Guadalupe, un Milagro perpetuo (I)


En 1936, una exploración realizada en dos fibras de la tilma, una roja y otra amarilla, desemboca en conclusiones asombrosas: las fibras no contienen ningún colorante conocido. La oftalmología y la óptica confirman la naturaleza inexplicable de la imagen: se parece a una diapositiva proyectada sobre el tejido. Un estudio concienzudo demuestra que no existe indicio alguno de dibujo o de boceto bajo el color, a pesar de haberse realizado retoques perfectamente reconocibles sobre el original, retoques que, por otra parte, se deterioran con el paso del tiempo; además, el soporte no ha recibido apresto alguno, lo que parece inexplicable si se trata realmente de una pintura, pues incluso sobre una tela más fina se coloca siempre una capa de barniz, aunque sólo sea para evitar que la tela absorba la pintura y que los hilos afloren a la superficie. No se distingue ninguna pincelada. Con motivo de un estudio por infrarrojos, efectuado el 7 de mayo de 1979, un profesor de la NASA escribía: “No hay modo alguno de explicar la calidad de los pigmentos utilizados para el vestido rosa, el velo azul, el rostro y las manos, ni la permanencia de los colores, ni el brillo de los pigmentos después de varios siglos durante los cuales habrían debido normalmente deteriorarse... El estudio de la imagen ha sido la experiencia más emocionante de mi vida”.

Por otra parte, los astrónomos han comprobado que todas las constelaciones presentes en el cielo cuando Juan Diego abrió su tilma ante el obispo Zumárraga, el 12 de diciembre de 1531, se encuentra en el sitio que les corresponde sobre el manto de María. También se ha descubierto que, al aplicar un mapa topográfico de la zona central de México sobre el vestido de la Virgen, las montañas, los ríos y los principales lagos coinciden con la decoración de ese vestido.

Las exploraciones oftalmológicas concluyen que el ojo de María es un ojo humano que parece vivo, incluyendo la retina donde se refleja la imagen de un hombre con las manos extendidas: Juan Diego. La imagen de dentro del ojo obedece a las leyes conocidas de la óptica, sobre todo a la que afirma que un objeto bien iluminado puede reflejarse tres veces en el ojo (ley de Purkinje-Samson). Un estudio posterior ha permitido descubrir dentro del ojo, además del vidente, a Mons. Zumárraga y a otras personas, presentes cuando apareció en la tilma la imagen de Nuestra Señora. Finalmente, la red venosa normal microscópica que aparece en los párpados y en la córnea de los ojos de la Virgen es perfectamente reconocible. Ningún pintor humano habría podido reproducir semejantes detalles.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 26 de mayo de 2004

El Nombre de Jesús en la Santísima Eucaristía


Ya comprendisteis qué grande es la dulzura del Nombre adorable de Jesús. Pero, ¿qué voy a decir? Para haceros comprender la dulzura de este Nombre tendría que comprenderla yo mismo antes; pero, ¿podré yo comprenderla jamás? ¡Los Ángeles y los bienaventurados comprenden hasta cierto punto, y tampoco en plenitud, lo dulce y suave que es el Nombre de Jesús! He aquí sobre este altar el Rey de los Ángeles, el Ángel del gran Consejo, como lo llama Isaías. He aquí, bajo los velos del pan, aquel Jesús adorable. ¡El mismo Jesús! ¡Jesús en persona que nos habla, nos enseña cuán dulce es su Nombre, cuán santo, amable, divino, glorioso es su Santísimo Nombre! Sí, cállense todos los demás maestros y predicadores, porque Jesús en sacramento es el Maestro Divino que nos enseña todos los misterios de amor y de sabiduría que se encierran en este Santísimo Nombre: Jesús. Mirémoslo brevemente.

En el libro del profeta Isaías se lee: Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. Emmanuel, Dios con nosotros: Eucaristía y Nombre. Cada nombre no es la cosa o la persona. En Jesús el Nombre es la Persona. En la Santísima Eucaristía está Jesús y está su Nombre, y son una sola cosa. ¿De qué manera Jesús en la Santísima Eucaristía nos hace conocer las glorias, las grandezas y la dulzura de su Nombre? Quedando en su presencia. ¡Qué deseable es la presencia de Jesús sacramentado! Por eso quiso quedarse entre nosotros. ¡Hubiese podido quedarse en una sola iglesia! ¿Por qué quiso quedarse presente en todas las iglesias? Porque nos quiere siempre en su presencia; y, cuando nosotros quedamos humildes y recogidos en su presencia, entonces nuestra alma y nuestros pensamientos se llenan con el Nombre de Jesús. En aquellos momentos decimos: “Yo estoy en presencia de Jesús; sobre aquel altar está Jesús; aquí estoy adorando a Jesús, aquí estoy amando a Jesús; aquí estoy viendo a Jesús”. Sí, lo vemos en la fe; ¡y verlo y llamar su Nombre es una misma cosa! Imaginaos que estáis en el medio de la niebla. Delante de vosotros hay un hombre que no veis, pero escucháis su voz; vosotros decís: “¡Es el tal fulano!”. De repente la niebla se quita y lo veis. Entonces exclamáis: “¡He aquí el tal fulano!”, y lo llamáis por nombre. Así hace el alma en presencia de Jesús. Lo ve con la fe; y verlo y llamarlo por nombre es un punto solo.

Muchas almas amantes, también, ante el Sacramentado Bien, mientras callan, no terminan de exclamar en su corazón: “Oh Jesús, oh Jesús, oh Jesús Sacramentado; oh Jesús Hostia, oh Jesús amor, oh exceso del amor, etc.”; ¡y el Nombre de Jesús forma el alimento del alma! Esta alma se llena con el Nombre de Jesús, languidece por en Nombre de Jesús. Esta alma, en la pura fe, ve a los Ángeles y los oye cantar, ¿y qué cantan los Ángeles alrededor del Santísimo Sacramento? ¡Cantan las glorias del Nombre de Jesús!

El alma oye cantar: “¡Qué viva Jesús!”. Ve a los Santos; ¿y qué cantan? ¡Jesús! Ve a María, y la oye repetir: “éste es mi Jesús, ama a mi Jesús”. Y el alma que está con amor delante de la Eucaristía, ¡se llena con el Nombre de Jesús!

Pero hay aún más. ¡El mismo Jesús repite su Nombre Santísimo al alma afortunada que está en su presencia! ¡Sí! Acordémonos de la aparición de Dios en la zarza de Moisés. “¿Cuál es tu Nombre?”, pregunta Moisés. Y Dios le contesta desde la zarza: Yo soy el que soy. ¡Esta es la zarza! El alma sabe quién es... pero se lo pregunta, si para querer escuchar aquel nombre adorable le dice: “Señor, ¿cuál es tu Nombre?”. Y escucha: “¡Yo soy Jesús!”. ¡Oh sí! Mientras el alma habla con Jesús en Sacramento, Jesús en Sacramento habla con el alma y le responde: “Yo soy Jesús”. Como en el pozo de Jacob; la Samaritana lo escucha, ya lo quiere, ya manifiesta el deseo de reconocer al Mesías. Y Jesús le dice: “soy yo, el que habla contigo”, o sea, soy yo, ¡Jesús!

¡Cuántos misterios de amor hay ante Jesús Sacramentado! ¡Y el vínculo entre el alma y el Dios sacramentado es el Nombre de Jesús! Porque si no estuviera el Nombre de Jesús de por medio, el alma aquí se perdería, pues aquí está Dios, la Palabra de Dios, el incomprensible, el inaccesible, el inescrutable, etc. Pero está también el Nombre de Jesús, porque aquí en la Eucaristía está presente la Palabra que se encarnó y que luego se hizo Pan. Vayamos al Tabor. En la transfiguración se manifiesta la Divinidad. Los Apóstoles cayeron y no se podían mover más. La nube que los cubrió es la nube de la fe. El evangelista nos dice que no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. El mismo misterio se vive una vez más en la Eucaristía. La divinidad está escondida bajo la nube del pan y nosotros vemos y sentimos sólo el Nombre: Jesús.

¡Pero no terminan aquí los misterios inefables del Nombre Santísimo de Jesús en la Santísima Eucaristía! Yo aquí hablo con almas que frecuentan cada día la Santísima Comunión con amor, humildad y fe. Estas almas recibiendo tan a menudo a Jesús, transformándose tan a menudo en Jesús, no pueden no vivir con aquel continuo recuerdo, con aquella continua impresión del Nombre de Jesús. Aquí ya no se trata de recibir espiritualmente en la fe el sonido suave del Nombre Santísimo de Jesús, como en la bella adoración a Jesús Sacramentado, sino que se trata de recibir la sustancia del Nombre de Jesús.

Fuente: De las Homilías sobre el Nombre de Jesús de san Aníbal María Di Francia, presbítero y fundador

El Señor viene de lejos


El Adviento (del latín ADVÉNTUS, “advenimiento”) es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los del Antiguo Testamento aguardando la venida del Mesías. Por eso es un tiempo de ansiedad y de santa impaciencia. Hoy comienza el Adviento, el domingo más cercano a la fiesta de S. Andrés (30 de noviembre), y abarca tres semanas completas y parte de la cuarta. Por asociación de ideas la Iglesia; une a la PRIMERA venida de Jesucristo a la tierra el pensamiento de la SEGUNDA, al fin del mundo, y, en consecuencia, el Adviento viene a resultar una preparación para ese doble advenimiento del Salvador: el del Nacimiento y el del Juicio final. ¡Cosa extraña! En este primer día y domingo del Año eclesiástico, la Iglesia nos pone en contacto con el último día del mundo y de las cosas. Antes de llevarnos al pesebre de Belén, nos lleva al tribunal del Juicio final, como para encarecernos de antemano, con el pensamiento de la cuenta, la correspondencia a la gracia soberana de la Redención, que el Niño Divino, cuya silueta se dibuja ya en lontananza, viene a realizar. Es como una fuerte sacudida que la Iglesia da a nuestra conciencia de cristianos, para despertarnos, del letargo del pecado, si desgraciadamente estuviésemos sumidos en él, o de la modorra de la indiferencia y de la tibieza espiritual. Es como decirnos: Si no estás limpio para presentarte ante el Divino Juez, tampoco lo estás para salir al encuentro de tu Salvador, que es tu mismo y único Dios y Señor; “despójate, por tanto, de las obras de las tinieblas revístete de las armas de la luz”. (Don Andrés Azcárate, Misal diario)

El Señor está para venir... Me pongo en su presencia, para salir a su encuentro con todo el ardor de mi voluntad. “He aquí el nombre del Señor que viene de lejos... Mirando en lontananza, veo la potencia de Dios que viene... Salidle al encuentro y decidle: Dinos si tú eres el que ha de reinar...” Así reza la liturgia de este día y, como respondiéndonos ella misma, nos invita a exclamar: “Venid, adoremos al Rey, al Señor, que está para venir...” (Breviario Romano).

Los siglos estuvieron esperando esta venida, anunciada por los profetas y suspirada por los justos, que, sin embargo, no pudieron contemplar su aurora. A cada vuelta del Adviento, la Iglesia conmemora y renueva esta espera, manifestando sus ansias por el Salvador que ha de venir. Pero el antiguo anhelo, que únicamente se fundaba en la esperanza, es para nosotros un suspiro tranquilo y confiado, que descansa en la consoladora realidad de la redención ya efectuada. Cumplida ésta históricamente hace veinte siglos, debe, no obstante, actuarse y renovarse día tras día en el alma cristiana con una realidad cada vez más profunda y completa. El espíritu litúrgico del Adviento, que conmemora la grande expectación de los siglos que invocaban al Redentor, quiere preparamos a la celebración del Misterio del Verbo hecho carne mediante la espera íntima y personal de una nueva venida de Cristo a nuestras almas; venida que se realiza por medio de la gracia, y que, a medida que ésta se desarrolla y va llegando a sazón, se hace más abundante y arrolladora, hasta el punto de transformar al alma en un “alter Chrístus”, otro Cristo. El Adviento es tiempo de espera, tiempo de anhelante aspiración por el Redentor: “¡Enviad, oh cielos, desde lo alto vuestro rocío y que las nubes lluevan al justo!”.

¡Oh dulcísimo Salvador mío! Tú vienes hacia mí con tu amor infinito y con la abundancia de tu gracia: torrentes de misericordia y de caridad con que quieres invadir mi alma para atraerla a Ti. ¡Ven, Señor, ven! También yo quiero correr a tu encuentro por medio del amor; mas, desgraciadamente, mi amor es tan limitado, tan débil e imperfecto... Hazlo Tú fuerte y generoso, para que sea capaz de vencerme a mí mismo y entregarme por completo a Ti. Sí, ciertamente mi amor se fortalecerá si está “fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con el amor de un Dios, que ya no puedo dudar de él por estar mostrado tan al descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de sangre, hasta perder la vida, porque no nos quedase ninguna duda de este amor”... Dame, Señor, tu amor antes que me saques de esta vida, “porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama” (S. Teresa de Jesús).

Concédeme, Señor, un amor semejante: lo deseo ardientemente, no sólo para escapar un día a tu severa mirada de juez, sino también y sobre todo para corresponder de algún modo a tu infinita caridad.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Espíritu de fe (II)


El alma que vive de fe no encuentra a Dios sólo en la oración, sino que, viéndole en todas las cosas, en todas se topa con Él y así puede mantener comunicación con Él aun en medio de los negocios. El espíritu de fe le permite superar la opacidad de las criaturas y de los acontecimientos de modo que más allá de ellos encuentra siempre a Dios. Las causas segundas se hacen transparentes para ella, permitiéndole descubrir en seguida la Causa primera, Dios, presente y operante en todas partes. Saber encontrar y reconocer a Dios en toda criatura, aun en las que nos contrarían, nos ofenden, nos hacen sufrir, en todo suceso desagradable, doloroso o desconcertante, es un gran secreto de vida interior. Entonces el mundo se convierte en un libro abierto que en cada página tiene escrita con grandes letras la única palabra: Dios. Delante de Dios, de su voluntad, de su permisión, de sus planes, todo pasa a segundo plano y se entiende cuán necio sea fijar la vista en las criaturas, cuando éstas no son más que el velo que oculta al Criador. Pero ese espíritu profundo de fe requiere de nosotros un ejercicio asiduo.

En mis relaciones con el prójimo -y ¡cuántas personas trato durante el día!-, debo habituarme a saludar a Dios presente en toda criatura; en los deberes de mi estado, en las órdenes de mis superiores puedo ver expresa la voluntad divina; en todas las circunstancias grandes, pequeñas o pequeñísimas, que me procuran fastidio, molestia, sufrimiento, sobrecarga de trabajo, cambio de planes, debo aprender a aprovechar otros tantos medios de que Dios se sirve para ejercitarme en la virtud: la paciencia, generosidad, caridad. Que las horas de oración me sirvan para apreciar con esta luz sobrenatural todos los detalles de mi vida, de modo que pueda, a través de ellos, encontrar siempre al Señor.

Concédeme, Señor, una mirada de fe tan límpida y penetrante que, más allá de las criaturas y circunstancias humanas, vea siempre tu mano que guía y dirige todo, que me invita continuamente a seguirte, a unirme contigo. Haz que mire más a Ti, que eres el Creador presente y operante en todo, que a las criaturas; que sepa reconocerte en mi prójimo; que te encuentre en cualquier suceso de mi vida. Las criaturas no retengan mi mirada y mi corazón, antes bien aspire más a Ti que a ellas, viva más contigo que con ellas, sin dejar de ocuparme en ellas según mi deber. ¡Señor, Tú eres la primera y grande realidad, la realidad única y absoluta en que todo tiene movimiento y vida! Haz que las pequeñas realidades terrenas que de Ti reciben el ser, no se pongan ante mi vista de modo que me impidan verte, encontrarte, unirme a Ti a través de todas las cosas.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Espíritu de fe (I)


Dame Señor, espíritu de fe, que me mantenga en comunicación contigo en cualquier circunstancia y ocupación del día.

Dos son los obstáculos principales que nos impiden perseverar en contacto con Dios en medio de las ocupaciones cotidianas. Ante todo, nuestra consideración demasiado humana de las cosas que ve los acontecimientos y las personas desde un ángulo visual, casi únicamente terreno, material. Después, la misma opacidad de las criaturas, la faceta penosa, desconcertante y hasta mala de muchas situaciones. Nos es fácil, mientras estamos en oración a los pies del Señor, pensar que lo encontraremos en todas las cosas, y en toda coyuntura, pero al hallarnos en trato con ciertas personas, al topar ciertas dificultades, el pensamiento de fe se desvanece y nos extraviamos en razonamientos humanos que nos hacen perder de vista a Dios y su obra en el mundo. El remedio mejor es cultivar un profundo espíritu de fe.

La fe, además de darnos a conocer a Dios en sí mismo como Trino, nos lo hace ver en las criaturas, en todas las circunstancias de la vida, pues Él está presente doquier con su acción providencial. Como Dios conoce las criaturas en relación a sí mismo, así la fe nos las presenta dependientes de Él, y nos las hace ver y juzgar en cierta medida como las ve y las juzga Dios mismo. La fe nos enseña que en el mundo no sucede nada, absolutamente nada, que no esté sometido al gobierno divino. Dios, es verdad, no puede querer el mal, por eso no quiere el pecado ni las consecuencias que de él se derivan: injusticias, guerras, disputas, etc., sino que simplemente lo tolera para no herir la libertad de sus criaturas. Sin embargo, Él interviene en cualquier situación, aun en las causadas por el pecado, para hacer entrar todo en su plan divino ordenado a su gloria, a la salvación y santificación de las almas.

Mi espíritu de fe debe ser tan concreto que me convenza de que ningún acontecimiento, ni de la vida privada, ni de la social de los pueblos, escapa al gobierno divino, gobierno tan sabio y transformador que de mal sabe sacar bien. Nada, por lo tanto, puedo ver desligado de Dios, y en cualquier persona, en cualquier momento puedo encontrarlo.

“¡Dios mío! Tu divina presencia está por doquier; contiene todo, lo supera todo, basta para todo, lo dispone todo gobernando cada cosa con amor y omnipotencia infinita. Delante de tu divina presencia lo demás es nada; ella es tan grande y poderosa que, en realidad, absorbe y hace desaparecer toda otra cosa, o sea, todo se vuelve nada ante tu vista.

¡Oh Señor! Haced que consiga ascender a Ti por lo criado, sin perderme en reflexiones y distinciones vanas de las criaturas, sino con sencillez y espíritu de fe, con fe viva y firme. Tú penetras doquier con tu bondad, con tu amor único e infinito y con tu omnipotencia. Esta verdad lo simplifica todo. En ella todo resulta esencial y sustancialmente uno; esta verdad sobrepasa, penetra, absorbe todo lo demás, todo lo criado: ¡Dios mío! Tú estás en todo, ¡qué riqueza! Haz, Señor, que viva yo en esta verdad como en mi centro, en un asilo de reposo, donde nada pueda afectarme, distraerme de Ti, si permanezco allí bien escondida” (Beata M. Teresa de Soubirán).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Oficio de los Ángeles Custodios


“Los Ángeles, dice San Lorenzo Justiniano, observan nuestras diversas acciones; nos exhortan, nos incitan, nos levantan después de nuestras caídas, y vigilan en derredor de la Iglesia militante. Sin parar, suben y bajan; siempre andan contentos, siempre solícitos, del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, a ofrecer a Dios nuestras obras, nuestras lágrimas y nuestras oraciones. Nos traen del altar de Dios, es decir, de la humanidad de Cristo, el fuego de la caridad, el ardor de la fe, y la esperanza de tener parte un día en la gloria de los Santos. Nos muestran el triunfo de los mártires para darnos mayores ánimos; la puerta del cielo abierta, para inducirnos a despreciar el mundo; la presencia continua de Dios, para llenarnos de respeto; y por fin, la inmensidad de la dicha eterna, para excitar nuestros deseos. Cuantas más ocasiones tienen, de ejercer por nosotros estas diversas funciones, más felices y diligentes se sienten. Muy lejos de envidiar nuestros adelantos en el bien o de mermar en nada nuestros méritos, trabajan por nuestra perfección, nos instruyen en nuestros deberes y nos alientan para cumplirlos. No tienen otro deseo ni otro fin que la gloria del Omnipotente y nuestra salvación. Son los amigos de la Sabiduría, viven cerca del Verbo, exentos de toda miseria, de toda imperfección. Asimismo, al ejercer su ministerio en medio del mundo, no se manchan ni lo más mínimo, ni sienten fatiga ninguna. Aunque circunscritos por el espacio, permanecen siempre en presencia de Dios; al mismo tiempo que sirven a los hombres, no cesan de ofrecer amorosamente a su Criador el sacrificio de la alabanza; las funciones de su ministerio no los apartan del homenaje y de la gloria que deben tributar al Rey inmortal”.

Pero Dios, que se muestra espléndido en extremo con el linaje de los hombres, no se deja vencer de los gobiernos de este mundo cuando se trata de honrar con una atención especial a los príncipes de su pueblo, a los privilegiados de su gracia o a los que rigen el mundo en nombre de Él; al decir de los Santos, una perfección suma, una comisión altísima en el Estado o en la Iglesia, exigen para el investido la asistencia de un espíritu también superior, sin que el Ángel de primera hora, si así se puede decir, tenga necesariamente por eso que ser revelado de su propia custodia. No hay lugar, además, para que en el campo de operaciones de la salvación, el titular celestial del puesto que se le confió desde el principio, pueda nunca temer verse solo; a su llamada, a una orden de lo alto, los ejércitos de los bienaventurados compañeros, que llenan cielos y tierra, están siempre dispuestos a prestarle su ayuda poderosa. Entre esos nobles espíritus que aspiran en la presencia de Dios a favorecer por todos los medios su amor hacia Él, hay alianzas secretas que a veces originan en este mundo entre sus devotos, aproximaciones cuyo misterio se descubrirá el día de la eternidad.

Santos Ángeles, benditos seáis porque los crímenes de los hombres no cansan vuestra caridad; os damos gracias, entre otros muchos beneficios, por el de conservar la tierra habitable, dignándoos permanecer siempre en ella. Hay muchas veces peligro de que la soledad se haga pesada al corazón de los hijos de Dios en las grandes ciudades y en los caminos del mundo, donde no se codean más que desconocidos o enemigos; pero, si el número de los justos ha disminuido, no disminuye el vuestro. Y en medio de la multitud apasionada, como también en el desierto, no hay un ser humano que no tenga junto a si a su Ángel, representante de la Providencia universal sobre los buenos y los malos. Espíritus bienaventurados, tenemos con vosotros la misma Patria, el mismo pensamiento y el mismo amor; ¿por qué han de turbar los ruidos confusos de una turba frívola la vida del cielo que desde ahora podemos ya vivir con vosotros? El tumulto de las plazas públicas ¿os impide acaso formar allá vuestros coros, o impide al Todopoderoso percibir en ellas vuestras armonías? También nosotros queremos cantar por doquier al Señor y unir continuamente nuestras adoraciones a las vuestras, viviendo por la fe en lo escondido del Rostro del Padre cuya continua contemplación os arroba a vosotros. Penetrados de ese modo del vivir angélico, la vida presente no nos ofrecerá ninguna inquietud, ni tampoco la eterna, sorpresa alguna.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Práctica de la presencia de Dios (II)


El modo de presencia de Dios especialmente aconsejado por Santa Teresa a los que aspiran a la intimidad divina, es ese que encamina a poner las almas en contacto continuo con el Dios que vive dentro de ellas. “Aun en las mismas ocupaciones -dice la Santa- debemos retirarnos a nosotros mismos; aunque sea por un momento solo, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí es gran provecho”. Podría oponerse que este método es más apto para los solitarios que para quien vive en trato con otros, y sin embargo la Santa lo aplica precisamente a este caso postrero de modo práctico y sencillo: “si hablare, procurar acordarse que hay con Quien hable dentro de sí mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a Quien más cerca le habla. En fin, traer cuenta que puede, si quiere, nunca apartarse de tan buena compañía... Si pudiere, lo recuerde muchas veces en el día, si no, sea pocas”.

Cualquier profesional o trabajador puede adoptar este método en sus relaciones con el prójimo. Y nada le impide aplicarlo también en sentido inverso, o sea, a la presencia de Dios en el alma ajena. Si con su gracia no está presente en todos los hombres, sin embargo, en todos está con su esencia, como Creador y Conservador de su ser. Por eso un profesor puede considerar a Dios presente en sus alumnos; un médico o enfermera en los enfermos; un hombre de negocios o una modista en sus clientes, y lo mismo en cualquier otra persona. Esto nos inspirará pensamientos de benevolencia, de caridad, de respeto a todos aquellos con quienes tratamos, y nos inclinará a servirles no sólo por la ganancia personal, ni por el sentimiento del deber, sino por el honor y gloria de Dios que creemos mora en ellos. En resumidas cuentas, se trata de buscar, servir, amar a Dios presente en nuestros hermanos. Este ejercicio, añadido al que nos propuso Santa Teresa, nos ayudará eficazmente a sostener relaciones continuas con Dios, ya presente en nuestra alma, ya en la de nuestro prójimo. “Si os acostumbráis a traerle cabe vos -dice la Santa- y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis, como dicen, echar de vos, no os faltará para siempre”.

“Haced, ¡Dios mío!, que mi alma sea un pequeño paraíso donde puedas reposarte deliciosamente; ayúdame a quitar de ella todo lo que pudiera herir tu mirada divina. Y después, que viva yo en este cielo pequeño siempre contigo. Donde quiera me halle y cualquier cosa que hiciere, Tú no me dejes nunca; que siempre quede contigo: que en cada hora del día y de la noche, en todo gozo y pena, en el trabajo y en cada acción sepa encontrarte en mí.

¡Dios mío, Trinidad santa! Sé Tú mi morada, mi nido, la casa paterna de la que nunca salga. Que quede en Ti no por un instante, o por algunas horas pasajeras, sino de modo permanente, habitual. Que ore en Ti, en Ti adore, ame en Ti, sufra en Ti, trabaje, obre en Ti. Permanezca en Ti al presentarme a cualquier persona o cosa, al entregarme a cualquier deber, introduciéndome cada vez más adentro en tus divinas profundidades. Haz, Señor, que cada día adelante en este sendero que conduce a Ti, que me deje deslizar por este declive con confianza llena de amor” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Práctica de la presencia de Dios (I)


¡Señor, que viva siempre en tu presencia, con la mirada interior puesta en Ti!

Tanto más fácil resulta la vida de continua oración cuanto más viva conserva el alma durante el día la presencia de Dios. Sabemos que Él está siempre en nosotros, que vivimos, nos movemos y somos en Él; pero aunque en las horas de oración procuramos avivar el convencimiento de esta gran realidad, tornando a las ocupaciones ordinarias, desaparece o se amengua esa presencia de ánimo y con frecuencia advertimos que obramos como si Dios no estuviera presente.

Y el ejercicio de la presencia de Dios consiste en esforzarse por que el Señor esté presente a nuestra mente y corazón, aun en medio de nuestros trabajos. Dicha práctica la podemos realizar de varios modos: sirviéndonos de objetos externos, como una imagen, un crucifijo que llevamos con nosotros o tenemos sobre la mesa de trabajo, cuya vista suscitará en nosotros el recuerdo de Dios; o también valiéndonos del pensamiento para representarnos interiormente al Señor cercano a nosotros, cosa que responde a la realidad, pues si bien la Humanidad de Jesús no mora de continuo en nuestras almas, ejerce sin embargo influjo ininterrumpido y físico en ellas por la comunicación de la gracia. Con razón podemos por eso concebir esta acción de Jesús en nuestra alma como una compañía incesante. Otro modo de conservar vivo el recuerdo de Dios, es hacer un acto de fe, cultivando, por ejemplo, la idea de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros, tratando de hacerlo todo en honor de estos divinos Huéspedes. También puedo considerar mis obligaciones como otras tantas manifestaciones de la divina voluntad, e intentar unirme a ella cuando las cumplo; o ejercitarme en “ver” a la luz de la fe, y por lo tanto dispuestas por la divina Providencia para mi bien, todas las circunstancias de la vida. Esto me animará a abrazar todo con gusto, repitiendo sin cesar al Padre eterno: estoy contento con todo lo que por mí haces.

“Señor, sea este mi lema: ¡Tú en mí y yo en Ti! ¡Qué bella es tu presencia en mí, en el santuario interno de mi alma! Haz que mi ocupación continua sea adentrarme en mi interior para perderme en Ti, para vivir junto contigo. Te siento tan vivamente en mi alma que me basta recogerme para encontrarte aquí, dentro de mí; y esa es toda mi felicidad.

¡Oh Señor, que viva contigo como amigo! Ayúdame a tener despierta mi fe y unirme a Ti a través de todas las cosas. Llevo el cielo en mi alma, pues Tú que sacias a los bienaventurados en la visión eterna, te me das en fe y ocultamente” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vida de oración (I)


¡Señor, que te busque no sólo en algunas horas o momentos del día, sino en todos los instantes de mi vida!

El alma que anhela una vida de intimidad con Dios no se contenta limitando su trato con Él al tiempo de la oración, sino que procura prolongarlo durante la jornada. Es ése un deseo más que legítimo, porque quien ama aspira a contactos cada vez más estables y continuos con la persona amada. Eso mismo le pasa al alma que ama a Dios; lo cual es más comprensible por el hecho de que Él está siempre con nosotros, presente y operante en nuestras almas. Es verdad que esa presencia es espiritual, invisible pero real y no solamente moral y afectiva, como la del amado en el espíritu y corazón del amante.

Si Dios mora siempre nosotros, ¿por qué no hemos de perseverar en continuo contacto con Él? Esta comunicación se entabla con el pensamiento y el afecto, pero mucho más con éste que con aquél. De hecho no es posible pensar siempre en Dios, ya porque se cansa la mente, ya porque muchas ocupaciones requieren toda la intensidad de la inteligencia, la cual no puede atender simultáneamente a dos objetos diversos. Por el contrario, el corazón, aun cuando el entendimiento esté ocupado en otra cosa, puede siempre amar, sin cansarse de suspirar por el objeto de su amor. Como el amor sobrenatural no consiste en el sentimiento, sino en una íntima orientación de la voluntad hacia Dios, bien se comprende que esa orientación es posible aún mientras desempeñamos deberes que absorben toda la inteligencia. Y hasta la voluntad misma podrá acrecer este su caminar hacia Dios con el deseo de cumplir cada deber por su amor, por agradarle, para darle gloria. A este propósito enseña Santo Tomás que el corazón puede tender siempre hacia Dios con el “deseo de la caridad”, o sea, con el deseo de amarle, de servirle y de unirse a Él en cada obra. “La oración -dice San Agustín- no es más que un deseo del corazón; si vuestro deseo es continuo, vuestra oración es continua. ¿Queréis no cesar nunca de orar? No ceséis nunca de desear”.

“Haced, Señor, que mi vida sea una oración incesante, cual conviene a una criatura racional. Esa oración nace del amor, es fuego y deseo fundado en la caridad que impulsa al alma a hacer todo por tu amor. Infúndeme, Señor, la caridad para que siempre te desee, y deseándote siempre, ore continuamente. Que mi alma ore siempre ante Ti en todo lugar, en todo tiempo, en todo lo que hago, por el afecto la caridad” (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de fe (II)


Cuando Jesús anunció la Eucaristía, mucho de sus oyentes se escandalizaron y bastantes de sus discípulos, que hasta aquel momento le habían seguido, “se retiraron y no fueron más con Él” (Jn. 6, 67). Pedro, al contrario, en nombre de los Apóstoles dio aquel bellísimo testimonio de fe: “Señor... Tú solo tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo Hijo de Dios” (Jn. 6, 69-70). La fe en la Eucaristía se nos muestra así como la piedra de toque de los verdaderos seguidores de Jesús y, cuanto más intensa sea esta fe, tanto más íntima y profunda amistad con Cristo revela. Quien cree, como Pedro, firmemente en Él, cree y acepta todas sus palabras, todos sus misterios: desde la Encarnación hasta la Eucaristía. Sabemos que la fe es, ante todo, un don de Dios. Precisamente en el discurso en que prometió la Eucaristía -la cual es mayor misterio de fe que los otros, porque más que los otros escapa a toda ley natural- Jesús afirmó repetidamente este principio, declarando a los judíos incrédulos que nadie puede ir a Él, y por tanto creer en Él, si “el Padre no lo atrae” (Jn. 6, 44 y 66); y añadió: “Y serán todos enseñados de Dios” (Jn. 6, 45). Para tener una fe viva y profunda en la Eucaristía -como cualquier otro misterio- se precisa esa “atracción”, este “enseñamiento interior” que sólo de Dios puede venir y al cual, no obstante, podemos y debemos disponernos, bien solicitando la gracia con una oración humilde y confiada, bien ejercitándonos activamente en la fe. En efecto, habiéndonos infundido Dios en el santo Bautismo estas virtudes, y siendo la fe una adhesión voluntaria del entendimiento a las verdades reveladas, podemos hacer actos de fe cuando queramos; en nosotros está el querer creer y poner en este acto toda la energía de nuestra voluntad. A medida que la fe crezca en nosotros, nos hará capaces de penetrar las profundidades del misterio eucarístico, de entrar en relaciones vitales con Jesús-Hostia, de gozar de su presencia. Y cuanto nuestra fe sea más intensa, tanto más se manifestará también en nuestro continente ante el Santísimo Sacramento; mirándonos desde el tabernáculo, Jesús no debe tener nunca motivo de dirigirnos la dolorosa reprensión: “hombres de poca fe” (Mt. 8, 26), que dirigió no pocas veces a los Apóstoles y que hoy merecerían muchos cristianos nada respetuosos ante su divina presencia. Nuestro continente delante del Santísimo Sacramento sea siempre tal que resulte un testimonio vivo de nuestra fe.

“¡Oh Señor! Tú encuentras tus delicias en quedarte con nosotros; pero ¿encontramos nosotros la nuestra en estar contigo? ¿La encontramos nosotros especialmente, que tenemos el honor de habitar tan cerca de tu altar, de habitar tal vez en tu misma casa? ¡Oh, cuánta frialdad, indiferencia y hasta injurias debes sufrir en este Sacramento, cuando Tú estás en él para asistirnos con tu presencia!

¡Oh Dios Sacramentado!, ¡oh Pan de los ángeles!, ¡oh manjar divino! Yo te amo; pero ni tú ni yo estamos contentos de mi amor. Te amo, pero te amo demasiado poco. Haz, ¡oh Jesús!, que mi corazón se despoje de todos los afectos terrenos y haga lugar, o mejor, deje todo el lugar a tu amor. Para enamorarme todo de Ti y para unirte todo a mí, desciendes cada día del cielo al Altar; justo es, pues, que yo no piense más que en amarte, en adorarte y darte gusto. Te amo con toda mi alma, te amo con todo mi afecto. Y si quieres pagarme este amor, ¡dame más amor!” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Permanecer en paz delante de Dios (II)

Pintura de la última Comunión de San Fernando Rey

Tratándose aquí todavía de contemplación inicial, el alma no debe estar del todo pasiva, sino que se requiere de ella cierto empeño por mantenerse en disposición apta para recibir el influjo divino. Por eso enseña San Juan de la Cruz: “aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento... aunque le parezca que no hace nada”. Si el alma persevera en la presencia de Dios con una mirada de fe y amor, su atención amorosa se encontrará con el conocimiento amoroso que Dios mismo le va comunicando, y así, uniéndose “noticia con noticia y amor con amor”, obtendrá el máximo fruto de la oración.

Sin embargo, este conocimiento amoroso que le infunde Dios es sutil y delicado, y nunca sigue la vía de conceptos claros y precisos, sino que es un “sentimiento” general y oscuro de Dios que enamora secretamente al alma sin concurso del sentido. Por eso el alma, acostumbrada a proceder con raciocinios y afecto sensibles, no se da cuenta de esto, sobre todo al principio, y tiene la impresión de no hacer nada, queriendo tornar a la meditación donde sentía hacer algo. Pero San Juan de la Cruz disuade: no obstante sus esfuerzos, no lo lograría, y no haría más que estorbar la obra de Dios en ella. Sin embargo, no debemos creer que el alma no necesite ya servirse de algún pensamiento bueno y de algo de meditación. Un alma atenta y delicada advierte cuándo se encuentra en la presencia de Dios, a pesar de su sequedad, y esto le basta para hacer oración; y cuándo, por el contrario, se distrae y divaga inútilmente y cómo necesita entonces de alguna idea buena para recogerse y pensar en Dios.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Lejos estás de mis palabras de queja. ¡Dios mío! Clamo de día y no respondes, y de noche sin hallar reposo. Y eso que en el santuario estás sentado, e Israel te hace objeto de sus himnos. En Ti nuestros abuelos esperaban; esperaban, y Tú los libraste. A Ti clamaron, y fueron salvados, en Ti esperaban sin quedar burlados. Pero yo soy gusano y no hombre... y me estoy disolviendo como el agua, y están descoyuntándose todos mis huesos; mi corazón se ha vuelto como cera, y se derrite dentro de mis entrañas. Como teja secóse mi garganta y a mis fauces se ha pegado mi lengua” (S. 21,2-6). Y, queriendo cantar tus alabanzas, la voz se me apaga en la garganta. Señor, casi no me atrevo a levantar la mirada hacia Ti, y sin embargo es grande mi deseo de amarte. Querría decirte que te amo, pero no me arriesgo porque mi corazón es de piedra, frío y árido como el mármol. ¿Qué haré, Señor, en esta aridez? Te mostraré mi miseria, te presentaré mi nada, mis debilidades, y te diré: recuerda, Señor, que yo soy el miserable y Tú el Misericordioso, yo el enfermo y Tú el Médico. ¡Oh Señor! Que la vista de mi nada no me abata, sino que me empuje hacia Ti con humildad y confianza, con reverencia y abandono. Señor, que te conozca y que me conozca. Me conozca para despreciarme, te conozca para amarte y bendecirte eternamente.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de fe (I)


¡Oh Jesús! Creo en Ti y te adoro presente en el Sacramento del altar. ¡Aumenta mi fe!

En el Canon de la misa se llama a la Eucaristía “mysterium fidei” y, en efecto, sólo la fe nos puede hacer reconocer a Dios presente bajo las especies del pan. Aquí, como dice Santo Tomás, los sentidos de nada sirven, antes bien la vista, el tacto y el gusto se engañan, no advirtiendo en la Hostia consagrada más que un poco de pan. Pero ¿qué importa? Tenemos la palabra del Hijo de Dios, la palabra de Cristo, que ha declarado: “Este es mi cuerpo... Esta es mi sangre”; y fiados en esta palabra creemos firmemente: “credo quiqui dixit Dei Filius, nil hoc verbo Veritatis verius”: creo cuanto ha dicho el Hijo de Dios; nada hay más verdadero que esta palabra de la Verdad (Adoro te devote). Nosotros creemos ciertamente en la Eucaristía, no abrigamos duda alguna que oponer, pero, por desgracia, con mucha frecuencia hemos de reconocer que nuestra fe es lánguida, débil, flaca. Aun viviendo cerca de los sagrados altares y habitando tal vez bajo el mismo techo que Jesús Sacramentado, no es difícil permanecer un tanto indiferentes, un tanto fríos frente a esta gran realidad. Por desgracia, nuestra naturaleza, tan grosera, acaba de vez en cuando por habituarse a una de las cosas más bellas y sublimes, de manera que estas -sobre todo cuando se encuentran al alcance de la mano- ya no nos impresionan, ya no nos conmueven; así acaece que, a pesar de creer en la presencia inefable de Jesús en el Santísimo Sacramento, no advertimos la grandeza de esta realidad, no tenemos el sentimiento vivo y concreto que de ella tenían los santos. Repitamos, pues, también nosotros con gran humildad y confianza, la hermosa oración de los Apóstoles: “Domine, adauge nobis fidem”: ¡Señor, auméntanos la fe! (Lc. 17,5)

“Te alabo y te doy gracias, ¡oh fe bendita! Tú me enseñas y me aseguras que en el Santo Sacramento del altar, en aquel Pan celestial, no hay pan, sino que está todo entero mi Señor Jesucristo, y que está allí por mi amor.

¡Oh Jesús! Igual que un día, lleno de bondad y de amor, estabas sentado junto a una fuente esperando a la samaritana para convertirla y salvarla, así ahora, escondido en la Hostia consagrada, estás sobre nuestros altares, esperando e invitando dulcemente a las almas para conquistarlas a tu amor. Y parece que desde el Tabernáculo nos hablas y nos dices a todos: ¡Oh hombres!, ¿por qué no venís y os acercáis a mí, qué tanto os amo? No he venido aquí a juzgar. Me he escondido en este Sacramento de amor sólo para conceder beneficios y consolar a quien a mí recurre. Te comprendo, ¡Oh Señor! El amor te ha hecho nuestro cautivo, el amor apasionado que nos tienes te ha atado de tal manera que ni de día ni de noche te deja nunca separarte de nosotros” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Permanecer en paz delante de Dios (I)


¡Señor, que tu presencia sea luz y fuerza para mi alma, sostén y apoyo a mi oración! Sería absurdo obligar al alma a continuar con la meditación, si Dios la introduce, mediante la sequedad, en una oración más sencilla y profunda; tanto más que no lograría hacer aquélla. Por el contrario, se la debe alentar a abandonarla sin escrúpulo para ejercitarse en permanecer en paz delante de Dios, ocupada en Él con una mirada sencilla de fe y amor. Estese allí haciéndole compañía, satisfecha de estar con Él, aún sin sentir su presencia. Y verá cómo, poco a poco, se irá acostumbrando a esta nueva manera de oración, que la pondrá en contacto con Dios de un modo sustancialmente más perfecto que la anterior.

No se intranquilice pensando que ya no sabe amar. Cierto que no sabe amar sensiblemente como cuando se conmovía pensando en el amor que Dios le tenía; pero recuerde que el amor de caridad sobrenatural no es amor sensible, sino amor de voluntad que no es necesario sentir. Consiste sólo en una íntima decisión de la voluntad por la que el alma da a Dios la preferencia sobre todas las criaturas y quiere consagrarse por entero a su servicio. Este es el amor que lleva al “sentimiento de Dios”. Es más, San Juan de la Cruz enseña que en este período de la contemplación oscura e inicial que se actúa a través de las penas de la sequedad purificadora, comienza a nacer en el alma lo que él llama “amor infuso pasivo”, o sea, el amor por el que va a Dios el alma, no sólo con la decisión de su voluntad, sino atraída también secretamente por Él. Así se explica que, sin ser sentido, sea más fuerte que antes y le impulse a entregarse a Dios con siempre creciente decisión: es Dios mismo quien le infunde amor, atrayéndola ocultamente a sí. Cuando el alma, sufriendo en la oración por su impotencia y sequedad, teme no amar, examínese sobre este punto y vea si está resuelta a entregarse totalmente a Dios, a pesar de las dificultades que experimenta. Para concretizar esta decisión, aplíquela a las diversas circunstancias de su vida, de modo especial a las que más le cuestan; precisamente porque le falta ya el sentimiento del amor, esfuércese en dar a Dios pruebas concretas del mismo con obras, con virtudes practicadas para agradarle.

Aunque yo sea tierra seca y desolada, aunque en mi corazón no exista una chispa de devoción, quiero permanecer en tu presencia, aquí cerca de Ti, para decirte que, a pesar de todo, no deseo ni quiero otra cosa que a Ti solo.

“¡Oh Señor! Cuando no siento nada, cuando soy incapaz de orar, de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, 'nadas' que os gusten. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de no decir nada o demostrar un semblante enojado... Cuando no tengo ocasiones, quiero, al menos, decir frecuentemente que os amo. No es difícil, y esto alimenta el fuego; aun cuando me pareciese apagado ese fuego de amor, quisiera echar en él alguna cosa y vos sabríais entonces encenderlo de nuevo” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (I)

San Francisco Marto

Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Con estas palabras, Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si el Padre no lo atrae, por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11, 26). Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, “una mujer vestida del sol” (Ap 12, 1) vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”. Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo”. Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo.

Lo que más impresionaba y absorbía a Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además sólo a él Dios se dio a conocer “muy triste”, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: “Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra él”. Vive movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo de pensar de los niños- de “consolar y dar alegría a Jesús”. En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños. Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo de 2000

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