El martirio de María Santísima al pie de la Cruz


Nosotros, hijos adoptivos de la más afligida de las Madres, consideremos, llenos de compasión y devoción filial, a esta dulce Mediadora de nuestra salvación, sufriendo mil torturas por cada llaga y dolor de su Hijo adorable. Ella oyó las blasfemias que le dirigieron y presenció los escarnios de que fue objeto, y cada uno de aquellos insultos, cada una de aquellas burlas atravesaban como puñales agudos su corazón de madre. El mismo Jesús se quejó de la sed ardiente que le devoraba, y María no pudo aliviarle.

“Yo contemplaba -dijo la Virgen a Santa Brígida- el doloroso espectáculo de Jesús agonizante: sus ojos hundidos, entre abiertos, apagados; anhelante la boca, las mejillas caídas; el rostro pálido y la cabeza pendiendo sobre el pecho; todo el cuerpo hecho una sangrienta llaga”. ¡Qué dolor hubo de sentir esta Madre, la más tierna de las madres! “Fue tan grande este dolor -dice San Bernardino de Siena-, que, repartido entre todos los hombres, hubiese bastado para causarles la muerte instantáneamente”.

Y ¿qué hacía esta Purísima Virgen en medio de semejantes angustias? San Juan nos la hace contemplar en pie, junto a la cruz, soportando, a la par que su divino Hijo, el peso inmenso de nuestros pecados y los golpes abrumadores de la Justicia de Dios. Ella, lo mismo que Jesús, preveía la inutilidad de tan acerbos dolores, que había de desaprovechar gran número de las almas, y esta mirada hacia lo por venir pesaba como losa sobre su corazón de Madre. Por eso, y para ayudarnos con más eficacia, María se acercó la cruz en lugar de permanecer alejada de ella. Bien distinta de aquellos que se horrorizan de las penas, la Virgen estima el dolor como el más precioso tesoro y quiere a este precio merecer aún más por nosotros.

¡Oh!, si conociéramos, como ella, el misterio de la cruz, en vez de quejarnos cuando nos prueba el dolor, nos sentiríamos felices al cruzarse las penas en nuestro camino, humillando nuestro orgullo, arrancándonos de raíz los defectos, amortiguando las pasiones, doblegándonos la voluntad, haciéndola más flexible y dócil a la gracia.

Jesús y María, modelos perfectos de resignación y amor a la cruz, haced que me acostumbre a pensar en vuestros dolores, cuando me embargue la tristeza, tan contraria a mi progreso espiritual. Os pido de todo corazón que, cuando llegue para mí la hora de la prueba, me conservéis siempre la paz interior, aún en los trances más angustiosos de la vida.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 296-298

Necesidad de la fe en la divinidad de Cristo


Durante la vida mortal de Cristo, su divinidad estaba oculta bajo el velo de la humanidad; incluso para aquellos que vivían de continuo con Él, era su divinidad un objeto de fe.

No cabe la menor duda de que los judíos se daban cuenta de la sublimidad de su doctrina. “¿Por ventura ha hablado hombre alguno, decían ellos, como este hombre?” Eran testigos de obras que “sólo Dios, como ellos decían, podía realizar”. Pero veían asimismo que Cristo era hombre; y el Evangelio nos narra que ni siquiera sus propios parientes, que no habían podido conocerle más que en el taller de Nazaret, tenían fe alguna en él, a pesar de sus milagros.

Para nosotros, lo mismo que para los judíos de su tiempo, la fe en la divinidad de Jesucristo constituye el primer paso hacia la vida divina. Creer que Jesús es el Hijo de Dios, Dios como el padre, es la condición primordial para ser contado entre sus ovejas, para ser agradables al Padre.

El cristianismo no es más que la aceptación, en todas sus consecuencias doctrinales y prácticas incluso más lejanas, de la divinidad de Cristo en la Encarnación.

El reino de Cristo, y por medio de él la santidad, se establece en nosotros en la medida de la pureza, de la vida y de la plenitud de nuestra fe en Jesucristo.

Nuestra santidad no es más que el desarrollo de nuestra cualidad de hijos de Dios. Ahora bien, a esta vida de gracia que nos hace hijos de Dios nacemos en primer lugar por la fe: “Quien cree que Jesús es Cristo, ha nacido de Dios”.

No somos verdaderamente hijos de Dios más que si se basa nuestra vida en esta fe.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 110

Amigos de la Cruz (II)


Aprovechad los sufrimientos pequeños más que los grandes. Dios no repara tanto en lo que se sufre cuanto en cómo se sufre. Sufrir mucho, pero mal, es sufrir como condenados; sufrir mucho y con valor, pero por una causa mala, es sufrir como mártires del demonio; sufrir poco o mucho por Dios, es sufrir como santos.

Si podemos escoger nuestras cruces, optemos por las más pequeñas y deslucidas cuando se presenten junto a grandiosas y esplendidas. El orgullo natural puede pedir, buscar y aún escoger cruces grandiosas y brillantes. Pero escoger y llevar adelante las cruces pequeñas y sin brillo sólo puede ser efecto de una gracia singular y de una fidelidad particular a Dios.

Actuad, pues, como el mercader en su mostrador; sacad provecho de todo, no despreciéis ni la menor partícula de la Cruz verdadera, aunque solo sea la picadura de un mosquito o de un alfiler, las insignificantes singularidades del vecino, una pequeña injuria voluntaria, la perdida de algunos centavos, un ligero malestar, etc.

Sacad provecho de todo, como el tendero en su tienda, y os enriqueceréis según Dios, como se enriquece el, colocando centavo sobre centavo en su mostrador. A la menor contrariedad que os sobrevenga, decid: ¡Bendito sea Dios! ¡Gracias, Dios mío! Guardad luego en la memoria de Dios, que es como vuestra alcancía, la Cruz que acabáis de ganar y no os acordéis más de ella sino para decir: ¡Mil Gracias, Señor! o ¡Misericordia!

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

Abramos el corazón a las lecciones de la Pasión


¡Oh Jesús! Introdúceme en el misterio de tu Pasión, asóciame a ella para que sea digno de participar de la gloria de tu Resurrección.

Hoy comienza el Tiempo de Pasión, tiempo consagrado especialmente al recuerdo y a la contemplación amorosa de los dolores de Jesús. La cruz y las imágenes cubiertas, la supresión del Gloria en la Misa y en los responsorios del Oficio Divino, la omisión del salmo Judica me, al comienzo de la Misa, son señales de luto con que la Iglesia conmemora la Pasión del Señor. En las lecciones del Oficio Divino el Papa San León nos exhorta a tomar parte “en la Cruz de Cristo, para que hagamos algo que nos una a lo que Él hizo por nosotros, según dice el Apóstol: si sufrimos con Él, con Él seremos glorificados”. No debemos contentarnos sólo con meditar los dolores de Jesús, hay que tomar parte en ellos, llevar su Pasión en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (II Cor. 4, 10); porque solamente así podremos participar de sus frutos. He aquí por qué la Iglesia en el Oficio litúrgico del tiempo repite con tanta insistencia la invitación: “cuando oyereis la voz del Señor, no cerréis vuestros corazones”. En estos días la voz del Señor no se expresa con ruido de palabras, sino con testimonio elocuente de los hechos, con el gran acontecimiento de la Pasión, que es el misterio más convincente de su amor infinito hacia nosotros. Abramos, pues, nuestro corazón a las sublimes lecciones de la Pasión: aprendamos cuánto nos amó Jesús y cuánto debemos amarle nosotros; aprendamos la necesidad del sufrimiento, la necesidad de llevar con Él y tras Él la cruz, si queremos seguir sus huellas. Al mismo tiempo abramos el corazón a la más viva, esperanza, porque en la Pasión de Cristo está nuestra salvación. En la epístola de hoy (Heb. 9, 11-15) San Pablo nos presenta la figura majestuosa de Cristo, Sumo Sacerdote, que “por su propia sangre entró una vez en el santuario (es decir, en el cielo), realizada la redención eterna”. La Pasión de Cristo nos ha redimido, nos ha abierto de nuevo la casa del Padre; la Pasión de Jesús es el motivo de nuestra esperanza.

“Alabado seas, Dios misericordiosísimo, que, siendo miserables y estando desterrados, prisioneros y condenados, quisiste redimirnos y exaltarnos mediante la Pasión, el dolor, el desprecio y la pobreza de tu Hijo. Yo corro hacia tu Cruz, oh Cristo; voy en busca del dolor, del desprecio, de la pobreza; deseo con todas mis ansias transformarme en ti, oh Dios-Hombre pasionario, que me amaste hasta querer sufrir una muerte horrenda y vergonzosa, con el único fin de salvarme y para darme ejemplo de cómo he de padecer por tu amor las adversidades. En la conformidad contigo, Crucificado, (que para borrar mis culpas has querido morir ignominiosamente entregándote como víctima a los dolorosos tormentos) está mi perfección y la señal de mi amor. ¡Oh mi Dios pasionario! Solamente leyendo el libro de tu vida y de tu muerte aprenderé a conocerte y a penetrar en tu misterio. Dame, pues, un profundo espíritu de oración, una oración devota, humilde, atenta, brotada no solamente de la boca, sino del corazón y de la mente, para poder comprender las enseñanzas de tu Pasión” (B. Ángela de Foligno).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Sangre de Jesús nos libra del yugo de Satanás


El hombre, por el pecado, dice Santo Tomás de Aquino, se constituyó voluntariamente el esclavo del demonio. Al renegar de Dios y de su dominio, se inclinó hacia Satanás, escogiéndole como apoyo y consejero y confiándole su destino. El poder que sobre nosotros ejercía el demonio podía decirse que era debido a una especie de contrato existente entre él y nuestro primer padre Adán, que al entregarle su voluntad le entregaba las nuestras encerradas en la suya y nos condenaba a todos sus descendientes al eterno castigo. Doble servidumbre esta, por la cual el príncipe de las tinieblas nos ataba al pecado y a los tormentos sin fin de que es merecedor.

Para romper tales cadenas, Jesús, nuestro Redentor, no dudó en pagar a la eterna justicia el precio de nuestro rescate, derramando su Sangre infinitamente preciosa. De esta manera quedó debilitado el poder de Satanás, y nuestra voluntad se hizo fuerte y capaz de resistir a todos los embates del infierno. Nos libramos, por lo tanto, de los suplicios que seguramente nos esperaban en la otra vida, recibiendo en ésta la gracia de gozar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Jesús nos comunica los méritos y los efectos saludables de su Sangre divina, por medio de los sacramentos. El Bautismo nos regenera, nos hace renacer a una nueva vida (distinta de la vida de Satanás y de la vida del pecado), que es la misma vida de nuestro divino Salvador, es decir, la vida de la gracia, adquirida con el precio de la Sangre de Jesús; el sacramento de la Penitencia nos purifica de nuestros pecados, cura nuestras enfermedades espirituales y restablece en nosotros la salud por los méritos de nuestro Salvador. El sacramento de la Eucaristía termina la obra de nuestra restauración, al hacernos beber en las mismas fuentes de la vida, la sangre que nos redimió, nos purifico, nos regeneró e difundió en el alma las inclinaciones de Jesús, en lugar de las tendencias de Satanás. “Para mí hubiera sido inefable dicha, dice el bienaventurado Enrique Susón, recoger una sola gota de la sangre de Jesús, y he aquí que, por su Sacramento de amor, recibo en mi boca, en mi corazón, en toda mi alma, toda esta sangre preciosísima que adoran los ángeles del cielo”.

¡Oh Sangre de Jesús, infinitamente eficaz!, prepárame a realizar dignamente el acto de la Comunión. Apaga en mí todo fuego de sensualidad, santifica mi cuerpo y mi alma. Dame fe, pureza, confianza, devoción y docilidad para que Jesús reine en mí y no encuentre en mi voluntad la más pequeña resistencia a sus deseos y a sus atractivos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 274s.

La humildad de corazón (II)


La humildad de corazón es una virtud al mismo tiempo difícil y fácil: difícil porque es directamente contraria al orgullo que nos mueve siempre a encumbrarnos; fácil, porque no necesitamos ir muy lejos para buscar motivos. Los tenemos, y abundantemente, en nosotros mismos, en nuestra miseria. Sin embargo, no basta ser miserables para ser humildes, sólo es humilde quien reconoce sinceramente su propia miseria y obra en conformidad con tal convicción.

El hombre, soberbio por instinto, no puede llegar a este reconocimiento sincero sin la gracia de Dios, pero como Dios no niega a nadie las gracias necesarias, dirígete a Él y pídele con confianza y perseverancia la humildad de corazón. Pídesela en el nombre de Jesús, que tanto se humilló por la gloria del Padre y por tu salvación, pide en su nombre y recibirás (Jn. 16, 24). Si, no obstante tu deseo de llegar a ser humilde, sientes aún muchas veces que se levantan en ti movimientos de orgullo, de vanagloria, de vana complacencia, no te abatas, reconoce que todo esto es efecto de tu naturaleza viciada y tómalo como un motivo más para humillarte.

Recuerda que la humildad de corazón puedes practicarla siempre, aun cuando no puedas hacer actos externos, aun cuando nadie te humilla, aun cuando eres objeto de la confianza, de la estima y de la alabanza de alguno. Santa Teresa del Niño Jesús decía en tales circunstancias: “Nada de esto sería capaz, ciertamente, de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy”; y piensa que “si la reprensión no te hace más despreciable, así tampoco las alabanzas ajenas te hacen más santo” (Imit. II, 6,3). Cuanto más te exalten, más debes humillarte en tu corazón. Practicada así, la humildad de corazón te hará formar un concepto tan bajo de ti mismo, que nunca querrás ser preferido a ninguno, porque a todos los juzgarás mejores que tú y más dignos de estima, de respeto, de consideración; tú poseerás la paz, no serás turbado, ni por el deseo de superar a los demás, ni por las humillaciones que recibirás. La paz interior es fruto de la humildad; Jesús ha dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11, 29).

“¡Oh Verbo! Te humillaste hasta la muerte de Cruz, hasta querer ser tratado como el último de los hombres por los pecadores, por los demonios, por el Espíritu Santo, por tu Eterno Padre. Y todo esto para glorificar al Padre, para reparar la ofensa que nuestro orgullo cometió contra el Padre, para confundir y destruir nuestra altivez, para enseñarnos a detestar la vanidad y a amar la humildad. ¡Con cuánta verdad se puede decir que realmente la soberbia deshonra y desagrada gravísimamente a Dios, cuando para reparar tal deshonra, fue necesario que Tú, Hijo de Dios, te humillases hasta tal extremo! ¡Qué monstruosa es la vanidad, pues para aniquilarla, quisiste rebajarte hasta el grado más ínfimo de abyección! Ciertamente la humildad a los ojos de Dios es un tesoro preciosísimo y una alhaja que encanta al Señor, pues Tú, que eres su Hijo divino, has querido humillarte tanto para hacernos amar tal virtud, para estimularnos a imitarte en su ejercicio y para merecernos la gracia de practicarla” (San Juan de Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Multiplicación de los panes y los peces


Contempla el maravilloso banquete que la bondad de Jesús da a la infinita muchedumbre, que come hasta saciarse sentada en el humilde césped; y pide al Señor fe y confianza en su providencia.

Considera la devoción y confianza de esta muchedumbre de gente, que sigue a Jesús tres días de camino en el desierto, sin pensar ni de qué se ha de alimentar, ni adónde ha de hospedarse. No se queja de las fatigas del viaje; se siente como enajenada escuchando las palabras de vida eterna de Jesús y encontrándose en su compañía. Le sigue como un rebaño de ovejas a su pastor. ¡Mira qué pocos son los que hoy siguen a Jesús en el desierto! ¡Qué pocos los que de Él se fían y se abandonan a su providencia!

Jesús tiene compasión de aquella pobre gente que estaba en ayunas y que le seguía hacía ya tres días. Si les mando ayunos a sus casas, desfallecerán en el camino. ¡Qué tierno y compasivo es el Corazón de Jesús! Cuenta los días, y aun los momentos de nuestros sufrimientos, y no deja de socorrernos cuando nos conviene. Cuando todo parece desesperado, entonces más bien debemos esperar de Él, porque en tales ocasiones es cuando Jesús suele obrar prodigios en favor nuestro. Si no tienes consuelo alguno de Dios, es, sin duda, porque buscas demasiado los consuelos de la tierra. Si Jesús no hace por ti ningún milagro, es señal de que no esperas en Él. Tengo compasión, dice, de esta pobre gente, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Es decir, que se ponen en manos de mi providencia y descansan sobre mi vigilancia. Descansa tú en la providencia de Dios, y ésta jamás te faltará. ¡Qué pocos son los cristianos que tienen fe viva y práctica en la providencia de Dios! Toda la confianza la ponen en sus bienes, en su talento, en su prudencia y en su industria; pero jamás en la bondad de Dios. Cuentan con el favor de los amigos, de su crédito y de sus facultades; pero no con el de Jesucristo, como si no conociera sus miserias y no pudiera, o no quisiera remediarlas. ¿Por qué no te abandonas a la providencia divina? ¿Por qué desconfías de su sabiduría, de su poder y de su bondad?

¡Oh Dios omnipotente! ¿Quién soy yo y quién sois Vos? Vos sois el Ser por esencia, y yo soy la nada; Vos sois la misma fortaleza, y yo la debilidad; Vos la luz, y yo todo tinieblas; Vos, finalmente, sois la misma santidad, y yo la malicia. Dios mío, esperanza mía, yo me abandono enteramente en vuestras manos, y en Vos sólo confío.

Fuente: Cf. V.P. Luis de la Puente, Meditaciones espirituales.

Id a San José


San José es nuestro protector. Así lo siente la Iglesia. Su pensamiento dominante en el rezo litúrgico de este día, puede condensarse en estas palabras: El poder concedido antiguamente a José en Egipto es figura del poder sin límites concedido en el cielo al castísimo Esposo de María. Efectivamente, al rezar el Oficio de este día, cree uno estar oyendo al Señor, que dice a los hijos de su Iglesia lo que Faraón a los egipcios que acudían a él en demanda de auxilio: Id a José, pues en sus manos he puesto mi autoridad: él es el dispensador de mis gracias, y puede hacer por vosotros cuanto yo pudiera hacer por mí mismo. He aquí lo que la Iglesia repite entre cánticos; esta es la idea que quiere nos formemos del poder de San José.

Base y fundamento de este poder es la altísima dignidad que el mismo Dios le confirió. Tenía Dios en la tierra un doble tesoro, objeto de todas sus complacencias: Jesús, a quien llamaba su Hijo muy amado, y María, que, inspirada por el Espíritu Santo, había dicho de sí misma: El Señor me poseyó desde el principio de los siglos.

Y este doble tesoro, ¿a quién lo confió el Señor? ¿A los reyes y poderosos de la tierra? ¿A los ángeles del cielo? No; sino al humilde carpintero José. A él constituyó cabeza de su familia, dueño de su casa, príncipe de todo lo que más amaba. Sobre Jesús le dio los derechos de un padre sobre su hijo, y sobre María los derechos todos de un esposo sobre su esposa. Jamás estos derechos fueron más religiosamente respetados, pues nunca hubo hijo más obediente, ni esposa más sumisa.

¿Es concebible siquiera que estos títulos tan gloriosos de San José, a los que va unido un poder tan grande en la tierra, sean títulos vanos ahora que está en el cielo? Pensar que ya no tenga para con Jesús, que le llamó padre, ni para con María, cuyo esposo verdadero fue, más influjo y valimiento que el que resulta de una santidad eminente, ¿no equivaldría a admitir que al entrar en la mansión de la gloria ha perdido las más hermosas flores de su corona, y que para él ha sido una especie de desgracia lo que para todos es la más grande recompensa?

En esta consideración se apoya el sentimiento y la idea que atribuye a San José el poder de intercesor sin límites. De suerte que, si ha habido santos y sabios doctores que no han dudado en afirmar que María es la omnipotencia suplicante, que obtiene de Dios todo cuanto pide, tampoco han faltado quienes, al hablar de San José, han dicho, con San Bernardino de Sena, que los ruegos de tal esposo y de tal padre son órdenes para su Esposa y para su Hijo; que Dios, lejos de haberle despojado de los privilegios que hicieron la felicidad de su destierro, a pesar de tan penosas pruebas, los ha completado y consumado en su vida gloriosa. De él nos dice Santo Tomás: A algunos santos hales dado Dios gracia especial en determinadas necesidades. A San José le ha sido dado socorrer en todas, defender a cuantos a él acuden confiados, ayudarles y favorecerles con paternal solicitud.

He aquí por qué nos invita la Iglesia en este día a dirigimos a él con la confianza con que los egipcios se dirigían al primero, diciéndole: En tus manos está nuestra salvación: míranos tan sólo, y alegres serviremos al Rey. Hagámonos acreedores a su salvadora mirada.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés, S.J., Horas de luz

El Don de Dios de que habla Jesús


“¡Si conocieras del don de Dios! ...”, nos dice Jesús como a la Samaritana; si supieras, alma redimida, la hermosura, grandeza y nobleza que se encierra en el don que te traigo de parte de mi Padre, en este don que hace revivir al alma muerta por el pecado y se llama gracia santificante. Este don hará que de ti desaparezca la mancha del pecado original y las vergonzosas huellas de tus crímenes, aunque éstos fuesen más numerosos que las arenas del mar y más graves que las mayores iniquidades cometidas en la tierra. Este don restablecerá en ti la primitiva belleza, belleza destruida por el pecado de Adán. Te santificará y hará agradable a los ojos de los ángeles y a los de Dios, tres veces Santo. Gracias a él serás hijo adoptivo del Padre celestial, como yo soy Hijo natural.

¿Qué se desprende de esto? Pues que participarás de mis sagrados derechos; mis riquezas y méritos serán tuyos, mi doctrina, mi espíritu, mis sentimientos, mi corazón y mi vida, todo te lo comunicaré de tal suerte, que podrás decir como el Apóstol: “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 3, 20)”. Además, el Espíritu Santo, que habitó en mí desde el momento de mi encarnación, como en la flor de Jesé, se dignara descender a ti, a pesar de tus culpas pasadas, para habitar en ti substancialmente con Dios Padre y con Dios Hijo.

Con este don divino eres rico en virtudes y dones de más precio que el Universo entero; tu alma ha sido formada a mi imagen y semejanza por el divino Paráclito, para que puedas participar un día de mi gloria celestial. ¡Si conocieras, alma redimida, el altísimo precio de la gracia que así te transforma, no dejarías un instante de aumentarla por tu fervor y fidelidad!

Jesús mío, tus palabras me emocionan. Hasta ahora no he sabido apreciar la felicidad de estar en tu divina gracia. Así como el pecado mortal es mal inmenso, así tu santa amistad es bien inapreciable que sobrepasa en excelencia a los demás bienes. Tu gracia es fuente de paz, principio de virtud y condición para el mérito. Quiero a toda costa conservarla, huyendo de las ocasiones y peligros de pecar, acudiendo a la oración y acercándome con frecuencia a tus santos sacramentos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 239s.

Amigos de la Cruz (I)


Amigos de la Cruz, discípulos de un Dios Crucificado: el misterio de la Cruz es un misterio ignorado por los gentiles, rechazado por los judíos, menospreciado por los herejes y los malos cristianos. Pero es el gran misterio que tenéis que aprender en la práctica, en la escuela de Jesucristo. Solamente en su escuela lo podéis aprender. En vano rebuscareis en todas las academias de la antigüedad algún filósofo que lo haya enseñado. En vano consultareis la luz de los sentidos y de la razón. Solo Jesucristo puede enseñaros y haceros saborear ese misterio por su gracia triunfante.

Adiestraos, pues, en esta sobreeminente ciencia bajo la dirección de tan excelente maestro, y poseeréis todas las demás ciencias, ya que esta las encierra a todas en un grado eminente. Ella es nuestra filosofía natural y sobrenatural, nuestra teología divina y misteriosa, nuestra piedra filosofal, que -por la paciencia- cambia los metales más toscos en preciosos; los dolores más agudos, en delicias; la pobreza, en riqueza; las humillaciones más profundas, en gloria. Aquel de vosotros que sepa llevar mejor su cruz -aunque, por otra parte sea un analfabeto-, es más sabio que todos los demás.

Escuchad al gran San Pablo que, al bajar del tercer cielo -donde aprendió misterios escondidos a los mismos ángeles-, exclama que no sabe ni quiere saber nada fuera de Jesucristo Crucificado. Alégrate, pues, tú, pobre ignorante; tú, humilde mujer sin talento ni letras; si sabes sufrir con alegría, sabes más que un doctor de la Sorbona que no sepa sufrir como tú.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

La humildad de corazón (I)


¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Haz mi corazón, semejante al tuyo.

Sólo una vez Jesús dijo expresamente: Aprended de mí y fue precisamente hablando de la humildad: “aprended que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Porque sabía muy bien lo difícil que sería a nuestra orgullosa naturaleza el ejercicio de la humildad verdadera, parece como si Él hubiese querido darnos un impulso especial. Su ejemplo, sus inauditas humillaciones, que le han hecho “el oprobio de los hombres y el desprecio del pueblo” (Sal. 21, 7), que “le hicieron pecado por nosotros” (II Cor. 5, 21) y portador de todas nuestras iniquidades, hasta ser “contado entre malhechores” (Mc. 15, 28), son el ejemplo más estimulante y la más encendida invitación a la práctica de la humildad.

Jesús nos habla directamente de la humildad de corazón, porque para que una virtud, o la reforma de la vida sean sinceras, tienen que proceder siempre del corazón, de donde “provienen los pensamientos y las acciones” (Mt. 15, 19). Una actitud externa y el hablar humildes, son vanos sin la humildad de corazón, más aún, a veces son la máscara que oculta un orgullo refinado y por ende más peligroso. “Limpia primero por dentro... -decía Jesús condenando la hipocresía de los fariseos- y límpialo también luego por de fuera” (Mt. 23, 26). Y Santo Tomás dice que “de la humilde disposición interna brotan ciertas manifestaciones externas en las palabras, en las acciones y en los gestos que expresan lo que se oculta en el interior”.

Por eso, si quieres ser verdaderamente humilde, ejercita en primer lugar la humildad de corazón profundizando siempre más y más en el conocimiento sincero de tu nada, de tu poquedad. Aprende a reconocer abiertamente tus defectos, tus faltas, y no las atribuyas a otra causa que no sea tu miseria. Al mismo tiempo aprende a confesar que todo el bien que hay en ti es puro don de Dios, y jamás lo creas propiedad tuya.

¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Líbrame del orgullo, haz humilde mi corazón, infúndeme un poquito de tu profundísima humildad. Tú lo sabes mejor que yo, ¿cómo podré yo, con mi voluntad soberbia, hacer humilde mi corazón? Un pobre no puede darse riquezas, tampoco un soberbio puede dar humildad a su corazón. Solamente tu bondad infinita puede remediar la soberbia.

“Y el remedio es éste: fijar la mirada en ti; oh Verbo Encarnado, clavado en la Cruz; y cuando Tú ves a un alma que, humillada te mira fijamente, te sientes obligado a devolverle tu mirada y tu mirada es como el rayo del sol, que, cayendo sobre la tierra, la seca y la dispone para que fructifique. Así Tú, Verbo, con el rayo de tu mirada secas el alma, atrayendo hacia ti toda la soberbia que hay en ella para consumirla con tu calor. Nadie, pues, puede alcanzar la humildad si no fija la mirada en ti, oh Verbo en Cruz” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

La Pasión de Cristo obró a modo de Sacrificio


En los sacrificios de la ley antigua, que eran figuras de Cristo, nunca se ofrecía carne humana, pero de ahí no se sigue que la Pasión de Cristo no haya sido un sacrificio. Pues aun cuando la verdad corresponde a la figura con relación a algo, pero no con relación a todo, es preciso, pues, que la verdad exceda a la figura. Y por eso, convenientemente, la figura de éste sacrificio, por el que se ofrece por nosotros la sangre de Cristo, fue la carne, no de los hombres, sino de otros animales que significan la carne de Cristo, la cual es el sacrificio perfectísimo.

1º) Porque, siendo carne de la naturaleza humana, es ofrecida convenientemente por los hombres, y tomada por ellos bajo la forma de sacramento.

2º) Porque, siendo pasible y mortal, era apta para la inmolación.

3º) Porque, estando sin pecado, era eficaz para purificar los pecados.

4º) Porque, siendo la carne del mismo oferente, era grata a Dios a causa de la inefable caridad del que ofrecía su carne.

Por eso dice San Agustín: “¿Qué cosa sería tomada tan convenientemente de los hombres, para ofrecer por ellos, como la carne humana; y qué cosa tan apta para esta inmolación como la carne mortal? ¿Qué cosa más pura, para purificar los vicios de los mortales, que la carne nacida en el seno y del seno de una virgen sin el contagio de la concupiscencia carnal? ¿Y qué podría ofrecerse y recibirse tan gratamente, como la carne de nuestro sacrificio, convertida en cuerpo de nuestro sacerdote?”

Fuente: Santo Tomás de Aquino, Meditaciones, p. 30

Vía Crucis Eucarístico (XIV)


Decimocuarta estación: Jesús es depositado en el sepulcro.

Jesús quiere sufrir la humillación del sepulcro; es abandonado a la guarda de sus enemigos, haciéndose prisionero suyo.

Mas en la Eucaristía aparece Jesús sepultado con toda verdad, y, en lugar de tres días, queda siempre, invitándonos a nosotros a que le hagamos guardia; es nuestro prisionero de amor.

Los corporales le envuelven como un sudario; arde la lámpara delante de su altar lo mismo que delante de la tumba; en torno suyo, reina silencio de muerte.

Al venir a nuestro corazón por la comunión, Jesús quiere sepultarse en nosotros; preparémosle un sepulcro honroso, nuevo, blanco, que no esté ocupado por afectos terrenales, embalsamémosle con el perfume de nuestras virtudes.

Vengamos, por todos los que no vienen, a honrarle, adorarle en su sagrario, consolarle en su prisión, y pidámosle la gracia del recogimiento y de la muerte al mundo, pan llevar una vida oculta en la Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XIII)


Decimotercera estación: Jesús es entregado a su Madre.

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su divina Madre, quien le recibe entre sus brazos y contra su corazón, ofreciéndolo a Dios como víctima de nuestra salvación.

A nosotros nos toca ahora ofrecer a Jesús como víctima en el altar y en nuestros corazones para nosotros y para los nuestros.

Nuestro es, pues Dios Padre nos le ha dado y Él mismo se nos da también para que hagamos uso de Él.

¡Qué desdicha el que este precio infinito quede infructuoso entre nuestras manos, a causa de nuestra indiferencia!

Ofrezcámoslo en unión con María y pidamos a esta buena Madre que lo ofrezca por nosotros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XII)


Duodécima estación: Jesús expira en la cruz.

Jesús muere para rescatamos; la última gracia es el perdón concedido a los verdugos; el último don de su amor: su divina Madre; la sed de sufrir, su último deseo; y el abandono de su alma y de su vida en manos de su Padre, el último acto.

En la sagrada Eucaristía continúa el amor que nos mostró Jesús al morir; todas los días se inmola en el santo Sacrificio y va a los que le reciben a perder su existencia sacramental.

Desde la sagrada Hostia me ofrece las gracias de mi redención y el precio de mi salvación. Pero para poderlas recibir, muera yo junto a Él y para Él, según es su voluntad.

Dadme, Dios mío, la gracia de morir al pecado y a mí mismo, gracia de no vivir más que para amaros en vuestra Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XI)


Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz

¡Qué tormentos los que sufrió Jesús cuando le crucificaron! Sin un milagro de su poder no le hubiera sido posible soportarlos sin morir.

Con todo, en el calvario Jesús es clavado a un madero inocente y puro, mientras que en una comunión indigna el pecador crucifica a Jesús en su cuerpo de pecado, cual si se atara un cuerpo vivo a un cadáver en descomposición.

En el calvario fue crucificado por enemigos declarados, mientras que aquí son sus propios hijos los que le crucifican con la hipocresía de su falsa devoción.

En el calvario sólo una vez fue crucificado, mientras aquí lo es todos los días y por millares de cristianos.

¡Oh divino Salvador mío, os pido perdón por la inmortificación de mis sentidos, que ha costado expiación tan cruel!

Por vuestra Eucaristía, queréis crucificar mi naturaleza e inmolar al hombre viejo, uniéndome a vuestra vida crucificada y resucitada. Haced, Señor, que me entregue a Vos del todo, sin condición ni reserva.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (X)


Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

¡Cuánto no debió sufrir en este cruel e inhumano despojamiento! ¡Le arrancan los vestidos pegados a las llagas, las cuales vuelven a abrirse y a desgarrarse!

¡Cuánto no debió sufrir en su modestia viéndose tratado como se tendría vergüenza de tratar a un miserable y a un esclavo, que al menos muere en el sudario en el que ha de ser sepultado!

Jesús es despojado aún hoy de sus vestiduras en el estado sacramental. No contentándose con verle despojado, por amor hacia nosotros, de la gloria de su divinidad y de la hermosura de su humanidad, sus enemigos le despojan del honor del culto, saquean sus iglesias, profanan los vasos sagrados y los sagrarios, le echan por tierra. Es puesto a merced del sacrilegio, Él, rey y salvador de los hombres, como en el día de la crucifixión.

Lo que Jesús se propone al dejarse despojar en la Eucaristía es reducirnos a nosotros al estado de pobres voluntarios, que no tienen apego a nada, y así revestirnos de su vida y virtudes. ¡Oh Jesús sacramentado, sed mi único bien!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez.

¡Cuántos sufrimientos en esta tercera caída! Jesús cae abrumado bajo el peso de la cruz y apenas si a fuerza de malos tratos logran los verdugos levantarle.

Jesús cae por tercera vez antes de ser levantado en cruz como para atestiguar que le pesa el no poder dar la vuelta al mundo cargado con su cruz.

Jesús vendrá a mí por última vez en viático antes de que salga también yo de este valle de destierro. ¡Ah, Señor, concededme esta gracia, la más preciosa de todas y complemento de cuantas he recibido en mi vida!

¡Pero que reciba bien esta última comunión, tan llena de amor!

¡Qué caída más espantosa la de Jesús, que entra por última vez en el corazón de un moribundo, que a todos sus pecados pasados añade el crimen del sacrilegio y recibe indignamente al mismo que ha de juzgarle, profanando así el viático de su salvación!

¡En qué estado más doloroso no se ha de ver Jesús en un corazón que le detesta, en un espíritu que le desprecia, en un cuerpo de pecado!

¿Y cuál será el juicio de esos desdichados? Sólo pensarlo causa temblor: ¡Perdón, Señor, perdón por ellos! Os ruego por todos los moribundos. Concededles la gracia de morir en vuestros brazos después de haberos recibido bien en viático.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VIII)


Octava estación: Jesús consuela a las afligidas mujeres piadosas.

Consolar a los afligidos y perseguidos era la misión del Salvador en los días de su vida mortal, misión a la que quiere ser fiel en el momento mismo de sus mayores sufrimientos. Olvidándose de sí, enjuga las lágrimas de las piadosas mujeres que lloraban por sus dolores y por su Pasión, ¡qué bondad!

En su santísimo Sacramento, Jesús no cuenta con casi nadie que le consuele del abandono de los suyos, de los crímenes de que os objeto. Día y noche se encuentra solo. ¡Ah, si pudieran llorar sus ojos, cuántas lágrimas no derramarían por la ingratitud y el abandono de los suyos! Si su corazón pudiera sufrir, ¡qué tormentos padecería al verse desdeñado hasta por sus mismos amigos!

Y aun siendo esto así, tan pronto como venimos hacia Él, nos acoge con bondad, escucha nuestras quejas y el relato con frecuencia bien largo y harto egoísta de nuestras miserias, y, olvidándose de sí nos consuela y reanima. ¿Por qué habré yo, divino Salvador mío, recurrido a los hombres para hallar consuelo, en lugar de dirigirme a Vos? Ya veo que esto hiere a vuestro Corazón, celoso del mío. Sed en la Eucaristía mi único consuelo, mi único confidente: con una palabra, con una mirada de vuestra bondad me basta. ¡Deseo amarte de todo corazón!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.

A pesar de la ayuda de Simón, Jesús sucumbe por segunda vez a causa de su debilidad, y esto le depara una ocasión para nuevos sufrimientos. Sus rodillas y manos son desgarradas por estas caídas en camino tan difícil, y los verdugos redoblan de rabia sus malos tratos.

¡Oh, cuán nulo es el socorro del hombre sin el de Jesucristo!

¡Cuántas caídas se prepara el que se apoya en los hombres! ¡Cuántas veces cae por la Comunión hoy el Dios de la Eucaristía en corazones cobardes y tibios, que le reciben sin preparación, le guardan sin piedad y le dejan marcharse sin un acto de amor y de agradecimiento! Por nuestra tibieza es Jesús estéril en nosotros.

¿Quién se atrevería a recibir a un grande de la tierra con tan poco cuidado como se recibe todos los días al rey del cielo?

Divino Salvador mío, os ofrezco un acto de desagravio por todas las comuniones hechas con tibieza y sin devoción. ¡Cuántas veces habéis venido a mi pecho! ¡Gracias por ello! ¡Quiero seros fiel en adelante! ¡Dadme vuestro amor, que él me basta!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VI)


Sexta estación: Una piadosa mujer enjuga el rostro de Jesús.

El Salvador ya no tiene rostro humano; los verdugos se lo han cubierto de sangre, de lodo y de salivazos. El esplendor de Dios se encuentra en tal estado, por lo cubierto de manchas, que no se le puede reconocer. La piadosa Verónica afronta los soldados; bajo las salivas ha reconocido a su salvador y Dios, y movida de compasión enjuga su augusta faz. Jesús la recompensa imprimiendo sus facciones en el lienzo con que ella enjuga su cara adorable.

Divino Jesús mío, bien ultrajado, insultado y profanado sois en vuestro adorable Sacramento. Y ¿dónde están las verónicas compasivas que reparen esas abominaciones? ¡Ah! ¡Es para entristecerse y aterrarse que con tanta facilidad se cometan tantos sacrilegios contra el augusto Sacramento! Se diría que Jesucristo no es entre nosotros sino un extranjero que a nadie interesa y hasta merece desprecio.

Verdad es que oculta su rostro bajo la nube de especies bien débiles y humildes; pero es para que nuestro amor descubra en ellas por la fe sus divinas facciones. Señor, creo que sois el Cristo, Hijo de Dios vivo, y adoro bajo el velo eucarístico vuestra faz adorable, llena de gloria y de majestad; dignaos, Señor, imprimir vuestras facciones en mi corazón, para que a todas partes lleve conmigo a Jesús y a Jesús sacramentado.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (V)


Quinta estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

Jesús aparecía cada vez más rendido bajo su peso. Los judíos, que querían que muriese en la cruz, para poner el colmo a sus humillaciones, pidieron a Simón el Cirineo que tomase el madero. Él se negó, y menester fue obligarle para que tomara este instrumento que tan ignominioso le parecía. Mas aceptó al fin y mereció que Jesús le tocara el corazón y lo convirtiera.

En su Sacramento Jesús llama a los hombres y casi nadie acude a sus invitaciones. Convídales al banquete eucarístico y se echa mano de pretextos mil para desoír su llamamiento. El alma ingrata e infiel se niega a la gracia de Jesucristo, el don más excelente de su amor; y Jesús se queda solo, abandonado, con las manos llenas de gracias que no se quieren: ¡Se tiene miedo a su amor!

En lugar del respeto que le es debido, Jesús no recibe, las más de las veces, más que irreverencias... Se ruboriza uno de encontrarlo en las calles y se huye de Él así que se le divisa. No se atreve uno a darle señales exteriores de la propia fe.

¿Será posible, divino Salvador mío? Demasiado cierto es, no puedo menos de sentir los reproches que me dirige mi conciencia. Sí, he desoído muchas veces vuestro amoroso llamamiento, aferrado como estaba a lo que me agradaba; me he negado cuando tanto me honrabais invitándome a vuestra mesa, movido por vuestro amor. Pésame de lo más hondo de mi corazón. Comprendo que vale mucho más dejarlo todo que omitir por mi culpa una comunión, que es la mayor y más amable de vuestras gracias. Olvidad, buen salvador mío, mi pasado y acoged y guardad vos mismo mis resoluciones para el porvenir.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IV)


Cuarta estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre.

María acompaña a Jesús en el camino del calvario sufriendo un verdadero martirio en su alma; porque cuando se ama se quiere compadecer.

Hoy el Corazón eucarístico de Jesús encuentra en el camino de sus dolores, entre sus enemigos, hijos de su amor, esposas de su corazón, ministros de sus gracias, que, lejos de consolarle como María, se juntan a sus verdugos para humillarle, y blasfemar y renegar de Él.

¡Cuántos renegados y apóstatas abandonan el servicio y el amor de la Eucaristía tan pronto como este servicio requiere un sacrificio o un acto de fe práctica!

¡Oh Jesús mío, quiero seguiros con María, mi madre, por más que os vea humillado, insultado y maltratado, y deseo desagraviaros con mi amor!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

Tan agotado de sangre se vio Jesús después de tres horas de agonía y de los golpes de la flagelación, tan debilitado por la terrible noche que pasó bajo la guardia de sus enemigos, que, tras algunos momentos de marcha, cae abrumado bajo el peso de la cruz.

¡Cuántas veces cae Jesús sacramentado por tierra en las santas partículas sin que nadie se dé cuenta!

Mas lo que le hace caer de dolor es la vista del primer pecado mortal que mancilló mi alma.

¡Cuánto más dolorosa no es la caída de Jesús en el corazón de un joven que le recibe indignamente en el día de su primera comunión!

Cae en un corazón helado, que el fuego de su amor no puede derretir; en un espíritu orgulloso y fingido, sin poder conmoverlo; en un cuerpo que no es más que sepulcro lleno de podredumbre. ¿Así por ventura hemos de tratar a Jesús la primera vez que viene a nosotros tan lleno de amor? ¡Oh Dios! ¡Tan joven y ya tan culpable! ¡Comenzar tan pronto a ser un Judas! ¡Cuán sensible es al Corazón de Jesús; una primera comunión sacrílega!

¡Gracias, oh Jesús mío, por el amor que me mostrasteis en mi primera comunión! Nunca lo he de olvidar. Vuestro soy, del mismo modo que Vos sois mío; haced de mí lo que os plazca.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (II)


Segunda estación: Jesús, cargado con la Cruz

En Jerusalén los judíos imponen a Jesús una pesada e ignominiosa cruz, que era considerada entonces como el instrumento de suplicio propio del último de los hombres. Jesús recibe con gozo esta cruz abrumadora; se apresura a recibirla, la abraza con amor y la lleva con dulzura.

Así nos la quiere suavizar, aliviar y deificar en su sangre.

En el santísimo Sacramento del altar los malos cristianos imponen a Jesús una cruz mucho más pesada e ignominiosa para su Corazón. La constituyen las irreverencias de tantos en el santo lugar; su espíritu, tan poco recogido; su corazón, tan frío en la presencia del Señor, y su tan tibia devoción. ¡Qué cruz más humillante para Jesús tener hijos tan poco respetuosos y discípulos tan miserables!

Aun ahora Jesús lleva mis cruces en su sacramento, las pone en su Corazón para santificarlas y las cubre con su amor y besos, para que me sean amables; mas quiere que las lleve también yo por Él y se las ofrezca; se allana a recibir los desahogos de mi dolor y sufre que yo llore mis cruces y le pida consuelo y auxilio.

¡Cuán ligera se vuelve la cruz que pasa por la Eucaristía! ¡Cuán bella y radiante sale del Corazón de Jesús! ¡Da gusto recibirla de sus manos y besarla tras Él! A la Eucaristía iré, por tanto, para refugiarme en las penas, para consolarme y fortalecerme. En la Eucaristía aprenderé a sufrir y a morir.

¡Perdón, Señor, perdón por todos los que os tratan con irreverencia en vuestro sacramento de amor! ¡Perdón por mis indiferencias y olvidos en vuestra presencia! ¡Quiero amaros; os amo con todo mi corazón!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (I)


Primera estación: Jesús, condenado a muerte.

Jesús es condenado por los suyos, por aquellos mismos a quienes ha colmado de favores. Se lo condena cual si fuera un sedicioso, a Él, que es la bondad misma; como blasfemo, siendo así que es la misma santidad; como ambicioso, cuando se hizo el último de todos. Como si fuera el último de los esclavos, es condenado a la muerte de cruz.

Como vino a este mundo para sufrir y morir y para enseñarnos a hacer ambas cosas, Jesús acepta con amor la inicua sentencia de muerte.

También en la Eucaristía es Jesús condenado a muerte. Condenado en sus gracias, que no se quieren; en su amor, que se desconoce; en su estado sacramental, en que es negado por el incrédulo y profanado por horribles sacrilegios. Por una comunión indigna vende a Jesucristo un mal cristiano al demonio, entrégalo a las pasiones, lo pone a los pies de Satanás, rey de su corazón; le crucifica en su cuerpo de pecado.

Los malos cristianos maltratan a Jesús más que los mismos judíos, por cuanto en Jerusalén fue condenado una sola vez, en tanto que en el santísimo Sacramento es condenado todos los días y en infinidad de lugares y por un número espantoso de inicuos jueces.

Y a pesar de todo, Jesús se deja insultar, despreciar, condenar; y sigue viviendo en el Sacramento, para demostrarnos que su amor hacia nosotros es sin condiciones ni reservas y excede a nuestra ingratitud.

¡Perdón, oh Jesús, y mil veces perdón, por todos los sacrilegios! Si me acontece cometer uno sólo, he de pasar toda la vida reparándolo. Quiero amaros y honraros por todos los que os desprecian. Dadme la gracia de morir con vos.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Eucaristía y la muerte del Salvador


La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía? Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús. Cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la vida a Jesucristo y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos. La prueba suprema del Amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía. ¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía!

Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones señaladas para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros. Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas. Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo. Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad. Por último, la Eucaristía nos hace partícipes de la resurrección gloriosa de Jesús.

Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este sacramento de vida, donde reside glorioso y donde triunfa su amor. Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera de corresponder a su amor. ¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu redención!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Si el mundo que busca a Dios supiera


Si el mundo que busca a Dios supiera... Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones. Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios, cuántas guerras se impedirían, cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y asombraos. Dios está en el corazón del hombre, yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es Él. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta, mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma, y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe. Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir.

Fuente: De los escritos de San Rafael Arnáiz

Jesús, mi Cielo

Santa Teresa de Los Andes

¿Hay algo bueno, bello, verdadero que podamos concebir que en Jesús no esté? Sabiduría, para la cual no hay nada secreto; poder, para el cual nada existe imposible; justicia, que lo hace encarnarse para satisfacer por el pecado; providencia, que siempre vela y sostiene; misericordia, que jamás deja de perdonar; bondad, que olvida las ofensas de sus criaturas; amor, que reúne todas las ternuras de una madre, del hermano, del esposo y que, haciéndolo salir del abismo de su grandeza, lo liga estrechamente a sus criaturas; belleza, que extasía... ¿Qué otra cosa imaginas que no esté en este HombreDios?

¿Temes acaso que el abismo de la grandeza de Dios y el de tu nada jamás podrán unirse? Existe en él el amor; y esta pasión lo hizo encarnarse para que, viendo un HombreDios, no temieran acercarse a él. Esta pasión hízolo convertirse en pan, para poder asimilar y hacer desaparecer nuestra nada en su Ser infinito. Esta pasión le hizo dar su vida, muriendo muerte de cruz.

¿Temes acercarte a Él? Míralo rodeado por los niños. Los acaricia, los estrecha contra su Corazón. Míralo en medio de su rebaño fiel, cargando sobre sus hombros a la oveja infiel. Míralo sobre la tumba de Lázaro. Y oye lo que dice a Magdalena: Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho. ¿Qué descubres en estos rasgos del Evangelio, sino un corazón bueno, dulce, tierno, compasivo, un corazón, en fin, de un Dios? Él es mi riqueza infinita, mi beatitud, mi cielo.

Fuente: De los escritos espirituales de santa Teresa de Jesús de Los Andes

Humildad y oración


¿Quieres adorar a Dios en verdad? Reconoce primero tu pequeñez, magnífica adoración que rendimos a Dios por el conocimiento propio; mi pequeñez, mi ruindad, mi pobreza. Aquí cabe muy bien esta palabra: la humildad es la verdad. La verdad está en conocer nuestra nada. ¿Por qué? ¿Qué somos? Segundo: conocimiento también junto con el de nuestra pequeñez, conocimiento de Su grandeza.

En esta Hostia está toda la omnipotencia, toda la sabiduría, toda la bondad de Jesucristo, porque está su Corazón vivo, como está en el cielo. Cuando así adoramos, lo hacemos en espíritu y en verdad. Después de la adoración hemos de abrir nuestro corazón a todos los demás afectos. Ya sabéis que en el Evangelio se nos presentan diferentes maneras de adorar; unas veces es postrarse profundamente guardando silencio. A veces a la adoración se unen lágrimas, gemidos y suspiros; a veces también acompañan palabras, expresiones, súplicas. Todas estas maneras diversas de adorar caben perfectamente ante Jesús Sacramentado. A veces basta que el alma se incline ante Jesús.

¿Qué hago yo si no se me ocurre nada decirle? ¿Que qué haces? Adora... Y espera. Si no sé decir nada... No importa, ese silencio basta; aunque sientas el corazón seco, árido, incluso molestado de tentaciones, no temas, sigue adorando, que esto solo ya es un acto magnífico ante Dios; y si luego consientes afectos de gratitud, de más inmolación, toma todos estos afectos que el Espíritu Santo te da y preséntaselos también a Jesús. Esta es una práctica principal que hemos de tomar.

Fuente: De los escritos de San José María Rubio, presbítero

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