Carta de Juan Pablo II a las familias (II)


¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: “No matarás” (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en “civilización de la muerte” recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

Carta de Juan Pablo II a las familias (I)


En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros. Para convencerse de ello, basta examinar ciertos programas de educación sexual, introducidos en las escuelas, a menudo contra el parecer y las protestas de muchos padres; o bien las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado “derecho de elección” (“pro choice”) por parte de ambos esposos, y particularmente por parte de la mujer.

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne, Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: “Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios”. Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del “amor hermoso”. Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el “fruto bendito de tu seno” (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un “fruto maldito”.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

Una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús

El Beato Carlos de Austria y la estampa de su funeral

Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios? Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo -que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: “Obra de la justicia será la paz”?

Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de inmortal memoria, al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: “Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a Él hay que suplicar y de Él hay que esperar nuestra salvación”.

Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a santa Gertrudis y a santa Margarita María- que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual -para valernos de las palabras de nuestro predecesor, de féliz memoria, León XIII- nos recuerda “aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía”. Ciertamente, “no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio”.

Fuente: S.S. Pío XII, Carta Encíclica Haurietis Aquas

La Consagración del mundo al Sacratísimo Corazón de Jesús


El 11 de junio de 1899, el Papa León XIII Consagró la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús con la siguiente Fórmula compuesta por él mismo, y más adelante, S.S. Pío XI pidió que sea recitada también en la Solemnidad de Cristo Rey.

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser; y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón. Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo! ¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado, haced que vuelvan pronto a la casa paterna para que no perezcan de hambre y de miseria. Sed Rey de aquellos que por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo de un solo Pastor. Sed Rey de los que permanecen aún envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino. Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos, como bautismo de redención y de vida, la sangre que un día contra sí reclamaron. Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud; a Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos”. Así sea.

Fuente: S.S. León XIII, Encíclica Annum Sacrum

El culto de María Auxiliadora

San Pío V ante la visión del triunfo de Lepanto

Para que conozcáis el origen y propagación de esta fiesta, sabed que, en el año 1571, los turcos amenazaron invadir y asolar Europa entera. El gran Pontífice San Pío V, para contrarrestar su terrible poder y ferocidad, recurrió a los príncipes cristianos, reuniendo éstos un ejército de valerosos católicos.

Juan de Austria, y muchos ilustres y valientes guerreros italianos, unidos en santa alianza bajo una bandera enviada por el Pontífice, que llevaba bordada en oro la imagen de Jesús Crucificado, acudieron presurosos a defender los derechos de la Iglesia y de la civilización.

Después de un triduo de ayunos y públicas oraciones, estos jóvenes y animosos soldados se acercaron todos a recibir los Santos Sacramentos, e invocando el nombre de María Auxilio de los Cristianos, el día 7 de octubre, en el Golfo de Lepanto, acometieron al enemigo.

Después de un encarnizado combate, en que apareció visible el auxilio de Dios y de María Santísima, fue muerto el caudillo de los turcos. Entonces la confusión y el espanto se apoderaron de toda la flota musulmana, que cayó en poder de los cristianos, quienes al grito de ¡Viva María! enarbolaron la bandera de Jesucristo.

Estando San Pío V en oración, Dios le reveló la milagrosa victoria, y para perpetuo recuerdo, añadió a las Letanías Lauretanas el título de María Auxílium Christianórum.

Más tarde, con motivo de haber sido librada Viena del sitio de los turcos en 1683, fue erigida en Baviera la primera Cofradía de María Auxiliadora, en reconocimiento de tan gran favor, y con pasmosa rapidez difundióse esta devoción en Alemania e Italia y por todo el orbe.

En fin, al recobrar Pio VII la libertad, después de haber estado injustamente oprimido, a principios del siglo XIX, estableció la fiesta de María Auxiliadora el día 24 de mayo.

San Juan Bosco fue un gran difusor de su devoción.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

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