Domingo in Albis, dedicado al culto de la Misericordia divina


Desde la antigüedad este domingo se llama “in albis”, del término latino “alba”, dado al vestido blanco que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban a los ocho días. En este día, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían una vez más su vestido blanco, símbolo de la luz que el Señor les había dado en el bautismo. Después se quitaban el vestido blanco, pero debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado; debían proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Señor había encendido en ellos, para llevar así a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios.

De misericordia y de bondad divina está llena la página del Evangelio de san Juan (20, 19-31) de este domingo. (S.S. Benedicto XVI, Homilía del 15 de abril de 2007 y Regina Caeli del 11 de abril de 2010)

Resuena también hoy el gozoso aleluya de la Pascua. La página del evangelio de san Juan que leemos hoy destaca que el Resucitado, al atardecer de aquel día, se apareció a los Apóstoles y “les mostró las manos y el costado” (Jn 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa pasión grabados de modo indeleble en su cuerpo también después de la resurrección. Aquellas heridas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia de Dios, que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn 3, 16).

Este misterio de amor está en el centro de la actual liturgia del domingo in Albis, dedicada al culto de la Misericordia divina.

A la humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!

Señor, que con tu muerte y resurrección revelas el amor del Padre, creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: ¡Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! (Texto escrito por San Juan Pablo II, días antes de fallecer)

Sobre el Santo Rosario de la Santísima Virgen (I)


No solamente una vez hemos afirmado -como recientemente lo hemos hecho en la Carta Encíclica Divini Redemptoris, que a los males cada vez más graves de nuestro tiempo no se puede dar otro remedio que el del retorno a Nuestro Señor Jesucristo y a sus santísimos preceptos. Sólo Él tiene palabras de vida eterna; y ni los individuos ni la sociedad pueden hacer cosa alguna que pronto y miserablemente no decaiga, si dejan aparte la majestad de Dios y repudian su ley.

Mas quien estudie con diligencia los anales de la Iglesia Católica, fácilmente verá unido a todos los fastos del nombre cristiano el poderoso patrocinio de la Virgen Madre de Dios.

María y la historia de la Iglesia

Y en efecto, cuando los errores difundiéndose por doquiera se obstinaban en dilacerar la túnica inconsútil de la Iglesia y en perturbar el orbe católico, nuestros padres con ánimo confiado se dirigieron a aquélla que sola ha destruido todas las herejías del mundo, y la victoria alcanzada por medio de Ella trajo tiempos más serenos.

Y cuando el impío poder mahometano, confiando en poderosas flotas y en ejércitos aguerridos, amenazaba con la ruina y la esclavitud a los pueblos de Europa, entonces por insinuación del Sumo Pontífice se imploró fervorosamente la protección de la Madre Celestial, y los enemigos fueron derrotados y sus navíos sumergidos.

Y como en las calamidades públicas así también en sus necesidades privadas, los fieles de todas las épocas se dirigieron suplicantemente a María, para que ella, tan benigna, acudiese en su socorro, impetrando alivio y remedio para los dolores del cuerpo y del alma. Y nunca fue esperada en vano su poderosa ayuda por los que la imploraron con piadosa y confiada plegaria.

Los peligros del mundo moderno

También en nuestros días amenazan a la sociedad religiosa y a la civil peligros no menores que en el tiempo pasado.

Y en realidad de verdad, porque debido a que muchos desprecian y repudian completamente la suprema y eterna autoridad de Dios que manda y prohíbe, se sigue que se ha debilitado la conciencia del deber cristiano, que languidece en las almas la fe, cuando no se apaga del todo, y que se conmueven y destruyen los fundamentos mismos de la sociedad humana.

Así se ve, por una parte, a ciudadanos trabados en atroz lucha entre sí, porque los unos están colmados de copiosas riquezas y los otros deben ganar el pan para sí y para los suyos con el duro trabajo cotidiano.

Más aún, en algunas regiones, como todos saben, el mal ha llegado a tal punto que se ha querido destruir hasta el derecho privado de propiedad para poner en común todas las cosas. Por otra parte, no faltan hombres que declarando honrar y exaltar sobre todo el poder del Estado, diciendo que es menester asegurar por todos los medios el orden civil y reformar la autoridad, pretenden que con eso se pueda rechazar totalmente las execrables teorías de los comunistas; mas despreciando la luz de la sabiduría evangélica se empeñan en hacer resurgir los errores de los paganos y su tenor de vida.

Añádase a esto, la artera y funestísima secta de los que, negando y odiando a Dios, se declaran enemigos del Eterno; se insinúan por doquiera; desacreditan y arrancan de las almas toda creencia religiosa, y conculcan en fin todo derecho divino y humano. Y mientras se mofan de la esperanza de los bienes celestiales, incitan a los hombres a conseguir, aún con medios ilícitos, una felicidad terrenal en todo y por todo mentirosa y los impulsan por lo mismo con audacia temeraria a la destrucción del orden social, suscitando desórdenes, sangrientas rebeliones y la misma conflagración de la guerra civil.

Erigir la confianza en Dios

Sin embargo, aun cuando males tan grandes y tan numerosos amenacen y se teman aún mayores para lo porvenir, es menester no desmayar ni dejar languidecer la confiada esperanza que se apoya únicamente en Dios.

El que ha concedido la salud a pueblos y naciones indudablemente no dejará perecer a los que ha redimido con su preciosa sangre, ni abandonará su Iglesia.

Antes bien, como hemos recordado al principio, interpongamos ante Dios la mediación de la Bienaventurada Virgen tan acepta a Él, como quiera que, en palabras de San Bernardo, así es su voluntad (de Dios) el cual ha querido que todo lo consiguiésemos por medio de María.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Ingravescentibus malis

La Cátedra de San Pedro, don de Cristo a su Iglesia


La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. La “cátedra”, literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama “catedral”, y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su “magisterio”, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.

¿Cuál fue, por tanto, la “cátedra” de san Pedro? Elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia (cf. Mt 16, 18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera “sede” de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Celebrar la “Cátedra” de san Pedro, como hacemos nosotros, significa, por consiguiente, atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.

Entre los numerosos testimonios de los santos Padres, me complace recordar el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la “cátedra” de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. Escribe así san Jerónimo: “He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Cartas I, 15, 1-2). (S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 22 de febrero de 2006)

Oh Príncipe de los Apóstoles, bendice a las ovejas confiadas a tu guarda; y acuérdate de las que están desgraciadamente fuera del redil. Naciones enteras instruidas y civilizadas por tus sucesores, llevan una vida lánguida lejos de ti, y ni siquiera sienten la desgracia de estar alejadas del Pastor. A unas hiela y corrompe el cisma, otras son víctimas de la herejía. ¡Oh Supremo Pastor, cura todos estos males! Apresura el retorno de las naciones separadas, y el fin de la herejía. Devuelve el Oriente a su antigua fidelidad, para que, después de tan largo eclipse, vuelva a ver surgir sus Sedes Patriarcales en la unidad y obediencia a la única Sede Apostólica. Finalmente, consérvanos a nosotros en la fe de Roma, ya que hasta ahora hemos permanecido fieles gracias a la misericordia divina y a tu paternal cuidado. Instrúyenos en los misterios que te han sido confiados; revélanos lo que el Padre celestial te ha revelado. Muéstranos a Jesús, tu Señor; condúcenos a su cuna, para que como tú, y sin escandalizarnos de sus humillaciones, tengamos la dicha de poder decirle contigo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. (Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico)

La devoción del beato Ceferino al Santo Padre Pío X


El 27 de septiembre pasado era admitido a la audiencia con Su Santidad Pío X el Ilustrísimo Mons. Juan Cagliero con otros treinta Superiores de las Casas Salesianas de América y, entre ellos “el hijo del Rey de las tierras Patagónicas”. (Así dicen los periódicos de Roma).

A las diez horas y media, a. m. tuvimos la alegría máxima de arrodillarnos a los pies del Vicario de Cristo en la tierra. Yo tuve la fortuna de ser el primero, después de Mons. y Don Marengo, de besar el Sagrado Anillo de Su Santidad. ¡Ay, Padre mío queridísimo, si hubiese estado presente en aquel momento, habría podido comprender la bondad del Santo Padre!

Después que todos saludamos al Santo Padre, el mismo Santo Padre me hizo señas de que comenzara mi discursito, pues se lo había dicho antes Mons. Cagliero que yo diría algunas palabras en italiano. Cuando empecé, no sentí nada en mi cuerpo. Pero al llegar a la mitad del discurso, todo mi ser se puso en movimiento; las piernas y las manos me temblaban, la voz se me perdía un poco en la garganta. Cuando me arrodillé para pedir la bendición a Su Santidad para mí, para mi familia y para los indios de la Patagonia, brotaron las lágrimas de mis ojos; finalmente concluí, pero bien.

El Santo Padre, ¡con cuanta atención me escuchaba! No quiso ni siquiera sentarse. Después que yo acabé, El mismo me levantó y me habló, contestándome: “Bien hijo mío, te doy gracias por lo bien que hablas del Vicario de Cristo. Quiera el Señor que puedas poner en práctica todo lo que en él dices: de convertir a Jesucristo a todos tus hermanos de la Patagonia. Y yo, con ese fin te doy de todo corazón mi Bendición Apostólica. Dios te bendiga, hijo mío”.

Mientras él pronunciaba estas afectuosas palabras, yo no podía contener las lágrimas. ¡Oh cuánta bondad la del Padre Santo!

Después que me dirigió dichas frases habló a todos en general, agradeciendo la filial visita, e impartió su santa y apostólica bendición. Después Mons. le presentó el plano de la nueva iglesia de San Carlos en Buenos Aires, y le rogó que escribiera de su puño y letra su santa bendición sobre dicho plano. El bondadoso anciano con una sonrisa propia de un santo, de Padre amable hacia sus hijos, contestó con todo el amor de su alma: “Sí, desde luego y mientras tanto venid todos”.

Y nosotros pasamos enseguida a otra sala, su estudio. A su izquierda se sentó Mons. Cagliero y todos los demás de pie. Mientras Su Santidad escribía, Mons. le dijo: “¡Cuanta bondad, Santo Padre!” y Su Santidad contestó: “para éstos hijos míos”. Además de ser el Santo Padre cariñoso y amable, era también muy alegre.

Aquí viene lo mejor y más apreciado. Después que escribió su autógrafo en el plano indicado, Mons. Cagliero le presentó diciéndole: “Santidad, aquí hay una carta de los novicios y aspirantes de la Patagonia, y pide a Vuestra Santidad que les envíe su santa bendición”. Su Santidad tomó en seguida la carta y sin leerla escribió en seguida su precioso autógrafo, impartiendo su santa bendición a todos los Superiores y jóvenes del Noviciado de Patagones.

Continuando, todos pasamos a besar el sagrado anillo del Pescador, para despedirnos.

Y después el Obispo que acompañaba a Su Santidad, me llamó y me dijo: “Te llama Su Santidad”. Yo me arrodillé delante de Su Santidad y junté las manos. Finalmente Su Santidad tomó un rico estuche que contenía una medalla de plata. Por un lado estaba cincelado el busto de S.S. Pío X, y por el otro la Virgen María Inmaculada.

Le besé nuevamente la mano y me hizo una caricia. Le di las gracias y él con una dulce sonrisa me despidió. Yo salí de la habitación contento por el hermoso regalo; más que hermoso: preciosísimo y santo recuerdo de un Vicario de Cristo, que representa al mismo Jesús en la tierra.

Fuente: De la carta de Ceferino al Pro-vicario Apostólico de la Patagonia, tras la audiencia con el Papa Pío X el 27 de septiembre de 1904

Volvamos a leer la Encíclica «Evangelium Vitae»


“El aborto representa un drama ante el cual los cristianos no pueden permanecer sin reaccionar y sin defender con firmeza el respeto a la vida” (Juan Pablo II, 10 de noviembre de 1989)

Si la promoción del propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro, considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida.

Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una parte -aunque sea mayoritaria- de la población. Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el “derecho” deja de ser tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser la “casa común” donde todos pueden vivir según los principios de igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que el interés de algunos. Parece que todo acontece en el más firme respeto de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten el aborto o la eutanasia son votadas según las, así llamadas, reglas democráticas. Pero en realidad estamos sólo ante una trágica apariencia de legalidad, donde el ideal democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de toda persona humana, es traicionado en sus mismas bases: ¿Cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar a la más débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? Cuando se verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan a la disolución de una auténtica convivencia humana y a la disgregación de la misma realidad establecida.

Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo” (Jn 8, 34).

Son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida. Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Seamos la voz de los niños por nacer


Es necesario que toda la sociedad se alinee en defensa del derecho a la vida del concebido y del verdadero bien de la mujer, que nunca, en ninguna circunstancia, podrá realizarse en la opción del aborto. Igualmente, será necesario proporcionar las ayudas necesarias a las mujeres que lamentablemente ya han recurrido al aborto y ahora están viviendo todo su drama moral y existencial. Son múltiples las iniciativas, a nivel diocesano o de parte de organismos de voluntariado, que ofrecen apoyo psicológico y espiritual, para una recuperación humana completa. La solidaridad de la comunidad cristiana no puede renunciar a este tipo de corresponsabilidad. Al respecto quiero recordar la invitación que el venerable Juan Pablo II dirigió a las mujeres que han recurrido al aborto: “La Iglesia conoce cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no perdáis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia. Con la ayuda del consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida”. (S.S. Benedicto XVI, Discurso del 26 de febrero de 2001)

Fue en Europa donde se formuló por primera vez la noción de derechos humanos. El derecho humano fundamental, el presupuesto de todos los demás derechos, es el derecho a la vida misma. Esto vale para la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. En consecuencia, el aborto no puede ser un derecho humano; es exactamente lo opuesto. Es una profunda herida social.

Al afirmar esto, no expreso solamente una preocupación de la Iglesia. Más bien, quiero actuar como abogado de una petición profundamente humana y portavoz de los niños por nacer, que no tienen voz. No cierro los ojos ante los problemas y los conflictos que experimentan muchas mujeres, y soy consciente de que la credibilidad de mis palabras depende también de lo que la Iglesia misma hace para ayudar a las mujeres que atraviesan dificultades.

En este contexto, hago un llamamiento a los líderes políticos para que no permitan que los hijos sean considerados una especie de enfermedad, y para que en vuestro ordenamiento jurídico no sea abolida, en la práctica, la calificación de injusticia atribuida al aborto. Lo digo impulsado por la preocupación por los valores humanos. Pero este es sólo un aspecto de lo que nos preocupa. El otro es la necesidad de hacer todo lo posible para que los países europeos estén nuevamente dispuestos a acoger a los niños. Impulsad a los jóvenes a fundar nuevas familias en el matrimonio y a convertirse en madres y padres. De este modo, no sólo les haréis un bien a ellos mismos, sino también a toda la sociedad. También apoyo decididamente vuestros esfuerzos políticos por fomentar condiciones que permitan a las parejas jóvenes criar a sus hijos. Pero todo ello no serviría de nada si no logramos crear nuevamente en nuestros países un clima de alegría y confianza en la vida, en el que los niños no sean considerados una carga, sino un don para todos.

Otra gran preocupación que tengo es el debate sobre lo que se ha llamado “ayuda activa a morir”. Existe el temor de que, algún día, sobre las personas gravemente enfermas se ejerza una presión tácita o incluso explícita para que soliciten la muerte o se la procuren ellos mismos. La respuesta adecuada al sufrimiento del final de la vida es una atención amorosa y el acompañamiento hacia la muerte -especialmente con la ayuda de los cuidados paliativos- y no la “ayuda activa a morir”. (S.S. Benedicto XVI, Discurso del 7 de septiembre de 2007)

Fuente: vatican.va

El ejemplo de un científico


En 1965, el siervo de Dios Jerome Lejeune percibe una corriente, sobre todo en el estamento médico norteamericano, que preconiza la supresión mediante el aborto de los enfermos por nacer. Comprueba con estupor los riesgos que su descubrimiento ha engendrado para los trisómicos. Para combatir esa forma de racismo, la llamada a la realidad experimental le parece un arma decisiva. De ese modo se muestra a las mentalidades disconformes que no está permitido considerar como extranjeros a la especie humana a unos seres que, biológicamente, forman parte de esa especie: el embrión es un hombre.

Si la clase médica falla, ¿por qué no convencer a la clase política? En junio de 1970, un diputado francés, Peyret, presenta un proyecto de ley que permite el examen médico preventivo prenatal de los niños trisómicos y su eliminación mediante el aborto.

El tema del aborto agita en ese momento toda Europa; Gran Bretaña ha acabado pisando los talones a los Estados Unidos, donde se ha legalizado el examen médico preventivo de la trisomía y su “tratamiento” mediante el aborto. La campaña mediática, en Francia, se extiende al aborto de todos los niños no deseados: “Un bebé no se convierte legalmente en una persona hasta que no ha nacido”; “una mujer tiene derecho a hacer lo que quiere de su cuerpo”. Son argumentos engañosos, ante los cuales muchos católicos se muestran permeables, incluso a veces hasta el punto de propagarlos.

En 1973, los Estados Unidos acaban de reconocer constitucionalmente el derecho al aborto en general. En el transcurso de un congreso sobre el tema, acontecido el 18 de marzo en la abadía de Royaumont, en Île-de-France, una mujer con cierta responsabilidad lanza esta frase: “Queremos destruir la civilización judeocristiana, y para destruirla debemos destruir la familia, atacándola en su eslabón más débil: el niño que aún no ha nacido. ¡Estamos a favor del aborto!”. El 7 de junio, el proyecto de ley despenalizador del aborto es presentado en la Asamblea Nacional. Jerome constata que se aventuran cifras falsas y que se sirven de casos de extremo peligro para conseguir que se apruebe el derecho al aborto, a los que, sin embargo, él presta mucha atención. Unos supuestos sondeos incitan a creer que la mitad del estamento médico es favorable a ello; no obstante, coincidiendo en el tiempo, y gracias a la iniciativa de la señora Lejeune, se consigue recabar y publicar más de 18.000 firmas de médicos franceses (es decir, la mayor parte del estamento médico) que declaran su oposición al aborto y que ponen así de manifiesto la falsedad de la campaña mediática. A los médicos se añaden enseguida las enfermeras, y luego magistrados, profesores de derecho, juristas y más de 11.000 alcaldes y cargos electos locales. Gracias a ello, el proyecto se malogra. En ese combate, cuyo reto consiste en permanecer fiel al decálogo y en salvar vidas humanas, gran parte del clero permanece callado. El cura de su parroquia escribe a la señora Lejeune: “La Iglesia no puede presentarse como un grupo de presión. Creo que por eso la asamblea de los obispos guarda silencio en este momento”. Jerome se encuentra apenado. Un año más tarde, el 15 de diciembre de 1974, la “ley Veil” que permite el aborto es aprobada en la Asamblea Nacional, con una duración de cinco años.

En agosto de 1988, el profesor Lejeune es obligado a testificar en Maryville, Estados Unidos, en un juicio mediático cuyo reto es la supervivencia de miles de embriones congelados. A pesar del cansancio, Jerome decide acompañar a quienes, en el mundo entero, sufren persecución por su respeto a la vida. Quiere ayudar sobre todo a sus colegas católicos para que sigan la enseñanza de la Iglesia, a pesar de la burla del mundo. En agosto de 1989, el rey de los belgas, Balduino I, en una comprometida situación frente a su parlamento, que se dispone a autorizar el aborto, le pide consejo. Al final de la entrevista, el rey le propone: “Profesor, ¿le molestaría que rezáramos juntos un momento?”. Es bien conocida la actitud ejemplar que adoptó a continuación el rey sobre ese asunto, hasta el punto de renunciar a su cargo para no ofender a Dios.

El 5 de agosto de 1993, el Santo Padre decide crear una Academia Pontificia de Medicina, consagrada a la defensa de la vida; su presidente será el profesor Lejeune. Entre el Papa y él existe una convergencia: el aborto es, desde el punto de vista de ambos, la principal amenaza contra la paz.

El Papa Juan Pablo II escribía a propósito de Jerome Lejeune: “Hoy hemos sabido de la muerte de un gran cristiano del siglo XX, de un hombre para quien la defensa de la vida se convirtió en un apostolado. Es evidente que, en la situación actual del mundo, esa forma de apostolado de los laicos es especialmente necesaria”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 1 de mayo de 2008

Luminoso faro de la Iglesia


Desde su primera encíclica, fue como si una llama luminosa se elevara para esclarecer las mentes y encender los corazones.

¡Qué claridad de pensamiento! ¡Qué fuerza de persuasión! Ciertamente era la ciencia y la sabiduría de un profeta inspirado, la intrépida claridad de un Juan Bautista y de un Pablo de Tarso, era la ternura paterna del Vicario y representante de Cristo, avizor a todas las necesidades, solícito para todos los intereses, atento a todas las miserias de sus hijos. Su palabra era trueno, era espada, era bálsamo; se comunicaba intensamente a toda la Iglesia y se extendía mucho más allá de ella con eficacia; alcanzaba su irresistible vigor no sólo de la indiscutible sustancia del contenido, sino también de su íntimo y penetrante calor. Se sentía hervir en ella el alma de un Pastor que vivía en Dios y de Dios, sin otra mira que conducir hasta él a sus corderos y a sus ovejas.

Con su mirada de águila, más perspicaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad contaminada o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo.

Frente a los atentados contra los derechos inalienables de la libertad y dignidad humana, contra los derechos sagrados de Dios y de la Iglesia, sabía erguirse como un gigante con toda la majestad de su autoridad soberana.

Defensor de la fe, heraldo de la verdad eterna, custodio de las más santas tradiciones, Pío X reveló un sentido finísimo de las necesidades, de las aspiraciones, de las energías de su tiempo. Por eso ocupa un puesto entre los más gloriosos Pontífices, depositarios fieles en la tierra de las llaves del reino de los cielos, a los que la Humanidad es deudora de todos sus verdaderos avances en el camino recto del bien y de todo su genuino progreso.

En Pío X se revela el arcano de la sabia y benigna Providencia que asiste a la Iglesia, y por medio de ella al mundo, en todas las épocas de la Historia.

Si hoy la Iglesia de Dios, lejos de retroceder frente a las fuerzas destructoras de los valores espirituales, sufre, combate y, por la divina virtud, avanza y redime, se debe en gran parte a la acción clarividente y a la santidad de Pío X. Confiad en su intercesión y orad juntamente con Nos, así: ¡Oh Santo Pontífice, fiel siervo de tu Señor, humilde y confiado discípulo del divino Maestro, en el dolor y en el gozo, en los trabajos y en las solicitudes, experimentado Pastor de la grey de Cristo!, dirige tu mirada a nosotros que nos postramos ante tus santos despojos. Difíciles son los tiempos en que vivimos; duras las fatigas que ellos exigen de nosotros. La Esposa de Cristo, confiada en otro tiempo a tus cuidados, se encuentra de nuevo en graves angustias, sus hijos están amenazados por innumerables peligros de alma y cuerpo; el espíritu del mundo, como león rugiente, da vueltas buscando a quien poder devorar. No pocos caen como víctimas suyas. Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen. Cierran sus ojos a la luz de la eterna verdad; escuchan las voces de sirenas que insinúan engañosos mensajes. Tú, que fuiste aquí gran suscitador y guía del pueblo de Dios, sé auxilio e intercesor nuestro y de todos aquellos que se profesan seguidores de Cristo. Tú, cuyo corazón se hizo pedazos cuando viste el mundo precipitarse en sangrienta lucha, socorre a la Humanidad, socorre a la cristiandad, expuesta al presente a iguales riesgos; consigue de la misericordia divina el don de una paz duradera y como añadidura de ella el retorno de los espíritus a aquel sentido de verdadera fraternidad, única que puede volver a entronizar entre los hombres y las naciones la justicia y la concordia queridas por Dios. Así sea.

Fuente: Cf. S.S. Pío XII, Alocución del 3 de junio de 1951, en la beatificación de Su Santidad Pío X

Bajo el patrocinio del Patriarca San José


Del mismo modo que Dios constituyó al otro José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto para que asegurase al pueblo su sustento, así al llegar la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su unigénito para la salvación del mundo, designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó señor y príncipe de su casa y de su posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos. Por esta sublime dignidad que Dios confirió a su siervo bueno y fidelísimo, la Iglesia, después de a su esposa, la virgen madre de Dios, lo veneró siempre con sumos honores y alabanzas e imploró su intercesión en los momentos de angustia. Y puesto que en estos tiempos tristísimos la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno. Nuestro Santísimo Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de estos tiempos, para ponerse a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del santo patriarca José, solemnemente lo declaró Patrono de la Iglesia Católica. (Decreto Quemadmodum Deus)

El ilustre Patriarca, el bienaventurado José, fue escogido por Dios prefiriéndolo a cualquier otro Santo para que fuera en la tierra el castísimo y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María, y el padre putativo de Su Hijo único. Con el fin de permitir a José que cumpliera a la perfección un encargo tan sublime, Dios lo colmó de favores absolutamente singulares, y los multiplicó abundantemente. Por eso, es justo que la Iglesia Católica, ahora que José está coronado de gloria y de honor en el cielo, lo rodee de magníficas manifestaciones de culto, y que lo venere con una íntima y afectuosa devoción. (Beato Pío IX, Carta apostólica Inclytum patriarcham)

Bueno y saludable para el nombre cristiano fue que Nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío IX, declarara Patrono de la Iglesia Católica a José, castísimo esposo de la Madre de Dios y padre nutricio del Verbo Encarnado. Al contemplar de cerca las acerbas penalidades que afligen hoy al género humano parece que debemos fomentar mucho más intensamente en el pueblo este culto y propagarlo más extensamente. Aprendan todos en la escuela de San José a mirar todas las cosas que pasan bajo la luz de las cosas futuras que permanecen y, consolándose, por las incomodidades de la humana condición, con la esperanza de los bienes celestiales, a encaminarse hacia ellos, obedeciendo a la voluntad de Dios, conviene a saber: viviendo sobria, recta y piadosamente. Si crece la devoción a San José, el ambiente se hace al mismo tiempo más propicio a un incremento de la devoción a la Sagrada Familia, cuya augusta cabeza fuera: una devoción brotará espontáneamente de la otra. Pues, José nos lleva derecho a María, y por María llegamos a la fuente de toda santidad, a Jesús, quien por su obediencia a José y María consagró las virtudes del hogar. Deseamos que las familias cristianas se renueven a fondo y se hagan conformes a tantos ejemplos de virtudes como ellos practicaron. (S.S. Benedicto XV, Motu proprio Bonum sane)

Y he aquí, por cierto, al inmortal León XIII, que publica en la fiesta de la Asunción en 1889 la carta Quamquam pluries, el documento más amplio y extenso que un Papa haya publicado nunca en honor del padre putativo de Jesús, ensalzado con su luz característica de modelo de padres de familia y de trabajadores. De aquí arranca la hermosa oración: “A ti, Bienaventurado San José”. (San Juan XXIII, Carta Le voci)

El Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel “amor paterno” que José “profesaba al niño Jesús”; a él, “próvido custodio de la Sagrada Familia” recomendaba la “heredad que Jesucristo conquistó con su sangre”. Desde entonces, la Iglesia implora la protección de san José en virtud de “aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María”, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana. (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos)

La ignorancia es enemiga de las almas


El enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: Sé que... os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño.

De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas.

Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores.

¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! Al decir “pueblo cristiano”, no sólo nos referimos a la masa de hombres con poca cultura, cuyo estado de ignorancia encuentra cierta excusa en el hecho de hallarse sometidos a dueños dominantes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es más triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvación- les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles el alma hacia el amor a Dios; y esto, si no ocurre -por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.

Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos.

Esta es la situación, y no podemos asombrarnos de que la corrupción de las costumbres y su depravación sean tan grandes y crezcan diariamente, no sólo en las naciones incultas, sino aun en los mismos pueblos que llevan el nombre de cristianos.

Fuente: San Pío X, Encíclica Acerbo nimis

Sagrada Familia


En este domingo, que sigue al Nacimiento del Señor, celebramos con alegría a la Sagrada Familia de Nazaret. El contexto es el más adecuado, porque la Navidad es por excelencia la fiesta de la familia. Lo demuestran numerosas tradiciones y costumbres sociales, especialmente la de reunirse todos, precisamente en familia, para las comidas festivas y para intercambiarse felicitaciones y regalos. Y ¡cómo no notar que en estas circunstancias, el malestar y el dolor causados por ciertas heridas familiares se amplifican!

Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; tuvo a la Virgen María como madre; y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece de verdad el título de “santa”, porque su mayor anhelo era cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús.

Por una parte, es una familia como todas las demás y, en cuanto tal, es modelo de amor conyugal, de colaboración, de sacrificio, de ponerse en manos de la divina Providencia, de laboriosidad y de solidaridad; es decir, de todos los valores que la familia conserva y promueve, contribuyendo de modo primario a formar el entramado de toda sociedad.

Sin embargo, al mismo tiempo, la Familia de Nazaret es única, diversa de todas las demás, por su singular vocación vinculada a la misión del Hijo de Dios. Precisamente con esta unicidad señala a toda familia, y en primer lugar a las familias cristianas, el horizonte de Dios, el primado dulce y exigente de su voluntad y la perspectiva del cielo al que estamos destinados. Por todo esto hoy damos gracias a Dios, pero también a la Virgen María y a san José, que con tanta fe y disponibilidad cooperaron al plan de salvación del Señor.

La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es: Amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento. Estas cualidades se encarnan de manera eminente en la Sagrada Familia, en la que Jesús vino al mundo y fue creciendo y llenándose de sabiduría, con los cuidados primorosos de María y la tutela fiel de san José.

Queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que unen vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía. En esta oración del Ángelus, os encomiendo a todos a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.

Encomendemos al Señor a cada familia, especialmente a las más probadas por las dificultades de la vida y por las plagas de la incomprensión y la división. El Redentor, nacido en Belén, conceda a todas la serenidad y la fuerza para avanzar unidas por el camino del bien.

Encomendemos a Jesús, Príncipe de la paz, nuestra ferviente oración y digámosle a él, a María y a José: “¡Oh familia de Nazaret, experta en sufrir, da al mundo la paz!”.

Pidamos por todas las familias del mundo para que en sus hogares se viva y transmita la fe, siendo así testigos del amor en el mundo. ¡Feliz día del Señor!

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 28 de diciembre de 2008

En honor a su nombre


Karol Wojtyla, quien luego se convertiría en el Papa San Juan Pablo II, contó en una ocasión por qué su padre, también llamado Karol, decidió ponerle ese nombre.

“La relación entre el último emperador de Austria y rey de Hungría, Carlos de Habsburgo, ahora beato, con Karol Wojtyla es poco conocida, pero la historia es muy interesante”, afirma Artur Hanula en un artículo titulado “Carlos de Habsburgo: En su honor, Wojtyla era Karol”.

“Hace años, Rodolfo de Habsburgo, hijo del último emperador de Austria, rey de Hungría y Bohemia, reveló en sus memorias, un comentario de San Juan Pablo II durante una audiencia privada. El representante de la famosa dinastía austriaca evoca, en sus notas, el encuentro de su familia con el Papa polaco”, relató Hanula.

A la audiencia asistieron el príncipe Rodolfo, sus hijos con sus familias y su madre, la emperatriz Zita, ahora Sierva de Dios.

El Papa polaco “saludó muy calurosamente a los Habsburgo y, dirigiéndose a Zita, la llamó mi Emperatriz; el Papa ni siquiera pasó por alto la cortesía de inclinar la cabeza ante ella. Habló muy afectuosamente de su difunto esposo, Carlos I. De repente, palabras elocuentes y sorprendentes salieron de la boca del Papa: ¿Saben por qué me llamaron Karol en el bautismo? Porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, del que era soldado”.

Carlos I de Habsburgo fue el último beato que el Papa Wojtyla elevó a los altares. Eso ocurrió el 3 de octubre en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

Ese día, el Pontífice polaco afirmó que “Carlos de Austria, jefe de Estado y cristiano”, asumió su cargo “como un servicio santo a su pueblo. Su principal aspiración fue seguir la vocación del cristiano a la santidad también en su actividad política. Por eso, para él era importante la asistencia social. Que sea un modelo para todos nosotros, particularmente para aquellos que hoy tienen la responsabilidad política en Europa”.

El milagro que llevó a la beatificación al emperador se obró en una monja polaca, la hermana Maria Zyta Gradowska, que nació en 1894.

A los 25 años se unió a la Congregación de las Hermanas de la Caridad. Pronto se convirtió en misionera en Brasil. Con el tiempo, su salud se deterioró, hasta el punto de que estuvo postrada en cama. Una de las hermanas sugirió que orara por la curación por intercesión del Siervo de Dios Carlos de Hasburgo.

La religiosa inicialmente se resistió a rezarle, pero su resistencia se rompió cuando el dolor se volvió cada vez más difícil de soportar, explica Artur Hanula.

Una mañana, la hermana Gradowska se levantó como si nada y simplemente fue a la capilla a rezar. No solo había desaparecido el dolor insoportable, sino que las heridas que no curaban en sus piernas habían desaparecido por completo. La enfermedad nunca volvió y la religiosa vivió hasta los 95 años.

Artur Hanula resalta finalmente que el segundo nombre del Papa polaco: Józef probablemente se refería al predecesor de Carlos I, el hermano de su abuelo, Francisco José I.

Fuente: aciprensa.com

El Santo Rosario


El Santo Rosario es la más importante de las devociones marianas. Se atribuye su creación a Santo Domingo de Guzmán. La misma Santísima Virgen lo ha recomendado especialmente en sus apariciones de Lourdes y de Fátima. Asimismo los Papas: desde el siglo XV hasta nuestros días casi no ha habido un solo Papa que no lo haya recomendado vivamente.

“Deseamos que el Rosario se rece con mayor devoción por todos los fieles, ora sea en los templos, ora ya privadamente en las casas; y ahora debe hacerse con el fin principal de que los enemigos de Cristo, aquellos que rechazaron y desprecian al divino Hacedor, todos aquellos que pretenden conculcar la libertad de la Iglesia, los que se rebelan contra todas las leyes divinas y humanas, humillados y arrepentidos, vuelvan al buen camino por la intercesión de la Santísima Virgen, y alcancen la fe colocados bajo el amparo y tutela de tan buena Madre. La misma que, vencedora de la herejía albigense, arrojó el error de los países cristianos, conmovida por nuestras fervorosas preces acabará con los nuevos errores del “comunismo”, que pretende penetrar en las naciones católicas. Y como en otros tiempos la cruz era la enseña de nuestros soldados y la oración la voz unánime de los pueblos de Europa, así ahora todo el mundo, en las ciudades, pueblos, aldeas y villas, pida con gran devoción a la Madre de Dios que sean humillados los enemigos de Dios y del género humano y que la verdadera luz ilumine a la humanidad angustiada y ofuscada...

Además, el santo Rosario, no solamente es arma para derrotar a los enemigos de Dios y de la religión, sino que además promueve y fomenta las virtudes evangélicas. Y, en primer lugar, reanima la fe católica con la contemplación de los divinos misterios y eleva el entendimiento al conocimiento de las verdades reveladas por Dios. Cosa muy saludable en estos tiempos, en los que no pocos de los cristianos sienten hastío y tedio en las cosas del espíritu y de la doctrina católica.

También hace revivir la esperanza: con la consideración del triunfo de Jesucristo y de su Madre, que se medita en la última parte del Rosario, se nos muestra el cielo abierto y se nos invita a desear ansiosamente aquella patria bienaventurada. Y mientras el deseo de las cosas terrenas enciende los corazones de tantos mortales, mientras los hombres anhelan por efímeras riquezas y vanos placeres, por el pensamiento de los misterios gloriosos somos llamados a la consecución de los bienes eternos, de aquellos tesoros celestiales “donde no llegan los ladrones ni roe la polilla” (Lc 12,33).

Cuando languidece la caridad de tantos cristianos, ¿cómo no se inflamarán los corazones al recuerdo de la pasión y muerte de nuestro Redentor y de las angustias de su atribulada Madre, consideradas en la segunda parte del Rosario? Y de esta caridad para con Dios nacerá un intenso amor al prójimo al considerar cuántos trabajos y dolores padeció Cristo para retornar a la herencia perdida a todos los hombres”. (S.S. Pío XI)

Fuente: P. Alfredo Saenz, Magníficat

Los hombres contra Dios


De todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: Apártate de nosotros. Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público y en privado: aún más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.

Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin del tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de Su Majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentara en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios.

Efectivamente, nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo. Estas advertencias nos hace el mismo Dios en las Escrituras Santas. Pasa por alto, en efecto, los pecados de los hombres, como olvidado de su poder y majestad: pero luego, tras simulada indiferencia, irritado como un borracho lleno de fuerza, romperá la cabeza a sus enemigos para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios y sepan las gentes que no son más que hombres.

Todo esto, lo mantenemos y lo esperamos con fe cierta. Lo cual, sin embargo, no es impedimento para que, cada uno por su parte, también procure hacer madurar la obra de Dios: y eso, no sólo pidiendo con asiduidad: Álzate, Señor, no prevalezca el hombre, sino -lo que es más importante- con hechos y palabras, abiertamente a la luz del día, afirmando y reivindicando para Dios el supremo dominio sobre los hombres y las demás criaturas, de modo que Su derecho a gobernar y su poder reciba culto y sea fielmente observado por todos.

Fuente: San Pío X, Encíclica E Supremi Apostolatus

Un Sacramento a defender


Al ponderar la excelencia del casto matrimonio, se Nos ofrece mayor motivo de dolor por ver esta divina institución tantas veces despreciada y tan fácilmente vilipendiada, sobre todo en nuestros días.

No es ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representaciones de todo género, ya por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, del cinematógrafo, de discursos radiados, en fin, por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados o al menos presentados bajo tales colores que parece se les quiere presentar como libres de toda culpa y de toda infamia. Ni faltan libros, los cuales no se avergüenzan de llamarse científicos, pero que en realidad muchas veces no tienen sino cierto barniz de ciencia, con el cual hallan camino para insinuar más fácilmente sus errores en mentes y corazones. Las doctrinas que en ellos se defienden, se ponderan como portentos del ingenio moderno, de un ingenio que se gloría de buscar exclusivamente la verdad, y, con ello, de haberse emancipado -dicen- de todos los viejos prejuicios, entre los cuales ponen y pregonan la doctrina tradicional cristiana del matrimonio.

Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, ricos y pobres, obreros y patronos, doctos e ignorantes, solteros y casados, fieles e impíos, adultos y jóvenes, siendo a éstos principalmente, como más fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas.

Desde luego que no todos los partidarios de tan nuevas doctrinas llegan hasta las últimas consecuencias de liviandad tan desenfrenada; hay quienes, empeñados en seguir un término medio, opinan que al menos en algunos preceptos de la ley natural y divina se ha de ceder algo en nuestros días. Pero éstos no son tampoco sino emisarios más o menos conscientes de aquel insidioso enemigo que siempre trata de sembrar la cizaña en medio del trigo. Nos, pues, a quien el Padre de familia puso por custodio de su campo, a quien obliga el oficio sacrosanto de procurar que la buena semilla no sea sofocada por hierbas venenosas, juzgamos como dirigidas a Nos por el Espíritu Santo aquellas palabras gravísimas con las cuales el apóstol San Pablo exhortaba a su amado Timoteo: “Tú, en cambio, vigila, cumple tu ministerio..., predica la palabra, insiste oportuna e importunamente, arguye, suplica, increpa con toda paciencia y doctrina”.

Y porque, para evitar los engaños del enemigo, es menester antes descubrirlos, y ayuda mucho mostrar a los incautos sus argucias, aun cuando más quisiéramos no mencionar tales iniquidades, como conviene a los Santos, sin embargo, por el bien y salvación de las almas no podemos pasarlas en silencio.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

La doctrina de San Gregorio Magno


Quiero comentar la extraordinaria figura del Papa san Gregorio Magno para recoger luces de su rica enseñanza. A pesar de los múltiples compromisos vinculados a su función de Obispo de Roma, nos dejó numerosas obras de las que la Iglesia, en los siglos sucesivos, se ha servido ampliamente.

Haciendo un rápido repaso a estas obras debemos observar, ante todo, que en sus escritos san Gregorio jamás se muestra preocupado por elaborar una doctrina “suya”, una originalidad propia. Más bien trata de hacerse eco de la enseñanza tradicional de la Iglesia; sólo quiere ser la boca de Cristo y de su Iglesia en el camino que se debe recorrer para llegar a Dios. Al respecto son ejemplares sus comentarios exegéticos. Fue un apasionado lector de la Biblia, a la que no se acercó con pretensiones meramente especulativas: el cristiano debe sacar de la sagrada Escritura -pensaba- no tanto conocimientos teóricos, cuanto más bien el alimento diario para su alma, para su vida de hombre en este mundo.

En las Homilías sobre Ezequiel, por ejemplo, insiste mucho en esta función del texto sagrado: acercarse a la Escritura sólo para satisfacer un deseo de conocimiento significa ceder a la tentación del orgullo y exponerse así al peligro de caer en la herejía. La humildad intelectual es la regla primaria para quien trata de penetrar en las realidades sobrenaturales partiendo del Libro Sagrado. La humildad, obviamente, no excluye el estudio serio; pero para lograr que este estudio resulte verdaderamente provechoso, permitiendo entrar realmente en la profundidad del texto, la humildad resulta indispensable. Sólo con esta actitud interior se escucha realmente y se percibe por fin la voz de Dios. Por otro lado, cuando se trata de la Palabra de Dios, comprender no es nada si la comprensión no lleva a la acción. En estas homilías sobre Ezequiel se encuentra también la bella expresión según la cual “el predicador debe mojar su pluma en la sangre de su corazón; así podrá llegar también al oído del prójimo”. Al leer esas homilías se ve que san Gregorio escribió realmente con la sangre de su corazón y, por ello, nos habla aún hoy a nosotros.

San Gregorio desarrolla también este tema en el Comentario moral a Job. Siguiendo la tradición patrística, examina el texto sagrado en las tres dimensiones de su sentido: la dimensión literal, la alegórica y la moral, que son dimensiones del único sentido de la sagrada Escritura. Sin embargo, san Gregorio atribuye una clara preponderancia al sentido moral. Desde esta perspectiva, propone su pensamiento a través de algunos binomios significativos -saber-hacer, hablar-vivir, conocer-actuar- en los que evoca los dos aspectos de la vida humana que deberían ser complementarios, pero que con frecuencia acaban por ser antitéticos. El ideal moral -comenta- consiste siempre en llevar a cabo una armoniosa integración entre palabra y acción, pensamiento y compromiso, oración y dedicación a los deberes del propio estado: este es el camino para realizar la síntesis gracias a la cual lo divino desciende hasta el hombre y el hombre se eleva hasta la identificación con Dios. Así, el gran Papa traza para el auténtico creyente un proyecto de vida completo; por eso, en la Edad Media el Comentario moral a Job constituirá una especie de Summa de la moral cristiana.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 4 de junio de 2008

María Santísima, Reina del universo


Se celebra hoy la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: “Reina”. Es una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando para su celebración la fecha del 31 de mayo. En esa circunstancia el Papa dijo que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad. “María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo”.

Este es el fundamento de la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su maternidad: Ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. Pablo VI recordaba: “En la Virgen María todo se halla referido a Cristo y todo depende de Él: con vistas a Él, Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro”.

Pero ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros? La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo, de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo. Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue proclamado rey en la cruz. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos, ayudándonos en todas nuestras necesidades.

De este modo ya hemos llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a Ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella, desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces, después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.

El título de reina es, por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades.

La devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En nuestra oración no dejemos de dirigirnos a Ella con confianza. María intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a Ella, imitemos su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a Dios, pero también es la Madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 22 de agosto de 2012

De los escritos de San Pío X


El pontificado de san Pío X dejó una huella indeleble en la historia de la Iglesia y se caracterizó por un notable esfuerzo de reforma, sintetizada en el lema Instaurare omnia in Christo: “Renovarlo todo en Cristo”. Fiel a la tarea de confirmar a los hermanos en la fe, san Pío X, ante algunas tendencias que se manifestaron en ámbito teológico al final del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, intervino con decisión, condenando el “modernismo”, para defender a los fieles de concepciones erróneas y promover una profundización científica de la Revelación en consonancia con la tradición de la Iglesia. (S.S. Benedicto XVI, Audiencia del 18 de agosto de 2010)

Es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper.

... Estas cosas, venerables hermanos, hemos creído deberos escribir para procurar la salud de todo creyente. Los adversarios de la Iglesia abusarán ciertamente de ellas para refrescar la antigua calumnia que nos designa como enemigos de la sabiduría y del progreso de la humanidad.

Asístaos con su virtud Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe; y con su auxilio e intercesión asístaos la Virgen Inmaculada, destructora de todas las herejías, mientras Nos, en prenda de nuestra caridad y del divino consuelo en la adversidad, de todo corazón os damos nuestra bendición apostólica.

Fuente: San Pío X, Encíclica Pascendi Dominici gregis

En el día del niño


Deseo hacer reflexionar a los niños sobre el gran tesoro de nuestra fe católica, Jesús Eucaristía. Jesús, el mismo Jesús de Nazaret, el hijo de María, que resucitaba a los muertos, sanaba a los enfermos y bendecía a los niños hace 2.000 años, es el mismo Jesús, vivo y resucitado, que está entre nosotros como un amigo cercano en el sacramento de la Eucaristía. Por eso, es importantísimo que les hablemos a los niños de la Eucaristía para llevarlos a amar a Jesús y para que sientan su amor en sus corazones.

Los niños son puros y sinceros, si les hablamos del amigo Jesús que los ama y los espera, pronto descubrirán en Él un Amigo a quien pueden acudir en todas sus dificultades. Y los niños podrán ser apóstoles de la Eucaristía, compartiendo su fe sincera y su amor a Jesús con sus propios padres y con sus compañeros y amigos.

Deseo a todos los niños una verdadera y sincera amistad con Jesús Eucaristía, el Amigo que siempre los espera y los ama. Que Jesús sea su mejor Amigo y que, desde muy pequeños, aprendan a amarlo con todo su corazón.

El Papa San Pío X por el decreto Sacra Tridentina Synodus de 1905 y con el decreto Quam singulari de 1910 dio un enorme impulso a la piedad eucarística, permitiendo la comunión diaria y la posibilidad de dar la comunión a los niños a partir de los siete años e incluso antes.

Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos! dice: Un testimonio conmovedor de amor pastoral por los niños, lo dio mi predecesor san Pío X con su decisión sobre la primera comunión. No solamente redujo la edad necesaria para acercarse a la Mesa del Señor, de lo que yo mismo me aproveché en mayo de 1929, sino que dio la posibilidad de recibir la comunión, incluso antes de haber cumplido los siete años, si el niño muestra tener suficiente discernimiento. La sagrada comunión anticipada fue una decisión pastoral que merece ser recordada y alabada. Ha producido muchos frutos de santidad y de apostolado entre los niños, favoreciendo que surgieran vocaciones sacerdotales. Y en la carta dirigida a los niños en el año de la familia 1994 dice: ¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces, incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Águeda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo. Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús, también María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre en el curso de la historia su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima... ¡Alabad el nombre del Señor!

Como conclusión de estas reflexiones sobre los niños y la Eucaristía, podemos decir que no hay que subestimar a los niños, aunque sean pequeños, para que puedan entender y, sobre todo, vivir intensamente el amor a Jesús Eucaristía. Ellos captan muy bien quién los ama y perciben con toda claridad que Jesús está presente en la Eucaristía por encima de racionamientos humanos o teorías teológicas.

Y, cuando un niño se convence que Jesús lo espera todos los días en el sagrario, se sentirá feliz de ser su amigo y esa amistad con Jesús lo llevará a un comportamiento cada vez más correcto y cristiano, para bendición de sus padres y de todos los que lo rodean. Porque la fuerza de transformación de Jesús Eucaristía es mucho mayor que la de cualquier sistema educativo y moral. Estoy convencido de que la oración diaria ante Jesús es más eficaz que muchas oraciones o devociones, repetidas sin devoción o por obligación.

Animemos a nuestros niños a visitar a Jesús, para que sean sus amigos y veremos realmente milagros en sus vidas. Así, cuando sean mayores, Jesús Eucaristía seguirá siendo el punto de referencia para pedirle ayuda en las grandes pruebas y dificultades de la vida.

A todos los niños, y también a sus padres y familiares, les deseo un amor grande y profundo a Jesús Eucaristía. Y no olvidemos que, junto a Jesús Eucaristía, siempre hay millones de ángeles adorándolo y también está María, nuestra Madre, acompañando a su Hijo Jesús.

Fuente: P. Ángel Peña, Los niños y la Eucaristía

Carta de Juan Pablo II a las familias (II)


¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: “No matarás” (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en “civilización de la muerte” recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

Carta de Juan Pablo II a las familias (I)


En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros. Para convencerse de ello, basta examinar ciertos programas de educación sexual, introducidos en las escuelas, a menudo contra el parecer y las protestas de muchos padres; o bien las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado “derecho de elección” (“pro choice”) por parte de ambos esposos, y particularmente por parte de la mujer.

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne, Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: “Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios”. Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del “amor hermoso”. Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el “fruto bendito de tu seno” (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un “fruto maldito”.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

Una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús

El Beato Carlos de Austria y la estampa de su funeral

Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios? Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo -que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: “Obra de la justicia será la paz”?

Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de inmortal memoria, al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: “Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a Él hay que suplicar y de Él hay que esperar nuestra salvación”.

Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a santa Gertrudis y a santa Margarita María- que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual -para valernos de las palabras de nuestro predecesor, de féliz memoria, León XIII- nos recuerda “aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía”. Ciertamente, “no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio”.

Fuente: S.S. Pío XII, Carta Encíclica Haurietis Aquas

La Consagración del mundo al Sacratísimo Corazón de Jesús


El 11 de junio de 1899, el Papa León XIII Consagró la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús con la siguiente Fórmula compuesta por él mismo, y más adelante, S.S. Pío XI pidió que sea recitada también en la Solemnidad de Cristo Rey.

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser; y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón. Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo! ¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado, haced que vuelvan pronto a la casa paterna para que no perezcan de hambre y de miseria. Sed Rey de aquellos que por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo de un solo Pastor. Sed Rey de los que permanecen aún envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino. Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos, como bautismo de redención y de vida, la sangre que un día contra sí reclamaron. Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud; a Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos”. Así sea.

Fuente: S.S. León XIII, Encíclica Annum Sacrum

El culto de María Auxiliadora

San Pío V ante la visión del triunfo de Lepanto

Para que conozcáis el origen y propagación de esta fiesta, sabed que, en el año 1571, los turcos amenazaron invadir y asolar Europa entera. El gran Pontífice San Pío V, para contrarrestar su terrible poder y ferocidad, recurrió a los príncipes cristianos, reuniendo éstos un ejército de valerosos católicos.

Juan de Austria, y muchos ilustres y valientes guerreros italianos, unidos en santa alianza bajo una bandera enviada por el Pontífice, que llevaba bordada en oro la imagen de Jesús Crucificado, acudieron presurosos a defender los derechos de la Iglesia y de la civilización.

Después de un triduo de ayunos y públicas oraciones, estos jóvenes y animosos soldados se acercaron todos a recibir los Santos Sacramentos, e invocando el nombre de María Auxilio de los Cristianos, el día 7 de octubre, en el Golfo de Lepanto, acometieron al enemigo.

Después de un encarnizado combate, en que apareció visible el auxilio de Dios y de María Santísima, fue muerto el caudillo de los turcos. Entonces la confusión y el espanto se apoderaron de toda la flota musulmana, que cayó en poder de los cristianos, quienes al grito de ¡Viva María! enarbolaron la bandera de Jesucristo.

Estando San Pío V en oración, Dios le reveló la milagrosa victoria, y para perpetuo recuerdo, añadió a las Letanías Lauretanas el título de María Auxílium Christianórum.

Más tarde, con motivo de haber sido librada Viena del sitio de los turcos en 1683, fue erigida en Baviera la primera Cofradía de María Auxiliadora, en reconocimiento de tan gran favor, y con pasmosa rapidez difundióse esta devoción en Alemania e Italia y por todo el orbe.

En fin, al recobrar Pio VII la libertad, después de haber estado injustamente oprimido, a principios del siglo XIX, estableció la fiesta de María Auxiliadora el día 24 de mayo.

San Juan Bosco fue un gran difusor de su devoción.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

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