Permanecer en paz delante de Dios (I)


¡Señor, que tu presencia sea luz y fuerza para mi alma, sostén y apoyo a mi oración! Sería absurdo obligar al alma a continuar con la meditación, si Dios la introduce, mediante la sequedad, en una oración más sencilla y profunda; tanto más que no lograría hacer aquélla. Por el contrario, se la debe alentar a abandonarla sin escrúpulo para ejercitarse en permanecer en paz delante de Dios, ocupada en Él con una mirada sencilla de fe y amor. Estese allí haciéndole compañía, satisfecha de estar con Él, aún sin sentir su presencia. Y verá cómo, poco a poco, se irá acostumbrando a esta nueva manera de oración, que la pondrá en contacto con Dios de un modo sustancialmente más perfecto que la anterior.

No se intranquilice pensando que ya no sabe amar. Cierto que no sabe amar sensiblemente como cuando se conmovía pensando en el amor que Dios le tenía; pero recuerde que el amor de caridad sobrenatural no es amor sensible, sino amor de voluntad que no es necesario sentir. Consiste sólo en una íntima decisión de la voluntad por la que el alma da a Dios la preferencia sobre todas las criaturas y quiere consagrarse por entero a su servicio. Este es el amor que lleva al “sentimiento de Dios”. Es más, San Juan de la Cruz enseña que en este período de la contemplación oscura e inicial que se actúa a través de las penas de la sequedad purificadora, comienza a nacer en el alma lo que él llama “amor infuso pasivo”, o sea, el amor por el que va a Dios el alma, no sólo con la decisión de su voluntad, sino atraída también secretamente por Él. Así se explica que, sin ser sentido, sea más fuerte que antes y le impulse a entregarse a Dios con siempre creciente decisión: es Dios mismo quien le infunde amor, atrayéndola ocultamente a sí. Cuando el alma, sufriendo en la oración por su impotencia y sequedad, teme no amar, examínese sobre este punto y vea si está resuelta a entregarse totalmente a Dios, a pesar de las dificultades que experimenta. Para concretizar esta decisión, aplíquela a las diversas circunstancias de su vida, de modo especial a las que más le cuestan; precisamente porque le falta ya el sentimiento del amor, esfuércese en dar a Dios pruebas concretas del mismo con obras, con virtudes practicadas para agradarle.

Aunque yo sea tierra seca y desolada, aunque en mi corazón no exista una chispa de devoción, quiero permanecer en tu presencia, aquí cerca de Ti, para decirte que, a pesar de todo, no deseo ni quiero otra cosa que a Ti solo.

“¡Oh Señor! Cuando no siento nada, cuando soy incapaz de orar, de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, 'nadas' que os gusten. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de no decir nada o demostrar un semblante enojado... Cuando no tengo ocasiones, quiero, al menos, decir frecuentemente que os amo. No es difícil, y esto alimenta el fuego; aun cuando me pareciese apagado ese fuego de amor, quisiera echar en él alguna cosa y vos sabríais entonces encenderlo de nuevo” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (I)

San Francisco Marto

Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Con estas palabras, Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si el Padre no lo atrae, por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11, 26). Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, “una mujer vestida del sol” (Ap 12, 1) vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”. Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo”. Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo.

Lo que más impresionaba y absorbía a Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además sólo a él Dios se dio a conocer “muy triste”, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: “Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra él”. Vive movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo de pensar de los niños- de “consolar y dar alegría a Jesús”. En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños. Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo de 2000

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