Santa María Magdalena, modelo de confianza en la Misericordia


¡Quién pudiera estar en presencia de Jesús y tener entrada en su amor por tu mediación, oh Magdalena! Ojalá borremos nuestras faltas y lavemos nuestras manchas como tú lo hiciste, recibiendo indulgencia plenaria de su boca y escuchando aquellas palabras: ¡Tus pecados te son perdonados! Ojalá me hiera con su amor como te hirió a ti y me diga un día estas consoladoras palabras: ¡Has amado mucho!

Sea yo pronto en escuchar la voz de Jesús y sus inspiraciones. No se acerque a mí el espíritu del error y de la ilusión, como no osaron los espíritus malos acercarse a ti desde que te acercaste a Jesús, obligados a alejarse y a respetar la presencia, el poder, la santidad del espíritu de Jesús que residía en ti. Participe yo de esa pureza de corazón y de alma, pureza incomparable que recibiste del Hijo de Dios cuando estabas a sus pies.

Seamos fieles y constantes en su amor, inseparables de Él, como nada ni su cruz, ni su muerte, ni el furor de sus enemigos ni el de los demonios pudieron apartarte un ápice de Él; no lograron separar el alma de Magdalena del cuerpo, del alma y del espíritu de Jesús; y siempre está ella a su lado, ya vivo y sufriendo en la cruz, ya muerto, ya enterrado en el sepulcro. Sólo el cielo es quien te arrebata a Jesús, y el poder del Padre Eterno quien lleva consigo y a la gloria a su Hijo; pero arrebatándolo, te lo devuelve secretamente, y para siempre jamás en la plenitud y en la claridad de la gloria.

¡Oh humilde penitencia! ¡Oh alma solitaria! Oh modelo de amor a Jesús, haz por tus oraciones y por tu poder en su amor, que sea yo herido de este amor, que mi corazón no descanse sino en su Corazón; que mi espíritu no viva más que en su Espíritu, y que seamos todos para Él libres y cautivos a la vez, libres en su Gracia y cautivos en el triunfo de su Amor y de su Gloria. Amémosle, sirvámosle, adorémosle y sigámosle con todas nuestras fuerzas y que, al fin, estemos contigo y con Él para siempre.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

El Amor del Corazón de Dios hecho Hombre


El fundamento de la entrega que el Señor nos pide, no se concreta sólo en nuestros deseos ni en nuestras fuerzas, tantas veces cortos o impotentes: primeramente se apoya en las gracias que nos ha logrado el Amor del Corazón de Dios hecho Hombre. Por eso podemos y debemos perseverar en nuestra vida interior de hijos del Padre Nuestro que está en los cielos, sin dar cabida al desánimo ni al desaliento. Me gusta hacer considerar cómo el cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino; y que, en la práctica de esas virtudes teologales, encuentra la alegría, la fuerza y la serenidad.

Estos son los frutos de la paz de Cristo, de la paz que nos trae su Corazón Sacratísimo. Porque -digámoslo una vez más- el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo. El Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en el Verbo un Corazón humano.

No es posible hablar de estas realidades centrales de nuestra fe, sin advertir la limitación de nuestra inteligencia y las grandezas de la Revelación. Pero, aunque no podamos abarcar esas verdades, aunque nuestra razón se pasme ante ellas, humilde y firmemente las creemos: sabemos, apoyados en el testimonio de Cristo, que son así. Que el Amor, en el seno de la Trinidad, se derrama sobre todos los hombres por el amor del Corazón de Jesús.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Consejos de Don Bosco para un joven que vive en el mundo (II)

6. Hasta que no vayas a gusto a confesarte y a comulgar, y hasta que no te agraden los libros piadosos y los compañeros devotos, no creas tener todavía una sincera devoción.

7. El muchacho que todavía no es capaz de soportar una injuria sin vengarse de ella, que no tolera las reprensiones, aun injustas, de sus superiores, y más aún de sus padres, está todavía muy atrás en el camino de la virtud.

8. No hay veneno más perjudicial para los jóvenes que los libros malos. [Nota: ¡Qué diría Don Bosco hoy del peligro de las malas películas, programas de TV, sitios de internet, redes sociales...!] Hay que temerlos mucho en nuestros tiempos, porque son muy numerosos y descarados en cuanto a religión. Si amas la fe, si amas tu alma, no los leas, sin que antes hayan sido aprobados por el confesor u otras personas de reconocida doctrina y esclarecida piedad; pero reconocida y esclarecida, entiéndelo bien.

9. Mientras no tengas miedo y no huyas de las malas compañías no sólo debes pensar que te encuentras en gran peligro, sino incluso teme ser malo tú mismo.

10. Elige siempre los amigos y compañeros entre los buenos, y de éstos, los mejores; más aún, imitad lo bueno y lo mejor de éstos y huid de sus defectos, porque todos los tenemos.

11. No seas obstinado en tu obrar, pero tampoco seas inconstante. Siempre he visto que los inconstantes, que fácilmente cambian de resolución sin graves motivos, acaban mal en todo.

12. Una de las mayores locuras de un cristiano es la de aguardar a ponerse en el buen camino, diciendo: Después, después; como si estuviese seguro del tiempo venidero y como si le importase poco el hacerlo pronto y ponerse a salvo. Sé, pues, prudente y ponte en regla enseguida como si tuvieses la certeza de no poderlo hacer después. Confiésate cada quince días a más tardar; haz un poco de meditación y de lectura espiritual cada día; el examen de conciencia todas las noches; haz el ejercicio de la buena muerte; pero sobre todo ten una grande, tierna, verdadera y constante devoción a la Santísima Virgen. ¡Oh, si supieses la importancia de esta devoción, no la cambiarías por todo el oro del mundo! Tenla, y espero que un día dirás: Todos los bienes me vinieron junto con ella.

Fuente: cf. Don Lemoyne,Memorias biográficas de San Juan Bosco

El odio a la fe y el triunfo del martirio

Beata Apolonia del Santísimo Sacramento

Apolonia Lizárraga nació Navarra, el Jueves Santo de 1867. A sus 19 años, ingresó en las Carmelitas de la Caridad, eligiendo, al hacer sus votos, el nombre de Apolonia del Santísimo Sacramento. Sor Apolonia fue Superiora en Sevilla, y en 1909 se hallaba en el Colegio de Vic cuando la Semana Trágica hizo un ensayo de revolución, siendo testigo del incendio de los templos. Su espiritualidad se centraba en el Corazón Eucarístico de Jesús, y en la devoción a la Virgen del Carmen y a San José. Su lema era "Confiar contra toda confianza, y esperar contra toda esperanza". En 1923 era elegida Superiora General.

En 1932 escribía: "Aquí estamos preparándonos para sucesos desagradables, aunque no sucederá más que lo que el Señor permita; suyas somos y Él cuidará de nosotras". En 1935 escribía a sus Comunidades: "Tengan mucho ánimo y más confianza en el Sagrado Corazón, en la Santísima Virgen y en San José, a quienes he entregado las Hermanas, los Colegios y todo lo nuestro, y que no nos dejarán si nosotras le somos fieles y les amamos más y más... Ellos nos darán las gracias para lo que tengamos que sufrir".

Llegó el estallido de la cruenta persecución religiosa. El 20 de julio de 1936 trasladó el Santísimo de la Iglesia al Oratorio y la Madre Apolonia organizó velas ante Él durante toda la noche. El martes 21 llegaron a Vic camiones de milicianos de Barcelona que comenzaron a incendiar iglesias y conventos y quemar imágenes religiosas. A las 4 de la tarde los milicianos golpeaban las puertas de la Casa General de las Carmelitas de la Caridad y les ordenaban salir a todas menos a la superiora. Esta fue llevada prisionera a un lugar de tortura, la desnudaron en un patio, le ataron de las muñecas y tobillos y con un serrucho le cortaron brazos y piernas mientras la mártir rezaba y rogaba por sus asesinos. Estos luego dieron su cuerpo a comer a unos cerdos hambrientos que tenían allí.

La Madre Apolonia fue beatificada en Roma el 28 de octubre de 2007.

Fuente: cf.hispaniamartyr.org

¡Ante todo, el deber de estado!


Todos los estados de la vida son otros tantos caminos que, según el orden de la divina Providencia, nos guían y nos llevan a nuestro último fin. Es una tentación imaginarnos que obraríamos mejor en otro estado que en el que hemos abrazado. ¡Qué error no ocupar la imaginación sino en lo que se haría si se estuviera en otro puesto, y no cuidar de cumplir con las obligaciones del empleo que se tiene!

Hay pocos artificios que le salgan mejor al enemigo de la salvación que esta inquietud. Dios no te quiere al presente sino en el estado en que estás: no pienses sino en cumplir con las obligaciones de él. Mira como una ilusión perniciosa todas aquellas inconstancias del corazón y del espíritu, que consumen el alma en vanos pesares y en frívolos deseos. Después de haber elegido un estado de vida no pienses sino en cumplir con puntualidad con todas las obligaciones del estado que abrazaste.

Considera particularmente hoy cuáles son estas obligaciones y cuáles son con las que menos cumples. Mira si te sirves de todos los medios que tienes en tu estado para santificarte. No hay estado sin cruz ni tampoco rosas sin espinas: las dulzuras de una fortuna floreciente, las amarguras de una familia cargada de deudas, las dificultades de una condición llena de ocupaciones, los cuidados de la casa, las alegrías y los llantos de esta vida: todo puede servir para la salvación. Examina cómo has usado hasta aquí de todo esto.

Es una cosa muy santa y muy útil hacer todas las mañanas una oración para pedir a Dios la gracia de cumplir bien con todas las obligaciones de tu estado. La que se sigue es de Santo Tomás; apenas se podrá hacer otra mejor:

Concédeme, misericordioso Dios, que conozca verdaderamente, que desee ardientemente, que investigue con prudencia y que cumpla perfectamente todo lo que fuere de vuestro agrado, y siempre para mayor honra y gloria vuestra. Arregla todas las cosas en el estado a que me has llamado y hazme conocer lo que quieres que haga. Haz que conozca todas mis obligaciones y que las cumpla con puntualidad y con fruto. Concédeme, Señor y Dios mío, la gracia de no desagradarte jamás en los diversos incidentes de la vida: haz que sea humilde en la prosperidad y que las adversidades no abatan mi confianza; que no sienta otro dolor ni otra alegría que el de apartarme de ti o la de unirme contigo; que sólo desee agradarte y que nada tema tanto como desagradarte; que no me mueva todo lo que pasa; que sólo ame lo que viene de ti -por amor a ti-, y a ti más que a todas las cosas; que todo gozo en que tú no tienes parte me sea amargo y que no halle gusto sino en lo que es de tu agrado. Finalmente, concédeme Señor que de tal suerte use de tus beneficios durante esta vida, que tenga la dicha de poseerte y de gozar de la eterna felicidad en la Patria celestial. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: J. Croisset, Año cristiano

La voluntad de Dios es que seamos santos (VI)


¿Cómo, me decís, cómo podemos nosotros aspirar a ser santos, a hacernos santos con tantos vicios, con tantas debilidades, con tantas pasiones, con tantos pecados? ¿Cómo podemos pretender la santidad nosotros, que no tenemos tiempo suficiente para recitar alguna breve oración, visitar una iglesia, y practicar alguna obra de piedad? ¿Cómo nos haremos santos nosotros, que nunca hacemos penitencia, y sudamos y fatigamos para hacer un ayuno mandado por la Iglesia, y muy raramente lo observamos? ¿Cómo podemos nosotros ser santos, si no somos capaces de abstenernos de ciertas faltas y de ciertos pecados, de los cuales siempre nos confesamos, y en los cuales de tanto en tanto más o menos recaemos? ¿Cómo?...

He entendido todo, mis oyentes, y, después de haberos puesto en una justa y necesaria agitación, paso a consolaros y a tranquilizaros. Y como lo que más debe aterrorizaros son vuestros pecados, yo me atrevo a interrogaros así: ¿Hacéis vosotros todo lo posible para no volver a cometerlos? ¿Lo deseáis al menos vivamente? ¿Pedís al Señor que os libre de ellos? O, recayendo nuevamente en ellos, ¿os sentís amargados? ¿Tratáis de confesaros en seguida? Si no es así, tenéis mucha razón de temer; pero si tenéis estos santos temores; esta santa premura, estos santos deseos, este santísimo disgusto, no temáis; no seréis todavía santos, pero podéis llegar a serlo. Continuando el camino con este santo temor por vuestros pecados, movéis al Señor para que tenga compasión hacia vosotros: Él os ayudará con su gracia; y poco a poco triunfaréis en todo, y os haréis santos de verdad. Por lo tanto el ser pecadores no debe haceros desesperar de haceros santos; más bien debe empeñaros a serlo con más fuerza y vigor.

Pero vosotros no podéis rezar, no tenéis comodidad, no tenéis tiempo, ocasiones, y no podéis hacer aquel bien que pueden hacer tantos otros. Este es uno de los engaños más grandes y más universales. Todos dicen que querrían hacer y que harían mucho bien si se encontrasen en un estado diverso de aquél en el que se encuentran, y no advierten que harían aún menos, y que la verdadera santidad, después de la observancia general de la ley de Dios, consiste en el cumplimiento de los propios deberes. El Señor nos lo ha dicho muy claro, que no se salva aquél que solamente reza: No todo el que me dice: Señor, Señor; sino aquél que cumple la divina voluntad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Debemos pedir con frecuencia la «perseverancia final»

Santa Teresa de Jesus 12 36 Muerte de Santa Teresa de Jesús

Si bien es cierto que la perseverancia final en la gracia de Dios [morir en estado de gracia] es un don de Dios enteramente gratuito y que nadie puede merecer, sin embargo, con la oración revestida de las debidas condiciones puede obtenerse infaliblemente de Dios este gran don de la perseverancia final.

La Sagrada Escritura nos dice con toda claridad que obtendremos de Dios todo cuanto le pidamos en orden a nuestra eterna salvación; y, como es obvio, ninguna otra cosa es más necesaria para conseguirla que la perseverancia final. La promesa divina consta con toda claridad en la Sagradas Páginas. He aquí algunos textos del todo explícitos e inequívocos:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)
Y todo cuanto con fe pidiereis en la oración, lo recibiréis (Mt 21, 22)
Y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 13-14).
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros pedid lo que quisiereis y se os dará (Jn 15, 7).
Y la confianza que tenemos en él es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho (I Jn 5, 14-15)

He aquí cómo expone Santo Tomás los argumentos de razón:
«Con la oración podemos impetrar incluso lo que no podemos merecer. Porque Dios escucha a los mismos pecadores cuando le piden perdón, aunque de ningún modo lo merecen. (...) De otra suerte hubiera sido inútil la oración del publicano cuando decía: Compadécete de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc 18, 13). De semejante manera podemos impetrar el don de la perseverancia final para nosotros o para otros, aunque no caiga bajo el mérito.» (S. Tomás, Suma Teológica) [Es decir, no hay ninguna obra que yo pueda realizar al presente y que me haga merecerinfaliblemente el morir en la gracia de Dios. Por eso es que debemos suplicar esta gracia en la oración.]

«Hay también en la Sagrada Escritura muchas oraciones en las cuales se pide a Dios la perseverancia; por ejemplo, en el Salmo: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pisadas no resbalen (Sal 16, 5). Y en la epístola segunda a los Tesalonicenses (2, 16-17): Dios, nuestro Padre, consuele vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena.» (S. Tomás, Suma contra gentiles)

Todo hombre está obligado a asegurar su salvación por todos los medios a su alcance. Ahora bien, como la perseverancia final -condición indispensable para salvarse- no puede ser merecida por nadie, si no tuviéramos a nuestra disposición un medio seguro e infalible de conseguirla, sería vano e injusto el precepto divino que nos obliga a salvarnos. Tiene que haber, pues, un medio seguro e infalible de salvación colocado al alcance de todos los hombres, y ese medio no es otro que la oración de súplica revestida de las debidas condiciones.

Fuente: Cf. Fr. Antonio Royo Marín, op, Teología de la salvación

Santificación en el matrimonio (II)

Beato Carlos y Emperatriz Zita 07 08

La tradición cristiana ha visto frecuentemente en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas -escribe San Cirilo de Alejandría- para santificar el principio de la generación humana.

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.
Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo.

Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales.

Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte.
Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las relaciones matrimoniales.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Vivir lo ordinario con alma extraordinaria

Maria de la Concepcion Barrecheguren 01 01 Sierva de Dios María de la Concepción Barrecheguren

María de la Concepción Barrecheguren nace en Granada el 27 de noviembre de 1905. La vida de María de la Concepción fue breve. No llegó a cumplir veintidós años. Pese a ello, supo utilizar su tiempo y vivirlo intensamente.

Al regreso de un viaje a Lisieux (octubre 1926), una leve ronquera es el anuncio de la tuberculosis. El desarrollo de la enfermedad de Concepción, y de los sufrimientos que la acompañan, provocan la admiración de quienes la conocieron. Su fe inquebrantable y su fidelidad, no dejan de sorprender. Lo extraordinario de ella es su vida ordinaria y común; pero, además, su modo de aceptar y afrontar la cruz no pasó desapercibido.

"Hoy cumplo veintiún años -escribe-. Esto quiere decir que la vida corre mucho más aprisa [de lo] que nosotros creemos; quizá haya transcurrido la mitad, la tercera parte de mi vida..., quizá muera dentro de poco..., y aun cuando viva muchos años, se pasarán con igual rapidez que los anteriores. ¿Qué es una larga vida, comparada con la eternidad? Menos que una gota de agua, comparada con el océano. Dentro de poco partiré de este mundo y de mi vida no quedará rastro alguno; así como tampoco deja señal de su paso la nave que atraviesa los mares. Y esta vida tan corta, tan fugaz, me la da Dios, para ganar una eternidad. ¡Desgraciada de mí si la desperdicio! ¡Desdichada de mí si la empleo en otra cosa que no sea amar a Dios! ¡Oh, Dios mío! En tu misericordia infinita me concedes estos años de vida; no sé si me quedarán ya pocos...; lo que sí sé es que me los das para que te ame, te sirva y, mediante esto, gane el cielo; haz que no los desaproveche, que no me entretenga con las cosas de la tierra y, mucho menos, ponga en ellas mi corazón, que mis días no sean vacíos, sino llenos de tu amor y de buenas obras. Te agradezco los innumerables beneficios y gracias que me has concedido en el transcurso de estos 21 años, y te ruego me perdones lo mal que he correspondido a ellos. Sí, Dios mío, vergüenza me da, pero es cierto que tú no has cesado de amarme y yo no he cesado de desagradarte. ¿Podías esperar esto de mí? Pero ya, Señor, quiero enmendarme, quiero amarte, quiero conformarme en todo lo que dispongas de mí. Haz que los años que me queden de vida sean sólo para ti".

Murió el 13 de mayo de 1927. Quienes la conocieron, supieron que estaban ante una persona especial, extraordinaria y santa.

Fuente: barrecheguren.com

Nuestros mártires en la guerra civil española

Martires argentinos 01 01 San Héctor Valdivielso Sáez y el Beato Gregorio Martos Muñoz

Héctor Valdivielso Sáez nació en el barrio porteño de Boedo, el 31 de octubre de 1910. El 26 de mayo de 1913 fue bautizado en la antigua iglesia de San Nicolás de Bari, y en 1914 viajó junto a su familia a España, donde se estableció en Briviesca.

A los 24 años de edad, convertido ya en hermano de La Salle fue detenido, junto con sus compañeros, por los marxistas el 5 de octubre de 1934, en la escuela Nuestra Señora de Covadonga. Después de permanecer varios días detenidos, los siete hermanos lasallanos y el padre pasionista que evangelizaba con ellos, fueron llevados en la madrugada del 9 de octubre hasta el cementerio de Turón, ante cuyas tapias los fusilaron los milicianos, sin acusación ni juicio previo.
En la ceremonia de beatificación, el 29 de abril de 1990, Juan Pablo II dijo que habían sido martirizados por odium fidei, es decir, por odio a la fe, y que aceptaron cristianamente el sacrificio antes de renunciar a Cristo Jesús. Para la canonización de San Héctor hizo falta comprobar un milagro atribuido a su intercesión, el cual se produjo el mismo día de la beatificación. La ceremonia se realizó en el Vaticano el 21 de noviembre de 1999, convirtiéndose San Héctor Valdivielso en el primer argentino en ser canonizado.

Gregorio Martos Muñoz nació el 3 de abril de 1908, en Chilecito, provincia de la Rioja, y recibió el Bautismo nueve días después en la Iglesia Parroquial del Sagrado Corazón de Jesús. Al cumplir diez años, su familia regresó a España, de donde eran oriundos los padres. Ingresó en el Seminario de Granada. Su entusiasmo era tal que concluyó un año antes de lo previsto sus estudios y fue nombrado formador del Seminario Menor. Cuando, por fin, fue ordenado presbítero, recibió la misión de la coadjutoría de El Ejido. Aunque su ministerio sólo pudo durar tres años, los ejidenses apreciaron su entrega pastoral.
Detenido el 21 de julio de 1936, lo encarcelaron en Dalías. Al día siguiente lo llevaron a la cárcel de Berja, dejándolo en libertad vigilada el 7 de agosto. El día doce quisieron que blasfemara sobre una medalla de la Madre de Dios, pero prefirió tragársela a profanarla.
El 19 de agosto, junto con otros detenidos, fue conducido a la Albufera de Adra. En la inminencia de la muerte, confesó sacramentalmente a sus compañeros de prisión. Su cuerpo torturado, fue acribillado a balazos y luego quemado. Tenía 28 años. Su madre le hizo prometer a sus hijos que nunca vengarían la muerte de su hermano para vivir con su bondad y entrega cristiana y sacerdotal. Fue beatificado el 25 de marzo de 2017

Fuente: cf. es.catholic.net

«La Santa Reliquia» del Corazón de Jesús

Cerro de los Angeles 01 01

“La Santa Reliquia” es el nombre que lleva el Corazón del primer monumento del Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles al sur de Madrid, que fue fusilado y derribado el 7 de agosto de 1936. La telefonista de Getafe daba la noticia: Ha caído el Corazón de Jesús entre horribles blasfemias.

La madre Maravillas [santa carmelita] y sus hijas recibieron la noticia con profundo dolor. La madre las exhorta a mayor amor y fidelidad. Si han derribado al Señor de su trono, que cada una le levante un trono en su propio corazón, donde Él pueda mandar, gobernar según su Divina Voluntad en todo” (Lámpara viva, pág. 160).
El mundo no quiere que reine Jesucristo, y por todos los medios pretende quitarlo, si es posible, hasta de su vista. Fue el propósito de este acto sacrílego.

En el otoño de 1940, el padre jesuita Alfonso Torres se encontraba dando ejercicios espirituales en el Carmelo del Cerro de los Ángeles. En uno de los paseos que acostumbraba a hacer por la explanada, se fijó en una de las piedras que estaban retirando los obreros.
Entonces, les pidió que le dieran la vuelta. Sumamente emocionado, descubrió que en ella estaba esculpido el Corazón de Jesús. Permanecía intacto. Tan sólo tenía alrededor varios impactos de bala.
El padre Torres pidió que lo metieran dentro de la clausura. Así quiso el Corazón de Jesús que se cumplieran las palabras que dijo a la madre Maravillas: “Quiero que tú y esas otras almas escogidas de mi Corazón me hagáis un lugar donde encuentre mis delicias”.
El monumento original se encuentra rodeado de cariño, venerado como preciosa reliquia por las carmelitas.
Años más tarde, llegó a conocimiento de las carmelitas que dos de los que fusilaron el monumento se habían arrepentido de lo que habían hecho y que felizmente murieron en gracia de Dios.
El 25 de julio de 1965, se alzaba la nueva imagen del Corazón de Jesús.

Fuente: corazondecristo.org

La adoración de los Magos

Adoracion de los Magos 06 09

Considera cuales fueron los sentimientos de gozo, de admiración, de amor y de respeto en aquellos santos reyes cuando, habiendo llegado a Belén, vieron que no se habían engañado, y que no habían resultado falsas sus conjeturas. Encuéntrase a Dios siempre que se le busca; ¡y qué consuelo es hallarle después de haberle buscado!

¿Cuántos verían la misma estrella y tendrían el mismo pensamiento que los Magos, pero no tuvieron el mismo valor ni la misma docilidad? Por eso fue muy diferente su suerte. Esas mismas gracias que nosotros menospreciamos, esas mismas saludables inspiraciones que nosotros resistimos, quizá, y sin quizá, ganarán para Dios a muchas almas fieles. ¡Qué desdicha haber sido indóciles a ellas!

¿Cuántos mirarían con una falsa compasión la credulidad de los piadosos monarcas? ¿Cuántos se reirían de su sencillez? ¿Qué burla no se haría en sus cortes, y aun en las extranjeras, de su jornada? Pero cuando los Magos hallaron lo que buscaban, ¿se arrepentirían de haber sido tan prontos a seguir la voz de Dios? ¿Se avergonzarían de su candor? ¿Se quejarían de las fatigas, de los trabajos del camino? Infiere de aquí los sentimientos que tendrían a la hora de la muerte. Entonces, ¡qué dulce cosa será haber seguido la estrella! Ah, ¡y qué diferencia tan espantosa entre Herodes y los santos reyes!
Pero, ¿cuál fue el exceso de su gozo cuando advirtieron aquel divino Salvador, en el cual, alumbrados con superior luz, reconocieron que habitaba corporalmente toda la plenitud de la divinidad? Penetrados de los más vivos sentimientos de religión, ¡con qué profundo respeto, con qué devoción se postrarían en su presencia! ¿Es parecida nuestra devoción, nuestra piedad, a la de los reyes Magos? Y, sin embargo, el mismo Jesucristo que ellos tenemos nosotros realmente presente en el Sacramento.
¡Ah, dulce Jesús mío, y qué poco me he aprovechado hasta ahora de vuestra divina presencia! ¿Dónde estaba mi fe cuando os he tenido tan poco respeto? o ¿dónde estaba mi respeto cuando os creía presente por la fe? Lloro, Señor, lloro íntimamente mi ceguedad, y mi adoración comienza desde hoy a reparar mis irreverencias.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

Consejos de Don Bosco para conservar la pureza

Alegoria de la Castidad 01 01

Presentamos un extracto de un sueño contado por Don Bosco a sus alumnos en el año 1884. El Santo contemplaba en sueños un bellísimo jardín, cuando he aquí que aparecen dos hermosas jovencitas y comienzan a dialogar sobre la inocencia, de la que eran figura. Del largo relato de Don Bosco, cuya lectura completa recomendamos, presentamos algunas líneas que hacen referencia a la necesidad de la mortificación para conservar dicha virtud.

Es un gran error el de los jóvenes creer que la penitencia la debe practicar solamente quien ha pecado. La penitencia es también necesaria para conservar la inocencia. Si San Luis no hubiese hecho penitencia, habría caído sin duda en pecado mortal. Esto se debería predicar, inculcar, enseñar continuamente a los jóvenes. ¡Cuánto más numerosos serían los que conservarían la inocencia, mientras que ahora son tan pocos!
Dice San Pablo: “Si vivís según la carne, moriréis; si, en cambio, con el espíritu dais muerte a las acciones de la carne, viviréis”.

Por tanto, mortificación para superar el fastidio que sienten en la oración.
Mortificación de la inteligencia mediante la humildad, obedecer a los superiores y a los reglamentos
Mortificación en decir siempre la verdad, en manifestar los propios defectos y los peligros en los cuales puede uno encontrarse. Entonces recibirá siempre consejo, especialmente del confesor.
Mortificación del corazón, frenando sus movimientos desordenados, amando a todos por amor de Dios y apartándonos resueltamente de aquellos que pretenden mancillar nuestra inocencia.
Mortificación en soportar valientemente y con franqueza las burlas del respeto humano.
Vencerán las mofas malignas pensando en las terribles palabras de Jesús: “El que se avergonzare de Mí y de mis palabras, se avergonzará de él el Hijo del Hombre cuando venga con toda su majestad...”

Mortificación de los ojos, al mirar, al leer, apartándose de toda lectura mala e inoportuna. ¡Un punto esencial!
Mortificación del oído y no escuchar malas conversaciones, palabras hirientes o impías. Se lee en el Eclesiástico: “Rodea con un seto de espinas tus oídos y no escuches la mala lengua.”
Mortificación en el hablar: no dejarse vencer por la curiosidad.
Mortificación del gusto: no comer ni beber demasiado.
Mortificarse, en suma, sufriendo cuanto nos sucede a lo largo del día, el frío, el calor, y no buscar nuestras satisfacciones. Mortificad vuestros miembros terrenos, dice San pablo.
Recordad lo que ha dicho Jesús: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.
El camino del inocente tiene sus pruebas, sus sacrificios, pero recibe fuerza en la Comunión, porque quien comulga frecuentemente tiene la vida eterna, está en Jesús y Jesús en él. Y la Santísima Virgen, a quien tanto ama, es su Madre.

Fuente: cf. Don Bosco, sueño “La inocencia”, relatado por Don Lemoyne en sus Memorias Biográficas de Don Juan Bosco. Traducción de Basilio Bustillo.

Oración en las aflicciones de esta vida

Beato Carlos y Emperatriz Zita 05 06 El Beato Emperador Carlos de Austria de rodillas junto a su esposa en una Misa de campaña en un momento trágico, durante el segundo intento de restauración de la monarquía en Hungría.

Altísimo Dios de cielos y tierra, Padre de bondad y misericordia infinita, humildemente me postro ante tu presencia divina, gimiendo bajo el peso de una gran tribulación.

Ya ves cuán grande es mi aflicción; he perdido lo que más estimaba en la tierra... me veo acosado por todas partes de infortunios y tribulaciones...
Creo, Dios mío, que nada sucede por acaso en este mundo, sino que todo viene regulado y dispuesto por tu benévola Providencia. Creo que todos estos golpes, por dolorosos que sean, vienen todos dirigidos desde lo alto para mi bien, o para que abra los ojos y ordene mi vida, o que me purifique de mis culpas pasadas en este purgatorio lento, o para que mejor te ayude en la obra de la Redención realizada por tu Hijo con el derramamiento de su Sangre, o para que sobrellevando esta prueba como venida de tu mano me labre una corona de gloria inmortal.
Justo será, pues, que me resigne: Tú solo conoces lo que más me conviene, yo no. Siendo Tú, por otra parte, omnipotente, y amándome con un cariño infinitamente más delicado que el de la madre más amorosa, no dudo que esta adversidad es lo que en este momento más me conviene.
Así lo creo, Señor, y por más que la naturaleza lo sienta y apetezca lo que quizás no le conviene, me someto decididamente a tu santísima voluntad. Por dura y pesada que ahora me parezca, beso y bendigo tu Mano paternal, no menos justa cuando castiga que cuando premia, no menos amorosa cuando atribula que cuando halaga, no menos sabia cuando permite que cuando manda, no menos solícita de mi bien cuando me abate que cuando me levanta. ¡Cuántos que con la prosperidad se perdieron, se salvaron en la adversidad! Hágase, pues, Señor, en mí según tu santa voluntad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

Jóvenes ejemplares (IV)

Beato Augusto Czartoryski 01 01 Beato Augusto Czartoryski

Augusto Czartoryski nació en París el 2 de agosto de 1858, en el exilio. Desde hacía unos treinta años su noble estirpe, vinculada a la historia y los intereses dinásticos de Polonia, había emigrado a Francia. El príncipe Adán Czartoryski había cedido la sucesión de la estirpe, así como de la actividad patriótica, al príncipe Ladislao, unido en matrimonio con la princesa María Amparo (hija de la reina de España María Cristina y del duque Rianzárez). Son estos los padres de Augusto, primogénito de la familia. Cuando tenía seis años murió su madre, enferma de tuberculosis, que transmitirá a su hijo.

Pero el acontecimiento decisivo de su vida fue el encuentro con Don Bosco. Augusto tenía 25 años. Sucedió en París, precisamente en el palacio Lambert, donde el fundador de los salesianos celebró la misa en el oratorio de la familia. Los acólitos fueron el príncipe Ladislao y Augusto. Desde aquel día Augusto vio en el santo educador al padre de su alma y al árbitro de su porvenir.
Después del encuentro con Don Bosco, Augusto no sólo sintió que se reforzaba su vocación al estado religioso, sino que tuvo la clara convicción de que estaba llamado a ser salesiano. Desde entonces, en cuanto su padre se lo permitía, iba a Turín para encontrarse con don Bosco y recibir sus consejos. Hizo también varias veces ejercicios espirituales bajo la dirección del santo.

Don Bosco tuvo siempre una actitud de gran cautela sobre la aceptación del príncipe en su congregación. Fue el Papa León XIII, en persona, quien disipó toda duda: «Decid a Don Bosco que es voluntad del Papa que os reciba entre los salesianos». «Muy bien, amigo mío», respondió inmediatamente don Bosco, «yo lo acepto. Desde este instante, usted forma parte de nuestra Sociedad y deseo que pertenezca a ella hasta la muerte».
A finales de junio de 1887, tras renunciar a todos sus derechos en favor de sus hermanos, Augusto fue enviado a San Benigno Canavese para un breve aspirantado, antes del noviciado, que comenzó en ese mismo año. Tuvo que luchar contra los intentos de su familia, que no se resignaba a esa elección. Su padre iba a visitarlo y trataba de disuadirlo. Emitió los votos el 24 de noviembre de 1887 en la basílica de María Auxiliadora ante Don Bosco. «Ánimo, mi príncipe -le susurró el santo-, hoy hemos alcanzado una magnífica victoria. Pero puedo también decirle, con gran alegría, que llegará un día en el que usted será sacerdote y por voluntad de Dios hará mucho bien a su patria». Don Bosco murió dos meses después.

A causa de su enfermedad lo enviaron a estudiar la teología a la costa de Liguria. El decurso de su enfermedad hizo que su familia renovara con mayor insistencia sus intentos de alejarlo de la vocación.
Fue ordenado sacerdote el 2 de abril de 1892 en San Remo. Su padre, el príncipe Ladislao, y su tía Isa no asistieron a la ordenación, aunque poco después toda la familia aceptó plenamente su vocación. La vida sacerdotal de don Augusto duró sólo un año, que pasó en Alassio, en una habitación que daba al patio de los muchachos. El Siervo de Dios Cardenal Juan Cagliero resume así este último período de su vida: «Ya no era de este mundo. Su unión con Dios, la conformidad perfecta con la divina voluntad en la enfermedad agravada, el deseo de configurarse con Jesucristo en los sufrimientos y en las aflicciones lo hacían heroico en la paciencia, sereno en el espíritu, e invencible, más que en el dolor, en el amor de Dios».

Murió en Alassio la tarde del 8 de abril de 1893, sentado en el sillón que había usado don Bosco. «¡Qué hermosa Pascua!», había dicho el lunes al hermano que lo asistía, sin imaginar que el último día de la octava lo habría celebrado en el paraíso. Fue beatificado el 25 de abril de 2004.

Fuente: L'Osservatore romano, edición en lengua española, 23 de abril de 2004

Jóvenes ejemplares (II)

Egidio Bullesi 01 01 Egidio Bullesi venerado por la Armada en Italia

El Venerable Egidio Bullesi nació el 24 de agosto de 1905 en Pola, Italia. A los 13 años ayudaba a su padre y su hermano mayor como aprendiz de la carpintería naval. Por la mañana al salir de su casa se santiguaba y rezaba las oraciones por la calle, preparándose así a la santa Comunión. Para Egidio el apostolado fue siempre algo espontáneo, diríase congénito. Entre los obreros, sus compañeros, repartía diarios, revistas, libros de buena lectura. Al salir trataba de acompañarse con los más jóvenes y conversaba con ellos de cosas indiferentes para luego entrar en temas de religión. Las discusiones, las burlas, las hostilidades de muchos se ahogan en el mar de alegría que las primeras conquistas ocasionaron a su corazón.

En 1924 el movimiento de los Aspirantes de la Acción Católica hallábase en sus comienzos. Sin embargo Egidio comprendió enseguida la necesidad urgente de difundirlo, sobre todo en un barrio de su ciudad donde los chicos estaban muy abandonados.

Así, forjado por las santas luchas del apostolado, afirmado en su piedad sólida y serena y animado por la alegría de su juventud fuerte y pura, a los veinte años se apresta a cumplir con el deber patrio del servicio militar; es enrolado en la Armada y asignado al acorazado "Dante Alighieri". La nave está tripulada por mil jóvenes, entre reclutas y marineros. Pero Egidio lo encara, no con la desconfianza de quien posee un tesoro inseguro para custodiar y defender, sino con el santo atrevimiento del apóstol que no tiene sino ansias de conquista. Egidio lo enfrenta serenamente todo, aún más, lo desafía. Así, se santigua antes de comer, y al atardecer no se preocupa de que lo sorprendan rezando el Rosario sobre el puente.
Una tarde está escribiendo en la sala de la biblioteca. Es la hora del descanso. En un rincón unos cabos entonan una canción horriblemente obscena. Se acerca al grupo, pide un poco de silencio y les declara con firmeza que deberían tener vergüenza ellos que son graduados, de dar tan mal ejemplo deshonrando al uniforme y a la Patria. Los suboficiales aceptan con camaradería aquella franca corrección.
Entre los reclutas logra encontrar a unos jóvenes de Acción Católica. Los reúne y junto con ellos prepara el plan de acción: una "cruzada por la pureza". El ejemplo de los primeros arrastra a otros más. Las voluntades son afirmadas con fervientes conversaciones y lecturas de libros edificantes.

Su alegría llega al colmo el día que consigue hacer capitular al mismo jefe de su sección, Guido Foghin. Un sábado por la noche le dice como de costumbre: -Mañana descenderé a tierra antes del almuerzo, porque voy a oír misa y a comulgar. El Cabo se siente empujado por una fuerza misteriosa: -Pues... ¡yo te acompaño! -le dice. Egidio no se muestra asombrado. Lo prepara diligentemente y a la mañana siguiente el nuevo "hijo pródigo" se acerca a la Santa Comunión abriendo, después de tantos años, su corazón a la alegría y a la esperanza; a tal punto, que merecerá la gracia de la vocación religiosa, donde tomará en nombre de Egidio María, y se ordenará sacerdote.
Al acabar la conscripción Egidio regresa a su hogar. Pero deja sobre el "Dante" un núcleo de apóstoles que continuarán su obra encontrando fuerzas en la oración y reuniéndose en derredor del pequeño altar del Sagrado Corazón que han levantado en lugar de honor, en la sección de máquinas. Cerca de la sagrada imagen los muchachos han colocado la fotografía de Egidio; su sonrisa continúa incitándolos a la perseverancia.

A finales de agosto de 1928 la enfermedad de la tuberculosis brinda a Egidio un medio aún más eficaz para la salvación de las almas: el holocausto. En el hospital sigue siendo apóstol, a su lado nadie blasfema, logra que los enfermos recen el Santo Rosario y comulguen en Gracia, y por ellos ofrece sus sufrimientos con resignada y alegre serenidad. Sus dolores se hacen más agudos. En la cama de al lado un muchacho sufre una hemorragia: Egidio reza por él a santa Teresita, y el enfermo se repone, pero se reproduce en Egidio, y por tres días no se la pueden frenar. Con su buen humor exclama: "¡Pero querida santa Teresita, no eran éstas las condiciones!".
Egidio se alegra sintiendo acercarse el momento en que entrará en la Patria. El día 25 de abril de 1929 el alma de Egidio vuela al Cielo a los 23 años de edad. En 1997 es declarado Venerable, reconociéndose sus virtudes en grado heroico.

Fuente: cf. Jefes de fila en la juventud del siglo XX

Plegaria del joven

Carlo Acutis y Montserrat Grasses 01 01 Los jóvenes Carlo Acutis y Montserrat Grases actualmente en proceso de beatificación

Santísima Trinidad, eterna vida y juventud, Tú que eres la fuente de mi ser, haz que la aventura de mi vida, que recién comienza con toda la fuerza de lo nuevo, tenga el único sentido de caminar de retorno a la casa del Padre. Señor Jesús, que un día pensaste y amaste con alma de joven, imprime en mi corazón tus mismos ideales y sentimientos.

Quisiera tener siempre sed de la verdad, buscada en el bellísimo libro de la creación, en los acontecimientos de todos los días y, sobre todo, en ti mismo, el único Maestroque tiene para mí palabras de vida eterna. Concédeme un amor limpio y generoso, capaz de amar a mi prójimo y a mi patria, a los amigos y a los enemigos; que se entusiasme con prontitud y facilidad por todo lo que es noble, justo y grande; que sintonice con los héroes y santos de la historia; que sienta en lo más hondo del alma el llamado a las grandes empresas y tenga instintivo horror de lo mediocre, lo injusto, lo doble, lo hipócrita y lo bajo; que por encima de todo y con un corazón ensanchado y dilatado, logre correr por el camino de tus mandatos amándote con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y todas las fuerzas. Educa mis pasiones, afectos y sentimientos para que nunca me desordenen ni me manchen, y sean los que me den fuerza y sensibilidad para el dolor, el amor y la belleza.

Yo también quisiera, Señor, que como Tú, toda mi vida estuviese dedicada a las cosas de mi Padre, que ninguna de sus cosas me fuese indiferente, no me venciese el respeto humano y jamás buscase agradar a los hombres sino sólo a mi Dios. Quiero ser, con tu gracia, dedicado en el estudio, alegre en las diversiones, esforzado y limpio en el deporte, noble en la amistad, devoto en la oración y magnánimo en tu servicio.
Sólo porque he vivido poco, aún no tengo que lamentar grandes fracasos ni me pesa la decrepitud de arraigados malos hábitos. Pero Tú sabes, Señor, que tengo necesidad de amar y ser amado, y que a veces siento el vértigo de la libertad, que mis pasiones me sacuden como un mar embravecido, el mundo me seduce con facilidad y mis propósitos son frágiles. Te imploro que madures y temples mi corazón como el del joven Juan, tu discípulo amado, con la castidad y la caridad, pues yo también quiero serte fiel en la amistad hasta la cruz.
Mas si algún día te traicionara por el pecado, como Pedro, no te quedes en silencio soportando mi afrenta, mírame y muéstrame como te plazca, aunque tu mano me parezca dura, que he equivocado el camino, pues estoy dispuesto al arrepentimiento y a comenzar de nuevo.

Tengo, por fin, Señor, un futuro que me atrae y mil proyectos que me fascinan. No sé qué querrás hacer de mi vida ni qué planes e ilusiones tienes sobre mí, pero quisiera decirte que estoy dispuesto a todo, sólo que me ayudes en lo que mandes. Más allá de ello, manda lo que quieras. Quisiera que tu Madre, Señor, me tratase como a ti: formándome un corazón como el tuyo, buscándome con angustia cuando me pierda, estando siempre al pie de mi cruz y esperándome gloriosa en la gran alegría de la eternidad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

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