El Examen de conciencia como Oración


Si es verdad que lo interior es lo principal, no podría ser descuidado lo exterior sin verdadero daño para nosotros y frecuentemente sin escándalo para el prójimo.

Se echa de ver, pues, por este doble examen de conciencia, la necesidad de la mortificación, como asimismo de las purificaciones pasivas o de cruces que el Señor nos envíe para purificarnos de todo apego al mundo y a nosotros mismos, y para que verdaderamente el amor hacia Él ocupe el primer lugar en nuestra alma y reine sobre todos nuestros actos.

Para hacer bien este examen, bajo cualquiera de las dos formas, tiene suma importancia, el no separar la mirada que sobre nosotros mismos echamos, de aquella que debe siempre dirigirse a Dios, ejemplar de toda perfección. Esta mirada sobre Dios es una mirada de la fe, perfeccionada por el don de sabiduría, que nos hace juzgar de todo con relación a Dios, causa primera de salvación y fin último. Al considerar las perfecciones divinas de Verdad, de Bondad, de Amor, de Justicia, de Misericordia, se comprende mucho mejor, por antítesis, la miseria del hombre y el desorden del pecado. Al recorrer el libro de la vida, donde se halla estampada la historia toda de nuestra alma, conforme a la verdad más absoluta, se puede entrever mejor, y como desde lo alto, en qué cosa nos hemos buscado a nosotros mismos, en el transcurso de una semana o de un año, por orgullo, vanidad, envidia, concupiscencia, en lugar de habernos entregado por entero a Dios, por la humildad, dulzura, espíritu de fe, confianza y amor. Hecho de esta manera, el examen de conciencia tiende a transformarse en oración, en aquella oración que implora la gracia eficaz para entrar en la intimidad de Dios.

Fuente: Reginald Garrigou Lagrange, El amor de Dios y la mortificación

¡Que arda nuestro corazón en el deseo de los Sacramentos!


Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro. (Salmo 26)

Cuando el amor es grande, la ausencia de lo que se ama hace aumentar el deseo de poseerlo, y ese ardiente deseo acrecienta aún más el amor. Dios quiera concedernos que esto nos ocurra a nosotros en estos momentos en que, por misteriosa permisión divina, la gran mayoría de los fieles se ve privada del acceso a los Sacramentos, imposibilitada de participar del Santo Sacrificio de la Misa, de las visitas al Santísimo Sacramento.

¡Que esta privación no sea causa de que se enfríe nuestro amor, nuestra fe, nuestro deseo de participar de los divinos misterios, sino todo lo contrario! Que el ejemplo de la Santísima Virgen y de San José sacudan nuestra desidia. Ellos, en efecto, al perder a Jesús lo buscaron afanosamente, mereciendo encontrarlo nuevamente en el Templo luego de tres días de ausencia. Así nos suceda a nosotros: que, buscándolo con nuestro ardiente deseo y llamándolo con los gemidos de nuestro amor, merezcamos abrazarlo nuevamente -purificados y renovados- en los santos Sacramentos.

¿Nos vemos privados de la confesión sacramental? Avivemos en nosotros el fuego del deseo de la purificación que este Sacramento nos obtiene en virtud de la Pasión del Salvador. Anhelemos vivamente poder acercarnos pronto a este tribunal del perdón, para disolver en la Sangre redentora de Cristo las espinas que con nuestros pecados hemos clavado en su Corazón. Recordemos hacer frecuentes actos de contrición perfecta, doliéndonos de nuestras faltas por la ofensa que con ellas hemos hecho a Dios, sabiendo que estos actos -unidos al deseo de una pronta confesión sacramental- pueden alcanzarnos, por los méritos de Cristo, el perdón de nuestros pecados.

¿Nos está vedado el acceso a la Eucaristía? Ardamos en deseos de recibir sacramentalmente a nuestro amado Señor. Sigamos en esto el ejemplo de la Magdalena que, llevada de un incontenible deseo de ver a Jesús, lo llama con sus lágrimas, lo busca entre gemidos, y tan absorta está en su búsqueda del Amado que ni siquiera atiende a la maravillosa aparición de los ángeles, limitándose a decirles: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Y es en ese momento que el mismo Jesús se le aparece, pero ella no lo reconoce hasta que Él la llama por su nombre. Imitémosla en el ardor de la búsqueda, deseando vivamente recibir al Amado en la Sagrada Comunión, adorarlo en su presencia real en el Sagrario, asistir a las Exposiciones Eucarísticas. Pero aprendamos también de este episodio que -aún antes de que el Señor nos llame por nuestro nombre para recibirlo en el augusto Sacramento- Él ya está espiritualmente presente en nosotros si le manifestamos nuestros anhelos de recibirlo. No dejemos, pues, de hacer frecuentes y fervorosas Comuniones espirituales. Digámosle a menudo: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre y con el espíritu y el fervor de los santos.

¡Qué decir de la imposibilidad de participar presencialmente del Santo Sacrificio de la Misa! Cierto que es para nosotros como una herida abierta en el corazón. Pero hagamos -y roguemos- que esta herida sea causa de una verdadera purificación interior y de una mayor penetración en el misterio de este divino Sacrificio. Unámonos espiritualmente a las Misas que los sacerdotes celebran en forma privada -este es el sentido de verlas por medios electrónicos-. No dejemos pasar un solo día sin meditar la realidad maravillosa de esta sentencia verdadera: La Santa Misa es la actualización del mismo Sacrificio de Jesús en la Cruz.

En fin, no perdamos en este tiempo la oportunidad de hacer un sincero examen de conciencia: ¿Cómo ha sido, antes de la cuarentena actual, mi participación en la Santa Misa? ¿La he valorado al punto de no desaprovechar las oportunidades de asistir a ella aún entre semana? ¿He aprovechado los momentos de adoración eucarística que, sin faltar a mis deberes de estado, haya tenido oportunidad de asistir? Mis confesiones y comuniones ¿han sido frecuentes y fervorosas? Y la pregunta capital: ¿Cuál será mi actitud cuando, Dios mediante, vuelva a tener acceso a estos divinos Misterios?

Ciertamente pedimos por el fin de esta epidemia, pero de ningún modo deseamos “que todo vuelva como antes” ¡No! Pidamos al Señor salir de esta prueba purificados, interiormente elevados y grandemente fortalecidos en la fe y en el amor a los santos Sacramentos.

Que nuestra Madre celestial nos lo alcance del Señor Resucitado para poder vivir un tiempo pascual verdaderamente gozoso por la presencia de Cristo en nuestro interior.

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