Práctica de la presencia de Dios (II)


El modo de presencia de Dios especialmente aconsejado por Santa Teresa a los que aspiran a la intimidad divina, es ese que encamina a poner las almas en contacto continuo con el Dios que vive dentro de ellas. “Aun en las mismas ocupaciones -dice la Santa- debemos retirarnos a nosotros mismos; aunque sea por un momento solo, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí es gran provecho”. Podría oponerse que este método es más apto para los solitarios que para quien vive en trato con otros, y sin embargo la Santa lo aplica precisamente a este caso postrero de modo práctico y sencillo: “si hablare, procurar acordarse que hay con Quien hable dentro de sí mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a Quien más cerca le habla. En fin, traer cuenta que puede, si quiere, nunca apartarse de tan buena compañía... Si pudiere, lo recuerde muchas veces en el día, si no, sea pocas”.

Cualquier profesional o trabajador puede adoptar este método en sus relaciones con el prójimo. Y nada le impide aplicarlo también en sentido inverso, o sea, a la presencia de Dios en el alma ajena. Si con su gracia no está presente en todos los hombres, sin embargo, en todos está con su esencia, como Creador y Conservador de su ser. Por eso un profesor puede considerar a Dios presente en sus alumnos; un médico o enfermera en los enfermos; un hombre de negocios o una modista en sus clientes, y lo mismo en cualquier otra persona. Esto nos inspirará pensamientos de benevolencia, de caridad, de respeto a todos aquellos con quienes tratamos, y nos inclinará a servirles no sólo por la ganancia personal, ni por el sentimiento del deber, sino por el honor y gloria de Dios que creemos mora en ellos. En resumidas cuentas, se trata de buscar, servir, amar a Dios presente en nuestros hermanos. Este ejercicio, añadido al que nos propuso Santa Teresa, nos ayudará eficazmente a sostener relaciones continuas con Dios, ya presente en nuestra alma, ya en la de nuestro prójimo. “Si os acostumbráis a traerle cabe vos -dice la Santa- y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis, como dicen, echar de vos, no os faltará para siempre”.

“Haced, ¡Dios mío!, que mi alma sea un pequeño paraíso donde puedas reposarte deliciosamente; ayúdame a quitar de ella todo lo que pudiera herir tu mirada divina. Y después, que viva yo en este cielo pequeño siempre contigo. Donde quiera me halle y cualquier cosa que hiciere, Tú no me dejes nunca; que siempre quede contigo: que en cada hora del día y de la noche, en todo gozo y pena, en el trabajo y en cada acción sepa encontrarte en mí.

¡Dios mío, Trinidad santa! Sé Tú mi morada, mi nido, la casa paterna de la que nunca salga. Que quede en Ti no por un instante, o por algunas horas pasajeras, sino de modo permanente, habitual. Que ore en Ti, en Ti adore, ame en Ti, sufra en Ti, trabaje, obre en Ti. Permanezca en Ti al presentarme a cualquier persona o cosa, al entregarme a cualquier deber, introduciéndome cada vez más adentro en tus divinas profundidades. Haz, Señor, que cada día adelante en este sendero que conduce a Ti, que me deje deslizar por este declive con confianza llena de amor” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Práctica de la presencia de Dios (I)


¡Señor, que viva siempre en tu presencia, con la mirada interior puesta en Ti!

Tanto más fácil resulta la vida de continua oración cuanto más viva conserva el alma durante el día la presencia de Dios. Sabemos que Él está siempre en nosotros, que vivimos, nos movemos y somos en Él; pero aunque en las horas de oración procuramos avivar el convencimiento de esta gran realidad, tornando a las ocupaciones ordinarias, desaparece o se amengua esa presencia de ánimo y con frecuencia advertimos que obramos como si Dios no estuviera presente.

Y el ejercicio de la presencia de Dios consiste en esforzarse por que el Señor esté presente a nuestra mente y corazón, aun en medio de nuestros trabajos. Dicha práctica la podemos realizar de varios modos: sirviéndonos de objetos externos, como una imagen, un crucifijo que llevamos con nosotros o tenemos sobre la mesa de trabajo, cuya vista suscitará en nosotros el recuerdo de Dios; o también valiéndonos del pensamiento para representarnos interiormente al Señor cercano a nosotros, cosa que responde a la realidad, pues si bien la Humanidad de Jesús no mora de continuo en nuestras almas, ejerce sin embargo influjo ininterrumpido y físico en ellas por la comunicación de la gracia. Con razón podemos por eso concebir esta acción de Jesús en nuestra alma como una compañía incesante. Otro modo de conservar vivo el recuerdo de Dios, es hacer un acto de fe, cultivando, por ejemplo, la idea de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros, tratando de hacerlo todo en honor de estos divinos Huéspedes. También puedo considerar mis obligaciones como otras tantas manifestaciones de la divina voluntad, e intentar unirme a ella cuando las cumplo; o ejercitarme en “ver” a la luz de la fe, y por lo tanto dispuestas por la divina Providencia para mi bien, todas las circunstancias de la vida. Esto me animará a abrazar todo con gusto, repitiendo sin cesar al Padre eterno: estoy contento con todo lo que por mí haces.

“Señor, sea este mi lema: ¡Tú en mí y yo en Ti! ¡Qué bella es tu presencia en mí, en el santuario interno de mi alma! Haz que mi ocupación continua sea adentrarme en mi interior para perderme en Ti, para vivir junto contigo. Te siento tan vivamente en mi alma que me basta recogerme para encontrarte aquí, dentro de mí; y esa es toda mi felicidad.

¡Oh Señor, que viva contigo como amigo! Ayúdame a tener despierta mi fe y unirme a Ti a través de todas las cosas. Llevo el cielo en mi alma, pues Tú que sacias a los bienaventurados en la visión eterna, te me das en fe y ocultamente” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vida de oración (I)


¡Señor, que te busque no sólo en algunas horas o momentos del día, sino en todos los instantes de mi vida!

El alma que anhela una vida de intimidad con Dios no se contenta limitando su trato con Él al tiempo de la oración, sino que procura prolongarlo durante la jornada. Es ése un deseo más que legítimo, porque quien ama aspira a contactos cada vez más estables y continuos con la persona amada. Eso mismo le pasa al alma que ama a Dios; lo cual es más comprensible por el hecho de que Él está siempre con nosotros, presente y operante en nuestras almas. Es verdad que esa presencia es espiritual, invisible pero real y no solamente moral y afectiva, como la del amado en el espíritu y corazón del amante.

Si Dios mora siempre nosotros, ¿por qué no hemos de perseverar en continuo contacto con Él? Esta comunicación se entabla con el pensamiento y el afecto, pero mucho más con éste que con aquél. De hecho no es posible pensar siempre en Dios, ya porque se cansa la mente, ya porque muchas ocupaciones requieren toda la intensidad de la inteligencia, la cual no puede atender simultáneamente a dos objetos diversos. Por el contrario, el corazón, aun cuando el entendimiento esté ocupado en otra cosa, puede siempre amar, sin cansarse de suspirar por el objeto de su amor. Como el amor sobrenatural no consiste en el sentimiento, sino en una íntima orientación de la voluntad hacia Dios, bien se comprende que esa orientación es posible aún mientras desempeñamos deberes que absorben toda la inteligencia. Y hasta la voluntad misma podrá acrecer este su caminar hacia Dios con el deseo de cumplir cada deber por su amor, por agradarle, para darle gloria. A este propósito enseña Santo Tomás que el corazón puede tender siempre hacia Dios con el “deseo de la caridad”, o sea, con el deseo de amarle, de servirle y de unirse a Él en cada obra. “La oración -dice San Agustín- no es más que un deseo del corazón; si vuestro deseo es continuo, vuestra oración es continua. ¿Queréis no cesar nunca de orar? No ceséis nunca de desear”.

“Haced, Señor, que mi vida sea una oración incesante, cual conviene a una criatura racional. Esa oración nace del amor, es fuego y deseo fundado en la caridad que impulsa al alma a hacer todo por tu amor. Infúndeme, Señor, la caridad para que siempre te desee, y deseándote siempre, ore continuamente. Que mi alma ore siempre ante Ti en todo lugar, en todo tiempo, en todo lo que hago, por el afecto la caridad” (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de fe (II)


Cuando Jesús anunció la Eucaristía, mucho de sus oyentes se escandalizaron y bastantes de sus discípulos, que hasta aquel momento le habían seguido, “se retiraron y no fueron más con Él” (Jn. 6, 67). Pedro, al contrario, en nombre de los Apóstoles dio aquel bellísimo testimonio de fe: “Señor... Tú solo tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo Hijo de Dios” (Jn. 6, 69-70). La fe en la Eucaristía se nos muestra así como la piedra de toque de los verdaderos seguidores de Jesús y, cuanto más intensa sea esta fe, tanto más íntima y profunda amistad con Cristo revela. Quien cree, como Pedro, firmemente en Él, cree y acepta todas sus palabras, todos sus misterios: desde la Encarnación hasta la Eucaristía. Sabemos que la fe es, ante todo, un don de Dios. Precisamente en el discurso en que prometió la Eucaristía -la cual es mayor misterio de fe que los otros, porque más que los otros escapa a toda ley natural- Jesús afirmó repetidamente este principio, declarando a los judíos incrédulos que nadie puede ir a Él, y por tanto creer en Él, si “el Padre no lo atrae” (Jn. 6, 44 y 66); y añadió: “Y serán todos enseñados de Dios” (Jn. 6, 45). Para tener una fe viva y profunda en la Eucaristía -como cualquier otro misterio- se precisa esa “atracción”, este “enseñamiento interior” que sólo de Dios puede venir y al cual, no obstante, podemos y debemos disponernos, bien solicitando la gracia con una oración humilde y confiada, bien ejercitándonos activamente en la fe. En efecto, habiéndonos infundido Dios en el santo Bautismo estas virtudes, y siendo la fe una adhesión voluntaria del entendimiento a las verdades reveladas, podemos hacer actos de fe cuando queramos; en nosotros está el querer creer y poner en este acto toda la energía de nuestra voluntad. A medida que la fe crezca en nosotros, nos hará capaces de penetrar las profundidades del misterio eucarístico, de entrar en relaciones vitales con Jesús-Hostia, de gozar de su presencia. Y cuanto nuestra fe sea más intensa, tanto más se manifestará también en nuestro continente ante el Santísimo Sacramento; mirándonos desde el tabernáculo, Jesús no debe tener nunca motivo de dirigirnos la dolorosa reprensión: “hombres de poca fe” (Mt. 8, 26), que dirigió no pocas veces a los Apóstoles y que hoy merecerían muchos cristianos nada respetuosos ante su divina presencia. Nuestro continente delante del Santísimo Sacramento sea siempre tal que resulte un testimonio vivo de nuestra fe.

“¡Oh Señor! Tú encuentras tus delicias en quedarte con nosotros; pero ¿encontramos nosotros la nuestra en estar contigo? ¿La encontramos nosotros especialmente, que tenemos el honor de habitar tan cerca de tu altar, de habitar tal vez en tu misma casa? ¡Oh, cuánta frialdad, indiferencia y hasta injurias debes sufrir en este Sacramento, cuando Tú estás en él para asistirnos con tu presencia!

¡Oh Dios Sacramentado!, ¡oh Pan de los ángeles!, ¡oh manjar divino! Yo te amo; pero ni tú ni yo estamos contentos de mi amor. Te amo, pero te amo demasiado poco. Haz, ¡oh Jesús!, que mi corazón se despoje de todos los afectos terrenos y haga lugar, o mejor, deje todo el lugar a tu amor. Para enamorarme todo de Ti y para unirte todo a mí, desciendes cada día del cielo al Altar; justo es, pues, que yo no piense más que en amarte, en adorarte y darte gusto. Te amo con toda mi alma, te amo con todo mi afecto. Y si quieres pagarme este amor, ¡dame más amor!” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Permanecer en paz delante de Dios (II)

Pintura de la última Comunión de San Fernando Rey

Tratándose aquí todavía de contemplación inicial, el alma no debe estar del todo pasiva, sino que se requiere de ella cierto empeño por mantenerse en disposición apta para recibir el influjo divino. Por eso enseña San Juan de la Cruz: “aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento... aunque le parezca que no hace nada”. Si el alma persevera en la presencia de Dios con una mirada de fe y amor, su atención amorosa se encontrará con el conocimiento amoroso que Dios mismo le va comunicando, y así, uniéndose “noticia con noticia y amor con amor”, obtendrá el máximo fruto de la oración.

Sin embargo, este conocimiento amoroso que le infunde Dios es sutil y delicado, y nunca sigue la vía de conceptos claros y precisos, sino que es un “sentimiento” general y oscuro de Dios que enamora secretamente al alma sin concurso del sentido. Por eso el alma, acostumbrada a proceder con raciocinios y afecto sensibles, no se da cuenta de esto, sobre todo al principio, y tiene la impresión de no hacer nada, queriendo tornar a la meditación donde sentía hacer algo. Pero San Juan de la Cruz disuade: no obstante sus esfuerzos, no lo lograría, y no haría más que estorbar la obra de Dios en ella. Sin embargo, no debemos creer que el alma no necesite ya servirse de algún pensamiento bueno y de algo de meditación. Un alma atenta y delicada advierte cuándo se encuentra en la presencia de Dios, a pesar de su sequedad, y esto le basta para hacer oración; y cuándo, por el contrario, se distrae y divaga inútilmente y cómo necesita entonces de alguna idea buena para recogerse y pensar en Dios.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Lejos estás de mis palabras de queja. ¡Dios mío! Clamo de día y no respondes, y de noche sin hallar reposo. Y eso que en el santuario estás sentado, e Israel te hace objeto de sus himnos. En Ti nuestros abuelos esperaban; esperaban, y Tú los libraste. A Ti clamaron, y fueron salvados, en Ti esperaban sin quedar burlados. Pero yo soy gusano y no hombre... y me estoy disolviendo como el agua, y están descoyuntándose todos mis huesos; mi corazón se ha vuelto como cera, y se derrite dentro de mis entrañas. Como teja secóse mi garganta y a mis fauces se ha pegado mi lengua” (S. 21,2-6). Y, queriendo cantar tus alabanzas, la voz se me apaga en la garganta. Señor, casi no me atrevo a levantar la mirada hacia Ti, y sin embargo es grande mi deseo de amarte. Querría decirte que te amo, pero no me arriesgo porque mi corazón es de piedra, frío y árido como el mármol. ¿Qué haré, Señor, en esta aridez? Te mostraré mi miseria, te presentaré mi nada, mis debilidades, y te diré: recuerda, Señor, que yo soy el miserable y Tú el Misericordioso, yo el enfermo y Tú el Médico. ¡Oh Señor! Que la vista de mi nada no me abata, sino que me empuje hacia Ti con humildad y confianza, con reverencia y abandono. Señor, que te conozca y que me conozca. Me conozca para despreciarme, te conozca para amarte y bendecirte eternamente.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de fe (I)


¡Oh Jesús! Creo en Ti y te adoro presente en el Sacramento del altar. ¡Aumenta mi fe!

En el Canon de la misa se llama a la Eucaristía “mysterium fidei” y, en efecto, sólo la fe nos puede hacer reconocer a Dios presente bajo las especies del pan. Aquí, como dice Santo Tomás, los sentidos de nada sirven, antes bien la vista, el tacto y el gusto se engañan, no advirtiendo en la Hostia consagrada más que un poco de pan. Pero ¿qué importa? Tenemos la palabra del Hijo de Dios, la palabra de Cristo, que ha declarado: “Este es mi cuerpo... Esta es mi sangre”; y fiados en esta palabra creemos firmemente: “credo quiqui dixit Dei Filius, nil hoc verbo Veritatis verius”: creo cuanto ha dicho el Hijo de Dios; nada hay más verdadero que esta palabra de la Verdad (Adoro te devote). Nosotros creemos ciertamente en la Eucaristía, no abrigamos duda alguna que oponer, pero, por desgracia, con mucha frecuencia hemos de reconocer que nuestra fe es lánguida, débil, flaca. Aun viviendo cerca de los sagrados altares y habitando tal vez bajo el mismo techo que Jesús Sacramentado, no es difícil permanecer un tanto indiferentes, un tanto fríos frente a esta gran realidad. Por desgracia, nuestra naturaleza, tan grosera, acaba de vez en cuando por habituarse a una de las cosas más bellas y sublimes, de manera que estas -sobre todo cuando se encuentran al alcance de la mano- ya no nos impresionan, ya no nos conmueven; así acaece que, a pesar de creer en la presencia inefable de Jesús en el Santísimo Sacramento, no advertimos la grandeza de esta realidad, no tenemos el sentimiento vivo y concreto que de ella tenían los santos. Repitamos, pues, también nosotros con gran humildad y confianza, la hermosa oración de los Apóstoles: “Domine, adauge nobis fidem”: ¡Señor, auméntanos la fe! (Lc. 17,5)

“Te alabo y te doy gracias, ¡oh fe bendita! Tú me enseñas y me aseguras que en el Santo Sacramento del altar, en aquel Pan celestial, no hay pan, sino que está todo entero mi Señor Jesucristo, y que está allí por mi amor.

¡Oh Jesús! Igual que un día, lleno de bondad y de amor, estabas sentado junto a una fuente esperando a la samaritana para convertirla y salvarla, así ahora, escondido en la Hostia consagrada, estás sobre nuestros altares, esperando e invitando dulcemente a las almas para conquistarlas a tu amor. Y parece que desde el Tabernáculo nos hablas y nos dices a todos: ¡Oh hombres!, ¿por qué no venís y os acercáis a mí, qué tanto os amo? No he venido aquí a juzgar. Me he escondido en este Sacramento de amor sólo para conceder beneficios y consolar a quien a mí recurre. Te comprendo, ¡Oh Señor! El amor te ha hecho nuestro cautivo, el amor apasionado que nos tienes te ha atado de tal manera que ni de día ni de noche te deja nunca separarte de nosotros” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Permanecer en paz delante de Dios (I)


¡Señor, que tu presencia sea luz y fuerza para mi alma, sostén y apoyo a mi oración! Sería absurdo obligar al alma a continuar con la meditación, si Dios la introduce, mediante la sequedad, en una oración más sencilla y profunda; tanto más que no lograría hacer aquélla. Por el contrario, se la debe alentar a abandonarla sin escrúpulo para ejercitarse en permanecer en paz delante de Dios, ocupada en Él con una mirada sencilla de fe y amor. Estese allí haciéndole compañía, satisfecha de estar con Él, aún sin sentir su presencia. Y verá cómo, poco a poco, se irá acostumbrando a esta nueva manera de oración, que la pondrá en contacto con Dios de un modo sustancialmente más perfecto que la anterior.

No se intranquilice pensando que ya no sabe amar. Cierto que no sabe amar sensiblemente como cuando se conmovía pensando en el amor que Dios le tenía; pero recuerde que el amor de caridad sobrenatural no es amor sensible, sino amor de voluntad que no es necesario sentir. Consiste sólo en una íntima decisión de la voluntad por la que el alma da a Dios la preferencia sobre todas las criaturas y quiere consagrarse por entero a su servicio. Este es el amor que lleva al “sentimiento de Dios”. Es más, San Juan de la Cruz enseña que en este período de la contemplación oscura e inicial que se actúa a través de las penas de la sequedad purificadora, comienza a nacer en el alma lo que él llama “amor infuso pasivo”, o sea, el amor por el que va a Dios el alma, no sólo con la decisión de su voluntad, sino atraída también secretamente por Él. Así se explica que, sin ser sentido, sea más fuerte que antes y le impulse a entregarse a Dios con siempre creciente decisión: es Dios mismo quien le infunde amor, atrayéndola ocultamente a sí. Cuando el alma, sufriendo en la oración por su impotencia y sequedad, teme no amar, examínese sobre este punto y vea si está resuelta a entregarse totalmente a Dios, a pesar de las dificultades que experimenta. Para concretizar esta decisión, aplíquela a las diversas circunstancias de su vida, de modo especial a las que más le cuestan; precisamente porque le falta ya el sentimiento del amor, esfuércese en dar a Dios pruebas concretas del mismo con obras, con virtudes practicadas para agradarle.

Aunque yo sea tierra seca y desolada, aunque en mi corazón no exista una chispa de devoción, quiero permanecer en tu presencia, aquí cerca de Ti, para decirte que, a pesar de todo, no deseo ni quiero otra cosa que a Ti solo.

“¡Oh Señor! Cuando no siento nada, cuando soy incapaz de orar, de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, 'nadas' que os gusten. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de no decir nada o demostrar un semblante enojado... Cuando no tengo ocasiones, quiero, al menos, decir frecuentemente que os amo. No es difícil, y esto alimenta el fuego; aun cuando me pareciese apagado ese fuego de amor, quisiera echar en él alguna cosa y vos sabríais entonces encenderlo de nuevo” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (I)

San Francisco Marto

Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Con estas palabras, Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si el Padre no lo atrae, por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11, 26). Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, “una mujer vestida del sol” (Ap 12, 1) vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”. Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo”. Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo.

Lo que más impresionaba y absorbía a Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además sólo a él Dios se dio a conocer “muy triste”, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: “Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra él”. Vive movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo de pensar de los niños- de “consolar y dar alegría a Jesús”. En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños. Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo de 2000

Mostrar más publicaciones ...

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25