La Pascua del Señor


¡Oh Jesús resucitado! Hazme digno de participar del gozo de tu resurrección.

“¡Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en Él!”. Es el día por excelencia, el día más alegre del año, porque en él “nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado”. La Navidad es también una fiesta de alegría, pero de una alegría toda, transida de inefable dulzura; mientras que la alegría de Pascua lleva el sello inconfundible del triunfo: es el gozo por el triunfo y la victoria de Cristo. La liturgia de la Misa nos indica las dos notas características de la alegría pascual: alegría en la verdad, alegría en la caridad.

Alegría en la verdad, según la vibrante exhortación de San Pablo: “Celebremos la fiesta, no con la vieja levadura..., sino con los ácimos de la pureza y la verdad”. Existen en este mundo muchas alegrías efímeras porque se apoyan en fundamentos frágiles e inconsistentes, pero la alegría pascual es el gozo de sentirse en posesión de la verdad, la verdad que Cristo trajo al mundo y que confirmó con su resurrección. La resurrección de Cristo nos asegura que no es vana nuestra fe y que no pusimos nuestra esperanza en un muerto, sino en un vivo, en el viviente por excelencia, cuya vida es tan abundante que puede vivificar a todos los que creen en Él, no sólo durante el tiempo, sino también durante toda la eternidad: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque estuviere muerto, vivirá”. Alegría en la verdad, porque solamente las almas sinceras y rectas que buscan con amor la verdad y, más aún, practican la verdad, pueden gozar plenamente la resurrección de Cristo. Ser alma sincera es reconocerse tal cual es, con sus defectos, con sus deficiencias: es sentir continuamente la necesidad de convertirse y estar decidida, precisamente por este conocimiento de su miseria, a purgarse del viejo fermento de las pasiones para renovarse del todo en Cristo resucitado.

Pero la verdad debe practicarse en la caridad, “andando en la verdad por el amor” (Ef. 4, 15); por eso es tan oportuna la oración que reza el sacerdote al final de la Misa, en la poscomunión: “Infúndenos, Señor, el espíritu de caridad... y por tu misericordia consérvanos concordes y unidos”. No puede darse verdadera alegría pascual donde no existe concordia y benevolencia mutua.

“Señor Jesús, Jesús piadoso. Jesús bueno, que te dignaste morir por nuestros pecados y resucitaste para nuestra Justificación, te ruego por tu gloriosa resurrección que me resucites del sepulcro de mis vicios y pecados, para que merezca tomar parte de verdad en tu resurrección. ¡Dulcísimo Señor, que subiste triunfante a la gloria del cielo y estás sentado a la diestra de Dios Padre! Levántame con tu infinito poder a las alturas, atráeme hasta ti para que corra al olor de tus perfumes y no desfallezca cuando Tú me llevas y me guías... Aplica la boca de mi alma sedienta a la fuente viva y soberana de la eterna saciedad, para que beba de ella lo que ha de ser mi vida; Dios mío, vida mía” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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