Sumergida en la Divina Misericordia (II)


Jesús dijo a sor Faustina: “La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina”. ¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina iluminará el camino de los hombres.

Pero, como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: “Paz a vosotros”. Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos”. El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 30 de abril de 2000

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