conocemos bien los acontecimientos de la vida de santa Brígida, porque sus padres espirituales redactaron su biografía para promover su proceso de canonización inmediatamente después de su muerte, acontecida en 1373. Brígida nació setenta años antes, en 1303, en Finster, Suecia, una nación del norte de Europa que desde hacía tres siglos había acogido la fe cristiana con el mismo entusiasmo con el que la santa la había recibido de sus padres, personas muy piadosas, pertenecientes a familias nobles cercanas a la Casa reinante.

El primer período de la vida de esta santa se caracteriza por su condición de mujer felizmente casada. Su marido se llamaba Ulf y era gobernador de una importante provincia del reino de Suecia. El matrimonio duró veintiocho años, hasta la muerte de Ulf. Nacieron ocho hijos, la segunda de los cuales, Karin (Catalina), es venerada como santa. Se trata de un signo elocuente del compromiso educativo de Brígida respecto de sus hijos. Por lo demás, su sabiduría pedagógica fue apreciada hasta tal punto que el rey de Suecia, Magnus, la llamó a la corte durante cierto tiempo, con el fin de instruir a su joven esposa, Blanca de Namur, en la cultura sueca.

Brígida, guiada espiritualmente por un docto religioso que la inició en el estudio de las Escrituras, ejerció una influencia muy positiva sobre su familia que, gracias a su presencia, se convirtió en una verdadera iglesia doméstica. Junto con su marido, adoptó la regla de los Terciarios franciscanos. Practicaba con generosidad obras de caridad con los indigentes; incluso fundó un hospital. Al lado de su esposa, Ulf aprendió a mejorar su carácter y a progresar en la vida cristiana. Al regreso de una larga peregrinación a Santiago de Compostela, realizada en 1341 junto a otros miembros de la familia, los esposos maduraron el proyecto de vivir en continencia; pero poco tiempo después, en la paz de un monasterio donde se había retirado, Ulf concluyó su vida terrena.

Este primer período de la vida de Brígida nos ayuda a apreciar lo que hoy podríamos definir una auténtica «espiritualidad conyugal»: los esposos cristianos pueden recorrer juntos un camino de santidad, sostenidos por la gracia del sacramento del Matrimonio. No pocas veces, precisamente como sucedió en la vida de santa Brígida y de Ulf, es la mujer quien con su sensibilidad religiosa, con la delicadeza y la dulzura logra que el marido recorra un camino de fe. Pienso con reconocimiento en tantas mujeres que, día tras día, también hoy iluminan a su familia con su testimonio de vida cristiana. Que el Espíritu del Señor suscite también hoy la santidad de los esposos cristianos, para mostrar al mundo la belleza del matrimonio vivido según los valores del Evangelio: el amor, la ternura, la ayuda recíproca, la fecundidad en la generación y en la educación de los hijos, la apertura y la solidaridad hacia el mundo, la participación en la vida de la Iglesia...”

Fuente: Benedicto XVI, Audiencia general del 27 de octubre de 2010

Santos Pedro y Pablo, dos vástagos plantados por Dios


Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles, y ningún género de crueldad puede destruir la religión fundada en el misterio de la cruz de Cristo. Las persecuciones no son en detrimento, sino en provecho de la Iglesia, y el campo del Señor se viste siempre con una cosecha más rica al nacer multiplicados los granos que caen uno a uno.

Por esto, los millares de bienaventurados mártires atestiguan cuán abundante es la prole en que se han multiplicado estos dos insignes vástagos plantados por Dios, ya que aquéllos, emulando los triunfos de los apóstoles, han rodeado nuestra ciudad por todos lados con una multitud purpurada y rutilante, y la han coronado a manera de una diadema formada por una hermosa variedad de piedras preciosas.

De esta protección, amadísimos hermanos, preparada por Dios para nosotros como un ejemplo de paciencia y para fortalecer nuestra fe, hemos de alegrarnos siempre que celebramos la conmemoración de cualquiera de los santos, pero nuestra alegría ha de ser mayor aun cuando se trata de conmemorar a estos padres, que destacan por encima de los demás, ya que la gracia de Dios los elevó, entre los miembros de la Iglesia, a tan alto lugar, que los puso como los dos ojos de aquel cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Respecto a sus méritos y virtudes, que exceden cuanto pueda decirse, no debemos hacer distinción ni oposición alguna, ya que son iguales en la elección, semejantes en el trabajo, parecidos en la muerte.

Como nosotros mismos hemos experimentado y han comprobado nuestros mayores, creemos y confiamos que no ha de faltarnos la ayuda de las oraciones de nuestros particulares patronos, para obtener la misericordia de Dios en medio de las dificultades de esta vida; y así, cuanto más nos oprime el peso de nuestros pecados, tanto más levantarán nuestros ánimos los méritos de los apóstoles.

Fuente: De los sermones de san León Magno, Liturgia de las Horas

Ansias de Comulgar


¡Cuánto amor y cuántas bendiciones recibimos al comulgar! Deberíamos tener verdaderas ansias de comulgar como los santos. La Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega dice así: Vino la guerra civil y Teruel, donde yo estaba, quedó cercado por los rojos. La angustia más dura era la comunión diaria. Comulgar..., por encima de todo, comulgar. No había formas. No había máquinas para hacer formas. No había. No había... tantas cosas. Pero había una cosa: hambre y sed de Dios. Había que comulgar, había que hacer lo imposible. Era el grito del alma, era la necesidad de la vida. ¡Comulgar, comulgar! Por encima de todo, comulgar. ¿Qué sería la vida sin comunión?

Busqué dos planchas de carbón y las calentaba en un fuego que había por allí, busqué harina y un poco de agua. Con esa harina y esa agua hacía una masa y la metía entre las dos planchas. Salían unas formas empolvadas, deformes, pero Dios bajaba allí. El Padre franciscano las consagraba a diario. ¡Qué misterio! No faltó un solo día la comunión. Faltó todo..., pan, agua, descanso, pero Dios no faltó, porque tenía Él más sed de nosotras que nosotras de Él.

Un día, haciendo esas formas tan sin forma, se cayó el techo encima. El techo y las paredes... La masa quedó convertida en algo negro, no servía para nada. Había que peregrinar de nuevo a otro rinconcito para seguir haciendo pan y poder alimentar nuestra alma de Dios. Pero se acabó el asedio y me metieron en la cárcel... ¡Un mes sin comulgar! Al salir de la cárcel, alguien me dio una cajita muy chica, pero llena de hostias consagradas. La llevaba a todas partes. ¡Cuántas comuniones ocultas! ¡Cuántos repartos diarios! ¡Qué comuniones de catacumbas! Paseaba por Valencia con el Misterio... ¡Qué procesión del Corpus entre aquellos milicianos rojos! Él iba oculto y paseaba por las calles sin que nadie lo supiera. ¡Misterios invisibles! ¡Qué bueno eres Señor! Estás loco de amor por tus criaturas.

Almiro Faccenda era un niño de unos diez años que vivía en Torcegno, un pueblecito de Italia. En 1915, durante la primera guerra mundial, el párroco del pueblo fue hecho prisionero por los austriacos y el otro sacerdote decidió huir para no correr la misma suerte; pero, antes de hacerlo, le dijo a Almiro: Te entrego la llave del sagrario. Si ves que nuestras tropas comienzan la ofensiva, toma las hostias consagradas del sagrario y las distribuyes, dando la comunión a la gente del pueblo.

Cuatro días después, el 15 de noviembre de 1915, comenzó el ataque y la gente del pueblo buscó refugio en la iglesia. Entonces, Almiro creyó que había llegado el momento y les dijo a todos lo que el sacerdote le había encomendado. Y empezó a distribuir la Comunión, mientras sonaban los disparos de la artillería. En la noche, Almiro le preguntó a su madre: ¿Qué haré con esta mano con la que he dado la Comunión y con la que he tocado a Jesús? ¿No debería ser la mano de Jesús para servirle siempre?

Terminada la guerra, entró al Seminario y se ordenó de sacerdote un hermoso día de 1932.

Fuente: P. Ángel Peña, Los niños y la eucaristía

Una santa infancia

Sierva de Dios Anna Gabriella Caron

Anna Gabriella nació el 29 de enero de 2002 en Tolón, Francia. Era la mayor de cuatro hermanos, y enfermó cuando apenas tenía seis años después de quejarse de un dolor en la pierna que la hacía cojear. Los dolores eran tremendos y pronto empezó la quimioterapia. Cuando parecía que el tumor había desaparecido de repente reincidió y se extendió por todo el cuerpo.

Fue en este momento cuando comenzó la lección de esperanza que esta niña dio al mundo. "Aunque no me gusta estar enferma tengo suerte porque puedo ayudar al buen Dios a llevarle a la gente de nuevo a Él. Quiero ayudar a los que sufren".

Durante su enfermedad, Anna fue un foco de atracción para sus familiares, para otros enfermos y también para muchos religiosos. Algunos de estos últimos la acompañaron durante todo este proceso y recuerdan un momento especial para la niña: su primera comunión. Tres días antes de este acontecimiento tan importante para ella tuvo que ser hospitalizada de urgencia por un problema cardíaco. Finalmente llegó el día y pudo cumplir su sueño. De hecho, Anna dejó escrito: "Estoy feliz porque puedo decir: estoy cerca de ti, mi Dios". Después de su muerte, el sacerdote que aquel día le dio la comunión recordaba "nunca he visto a nadie recibir la comunión como ella lo hizo".

Cinco meses antes de morir, ella confesó a su madre algo que le marcó profundamente: "Le he pedido a Dios que me dé todos los sufrimientos de los niños del hospital". Para la pequeña Anna su ejemplo era santa Teresa de Lisieux, a la que quería imitar en su vida. Y tenía tal confianza en Dios que ella alegremente, pese al sufrimiento, decía claramente: "seré santa".

El corazón de esta pequeña de ocho años no parecía el de una niña pues sólo pensaba en hacer el bien pese al sufrimiento que rodeaba su vida.

Sin embargo, pese a su niñez el dolor también le llevó a momentos de dudas y a un desierto espiritual del que pronto salió con fuerza. Recuerda su madre que la pequeña llegó a decir expresiones como "necesito que alguien me diga que Dios es realmente bueno" o "cuando veo que tan pocas personas creen en Dios, me pregunto si realmente existe".

Pero esas dudas pronto se disiparon y el último tramo de su vida estuvo marcado por la oración y la comunión. Hasta el obispo de Toulon, monseñor Dominique Rey, llegó incluso a ir a su casa a llevarle la comunión a la niña. Su madre recuerda que Anna creía firmemente estar viviendo su propia Pasión junto a Jesucristo.

El último mes de su vida estuvo marcado por momentos de gracia. Anna perdonó a quienes la habían lastimado, así como a quienes se habían burlado de ella. También expresó su voluntad de pedir perdón a todos aquellos a quienes pudo haber hecho daño. Y expresó una y otra vez su amor por sus padres, su hermano y sus dos hermanas.

Sosteniendo una imagen de Cristo en la cruz, exclamó: "Es demasiado... Jesús… Él sufrió demasiado…". Unas horas más tarde, se la encontró en paz. Así se despidió. Murió en la tarde del 23 de julio de 2010.

Oración

Santísima Trinidad, por el Inmaculado Corazón de María, te damos gracias por la pequeña Anna Gabriella, por todo lo que has realizado en su corta vida. Ella se entregó libremente a Tu Amor y fue animada de un gran celo por la salvación de las almas. Te pedimos, por su intercesión, que nos concedas esta gracia..., que pedimos de Tu Misericordia infinita, si tal es Tu Voluntad de Amor para nosotros. Amén.

Fuente: Cf. anne-gabrielle.com


Fátima, siempre actual


Los Pastorcitos han hecho de su vida una ofrenda a Dios y un compartir con los otros por amor de Dios. La Virgen los ha ayudado a abrir el corazón a la universalidad del amor. En particular, Jacinta se mostraba incansable en su generosidad con los pobres y en el sacrificio por la conversión de los pecadores. Sólo con este amor fraterno y generoso lograremos edificar la civilización del Amor y de la Paz.

Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada. Aquí resurge aquel plan de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: “¿Dónde está Abel, tu hermano? La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra”. El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror, que no logra interrumpirla... En la Sagrada Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando Nuestra Señora pregunta:“¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como súplica por la conversión de los pecadores?” (Memorias de la Hna. Lucía).

Que estos años impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Homilía del 13 de mayo de 2010

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (III)


Mis últimas palabras son para los niños. La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores.

Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la “escuela” de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que Ella les pedía. Os digo que se avanza más en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que en años enteros de iniciativas personales, apoyándose sólo en sí mismos. Fue así como los pastorcitos rápidamente alcanzaron la santidad. Una mujer que acogió a Jacinta en Lisboa, al oír algunos consejos muy buenos y acertados que daba la pequeña, le preguntó quién se los había enseñado: “Fue Nuestra Señora”, le respondió. Jacinta y Francisco, entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, alcanzaron en poco tiempo las cumbres de la perfección.

“Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Yo te bendigo, Padre, por todos tus pequeños, comenzando por la Virgen María, tu humilde sierva, hasta los pastorcitos Francisco y Jacinta. Que el mensaje de su vida permanezca siempre vivo para iluminar el camino de la humanidad.

Como sucedió en Lourdes, también en Fátima la Virgen eligió a unos niños, Francisco, Jacinta y Lucía, como destinatarios de su mensaje. Ellos lo acogieron tan fielmente que no sólo merecieron ser reconocidos como testigos creíbles de las apariciones, sino también se convirtieron ellos mismos en ejemplo de vida evangélica.

Francisco era un niño bueno, reflexivo, de espíritu contemplativo. Jacinta muy dulce y amable. Sus padres los habían educado en la oración, y el Señor mismo los atrajo más íntimamente hacia sí mediante la aparición de un ángel que, con un cáliz y una Hostia en las manos, les enseñó a unirse al sacrificio eucarístico para reparación de los pecados. Esta experiencia los preparó para los sucesivos encuentros con la Virgen, la cual los invitó a orar asiduamente y a ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores.

Su santidad no depende de las apariciones, sino de la fidelidad y del esmero con que correspondieron al don singular que recibieron del Señor y de María Santísima. Después del encuentro con el ángel y con la hermosa Señora, rezaban el Rosario varias veces al día, ofrecían frecuentes penitencias por el fin de la guerra y por las almas más necesitadas de la misericordia divina, y sentían el intenso deseo de “consolar” al Corazón de Jesús y al de María. Por su fidelidad a Dios, constituyen un luminoso ejemplo, para niños y adultos, de cómo conformarse de modo sencillo y generoso a la acción transformadora de la gracia divina.

No es difícil comprender mejor cuánta misericordia ha derramado Dios sobre la Iglesia y sobre la humanidad por medio de María. Desde Fátima se difunde por todo el mundo un mensaje de conversión y esperanza. Invita a los creyentes a orar con asiduidad por la paz en el mundo y a hacer penitencia para abrir los corazones a la conversión. La llamada que Dios nos ha comunicado mediante la Virgen Santísima sigue siendo plenamente actual. Que su Corazón Inmaculado sea nuestro refugio y el camino que nos lleve a Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo y Audiencia general del 17 de mayo de 2000

Santo Domingo Savio y su devoción a la Virgen


Grande era la devoción de Domingo hacia la Madre de Dios.

Nutría una devoción especial al Corazón Inmaculado de María. No sólo era devoto de María Santísima, sino que se alegraba sobremanera siempre que lograba que alguien lo acompañara a cumplir alguna práctica de piedad en honor de la Virgen. Cierto sábado había invitado a un compañero para que recitase con él en la iglesia las vísperas de la Santísima Virgen. El otro había aceptado a regañadientes, alegando que sentía mucho frío en las manos. Domingo se quitó los guantes que llevaba puestos y se los dio al compañero, y así ambos fueron a la iglesia. En otra ocasión se despojó del abrigo, para prestárselo a otro, a fin de que fuese con él de buen grado a la iglesia para rezar. ¿Quién no se siente embargado de admiración ante semejantes ejemplos de generosa piedad?

Nunca se mostraba Domingo tan fervoroso para con su celestial patrona la Virgen como en el mes de María. Se ponía de acuerdo con otros para realizar cada día alguna práctica particular, además de cuánto se efectuaba en común en la iglesia. Preparaba una serie de ejemplos edificantes, que luego narraba con gusto para animar a otros a ser devotos de María. Hablaba de Ella a menudo en los recreos, instaba a todos a confesarse y a recibir la santa comunión. El daba el ejemplo llegándose cada día al banquete eucarístico con tal recogimiento, que mayor no se podía pedir.

Fuente: San Juan Bosco, Vida de Domingo Savio

Una mujer salvada por su materidad

“Las parteras tuvieron temor de Dios, y en lugar de acatar la orden que les había dado el rey de Egipto, dejaban con vida a los recién nacidos” (Ex. 1, 17)

Chiara se hace una revisión más a fondo. Esta ecografía es tridimensional y a color. La imagen de Maria Grazia Letizia se ve muy nítida. Se mueve, se chupa el dedo y da patadas. Y su problema se percibe perfectamente: la pequeña no tiene la caja craneal. El médico de turno le dice a Chiara que, si hubiera visto antes una ecografía, todavía se podría haber hecho algo. “¿Para prevenir la enfermedad?”. “No, para abortar”. Para ella, que acaba de ver a su hija moverse, es un golpe bajo. “Era claro y evidente que Maria no podría sobrevivir después de nacer. Pero era igual de evidente que estaba viva y estaba haciendo todo lo posible por crecer. Yo no me sentía inclinada a ir en contra de ella, sino a apoyarla como pudiera y no anteponerme a su vida”.

Ella y Enrico habían expresado el deseo de hacerse cargo de niños maltratados a los que nadie amaba, “y el Señor nos ha encomendado una criatura maravillosa, que muchos han desechado, odiado y arrojado al cubo de la basura de un hospital”, escribe Chiara.

Para muchos médicos, el aborto, en este caso, es una opción indiscutible. Hay quien duda que interrumpir este embarazo sea un aborto, como si la niña no existiera.

Una nueva vida no viene a robarnos nada, sino a enriquecernos con su presencia. Una mujer que aborta, es una mujer engañada. “Si te compras una casa con el dinero que has ahorrado matando a tu hijo, esa casa está maldita”.

“Si hubiera abortado, habría sido un momento que hubiera intentado olvidar. El día del nacimiento de María lo podré recordar, en cambio, como uno de los más bonitos de mi vida. Lo que quiero decir a las madres que han perdido a sus hijos es esto: hemos sido madres, hemos tenido este don. No importa el tiempo, lo que cuenta es que hemos recibido este don... y no es algo que se pueda olvidar”.

“Dios imprime la verdad dentro de cada uno de nosotros y no es posible malinterpretarla”. Abortar es rechazar un don. Los padres que acogen a un niño acogen a Dios.

Fuente: Cristiana Troisi, Nacemos para no morir nunca

Amar hasta dar la vida

“No hay amor más grande que dar la vida por aquellos que se ama...”

María Cristina Mocellin estaba enferma de cáncer cuando Ricardo, su hijo menor, tenía sólo dos meses de concebido. Su ejemplo, similar al de santa Gianna Beretta Molla, nos muestra lo que significa amar hasta dar la vida.

Vale la pena releer la carta que quiso dejar a su pequeño Ricardo antes de morir:

“Querido Ricardo, cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas. Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: ¡estoy embarazada!, ¡estoy embarazada! Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me decías: ¡Gracias mamá por amarme! ¿Y cómo podríamos no amarte? Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos.”

El 22 de Octubre de 1995, antes de fallecer, repetía: “Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz”. Su causa de beatificación ha sido iniciada en la diócesis de Padua donde vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Oración: Oh Señor, fuente de todo bien, Tú has iluminado de manera admirable a esta joven madre, y se ha convertido en un ejemplo de fe, de vida familiar y de defensa de la vida. María Cristina ha preparado y construido una familia verdaderamente cristiana, haciendo que cada elección de su vida estuviera de acuerdo con el Evangelio. En la Eucaristía siempre encontró el consuelo y el valor para afrontar todas las dificultades de la vida. Te pedimos, oh Padre, que te dignes glorificar en la tierra a esta tu humilde Sierva, que por tu bondad, confiamos que ya la has recompensado en el cielo. Que su vida sea un ejemplo para nuestras familias cristianas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. amicidicristinaonlus.it

Confirmación del celibato sacerdotal

San José Gabriel del Rosario Brochero, modelo de sacerdote fiel

“Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina...” (2 Tim. 4, 3)

El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo.

Pero se ha manifestado la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo. Una serie interminable de dificultades se presentará a los que “no... entienden esta palabra” (Mt 19, 11), no conocen u olvidan el “don de Dios” (cf. Jn 4, 10) y no saben cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cual su admirable eficacia, su exuberante plenitud.

Semejante coro de objeciones parece que sofocaría la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo. No, esta voz es también ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado, sino también del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad. Este grandioso fenómeno prueba una singular realidad del reino de Dios, que vive en el seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y benéfico servicio de “luz del mundo y de sal de la tierra”.

La vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana.

Fuente: San Pablo VI, Encíclica Sacerdotalis caelibatus

Para Dios nada es imposible


Conozco a Abby desde hace años, tanto cuando estaba a un lado de la verja del centro que dirigía como al otro. He visto a cientos de creyentes rezando a sus puertas año tras año, no sólo por las madres y los niños, también por Abby y sus colegas. Al final el amor ganó el corazón de Abby, y Dios ha transformado su vida en un testimonio sorprendente e inspirador para muchas personas.

Nunca pudimos imaginar que iban a suceder estas cosas, pero afortunadamente Dios lo hizo así. Quiso que nuestro compromiso de oración y discernimiento se convirtiera en algo que llegara a cambiar la vida de tanta gente.

Ahora te toca a ti.

¿Ignorarás la llamada de Dios para "hablar por aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos"?

Sabiendo que hay millones de vidas en juego, creo que tomarás la decisión correcta, urgido a poner en práctica tu fe. Y, cuando lo hagas, no dejaré de leer sobre las personas que cambiaron gracias a ti, sobre las vidas que salvaste, los centros que se clausuraron, los trabajadores convertidos y las almas que quedaron impactadas.

Quién sabe; quizá lo que hagas pueda ayudar a marcar el comienzo del fin del aborto en el mundo.

Fuente: Abby Johnson, Sin planificar

La Nave y las tempestades


En medio de cada etapa de la historia, Dios nunca dejó de suscitar personalidades vigorosas que, no rindiéndose a las circunstancias, supieron enfrentar con lucidez y coraje la adversidad de la situación. Refiriéndose a esos hombres y mujeres providenciales escribía a fines del siglo XIX, época azarosa de la historia, monseñor Charles E. Freppel:

No conozco páginas más bellas en la historia que aquellas donde veo una gran causa en apariencia vencida, y que encuentra a su servicio hombres tan arrojados que no se entregan a la desesperanza. He ahí los grandes ejemplos que conviene proponer a la generación de nuestro tiempo, para inclinarla a que pongan al servicio de la religión y de la patria un coraje que no se deje quebrar por las derrotas pasajeras del derecho y de la verdad. Hablo a jóvenes que tendrán que luchar más tarde por la causa de Dios y de la sociedad cristiana, en las filas del sacerdocio, de la magistratura, de la administración, del ejército, o en cualquier otro puesto que haya complacido a la Providencia asignarles. La virtud de la fortaleza les será necesaria en toda circunstancia. Por qué no decirlo, queridos hijos, el período de la historia en que se desarrollará la vida de ustedes, no se anuncia como una era de tranquilidad, en que el acuerdo de las inteligencias y de las voluntades aleja el combate. Pero cualesquiera sean las alternativas de reveses o de éxitos que el futuro les reserve, la recomendación que yo querría darles es que jamás se entreguen al desaliento. Porque Dios, de quien somos y para quien vivimos, no nos manda vencer sino combatir. El honor de una vida, así como su verdadero mérito, consiste en poder repetir hasta el fin aquellas palabras del divino Maestro: “Lo que debimos hacer, lo hicimos” (Lc 17.10). El resto hay que dejado en manos de Dios, que da la victoria o que permite la derrota, y que hace contribuir a una y otra al cumplimiento de sus eternos e impenetrables designios.

Nadie puede ignorar que estamos pasando por circunstancias dramáticas no sólo en la historia del mundo sino también en la vida de la Iglesia. Recordemos la terrible frase del papa Pablo VI acerca del humo de Satanás que ha penetrado hasta el interior de la Iglesia, sumiéndola en “un momento de autodemolición”.

Aunque todo parezca naufragar, la Iglesia posee la promesa de la indefectibilidad, un hecho realmente milagroso: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20). Cristo está siempre en la Iglesia. A veces parecerá que duerme, en medio de las borrascas, pero está.

Fuente: Cf. Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades I

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