Santa Teresita, el secreto de su santidad


¿Cuál fue el secreto de su santidad? Óyeselo a ella misma: Todo mi empeño y toda mi alegría está en ser pequeña, y en hacerme como un niño para poder ser admitida en el reino de los cielos... La perfección me parece cosa fácil. Basta con que uno reconozca su propia nada, y se arroje como un niño en los brazos del buen Dios... En este estado de infancia espiritual, Dios lo es todo, el hombre no es nada. En este "niño" obra Dios todo lo que quiere, como lo quiere y hasta donde quiere. No encuentra en el alma la menor resistencia, ningún obstáculo... Mi verdadero progreso está en hacerme como niño ante Dios... Más alegra a Dios lo que Él realiza en un alma que se contenta humildemente en su pobreza que la creación de millones de soles... El espíritu de la infancia espiritual mata mejor el orgullo que el mismo espíritu de mortificación... Su mérito es grande, porque nada cuesta tanto al hombre como el hacerse sincero y verdaderamente pequeño...

Estas palabras en que la Santa nos dejó como un retrato de su alma, nos revelan claramente el secreto de su santidad. Hízose pequeña, como niño, ante Dios, y el Señor la encumbró y engrandeció.

He aquí el secreto de toda verdadera santidad. Lo que nos hace grandes a los ojos de Dios no son nuestros vastos planes, nuestras empresas, ni aun siquiera nuestras grandes mortificaciones y obras de penitencia, o nuestros numerosos ejercicios de piedad. Todo esto puede ser envenenado por nuestro orgullo, por nuestra vanidad. Todo esto puede proceder y procede muchas veces, por desgracia, de nuestro propio espíritu, de nuestro propio gusto. Lo que nos hace verdaderamente grandes delante de Dios, lo que nos abre las puertas del reino de los cielos, de las virtudes, de la gracia, de la perfección y de la unión con Dios, es el ser pequeños, humildes como niños. No en vano comenzó Dios la gran obra de la redención por hacerse niño. Más tarde nos diría en su Evangelio: El que se hiciere pequeño como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos... Así piensa Cristo, así piensa Dios, así piensa la Santa Iglesia, así piensan y viven los santos. Fijos, pues, los ojos en este modelo de santidad que hoy te propone la Iglesia, resuélvete a emprender el camino de la verdadera infancia espiritual.

Posee el espíritu de la infancia espiritual todo aquel que, convencido de su propia impotencia y debilidad, se deja guiar en todo y totalmente por la luz y conducta de la gracia divina, y de aquellos que Dios ha puesto como representantes suyos. Este tal quiere ser pequeño, renuncia a confiar en sí mismo, a apegarse a sí propio. Cree con sencillez lo que se le dice; ejecuta lo que se le ordena, sin preguntar ¿por qué yo, o por qué así? Obedece lo que se le indica.

Lleno de espíritu de fe se eleva por encima de todo razonamiento, y no se inquieta por el camino que ha de seguir, ni por el término a que se le conduce. No juzga por sí mismo de nadie. Se arroja ciegamente en las manos de la Providencia, del gobierno de Dios. Marcha resuelto por el camino que debe seguir, sin pararse a contemplar si es escarpado, pedregoso o fácil. No se fija en si podrá avanzar, ni en cómo lo podrá hacer. Olvidado de sí mismo, descansa tranquilo en los brazos, en el corazón del Padre, como un niño recién nacido sobre el corazón y los brazos de su madre.

No busca las ocasiones de practicar delante de los hombres grandes y maravillosas virtudes. Prefiere siempre lo más pequeño, lo más oscuro. Sigue con heroica fidelidad y con absoluto espíritu de sacrificio todos los impulsos de la gracia. Obedece todos los mandatos de los superiores, y cumple con fidelidad todas sus reglas. Aprovecha todas las ocasiones de padecer, de sufrir, de mortificarse, que Dios quiera ofrecerle. Ama el ser pobre. Ve en todo cuanto le sucede la santa voluntad de Dios, y se somete a ella total, fiel y alegremente. Por amor de Dios conserva siempre y en toda circunstancia una dulce tranquilidad y una serena alegría. Renuncia a todo egoísmo, y a toda preocupación de sí mismo. No mira más que a Dios, su beneplácito; y esto sin ninguna mira egoísta. Todo es sencillez...

En presencia de Dios, a solas con tu conciencia, pregúntate: ¿Se dan en mí estas notas características del verdadero espíritu de la infancia espiritual? ¿Qué me falta? ¿Qué debo hacer para lograrlo? ¡Dichoso el justo que se hace niño por la humildad! El Señor cuidará de él con particular predilección.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz.

Frutos pascuales


¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Oficio litúrgico de hoy, domingo in albis, se refiere en sus oraciones y textos sagrados a los recién bautizados que, ocho días después de Pascua, dejaban la blanca vestidura que habían recibido en la fuente bautismal. A ellos va dirigida la afectuosa recomendación de San Pedro que leemos en el Introito de la Misa: “Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual”. En estas palabras se siente el eco de la solicitud materna de la Iglesia para con los hijos que ella ha regenerado en Cristo y su preocupación tiernísima por los recién nacidos. Pero este cuidado y esta solicitud se repiten también con nosotros; porque, aunque fuimos bautizados apenas vinimos a este mundo, todos los años en la fiesta de Pascua resucitamos con Cristo y de esa manera renacemos en Él a una nueva vida. Debemos, por lo tanto, asemejarnos también nosotros a los “niños recién nacidos”, que no conocen la malicia, el engaño, el orgullo, ni la presunción, sino que todo son candor y sencillez, confianza y amor. Hermosa invitación a la infancia espiritual que Jesús nos propuso como condición indispensable para llegar a la salvación: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Cada infusión de gracia, al purificar y sanar nuestra alma del pecado y de sus malas raíces, nos hace renacer a una nueva vida en Cristo, vida de inocencia y de pureza, que aspira “únicamente a beber la leche espiritual” de la doctrina de Cristo, de su amor y de sus gracias. Pero en la liturgia de hoy la Iglesia quiere centrar todos nuestros deseos, nuestra atención, en la fe: esa fe que nos une a Jesús, para que Él nos instruya, nos nutra y nos guíe a la vida eterna. Recordemos las palabras del divino maestro que nos harán penetrar en la sublimidad de la fe: “El que cree en Mí..., correrán de su seno ríos de agua viva... que salte hasta la vida eterna” (Jn. 7, 38; 4, 14). Acerquémonos a Jesús con la fe sencilla y sincera de los niños y Él nos dará la abundancia de su gracia, que es prenda de vida eterna.

¡Oh Dios mío! Dame un corazón puro y sencillo, sin malicia y sin engaño: “¡Oh Señor! Concédeme verdadera pureza y sencillez: en los ojos, en las palabras, en el corazón, en la intención, en las obras y en todo mi porte interior y exterior. ¿Quieres saber, alma mía, las cosas que se oponen a estas virtudes? Toda mirada que no sea según Dios, toda palabra que no sea proferida para alabanza de Dios o para alivio del prójimo. ¿Quieres saber también cuándo arrojas de tu corazón estas virtudes? Pues óyelo: las arrojas cuando en tus obras no llevas la intención pura de dar gloria a Dios y de ayudar a tu prójimo, cuando quieres disimular y excusar tus culpas sin pensar que Dios lo ve todo y penetra hasta en el fondo de tu corazón. ¡Oh Señor! Dame una pureza y sencillez verdadera, pues no puedes encontrar tu descanso en el alma que no es sencilla ni pura” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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