No es lícito establecer diferencia entre las verdades de la fe


Donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. Los llamados “pancristianos”, han llegado a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe.

Ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado -y que haya hablado lo comprueba la historia-, es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia.

Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Por tanto, la Iglesia de Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir -y de ello estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no habían de prevalecer contra ella (Mt 16, 18).

Aun cuando podrá encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarán pocos a quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando enseña o manda y gobierna.

Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe?

Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás?

En lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquella diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pero la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad.

Ojalá Nuestro Divino Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad, oiga Nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar a la unidad de la Iglesia a cuantos están separados de ella. Con este fin, sin duda importantísimo, invocamos y queremos que se invoque la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Divina Gracia, develadora de todas las herejías y Auxilio de los cristianos, para que cuanto antes nos alcance la gracia de ver alborear el deseadísimo día en que todos los hombres oigan la voz de su divino Hijo, y conserven la unidad del Espíritu Santo con el vínculo de la paz. Bien comprendéis, cuánto deseamos este retorno, y cuánto anhelamos que así lo sepan todos Nuestros hijos, no solamente los católicos, sino también los disidentes de Nos; los cuales, si imploran humildemente las luces del cielo, reconocerán, sin duda, a la verdadera Iglesia de Cristo, y entrarán, por fin, en su seno, unidos con Nos en perfecta caridad.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Mortalium Animos

Santa Teresa de Jesús - relato de su conversión


El año 1554 con 29 años de edad comenzó su conversión definitiva y entrega total a Dios. A partir de aquí avanza con pasos de gigante en la senda de la santidad.

Ella relata: Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas. Y no sabía lo que decía (que harto hacía quien por sí me las consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento) y encomendábame a aquesta gloriosa santa para que me alcanzase perdón.

Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.

En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto. Yo soy muy aficionada a san Agustín, porque el monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome que en ellos había de hallar ayuda y que, como los había el Señor perdonado, podía hacerlo a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié; de mí muchas veces...

En cuanto comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí. Comencé a encomendarme mucho a este glorioso santo. Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí misma con gran aflicción y fatiga... Yo me admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. ¡Sea Dios alabado, que me dio vida para salir de muerte tan mortal!

Fuente: Cf. Santa Teresa de Jesús, Vida, 9, 1-3; 9, 7-8. Citado por P. Ángel Peña O.A.R, Santa Teresa de Jesús: Vida y Obras, Ed. digital, pp. 26 y 27

Orar en nombre de Jesucristo


Para alcanzar el efecto de la oración es preciso orar en nombre de Jesucristo, pues no haciéndolo así es lo mismo que no orar, según se deduce de las palabras que dirigió a sus apóstoles: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis.

¿Nada habían pedido los apóstoles a Jesucristo hasta el momento de la cena en que les dirigió esas palabras? Sí, habían pedido ya varias cosas, según consta del mismo evangelio. San Pedro le había pedido permanecer con él en el Tabor; san Juan y Santiago sentarse al lado de su trono en su reino, y sin embargo dice a todos en general, que nada le habían pedido en su nombre. ¿Cómo se explica esto? Se explica diciendo que lo que pedían esos apóstoles era únicamente lo relativo al orden temporal, y como lo que no tiene relación alguna con la vida sobrenatural y eterna, es nada a los ojos del Salvador, por eso les dijo que nada le habían pedido en su nombre.

Orar en nombre de Jesucristo tomado en sentido literal y estricto es pedir por su intercesión y en virtud de sus méritos, pero además de ese sentido los santos Padres deducen otro menos estricto y más extenso. Rogar en nombre de Jesucristo, dicen es orar como Jesucristo quiere que se ore, del modo que ha mandado, y según las reglas que Él mismo trazara. En efecto: ¿cómo se puede decir que una oración se hace en nombre de Jesucristo, si esa oración no es conforme a lo que quiere Jesucristo? ¿Puede uno imaginarse que presente a su Padre y apoye oraciones viciosas en sí mismas o en el modo? Es claro que no. Es abogado y protector de los pecadores, pero no de los pecados. Lejos de apoyar, rechaza las oraciones con las cuales no pedimos lo que se debe pedir o como se debe pedir.

¿Qué debemos pedir para que sea en nombre de Jesucristo? Hay dos clases de bienes que pueden ser objetos legítimos de nuestras súplicas: bienes temporales y espirituales. No está prohibido pedir a Dios bienes temporales. Jesucristo mismo en la oración del Padre nuestro nos enseñó a pedir el pan de cada día. La Iglesia pide muchos bienes temporales: pide que nos libre el Señor del rayo y la tempestad, de los terremotos, de la peste, del hambre y de la guerra. Pidamos con ella esos bienes, pero como ella los pide, y guardando el mismo orden que ella guarda. Según el precepto del divino fundador comienza por pedir el reino de Dios y su justicia, y como cosas secundarias, los bienes temporales y sólo en cuanto sean conducentes a la salvación eterna. Así sólo se pide en nombre de Jesucristo y es eficaz la oración.

Jesucristo, que es el que nos promete ser escuchados, es salvador. De aquí se deduce, dice nuestro Padre san Agustín, que cuando no se pide lo que es útil a la salvación, no se ora en nombre del Salvador. No nos sorprendamos, pues, si la mayor parte de nuestras oraciones no son oídas, puesto que ordinariamente no pedimos sino cosas bajas y terrenas.

Fuente: De los sermones de san Ezequiel Moreno, obispo

Santa Teresita, el secreto de su santidad


¿Cuál fue el secreto de su santidad? Óyeselo a ella misma: Todo mi empeño y toda mi alegría está en ser pequeña, y en hacerme como un niño para poder ser admitida en el reino de los cielos... La perfección me parece cosa fácil. Basta con que uno reconozca su propia nada, y se arroje como un niño en los brazos del buen Dios... En este estado de infancia espiritual, Dios lo es todo, el hombre no es nada. En este "niño" obra Dios todo lo que quiere, como lo quiere y hasta donde quiere. No encuentra en el alma la menor resistencia, ningún obstáculo... Mi verdadero progreso está en hacerme como niño ante Dios... Más alegra a Dios lo que Él realiza en un alma que se contenta humildemente en su pobreza que la creación de millones de soles... El espíritu de la infancia espiritual mata mejor el orgullo que el mismo espíritu de mortificación... Su mérito es grande, porque nada cuesta tanto al hombre como el hacerse sincero y verdaderamente pequeño...

Estas palabras en que la Santa nos dejó como un retrato de su alma, nos revelan claramente el secreto de su santidad. Hízose pequeña, como niño, ante Dios, y el Señor la encumbró y engrandeció.

He aquí el secreto de toda verdadera santidad. Lo que nos hace grandes a los ojos de Dios no son nuestros vastos planes, nuestras empresas, ni aun siquiera nuestras grandes mortificaciones y obras de penitencia, o nuestros numerosos ejercicios de piedad. Todo esto puede ser envenenado por nuestro orgullo, por nuestra vanidad. Todo esto puede proceder y procede muchas veces, por desgracia, de nuestro propio espíritu, de nuestro propio gusto. Lo que nos hace verdaderamente grandes delante de Dios, lo que nos abre las puertas del reino de los cielos, de las virtudes, de la gracia, de la perfección y de la unión con Dios, es el ser pequeños, humildes como niños. No en vano comenzó Dios la gran obra de la redención por hacerse niño. Más tarde nos diría en su Evangelio: El que se hiciere pequeño como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos... Así piensa Cristo, así piensa Dios, así piensa la Santa Iglesia, así piensan y viven los santos. Fijos, pues, los ojos en este modelo de santidad que hoy te propone la Iglesia, resuélvete a emprender el camino de la verdadera infancia espiritual.

Posee el espíritu de la infancia espiritual todo aquel que, convencido de su propia impotencia y debilidad, se deja guiar en todo y totalmente por la luz y conducta de la gracia divina, y de aquellos que Dios ha puesto como representantes suyos. Este tal quiere ser pequeño, renuncia a confiar en sí mismo, a apegarse a sí propio. Cree con sencillez lo que se le dice; ejecuta lo que se le ordena, sin preguntar ¿por qué yo, o por qué así? Obedece lo que se le indica.

Lleno de espíritu de fe se eleva por encima de todo razonamiento, y no se inquieta por el camino que ha de seguir, ni por el término a que se le conduce. No juzga por sí mismo de nadie. Se arroja ciegamente en las manos de la Providencia, del gobierno de Dios. Marcha resuelto por el camino que debe seguir, sin pararse a contemplar si es escarpado, pedregoso o fácil. No se fija en si podrá avanzar, ni en cómo lo podrá hacer. Olvidado de sí mismo, descansa tranquilo en los brazos, en el corazón del Padre, como un niño recién nacido sobre el corazón y los brazos de su madre.

No busca las ocasiones de practicar delante de los hombres grandes y maravillosas virtudes. Prefiere siempre lo más pequeño, lo más oscuro. Sigue con heroica fidelidad y con absoluto espíritu de sacrificio todos los impulsos de la gracia. Obedece todos los mandatos de los superiores, y cumple con fidelidad todas sus reglas. Aprovecha todas las ocasiones de padecer, de sufrir, de mortificarse, que Dios quiera ofrecerle. Ama el ser pobre. Ve en todo cuanto le sucede la santa voluntad de Dios, y se somete a ella total, fiel y alegremente. Por amor de Dios conserva siempre y en toda circunstancia una dulce tranquilidad y una serena alegría. Renuncia a todo egoísmo, y a toda preocupación de sí mismo. No mira más que a Dios, su beneplácito; y esto sin ninguna mira egoísta. Todo es sencillez...

En presencia de Dios, a solas con tu conciencia, pregúntate: ¿Se dan en mí estas notas características del verdadero espíritu de la infancia espiritual? ¿Qué me falta? ¿Qué debo hacer para lograrlo? ¡Dichoso el justo que se hace niño por la humildad! El Señor cuidará de él con particular predilección.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz.

Frases de San Pío de Pietrelcina (II)


Continuación del artículo sobre frases de San Pío de Pietrelcina...

9. ¿Hace algún tiempo que no amas al Señor? ¿No lo amas ahora? ¿No anhelas amarlo para siempre? Por lo tanto, ¡no temas! Aun admitiendo que has cometido todos los pecados de este mundo, Jesús te repite: “¡Muchos pecados te son perdonados porque has amado mucho!”.

10. No te preocupes por las cosas que generan preocupación, desorden y ansiedad. Una sola cosa es necesaria: Elevar tu espíritu y amar a Dios.

11. Donde no hay obediencia, no hay virtud; no hay bondad ni amor. Y donde no hay amor, no hay Dios. Sin Dios, no podemos alcanzar el Cielo. Estas virtudes forman una escalera; si falta un paso, nos caemos.

12. Los mejores medios para protegerte de la tentación son los siguientes: cuida tus sentidos para salvarlos de la tentación peligrosa, evita la vanidad, no dejes que tu corazón se exalte, convéncete del mal de la complacencia, huye del odio, reza cuando sea posible. Si el alma supiera el mérito que uno adquiere en las tentaciones sufridas en la paciencia y conquistado, estaría tentado a decir: Señor, envíame tentaciones.

13. Es necesario proteger todos tus sentidos, especialmente tus ojos: son los medios por los cuales toda la fascinación y el encanto de la belleza y la voluptuosidad entran en el corazón. Cuando la moda, como en nuestro tiempo, es hacia la provocación y expone lo que antes era incorrecto pensar, se debe tener precaución y autocontrol. Siempre que sea necesario, debes mirar sin ver y ver sin pensarlo.

14. Debes recordar que tienes en el Cielo no sólo un Padre sino también una Madre. Entonces recurramos a María. Ella es toda dulzura, misericordia, bondad y amor para nosotros porque es nuestra Madre.

15. El amor y el miedo deben ir unidos, el miedo sin amor se convierte en cobardía. El amor sin miedo se convierte en presunción. Cuando hay amor sin miedo, el amor corre sin prudencia y sin restricción, sin preocuparse por dónde va.

Fuente: Cf. www.aciprensa.com, publicación del 23 de septiembre de 2019.

Frases de San Pío de Pietrelcina (I)


El Padre Pío será recordado durante mucho tiempo por sus innumerables enseñanzas espirituales y que se plasmaron en decenas de frases emblemáticas a lo largo de su vida. Aquí se puede leer 15 de ellas (en dos artículos de este blog) gracias a la selección del National Catholic Register.

1. La sociedad de hoy no reza, por eso se está desmoronando.

2. La oración es la mejor arma que poseemos, la llave que abre el corazón de Dios.

3. Ora, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Nuestro Señor misericordioso escuchará tu oración.

4. Sería más fácil para el mundo existir sin el sol que sin la Santa Misa.

5. Mil años de disfrutar de la gloria humana no valen ni una hora en dulce comunión con Jesús en el Santísimo Sacramento.

6. En la vida espiritual, el que no avanza retrocede. Sucede como con un barco que siempre debe seguir adelante. Si se detiene, el viento lo devolverá.

7. Debes hablar a Jesús también con el corazón, además de los labios; de hecho, en ciertos casos debes hablar con Él solo con el corazón.

8. Siempre debemos tener coraje, y si nos llega alguna languidez espiritual, corramos a los pies de Jesús en el Santísimo Sacramento y ubiquémonos en medio de los perfumes celestiales, y sin duda recuperaremos nuestra fuerza.

Fuente: Cf. www.aciprensa.com, publicación del 23 de septiembre de 2019.

El Gran Medio de la Oración (X)


III. DE LA NECESIDAD DE ACUDIR A LOS SANTOS COMO NUESTROS INTERCESORES

Aquí aparece el lugar conveniente para tratar de la duda si es necesario también recurrir a la intercesión de los Santos para alcanzar las gracias divinas.

Que sea cosa buena y útil invocar a los Santos para que nos sirvan de intercesores y nos alcancen por los méritos de Jesucristo lo que por los nuestros no podemos obtener, es doctrina que no podemos negar, pues así lo declaró la Santa Iglesia en el Concilio de Trento. Lo negaba el impío Calvino, pero era desatino e impiedad, porque, en efecto, nadie osará negar que sea bueno y útil acudir a las almas santas que en el mundo viven para que vengan en nuestra ayuda con sus plegarias. Así lo hacía el apóstol San Pablo, el cual escribiendo a los de Tesalónica, les decía: Hermanos, rogad por nosotros. Pero ¿qué digo? Hasta el mismo Dios mandaba a los amigos del Santo Job que se encomendasen a sus oraciones para que por sus méritos Él les pudiese favorecer. Pues si es lícito encomendarse a las oraciones de los vivos, ¿no lo será invocar a los Santos que están en el cielo y más cerca de Dios?

Y no se diga que esto es quitar el honor debido a Dios, pues es más bien duplicarlo, pues a reyes y potentados no se les honra solamente en su misma persona, sino también en la de sus reales servidores. Y apoyado en esto sostiene Santo Tomás que es cosa muy excelente acudir a muchos santos, porque se obtiene por las oraciones de muchos lo que por las de uno solo no se logra alcanzar. Y si alguno por ventura objetase de qué puede servir el recurrir a los Santos, pues que ellos rezan por todos los que son justos y dignos de sus oraciones, responde el mismo Santo Doctor que si alguno no fuese digno, cuando los santos ruegan por él, se hace digno desde el momento en que recurre a su intercesión.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. III.

Eucaristía - Misterio de esperanza (II)


Alimentando en nosotros la vida de Cristo, la Eucaristía alimenta una vida que no tiene término; uniéndonos a Él, que es la Vida, nos redime de la muerte. En efecto, Jesús dijo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Jn. 6, 55). Notemos que dice: tiene la vida eterna, más bien que tendrá, porque la Eucaristía, acreciendo en nosotros la gracia -que es la semilla de la gloria- viene a sernos verdadera fuente de vida eterna. Y esto no sólo para el alma, sino también para el cuerpo: “La Hostia divina, le comunica el germen de la futura resurrección; el Cuerpo inmortal de Cristo, dice León XIII, infunden [en nuestro cuerpo] una semilla de inmortalidad que un día brotara y dará su fruto” (Encíclica Mirae caritatis). Considerado a esta luz, el Sacramento de la Eucaristía es verdaderamente el Sacramento de la esperanza: esperanza de la gloria celestial, de la visión beatífica, en que nuestra “comunión” con Cristo no tendrá fin. La “comunión” eterna empieza aquí abajo precisamente con la Comunión eucarística que es su preludio, su prenda y, en cierto modo, hasta su anticipación. Más también para la vida presente, en especial para cuanto se refiere a nuestro progreso espiritual, es la Eucaristía motivo de esperanza y confianza. En efecto, aumentando en nosotros la gracia, aumenta también la caridad, y, creciendo ésta, las pasiones quedan reprimidas: el aumento de la caridad -afirma San Agustín- es debilitación de las pasiones, y su perfección es supresión de las mismas. Si en ocasiones la lucha contra algún defecto o tentación se hace más violenta y difícil, si, a pesar de nuestros esfuerzos, no logramos vencer del todo la naturaleza, confiemos en la Eucaristía: Jesús viniendo a nosotros puede calmar toda tempestad y darnos la fuerza para ganar cualquier batalla. “La carne castísima de Jesús, enseña San Cirilo de Alejandría, reprime la insolencia de nuestra carne; efectivamente, Cristo, residiendo en nosotros, apacigua la ley de la carne que se ceba en nuestros miembros. La Eucaristía es, pues, nuestra esperanza para la vida presente y para la futura; nos sostiene en las adversidades, nos fortifican en la lucha por la virtud, nos guarda para la vida eterna y nos conduce a ella suministrándonos el viático necesario para el viaje”

“¡En ti, oh Jesús Sacramentado, manjar celestial, están encerrados todos los bienes! Y ¿qué otra cosa puede el alma desear cuando contiene en sí Aquél que contiene todas las cosas? Si deseo caridad, teniendo en mí al que es la caridad perfecta, vengo a tener la perfección de la caridad, y así por manera semejante de la fe, de la esperanza, de la pureza, de la paciencia, de la humildad y de la mansedumbre; porque Tú, ¡oh Cristo!, gracias a este Manjar, produces en el alma todas las virtudes. Y ¿qué otra cosa puedo querer y desear, si todas las virtudes, los dones y gracias que ansío están reunidas en Ti, ¡oh Señor!, que estás realmente bajo las especies sacramentales, como estás en realidad en el Cielo a la diestra del Padre? Teniendo, pues, y poseyendo un bien tan grande, nada más quiero, nada más deseo, nada más ansío” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vida de oración (II)


Como la oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho, así la vida de ininterrumpida plegaria consiste más en el amor que en el pensamiento. Sin embargo, es necesaria cierta actividad discursiva, sea para encaminar el corazón a Dios, ya para mantenerlo en esa dirección.

El alma que pone interés en hacer la oración mental, fácilmente atesorará en ella pensamientos buenos que le servirán durante el día para tener el corazón ocupado en Dios; por eso será útil que con frecuencia procure durante sus ocupaciones renovar tales ideas y hacerlas vida práctica.

Si, por ejemplo, hemos considerado en la oración la misericordia infinita de Dios, durante el día procuremos que esa idea nos acompañe en nuestras labores, descubriendo en las varias circunstancias que salgan al paso otros tantos rasgos de esa misericordia. Pues muchos acontecimientos que, desde un punto de vista humano, son desagradables y penosos, esconden en la realidad verdaderas misericordias del Señor que quiere despegarnos de las criaturas, hacernos ejercitar la virtud, adelantar en el bien, mediante los dolores, las fatigas y molestias de la vida. Por otra parte, procuremos imitar la misericordia divina en nuestro trato con el prójimo. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6, 36).

Si nuestra oración transcurrió envuelta en sequedad, sin inspirarnos pensamiento alguno determinado, sino solamente en convencimiento profundo de nuestra nada y de la infinita grandeza de Dios, sacaremos provecho de ella esforzándonos durante el día en cumplir nuestras obligaciones con espíritu de humildad y de obsequio al Señor, contentos de que se ofrezca alguna ocasión de humillarnos, de reconocer nuestra pequeñez delante de las criaturas y de exaltar, por el contrario, las grandezas del Señor.

De este modo la oración no será un acto aislado en el programa de cada día, sino que penetrará lo íntimo de cada obra, confiriendo a cada acción y circunstancia sentido de plegaria continua.

“¡Dios mío! Si tu amor me embriagara, no buscaría en todas las cosas sino el modo de servirte con mayor diligencia y perfección, y con generosidad de corazón me esforzaría en hacer sólo lo que más te agrada, negando en todo y por todo mi voluntad.

Concédeme, Señor, tan grande fervor, y un amor tan sin medida que no haga diferencia entre vida y vida, estado y estado, persona y persona, tiempo y tiempo, lugar y lugar, sino que de todos modos y en todo procure hacer lo que te agrada, suspirando siempre por Ti con el afecto de mi alma. Haz que vea todas las cosas en Ti y que en todas ellas no vea sino a Ti, ansioso y anhelante de servirte en todo; y encendido, abrazado de amor no considere nunca lo que para mí es más fácil o cómodo, si no lo que es más agradable a Ti.

Concédeme, Señor, imitar a los espíritus angélicos que no cesan de contemplarte, aun cuando están en nuestra compañía. Haz que sirva y trate a mis hermanos viéndote en ellos y ofrezca mi ayuda al prójimo presentándote a Ti mi corazón. Y si me olvido de este buen ejercicio, ayúdame a tornar a él, de modo que pueda servirte siempre con el corazón fijo en Ti” (San Buenaventura).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vida de oración (I)


¡Señor, que te busque no sólo en algunas horas o momentos del día, sino en todos los instantes de mi vida!

El alma que anhela una vida de intimidad con Dios no se contenta limitando su trato con Él al tiempo de la oración, sino que procura prolongarlo durante la jornada. Es ése un deseo más que legítimo, porque quien ama aspira a contactos cada vez más estables y continuos con la persona amada. Eso mismo le pasa al alma que ama a Dios; lo cual es más comprensible por el hecho de que Él está siempre con nosotros, presente y operante en nuestras almas. Es verdad que esa presencia es espiritual, invisible pero real y no solamente moral y afectiva, como la del amado en el espíritu y corazón del amante.

Si Dios mora siempre nosotros, ¿por qué no hemos de perseverar en continuo contacto con Él? Esta comunicación se entabla con el pensamiento y el afecto, pero mucho más con éste que con aquél. De hecho no es posible pensar siempre en Dios, ya porque se cansa la mente, ya porque muchas ocupaciones requieren toda la intensidad de la inteligencia, la cual no puede atender simultáneamente a dos objetos diversos. Por el contrario, el corazón, aun cuando el entendimiento esté ocupado en otra cosa, puede siempre amar, sin cansarse de suspirar por el objeto de su amor. Como el amor sobrenatural no consiste en el sentimiento, sino en una íntima orientación de la voluntad hacia Dios, bien se comprende que esa orientación es posible aún mientras desempeñamos deberes que absorben toda la inteligencia. Y hasta la voluntad misma podrá acrecer este su caminar hacia Dios con el deseo de cumplir cada deber por su amor, por agradarle, para darle gloria. A este propósito enseña Santo Tomás que el corazón puede tender siempre hacia Dios con el “deseo de la caridad”, o sea, con el deseo de amarle, de servirle y de unirse a Él en cada obra. “La oración -dice San Agustín- no es más que un deseo del corazón; si vuestro deseo es continuo, vuestra oración es continua. ¿Queréis no cesar nunca de orar? No ceséis nunca de desear”.

“Haced, Señor, que mi vida sea una oración incesante, cual conviene a una criatura racional. Esa oración nace del amor, es fuego y deseo fundado en la caridad que impulsa al alma a hacer todo por tu amor. Infúndeme, Señor, la caridad para que siempre te desee, y deseándote siempre, ore continuamente. Que mi alma ore siempre ante Ti en todo lugar, en todo tiempo, en todo lo que hago, por el afecto la caridad” (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Gran Medio de la Oración (VI)


LA ORACIÓN ES NECESARIA PARA VENCER LAS TENTACIONES Y GUARDAR LOS MANDAMIENTOS

Es además la oración el arma más necesaria para defendernos de los enemigos de nuestra alma. El que no se vale de ella, dice Santo Tomás, está perdido. El Santo Doctor no duda en afirmar que cayó Adán porque no acudió a Dios en el momento de la tentación. Lo mismo dice San Gelasio, hablando de los ángeles rebeldes: No aprovecharon la gracia de Dios, y porque no oraron, no pudieron conservarse en santidad. San Carlos Borromeo dice en una de sus cartas pastorales que de todos los medios que el Señor nos dio en el evangelio, el que ocupa el primer lugar es la oración. Y hasta quiso que la oración fuera el sello que distinguiera su Iglesia de las demás sectas, pues dijo de ella que su casa era casa de oración: Mi casa será llamada casa de oración. Con razón, pues, concluye San Carlos en la referida pastoral, que la oración es el principio, progreso y coronamiento de todas las virtudes.

Y es esto tan verdadero que en las oscuridades del espíritu, en las miserias y peligros en que tenemos que vivir, sólo hallamos un fundamento para nuestra esperanza, y es el levantar nuestros ojos a Dios y alcanzar de su misericordia por la oración nuestra salud eterna. Lo decía el rey Josafat: Puesto que ignoramos lo que debemos hacer, una sola cosa nos resta: volver los ojos a Ti. Así lo practicaba el santo Rey David, pues confesaba que para no ser presa de sus enemigos no tenía otro recurso sino el acudir continuamente al Señor suplicándole que le librara de sus acechanzas: Al Señor levanté mis ojos siempre, porque me soltará de los lazos que me tienden. Se pasaba la vida repitiendo así siempre; Mírame, Señor, y ten piedad de mí, que estoy solo y soy pobre. A ti clamé, Señor, sálvame para que guarde tus mandamientos... porque yo nada puedo y fuera de Vos nadie me podrá ayudar.

Eso es verdad, porque después del pecado de nuestro primer padre Adán que nos dejó tan débiles y sujetos a tantas enfermedades, ¿habrá uno solo que se atreva a pensar que podemos resistir los ataques de los enemigos de nuestra alma y guardar los divinos mandamientos, si no tuviéramos en nuestra mano la oración, con la cual pedimos al Señor la luz y la fuerza para observarlos? Blasfemó Lutero, cuando dijo que después del pecado de Adán nos es del todo imposible la observancia de la divina ley. Jansenio se atrevió a sostener también que en el estado actual de nuestra naturaleza ni los justos pueden guardar algunos mandamientos. Si esto sólo hubiera dicho, pudiéramos dar sentido católico a su afirmación, pero justamente le condenó la Iglesia, porque siguió diciendo que ni tenían la gracia divina para hacer posible su observancia.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. II.

Paciencia de San José de Calasanz


Cuando la criatura aprovecha las gracias que el Señor le dispensa, se hacen patentes los admirables efectos del favor divino, que el Señor se complace en conceder al alma que le pide con buenas disposiciones. Los Santos cuyas virtudes admiramos fueron hombres como nosotros, sujetos a las mismas debilidades, combatidos por las mismas pasiones, quizás con más violencia que nosotros o por enemigos más tenaces o por temperamento más fuerte; y no obstante todo esto, alcanzaron la victoria y con ella la santidad.

La paciencia de San José de Calasanz fue tan heroica que mereció ser llamado el Job de la Ley de gracia. Calumnias atroces, persecuciones injustas, oprobios sin número acumularán sobre este glorioso santo sus enemigos, inspirados por el infierno, que llegaron a creer eterno su triunfo. Pero él no se altera; firme en su confianza en Dios, levanta al cielo sus ojos exclamando con el santo Job: “Bendito sea, Señor, vuestro santo nombre”. Correspondió a la gracia y a la voluntad divina, y por eso triunfó de las pasiones.

Por querer seguir mi propia voluntad y mis apetitos, soy desgraciada víctima de ellos, olvidando que el mismo Jesucristo no vino hacer su voluntad, sino la de su Eterno Padre, y que mis pecados me hacen merecedor de penas infinitamente más grande que los sufrimientos que recibo por tan culpable impaciencia.

Era tal la vehemencia con que el amor purísimo a Dios abrazaba el pecho de este santo, que no pudiendo permanecer oculta esta interior hoguera, brotaba al exterior en prodigiosos resplandores con que apareció iluminado su rostro cuando salía de la oración o hablaba de las obras y misericordias del Omnipotente. De este ardiente amor nacía el celo infatigable con que emprendía todas las obras más difíciles que redundaban en la gloria del Señor, y la santa indignación que mostraba contra todo lo que fuera ofensa de la Soberana bondad. A su paciencia para sufrir y trabajar, igualó su celo por la gloria de Dios y su odio por el pecado, que se manifestó desde niño. No exhala una queja contra sus enemigos, no desfallece su actividad ante los sufrimientos que le proporcionan sus empresas, y su voz vibra indignada contra todo lo que es pecado, y el empeño especial de su vigilancia -que duró toda su vida- se dirigió a hacer todos los esfuerzos posibles para conservar la pureza en el corazón de los niños.

¿En qué se parece mi espíritu al que animaba a San José de Calasanz? Digo que amo a Dios y, no obstante, lo ofendo con demasiada frecuencia; repito que amo a Dios, y hasta en las pocas obras buenas que hago domina la tibieza; proclamo de nuevo mi amor a Dios y no reparo en escandalizar a mis próximos con mis culpas. ¡Singular amor el mío, que no se lastima con los pecados propios ni con las miserias ajenas! ¿No parece también un egoísmo refinado el amor que sólo tiende a favorecer a los prójimos que me inspiran simpatía, y rehúsa todo socorro y el menor sacrificio, a los que no me parecen amables?

Pacientísimo San José de Calasanz, alcanzadme que yo sufra con resignación, a ejemplo vuestro, las contrariedades de la vida. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea bendito su santo Nombre” (Job. 1,21)

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Oración es un deseo inflamado de amor a Dios


Dijo nuestro Redentor que convenía a sus siervos orar siempre. Tal ha de ser la vida del amigo de Dios, que toda ella sea oración: sus pensamientos y palabras y obras. Siempre ora, dice San Agustín, el que siempre obra bien.

En todo ora el que en todo desea agradar a Jesucristo y cumplir su santa voluntad.

Mas porque de la oración actual digamos algo, sabed, hermanos, que el orar es propio acto de religión, y donde se ejercitan todas las virtudes teologales. La esperanza se halla en la oración, pues con esperanza de ser oídos oramos. La fe también acompaña a la oración, pues hablamos con nuestro Dios, a quien no vemos sino con la vista de la fe. La caridad, finalmente, en la oración se ejercita y crece, pues vamos movidos con amor a tratar y conversar con nuestro Creador. Luego decimos ser propia obra de la reverencia y religión que a Dios debemos, y donde todas las virtudes se fortalecen y ejercitan. De ahí es que tanto en la Escritura se encomienda que oremos y pidamos mercedes a Dios, porque el pedir es orar, y siempre pidiendo, siempre oramos y hablamos con nuestro Creador.

Si bien consideramos qué cosa es oración, entendemos que nuestra ánima es casa de oración, pues en todo tiempo podemos orar. Oración es un deseo inflamado de amor a Dios, por el cual nuestro corazón vuela hasta el cielo. Es una dulzura de la gloria que esperamos; y maná, que dice san Juan, cuya dulzura nadie sabe, sino el que la recibe. La oración es un destierro de nosotros mismos y de nuestro amor, y una unión con Dios, en que nuestra alma descansa. Es una pascua y holganza en el Creador; un regalo y gusto de Dios. La oración es una cadena, hecha de gemidos y lágrimas de amor de Dios, con la cual se deja atar el invencible Sansón, nuestro Dios y Señor; y hace de su voluntad lo que le pedimos. Es la que entra al retraimiento con Dios, sin llamar ni rogar al portero que le deje entrar.

Finalmente, oración es tan atrevida y osada que osa despertar al Rey soberano, según leemos de los apóstoles, que despertaron a Cristo cuando dormía en la navecilla. Pues como la oración sea un acto afectivo que sale de lo íntimo del ánima, siempre lo podemos llevar con nosotros por el camino, y por la calle, y en todo lugar. Así lo hacía el rey David cuando dijo: Presentaba delante de mí a mi Señor Dios siempre, porque a mi mano derecha está, teniéndome para que no me mueva.

No tendría fin la materia de que tratamos. Baste que somos templos de Dios, y que nuestra alma es casa de oración, creada para loar y alabar, y para considerar las grandezas de Dios. Y para que, considerando su poder y bondad, le amemos y, amándole, podamos gozarle para siempre en la gloria.

Fuente: De los escritos de San Alonso de Orozco, presbítero

La Asunción de María Santísima


La Asunción de María Santísima nos señala el itinerario de nuestra ascensión espiritual: desapego de lo terreno, elevación hacia Dios, unión con Dios.

La Virgen ha sido asunta a los cielos en cuerpo y alma porque es la Inmaculada: tan pura, no solamente de toda sombra de culpa, sino también del menor apego a las cosas de la tierra, que “nunca tuvo en su alma impresa forma alguna de criatura, ni por ella se movió” (San Juan de la Cruz). La primera condición para llegar a Dios es precisamente la pureza total. La Virgen, que vivió nuestra vida terrena en desapego absoluto de todo ser creado, nos enseña a no dejarnos encadenar por el encanto de las criaturas, sino a vivir en medio de ellas, a ocuparnos de ellas con mucha caridad, sí, pero sin permitir que nuestro corazón se apegue a ellas, sin buscar jamás en ellas nuestra satisfacción.

La Virgen asunta nos habla de vuelo hacia el cielo, hacia Dios. No basta purificar el corazón de todo pecado y de todo apego; es preciso al mismo tiempo lanzarlo hacia Dios, tendiendo a Él con todas nuestras fuerzas. “Señor -nos hace orar la Iglesia en la Misa del día- que mediante la intercesión de la Beatísima Virgen María, asunta al cielo, nuestros corazones, inflamados del fuego de vuestro amor, aspiren a Vos sin cesar” (Secreta). Nuestra vida terrena tiene valor de vida eterna en cuanto es vuelo hacia Dios, continua búsqueda del Señor, perenne adhesión a su gracia; cuando este vuelo desfallece, desfallece también el valor ultraterreno de nuestra existencia.

María ha sido asunta al cielo porque es la Madre de Dios, y éste su máximo privilegio, raíz y motivo de todos los demás, nos habla especialmente de unión íntima con Dios, como nos habla también de lo mismo el hecho de la Asunción a la unión beatificante de la gloria. La Asunción nos confirma, pues, en esta fundamental y dulce verdad: estamos por creación destinados a la unión con Dios. La Virgen misma nos tiende su mano maternal para guiarnos al conseguimiento de ideal tan alto. Con la mirada fija en Ella, el avanzar es más fácil. Ella será nuestra guía, fuerza y consuelo en cualquier lucha y dificultad.

“¡Oh María! Nosotros confiamos que tus ojos misericordiosos se inclinen sobre nuestra miseria y sobre nuestras angustias, sobre nuestras luchas y sobre nuestras debilidades, que tus labios sonrían compartiendo nuestros gozos y nuestras victorias; que escuches a Jesús decirte de cada uno de nosotros, como en otro tiempo del discípulo amado: He ahí a tu hijo. Y nosotros, que te invocamos como Madre nuestra, te tomamos como Juan por guía, fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.

Desde esta tierra, donde peregrinamos confortados por la fe en la futura resurrección, miramos hacia ti, nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra esperanza. Atráenos con la dulzura de tu voz, para mostrarnos un día, después de este destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre, ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!” (S.S. Pío XII)

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (II)


Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no sólo fue un maestro cuyas enseñanzas seguir, sino también un amigo fraterno. La amistad entre estos dos santos constituye un aspecto muy hermoso e importante. De hecho, cuando dos almas puras y enardecidas por el mismo amor a Dios se encuentran, la amistad recíproca supone un estímulo fuertísimo para recorrer el camino de la perfección. La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura. Al igual que san Francisco y santa Clara, también otros santos han vivido una profunda amistad en el camino hacia la perfección cristiana, como san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal. Precisamente san Francisco de Sales escribe: “Es hermoso poder amar en la tierra como se ama en el cielo, y aprender a quererse en este mundo como haremos eternamente en el otro. No hablo aquí del simple amor de caridad, porque ese deberíamos sentirlo hacia todos los hombres; hablo de la amistad espiritual, en el ámbito de la cual dos, tres o más personas se intercambian la devoción, los afectos espirituales y llegan a ser realmente un solo espíritu” (Introducción a la vida devota III, 19).

Después de pasar algunos meses en otras comunidades monásticas, resistiendo a las presiones de sus familiares, que inicialmente no aprobaron su elección, Clara se estableció con sus primeras compañeras en la iglesia de san Damián, donde los frailes menores habían arreglado un pequeño convento para ellas. En aquel monasterio vivió más de cuarenta años, hasta su muerte, acontecida en 1253. Nos ha llegado una descripción de primera mano de cómo vivían estas mujeres en aquellos años, en los inicios del movimiento franciscano. Se trata de la relación admirada de un obispo flamenco de visita a Italia, Jaime de Vitry, el cual afirma que encontró a un gran número de hombres y mujeres, de todas las clases sociales, que “dejándolo todo por Cristo, huían del mundo. Se llamaban Frailes Menores y Hermanas Menores, y el Papa y los cardenales los tienen en gran consideración... Las mujeres... viven juntas en varias casas, no lejos de las ciudades. No reciben nada, sino que viven del trabajo de sus propias manos. Y se sienten profundamente afligidas y turbadas, porque clérigos y laicos las honran más de lo que quisieran”.

Jaime de Vitry captó con perspicacia un rasgo característico de la espiritualidad franciscana al que Clara fue muy sensible: la radicalidad de la pobreza, unida a la confianza total en la Providencia divina. Por este motivo, ella actuó con gran determinación, obteniendo del Papa Gregorio IX o, probablemente, ya del Papa Inocencio III, el llamado Privilegium paupertatis. De acuerdo con este privilegio, Clara y sus compañeras de san Damián no podían poseer ninguna propiedad material. Se trataba de una excepción verdaderamente extraordinaria respecto al derecho canónico vigente y las autoridades eclesiásticas de aquel tiempo, lo concedieron apreciando los frutos de santidad evangélica que reconocían en el modo de vivir de Clara y de sus hermanas. Esto demuestra que en los siglos de la Edad Media el papel de las mujeres no era secundario, sino considerable. Al respecto, conviene recordar que Clara fue la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una Regla escrita, sometida a la aprobación del Papa, para que el carisma de Francisco de Asís se conservara en todas las comunidades femeninas que ya se iban fundando en gran número en su tiempo y que deseaban inspirarse en el ejemplo de Francisco y de Clara.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

El Gran Medio de la Oración (V)


Los teólogos, con San Basilio, San Juan Crisóstomo, Clemente Alejandrino y otros muchos, entre los cuales se halla San Agustín, sostienen comúnmente que la oración es necesaria a los adultos y no tan sólo necesaria como necesidad de precepto, como dicen las escuelas, sino como necesidad de medio. Lo cual quiere decir que, según la providencia ordinaria de Dios, ningún cristiano puede salvarse sin encomendarse a Dios pidiéndole las gracias necesarias para su salvación. Y lo mismo sostiene Santo Tomás con estas graves palabras: Después del Bautismo le es necesaria al hombre continua oración, pues si es verdad que por el bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que queda la inclinación desordenada al pecado en las entrañas del alma y que por fuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas.

He aquí como el Angélico Doctor demuestra en pocas palabras la necesidad que tenemos de la oración. Nosotros, dice, para salvarnos tenemos que luchar y vencer, según aquello de San Pablo: El que combate en los juegos públicos no es coronado si no combatiere según las leyes. Sin la gracia de Dios no podemos resistir a muchos y poderosos enemigos... Y como esta gracia sólo se da a los que rezan, por tanto, sin oración no hay victoria, no hay salvación.

Que la oración sea el único medio ordinario para alcanzar los dones divinos lo afirma claramente el mismo Santo Doctor en otro lugar, donde dice que el Señor ha ordenado que las gracias que desde toda la eternidad ha determinado concedernos, nos las ha de dar sólo por medio de la oración. Y confirma lo mismo San Gregorio con estas palabras: Rezando alcanzan los hombres las gracias que Dios determinó concederles antes de todos los siglos. Y Santo Tomás sale al paso de una objeción con esta sentencia: No es necesario rezar para que Dios conozca nuestras necesidades, sino más bien para que nosotros lleguemos a convencernos de la necesidad que tenemos de acudir a Dios para alcanzar los medios convenientes para nuestra salvación, y por este camino reconocerle a Él como autor único de todos nuestros bienes. Digámoslo con las mismas palabras del Santo Doctor: Por medio de la oración acabamos de comprender que tenemos que acudir al socorro divino y confesar paladinamente que Él sólo es el dador de todos nuestros bienes.

A la manera que quiso el Señor que sembrando trigo tuviéramos pan, y plantando vides tuviéramos vino, así quiso también que sólo por medio de la oración tuviéramos las gracias necesarias para la vida eterna. Son sus divinas palabras Pedid... y se os dará... Buscad y hallaréis.

Confesemos que somos mendigos y que todos los dones de Dios son pura limosna de su misericordia. Así lo confesaba David: Yo soy mendigo y pobrecito. Lo mismo repite San Agustín: Quiere el Señor concedernos sus gracias, pero sólo las da a aquel que se las pide. Y vuelve a insistir el Señor: Pedid y se os dará... Y concluye Santa Teresa: Luego, el que no pide no recibe... Lo mismo demuestra San Juan Crisóstomo con esta comparación: A la manera que la lluvia es necesaria a las plantas para desarrollarse y no morir, así nos es necesaria la oración para lograr la vida eterna. Y en otro lugar trae otra comparación el mismo Santo: Así como el cuerpo no puede vivir sin alma, de la misma manera el alma sin oración está muerta y corrompida. Dice que está corrompida y que despide hedor de tumba, porque aquel que deja de rezar, bien pronto queda corrompido por multitud de pecados. Llámase también a la oración alimento del alma, porque si es verdad que sin alimento no puede sostenerse la vida del cuerpo, no lo es menos que sin oración no puede el alma conservar la vida de la gracia. Así escribe San Agustín.

Todas estas comparaciones de los santos vienen a demostrar la misma verdad: la necesidad absoluta que tenemos de la oración para alcanzar la salvación eterna.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. I, I.

Amor de San Alfonso a María Santísima


No puede amarse a Jesucristo sin amar con ternura a María, su Madre y Madre nuestra, desde que nos adoptó por hijos al pie de la Cruz. Por eso, San Alfonso, que con su ardiente palabra y con sus escritos excitó los corazones a amar a Jesús y a traerle adoradores en el sagrado tabernáculo, desplegó todo el entusiasmo de su cariño filial hacia la Madre de Dios para revelar los títulos que Ella tiene a nuestra veneración y a nuestro afecto. Jamás dejó de hablar de María en sus predicaciones, en sus libros de piedad. Después de llevar al alma a los pies de Jesús, la conduce a los de María; en sus numerosos libros tiene las preses más sentidas con que deseó que se invocara a la Reina del cielo; dedica un libro entero exclusivamente a narrar las glorias de la dulce Madre, libro cuyas páginas de oro serán leídas con enternecimiento por cuantos sientan en su pecho una chispa de amor a María.

Y ¡cuán bellas recompensas le otorgó María por ese amante celo! La vida de Alfonso se vio probada, especialmente sus postreros años, por rudas contrariedades. Fue traicionado por los suyos y calumniado ante la Santa Sede; a estas penalidades Dios quiso agregar otras interiores con que fuese acrisolada su virtud. Y, en las horas de su dolor, su consuelo más eficaz fue el arrojarse ante una imagen de su Madre querida y derramar allí su llanto. Todo hace creer que en su lecho de muerte fue visitado por María, que vino a enjugar su última lágrima, a hacerle sonreír de dicha con las luces del cielo que brillaban sobre él, y a conducir su alma ante el supremo Juez, que le aguardaba con la merecida corona.

Así paga Jesús a los que aman y hacen amar a María; así el Hijo divino se complace en hacer sentir cuán gloriosos son para Él y cuán ventajosos para nosotros los homenajes tributados a su Madre. Hagámonos nosotros acreedores a estos bienes, poniendo todo nuestro empeño en conocer a nuestra dulcísima Madre e imitar sus virtudes: su docilidad a la voluntad de Dios, su humildad profundísima, su fe inquebrantable, su celo por la santificación de las almas... No perdiendo ocasión de hablar de la Santísima Virgen y de excitar a otros a amarla; no pasando ante una imagen suya, especialmente la que nos la representa al pie de la Cruz, sin dirigirle una expresión de nuestro filial afecto; invocándola cuando nos sintamos inclinados a caer en alguna falta y, en fin, pidiéndole su amparo en cualquier situación difícil. Repitamos la frase que siempre tuvo San Alfonso en sus labios y en sus escritos: “¡Vivan Jesús, nuestro amor, y María, nuestra esperanza!”

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Santiago el mayor


Adoremos a Nuestro Señor, que llama al apostolado a Santiago el Mayor, pariente suyo y hermano de San Juan evangelista, hijo del Zebedeo y de Salomé, el privilegiado de Jesús en muchas ocasiones, especialmente en el Tabor, en donde fue testigo de su transfiguración. Agradezcamos a Nuestro Señor todo lo que ha hecho por este apóstol, y recojamos las enseñanzas que nos ofrecen lo bueno y lo imperfecto que hallamos en la vida de este su feliz discípulo.

Había en la nación judía la preocupación universalmente extendida de que el Mesías iba a fundar en la tierra un reino temporal. La madre de Santiago había conversado muchas veces acerca de esto con él y con San Juan, su hermano; y, siguiendo las inspiraciones del amor maternal, naturalmente ambicioso cuando se trata de hijos queridos, vino con ellos a encontrar a Jesucristo y le dijo: “Maestro, ordenad que mis dos hijos aquí presentes, se sienten en vuestro reino, el uno a vuestra derecha y el otro a vuestra izquierda”. El Salvador dio a los discípulos, de quienes era portavoz esta mujer, esta hermosa respuesta, tan digna de nuestras meditaciones: “No sabéis lo que pedís”. ¡Cuánta verdad encierran estas palabras! No, Dios mío, el que pide elevación no sabe lo que pide: 1° porque querer salir de su condición no es cosa razonable: semejante pretensión, si se generalizara, trastornaría toda la sociedad; 2° porque cada uno debe respetar el orden de la Providencia: se falta a Dios cuando se quiere salir de este orden, y no podemos contar con su asistencia, sino en cuanto nos mantenemos en la posición en que Él nos coloca; 3° porque es un error creer que estaremos mejor en donde no estamos: tal imaginación engendra malestar y descontento; 4° porque en las posiciones elevadas la responsabilidad es mayor, el amor propio más fuerte, el orgullo más ambicioso y los peligros más numerosos; 5° porque colocar su ambición en cosas de la tierra no es digno del que debe poner más alta su mira y elevarse hasta el cielo.

“Hijo mío -decía el rey Filipo a Alejandro- mi reino es estrecho para ti: lleva más lejos tu corazón”. Y nosotros, cristianos, debemos decidirnos: “La tierra es demasiado baja para nosotros; no apeguemos al polvo un corazón hecho para el cielo”. “¡Hijo mío! -dijo San Ignacio de Loyola San Francisco Javier- despreciad el mundo; sed ambicioso, enhorabuena; pero no tengáis una ambición tan baja que se contente con honores pasajeros, no aspiréis sino a los honores inmortales; amad la gloria, si queréis, pero no la gloria que pasa como el humo, sino la gloria sólida del reino de los cielos”. Sondeemos nuestro corazón: ¿son estos nuestros sentimientos? Tomemos enseguida la resolución: 1° de no escuchar el amor propio, que nos lleva a elevarnos y hacernos valer; y 2° de no tener más ambición en la tierra que la de sufrir, vivir y morir como Jesucristo y por Jesucristo. “¡Cuán embriagador y hermoso es el cáliz que Dios nos da a beber!” (S. 22, 5).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Santa María Magdalena

Desde que los primeros rayos de la gracia iluminaron su espíritu y la hicieron ver en Jesús a su Salvador y a su Dios, Magdalena corrió inmediatamente a su encuentro. Sabe que está en casa de Simón el fariseo. ¿Esperará a que salga y poderle hablar en secreto? No, no quiere vivir un solo momento más en pecado ni ser objeto de odio de su Dios. Sin demora y despreciando todo respeto humano, se levanta; el amor parece darle alas, y vuela a casa de Simón el fariseo, llevando consigo un vaso de alabastro lleno de exquisito perfume, destinados, en un principio, a satisfacer su sensualidad. Cae a los pies del Salvador, rompe el vaso y derrama el perfume junto con sus lágrimas sobre los pies sagrados de Jesús; los enjuga con sus cabellos y los besa con la ternura del más encendido amor, sacrificándolo así todo a la vez: respeto humano, vanidad de su cabellera y delicadeza de su sensualidad. Todavía está en la flor de la edad, en la época más feliz de la vida, según el mundo, en medio de todo lo que regocija, halaga y distrae, en que todo encanta y produce deliciosos placeres. Más, nada de esto la detiene; jura una separación eterna con el mundo para unirse con Jesús, con Jesús sólo, con Jesús de todo corazón, y por esto ningún sacrificio le es costoso.

¿Estamos prontos a dejarnos conducir así por la gracia, a hacer por Dios todos los sacrificios que nos pide, sin retroceder jamás ante ninguna consideración humana, ante la resistencia de la naturaleza, del amor propio, o del qué dirán? ¡Ah! ¡Cuántas dilaciones! ¡Cuántas resistencias! Humillémonos y convirtámonos en este santo día.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

El Gran Medio de la Oración (II)


Sin oración, según los planes ordinarios de la providencia, inútiles serán las meditaciones, nuestros propósitos y nuestras promesas. Si no rezamos seremos infieles a las gracias recibidas de Dios y a las promesas que hemos hecho en nuestro corazón. La razón de esto es que para hacer en esta vida el bien, para vencer las tentaciones, para ejercitarnos en la virtud, en una sola palabra, para observar totalmente los mandamientos de Dios, no bastan las gracias recibidas ni las consideraciones y propósitos que hemos hecho, se necesita sobre todo la ayuda actual de Dios y esta ayuda actual no la concede Dios Nuestro Señor sino al que reza y persevera en la oración. Lo probaremos más adelante. Las gracias recibidas, las meditaciones que hemos concebido sirven para que en los peligros y tentaciones sepamos rezar y con la oración obtengamos el socorro divino que nos preserva del pecado, mas si en esos grandes peligros no rezamos, estamos perdidos sin remedio.

He querido, amado lector, poner por delante estas solemnes afirmaciones que luego escribiré, para que agradezcas a Dios que por medio de este librito mío te dé la gracia de una mayor reflexión sobre la importancia de este gran medio de la oración; porque, todos los que se salvan -hablando de los adultos- ordinariamente por este único medio se salvan. Da por tanto gracias al Señor, porque es una misericordia demasiado grande para con aquellos a quienes da la luz y la gracia de rezar. Abrigo la esperanza, hermano mío amadísimo, que cuando hayas terminado de leer este librito, no serás perezoso en acudir a Dios con la oración si te asaltan tentaciones de ofenderle. Si entras en tu conciencia y la hallas manchada con graves culpas, piénsalo bien y verás que el mal te vino porque dejaste de acudir a Dios y no le pediste su poderosa ayuda para vencer las tentaciones que asaltaban tu alma. Déjame por tanto que te suplique que leas y releas con toda atención estas páginas no porque son mías, sino porque aquí hallarás el medio que el Señor pone en tus manos para alcanzar tu eterna salvación. Así te manifiesta por este camino que te quiere salvar. Y otra cosa te pediré y es que después de leerlo procures por los medios que estén a tu alcance que lo lean también tus amigos, vecinos y cuantos te rodean.

Dicho esto... comencemos en el nombre del Señor...

Fuente: Cf. San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Introducción

Devoción a Nuestra Señora del Carmen (III)


Deberes que nos impone la devoción a Nuestra Señora del Carmen

Tanta bondad de parte de la Madre de Dios, tan bellas promesas ofrecidas a los que se consagran a su amor, exige de los hijos del Carmelo: 1° El mirar con respeto y cariñosa ternura el Escapulario, símbolo de su filiación; llevarlo sobre su pecho constantemente, sin dejarlo jamás; besarlo con el afecto que merece la prenda del amor de una Madre como Ella, que, desde el cielo, no nos olvida un solo instante; y llenarnos del sentimiento de la dignidad a que nos eleva la posición de este verdadero tesoro. 2° Ver en el Escapulario la librea con que María quiere que se distingan los que componen la familia de sus de sus queridos hijos, y que debe recordarles las virtudes que embellecen a su santa Madre, y han de forzarse ellos en practicar. Símbolo de la pureza sin mancha de María, el Escapulario enseña a los hijos del Carmelo el horror con que han de mirar aún la sombra del vicio opuesto a la virtud angélica; símbolo de la caridad de María, les dice que, como su Madre celestial, deben mantener viva en su corazón la llama del amor a Dios y del amor fraternal para con sus prójimos, especialmente los pobres y necesitados. Símbolo de la paciencia de las que es justamente llamada Reina de los mártires, les predica el deber de aceptar el dolor bajo las diversas formas con que la Providencia nos lo envíe, como son la pobreza, las enfermedades, las humillaciones y los sacrificios; besando la mano divina que nos hiere para santificarnos, sin prorrumpir en quejas y lamentos. 3° En las horas de aflicción, estrechar el Escapulario y poner nuestra confianza en la dulce Madre, esperándolo todo de Ella y echándonos confiadamente en su amante seno. 4° Finalmente, instruirnos en las especiales obligaciones impuestas a los cofrades y cumplirlas con religiosa exactitud. ¡Cuán poco es todo esto, en comparación de los grandes bienes que su observancia nos promete! ¡Oh María! lo confieso lleno de confusión: los favores que durante toda mi vida he recibido de Vos, debieran obligarme a ser el hijo más amante y que mejor o sirviera, y ¡cuán ingrato he sido para con Vos! ¡Cuán lejos me hallo de ser el hijo digno de la Madre que tantas gracias me ha obtenido! ¡Perdón, Madre querida! Y, junto con el perdón, obtenedme una gracia poderosa que venza mi debilidad y me dé aliento para practicar las virtudes que reclama la sagrada insignia que llevo sobre mi pecho y con la cual quiero exhalar mi último suspiro.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

El Gran Medio de la Oración (I)


Introducción que debe leerse

Varias son las obras espirituales que he publicado, mas tengo para mí que no he escrito hasta ahora libro más útil que éste que trata de la oración, por ser ella un medio necesario y seguro para alcanzar la salvación y todas las gracias que para ella necesitamos. Y aun cuando no me resulta posible, si pudiera quisiera imprimir tantos ejemplares de esta obra cuantos son los fieles que viven sobre la Tierra, y entregarlo a cada uno, a fin de que cada uno de ellos entienda la necesidad que tenemos todos de rezar para salvarnos.

Hablo así, porque veo, por una parte, la absoluta necesidad que tenemos de la oración, tan inculcada en las sagradas Escrituras y por todos los Santos Padres; y por otra, el poco cuidado que los cristianos tienen en practicar este gran medio de salvación. Y lo que me aflige todavía más es ver que los predicadores y confesores poco hablan de esto a sus auditorios y a sus penitentes; y que los libros piadosos que andan hoy en manos de los fieles no hablan abundantemente de este tema, pese a que todos los predicadores, confesores y todos los libros no deberían insistir en otra cosa con la mayor premura y calor que ésta de la oración. Por cierto que ellos inculcan tantos buenos medios para el alma de conservarse en gracia de Dios, la huida de las ocasiones, la frecuencia de los sacramentos, la resistencia a las tentaciones, el oír la Palabra de Dios, el meditar las Máximas Eternas y muchos otros más. ¿Quién niega que sean todos ellos utilísimos para ese fin? Pero, digo yo, ¿de qué sirven las prédicas, las meditaciones y todos los otros medios que dan los maestros de la vida espiritual sin la oración, cuando el Señor ha dicho que no quiere conceder sus gracias sino al que reza? Petite et accipietis - Pedid y recibiréis...

Fuente: Cf. San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Introducción

Encontraréis descanso para vuestras almas


Para ser santos necesitamos humildad y oración. Jesús nos enseñó el modo de orar y también nos dijo que aprendiéramos de Él a ser mansos y humildes de corazón.

Pero no llegaremos a ser nada de eso a menos que conozcamos lo que es el silencio. La humildad y la oración se desarrollan de un oído, de una mente y de una lengua que han vivido en silencio con Dios, porque en el silencio del corazón es donde habla Él.

Impongámonos realmente el trabajo de aprender la lección de la santidad de Jesús, cuyo Corazón era manso y humilde. La primera lección de ese Corazón es un examen de conciencia; el resto, el amor y el servicio, lo siguen inmediatamente. El examen no es un trabajo que hacemos solos, sino en compañía de Jesús. No debemos perder el tiempo dando inútiles miradas a nuestras miserias sino emplearlo en elevar nuestros corazones a Dios para dejar que su luz nos ilumine.

Si la persona es humilde nada la perturbará, ni la alabanza ni la ignominia, porque se conoce, sabe quién es. Si la acusan no se desalentará; si alguien la llama santa no se pondrá sobre un pedestal. Si eres santo dale gracias a Dios; si eres pecador, no sigas siéndolo. Cristo nos dice que aspiremos muy alto, no para ser como Abraham o David ni ninguno de los santos, sino para ser como nuestro Padre celestial. “No me elegisteis vosotros a Mí, fui Yo quien os eligió a vosotros, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (cf. Jn 15, 16).

Fuente: Santa Teresa de Calcuta, El Amor más grande

La prudencia cristiana


La prudencia es la virtud que nos permite juzgar rectamente de aquellas cosas que debemos obrar, siguiendo el dictamen de la recta razón. Además, es su función imperar con eficacia la ejecución de los actos virtuosos correspondientes a las diferentes virtudes morales. Esta virtud es la que nos aconsejará en muchas cosas que la razón natural puede conocer con su propio esfuerzo. Nos preservará de la impulsividad, tendrá a raya a nuestro temperamento, nos disuadirá de seguir las fantasías de nuestra imaginación y los embelecos y engaños de la sensibilidad. Nos enseñará a someternos al juicio de quienes saben y tienen más experiencia que nosotros, y a obedecer a quienes tienen autoridad para mandarnos.

Pero, por perfecta que sea esta virtud (que denominamos prudencia natural, pues no pasa del orden natural de nuestra propia razón), no se halla capacitada para juzgar rectamente sobre el modo de comportarnos en nuestra vida sobrenatural y cristiana. Para esto es preciso poseer la prudencia sobrenatural o cristiana, que nos recomienda Nuestro Señor repetidas veces en el Evangelio, como cuando dijo a los Apóstoles: “Os envío como a ovejas en medio de los lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10, 16). Y más adelante: “¿Cuál es el servidor fiel y prudente?... Dichoso servidor, pues recibirá gran recompensa” (Mt 24, 45).

Esta prudencia sobrenatural nos fue infundida en el bautismo; va aumentando con la caridad, mediante nuestros méritos, los sacramentos y la santa comunión. Nos da facilidad para juzgar rectamente en las cosas de la vida cristiana, haciendo descender a los actos de la vida cotidiana la luz de la gracia y de la fe, del mismo modo que la prudencia natural nos comunica la luz de la recta razón.

Claro está que no se trata aquí de esa prudencia negativa, que casi siempre aconseja no obrar, ni emprender cosas de importancia, a fin de no tropezar con dificultades y enojos. Esta tal prudencia, cuyo lema es “no emprender cosa alguna ardua”, es propia de los pusilánimes. Después de dar por cierto que “lo mejor es a veces enemigo del bien”, acábase diciendo que “lo mejor es con frecuencia enemigo de lo bueno”. Esta prudencia negativa confunde lo mediocre con el justo medio de la virtud, que es cosa muy superior y está muy sobre los vicios contrarios. La mediocridad, en cambio, es el término medio inestable y tambaleante entre el bien y el mal; y con ella se contenta la tibieza, que siempre habla de “moderación” proclamando: “en nada conviene ser exagerado”.

Pero la realidad es que se echa en olvido en tales casos que en el camino que lleva a Dios, el no avanzar es retroceder; no subir es bajar, porque la ley del viajero es ascender e ir adelante, y de ningún modo dormirse en el camino. La verdadera prudencia cristiana es una virtud positiva, que obliga a obrar cuando es preciso y de la manera que es necesario, y que nunca pierde de vista la alteza de nuestro fin último sobrenatural, ni el celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Y desecha por lo tanto, irremisiblemente, ciertas máximas mundanas.

La verdadera prudencia jamás pierde de vista la sublimidad del fin hacia el cual debemos dirigir nuestros pasos; juzga de todos nuestros actos en relación con la vida eterna, y no sólo según las maneras o convenciones del ambiente en que nos movemos. Vuelve constantemente los ojos a “lo único necesario”; y, con el auxilio de las especiales inspiraciones del Don de Consejo, pondera todas las cosas sin jamás perder a Dios de vista.

Fuente: Cf. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (I)

El Beato Carlos de Austria de rodillas en adoración

¡Sagrado Corazón de Jesús! Enséñame a modelar los movimientos de mi corazón según los del tuyo.

El alma consagrada al Sagrado Corazón, el alma reparadora, debe sentir la necesidad de modelar su vida por la de Jesús. ¿Cómo puedes llamarte con verdad consagrado al Sagrado Corazón y cómo puedes decirte su víctima reparadora cuando tú mismo conservas en tu corazón sentimientos, apetitos y gustos contrarios a los suyos?

Es claro que para modelar tu corazón por el Corazón de Cristo, no puedes limitarte a eliminar este o aquel defecto y conseguir esta o aquella virtud, sino que debes tender a la reforma de toda tu vida. Sin embargo, el Maestro divino, cuando quiso presentarnos su Corazón como modelo, habló de dos virtudes particulares: la mansedumbre y la humildad. “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Y no sin motivo. En efecto, cuando hayas eliminado de tu corazón todos los movimientos y resentimientos del amor propio, del orgullo, tendrás con esto eliminados todos los demás defectos; y cuando hayas adquirido una humildad profunda, habrás conseguido por junto todas las demás virtudes. Párate, pues, a considerar esta gran lección del Corazón de Jesús.

Ante todo Jesús te habla de mansedumbre. La mansedumbre es la virtud que torna al hombre capaz de dominar lo que, con expresión genérica, se puede llamar ira, cólera. Esta virtud te confiere el poder de frenar y dominar todos esos movimientos un poco apasionados que a veces te sacan de los justos límites, te hacen un tanto... perder la brújula. Y como la brújula de un alma que quiere darse al servicio de Dios es Dios mismo, es el Corazón de Jesús, si pierdes de vista, aun cuando sólo sea por un instante, al Señor y te alejas de Él, acabarás siguiendo tu amor propio y tus pasioncillas; la mansedumbre, en cambio, te hace señor de ti mismo, capaz de dominar cualquier suerte de irritación. Si te examinas bien, reconocerás que esta irritación proviene casi siempre del amor propio ofendido, del apetito irascible puesto en movimiento por alguna cosa que ha herido tu yo. Mira, pues, cómo la mansedumbre es virtud íntimamente ligada a la humildad.

“¡Oh Corazón santísimo de Jesús, que tanto deseas colmar de beneficios a los miserables, e instruir a quien quiere aprovechar en la escuela de tu amor! Tú me invitas continuamente a ser como Tú, dulce y humilde de corazón. Por eso estoy persuadido de que, para ganar tu amistad y llegar a ser verdadera discípula tuya, nada mejor podré hacer que ser dulce y humilde de veras. Concédeme, pues, aquella humildad sincera que me tenga sometida a todos, que me haga soportar en silencio las pequeñas humillaciones, más aún, me las hagas aceptar de grado, con serenidad, sin excusas, considerando que merezco más y mayores” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (II)


En el primer período de la vida espiritual, por lo común, el influjo de los dones del Espíritu Santo, aunque jamás falta, es más bien raro y escondido; por eso en este período prevalece la iniciativa del alma, o sea, el ejercicio activo de las virtudes y de la oración. Pero, a medida que se desarrolla la vida espiritual, a medida que aumenta la caridad, crece también al influjo de los dones y, cuando el alma es fiel, ese influjo se hace gradualmente más fuerte y continuo hasta predominar sobre la actividad del alma misma; y de ese modo, bajo la dirección del Espíritu Santo, consigue el alma la santidad.

Para aprovecharse de los dones del Espíritu Santo es necesario que el alma, desde el principio de su vida espiritual, se acostumbre a ser al mismo tiempo activa y pasiva, o sea, esté atenta y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo sin olvidar el ser fecunda en iniciativas personales. Pues, si es cierto que existen almas demasiado pasivas, también las hay demasiado activas, que dan toda la importancia a sus planes de reforma espiritual, a sus propósitos, a sus ejercicios y prácticas, como si la santidad dependiese únicamente de sus esfuerzos; en el fondo ellas confían demasiado en sus fuerzas y demasiado poco con la ayuda divina. Estas almas están expuestas a no saber recibir las inspiraciones del Espíritu Santo, a sofocar sus impulsos y así, afanarse sin obtener la meta. Es preciso más docilidad, más abandono. Docilidad de la mente para reconocer las inspiraciones interiores del Espíritu Santo; docilidad de la voluntad para secundarlas; abandono para dejarse llevar aún por caminos oscuros y desconocidos y contrarios a los gustos propios. Nadie puede ser maestro de santidad para sí mismo. El Maestro es uno: es el Espíritu Santo. Es preciso someterse siempre a su escuela, a su dependencia. Por eso, en medio del empeño activo para corregir los defectos y adquirir las virtudes, es necesario prestar atención interior a los impulsos del Espíritu Santo. Precisamente para darnos esta posibilidad nos infundió Él sus dones. “El Señor, cada mañana, me despierta el oído para escuchar como discípulo, dice Isaías. El Señor me ha abierto el oído y no me he rebelado, no me he echado atrás”. Esta debe ser la postura interior de un alma que quiere ser guiada por el Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo! Tú eres la fuente que anhelo, el deseo de mi corazón. Océano desbordante de agua, absorbe esta gotita insignificante que desea salir de sí para entrar en Ti. Tú eres la única sustancia toda de mi corazón y a Ti me entrego con todo fervor. ¡Oh cuán amable unión! De veras que esta familiaridad contigo es más apreciable que la misma vida; tu perfume es como bálsamo en propiciación y paz.

¡Oh Espíritu Santo, Amor! Tú eres el beso suavísimo de la Santísima Trinidad, que une el Padre y el Hijo. Tú eres aquel beso bendito que la divinidad dio a la humanidad por medio del Hijo de Dios. ¡Oh beso dulcísimo! No me abandone tu vínculo, a mí, granito de polvo; tus brazos me estrechen hasta que sea una sola cosa con Dios. Hazme, Dios viviente, experimentar las delicias que encierras; dulcísimo amor mío, haz que te abrace, que me una a Ti, ¡Oh Dios Amor! Tú eres mi posesión más querida, sin la que nada más espero, quiero, ni deseo en el cielo ni en la tierra”(Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (I)


Enséñame ¡oh Espíritu Santo!, a prestar atención continua a tus inspiraciones y dependencia fiel a tus impulsos divinos.

Santo Tomás enseña que se nos dieron los dones en ayuda de las virtudes. Los dones son para “ayudar” a las virtudes, por lo tanto no para “sustituirlas”, lo que quiere decir que el alma debe hacer cuanto puede en el ejercicio asiduo de las virtudes, y entonces el Espíritu Santo completará con los dones la parte que ella no puede realizar. “Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín). Por eso la postura práctica que el alma debe de adoptar para que se digne el Espíritu Santo actuar sus dones, es ponerse en camino hacia la santidad con denodado esfuerzo. Toda la tradición católica pone como punto de partida esta actividad y empeño personal, porque “si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella... la atrae y la hace correr hacia Él” (San Juan de la Cruz). Y el alma Busca a Dios con el ejercicio asiduo de las virtudes que, aunque no basta para conducirla al término, es necesario para demostrar al Señor su buena voluntad. Como no espera el marinero ansioso de zarpar del puerto a que el viento hinche sus velas, sino que echa mano de los remos con vigor, así el alma deseosa de hallar al Señor mientras espera que venga Él a unirlas a sí, se esfuerza con ahínco en buscarlo con iniciativas personales, que son esfuerzos para vencer los defectos propios, para deshacerse de las criaturas, para practicar las virtudes, para ejercitar el recogimiento interior, etc. Y el Espíritu Santo se aprovechará de estos esfuerzos para ocultar en ellos su acción, actuando sus dones. Eso indica cuán errada es la postura de ciertas almas que viven demasiado pasivamente su vida espiritual, no teniendo suficientes iniciativas personales para avanzar en la virtud, para salir al encuentro de Dios. Ellas pierden mucho tiempo y se exponen a fáciles ilusiones. Sobre todo al principio de la vida espiritual es necesario poner manos a la obra activamente. Sólo de ese modo podemos esperar en la ayuda del Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo, Dios, Amor, vínculo de la Santísima Trinidad por vía de amor! Tú pones y depositas tus delicias en los hijos de los hombres, en la castidad santa que florece por influjo de tu fuerza y de tus encantos en este valle, como rosa entre espinas. ¡Espíritu Santo! ¡Amor! Dime qué vía conduce a una estancia tan deliciosa; dónde está el sendero de la vida que lleva a estas praderas fecundas por el rocío divino en que se sacian los corazones abrazados por la sed. ¡Oh Amor! Tú sólo conoces ese camino que conduce a la vida y a la verdad. En ti se consuma la unión rebosante de delicias que une entre sí a las Personas divinas de la Santísima Trinidad. Por ti, ¡Oh Espíritu Santo!, fueron esparcidos sobre nosotros los más preciosos dones. De ti proceden los gérmenes fecundos que producen frutos de vida. De ti dimana la miel de delicias que sólo se hallan en Dios. Por ti bajan a nosotros las aguas fertilizantes de las bendiciones divinas, dones tan preciosos para el espíritu, pero, por desgracia, tan raros en nuestro valle” (Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Imitar y reflejar a Cristo


¿Qué es hacer de Jesús?

Es: Hablar de Jesús como Jesús y con autoridad de Jesús instruyendo, alumbrando, atrayendo.

Obrar con la virtud y con el estilo de Jesús, curando enfermos, resucitando muertos, consolando afligidos, levantando caídos, haciendo andar a los paralíticos, ver a los ciegos y oír a los sordos.

Amar por y a lo Jesús. O sea: decir y hacer todo esto por amor, sin esperar paga ni recompensa, con sacrificio hasta morir en la cruz del cansancio, del agotamiento, de la ingratitud, del martirio de sangre, poco a poco o de una vez.

Un apóstol de Jesús es como un Sagrario ambulante con la puerta abierta de par en par o con sus paredes transparentes para que, así como en los de las iglesias se ve con los ojos del alma a Jesús a través de las especies sacramentales, en aquéllos se vea, se oiga y se sienta a través de las palabras, las obras, el cuerpo y el alma del apóstol.

Un apóstol es el Evangelio vivo andando por nuestras calles y plazas, repitiendo y renovando las escenas de Jesús pasando sereno y generoso por entre muchedumbres hambrientas, fariseos envidiosos, niños que aclaman, turbas que vociferan y a veces crucifican...

Lo que vale un apóstol

Grande, inmensa es la dignación del Padre celestial en haber querido valerse del sol para dar a la tierra y a los mundos toda la luz y todo el calor que necesitaban. Pero es incomparablemente más valiosa y enaltecedora la dignación del Corazón de Jesús al hacer de un hombre -al fin y al cabo de barro- apóstol suyo, distribuidor de su Luz, de su Calor, de su Vida; voz de su boca, mano de su poder, cimiento de su Iglesia, mirada de sus ojos, palpitación de su Corazón, repetidor y continuador y hasta ampliador de su Obra y de sus milagros.

Qué extraño que san Pablo, uno de los más grandes hombres de la historia, honrado por el mismo Jesús en persona y de modo extraordinario con el apostolado, exclamara con la máxima convicción repetidas veces en sus cartas: No soy digno de ser llamado apóstol. Y el que había sido constituido príncipe de todos ellos, a la primera insinuación que recibe de Jesús, cayera de rodillas ante Él exclamando en tono de la más sentida humildad: Apártate de mí que soy hombre pecador.

Si en el solo nombramiento de apóstol se sienten tan fuertes las palpitaciones del Corazón de Jesús, preparaos para sentirlas más fuertes en la tierna solicitud con que prepara y escoge a los que Él quiso para tan encumbrado oficio.

¡El Corazón de Jesús formándose sus apóstoles! ¡Qué tema tan interesante!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (II)


Introduciendo a las almas en la sequedad, Dios pretende elevarlas del modo demasiado humano y bajo de tratar con Él a otro más sobrenatural. En la meditación discursiva el alma se acercaba a Dios mediante el trabajo de su inteligencia, que aun siendo medio óptimo, siempre es inadecuado y pobre para conocer a Dios infinito y, como tal, inmensamente superior a la capacidad de nuestro entendimiento. Sometiéndola ahora a la aridez, le hace imposible la meditación y la obliga a ir a Él por camino diverso.

Este camino, según San Juan de la Cruz, es el de la contemplación inicial, consistente en comenzar a conocer a Dios añadiendo a la inteligencia algo de experiencia de amor, experiencia que no infunde en el alma ideas nuevas, pero que le comunica un “sentimiento” de la grandeza de Dios. Ya vimos, en efecto, que precisamente con la sequedad nace en el alma una pena aguda de no amar al Señor, de no sentir ya el amor, y esa pena no existiría si el alma no hubiera adquirido un sentimiento profundo de las grandezas divinas y de cuán digno es de ser amado.

Tal sentimiento no es fruto de raciocinios, que ya no puede hacer el alma, sino de su experiencia amorosa; y, en verdad, el alma ama a Dios mucho más que antes, aunque no se da cuenta, y la prueba mejor es aquella aguda pena que la tormenta por el temor de no amarlo. Precisamente por medio de su penosa experiencia de amor, consistente en la preocupación de no amar y servir a Dios, nace en el alma el conocimiento contemplativo, o sea, el “sentimiento” de Dios. Es este un conocimiento que por ahora tiene poco de consolador para el alma, pero sin embargo encierra muy subido valor, pues mejor que cualquier meditación, le infunde el sentimiento de la Divinidad y la enamora cada vez más de Dios, cuya amabilidad infinita intuye ahora mejor. Tales ventajas son tan dignas de aprecio que el alma debe, ante ellas, no sólo abrazarse con generosidad a la aridez que el Señor le envía, sino reconocer en ella una de las mayores misericordias que ha tenido con ella.

¡Dios mío! Sólo te pido una cosa: que en esta sequedad crezca mi amor y te sea yo siempre fiel; que, cuanto menos sienta el amor, más te ame con la realidad de las obras; que cuanto menos alegría encuentre en el amor, más gloria te procure a ti. Y, si para crecer en el amor es necesario sufrir, bendita sea esa prueba, pues tú me hieres para instruirme, me mortificas para sanarme y darme una vida mejor.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (I)


Llévame, Señor, a ti por la vía que Tú prefieras y como Tú quieras: tan sólo te pido la gracia de seguirte siempre.

La aridez enviada por Dios tiene la ventaja no sólo de hacernos avanzar en la virtud, sino de introducirnos también en una oración más elevada. San Juan de la Cruz enseña que precisamente mediante esta especie de sequedad invita el Señor a las almas a una forma de oración más sencilla y profunda que llama “contemplación inicial”. Para poder distinguir esta sequedad de la originada por otras causas, nos da tres señales. La primera es que “así como el alma no haya gusto ni consuelo en las cosas de Dios, tampoco le haya en alguna de las cosas criadas”. También cuando la sequedad proviene de faltas cometidas, pierde el alma el gusto de las cosas divinas, pero entonces va en busca de satisfacciones humanas; mientras que en este caso, aun no sintiendo la alegría de estar con Dios, no se vuelve a las criaturas, antes bien, permanece fiel a su decisión de conservar el afecto desligado de ellas. La segunda señal es que, no obstante su aridez, el alma “ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado penoso, pensando que no sirve a Dios”; en otras palabras, el alma sufre por su insensibilidad espiritual, teme no amar al Señor, no servirle, y con todo continúa buscándole con el ansia de quien no logra encontrar su tesoro. Consiguientemente permanece siempre ocupada en Dios, si bien en modo negativo y penoso, semejante a quien sufre la ausencia de una persona amada. Si por el contrario las sequedad es culpable, especialmente si proviene de un estado de tibieza habitual, el alma no se preocupa en modo alguno de no amar a Dios; se ha vuelto indiferente. La última señal consiste en “no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de la imaginación como solía, aunque más haga de su parte. El alma querría meditar, lo pretende, se esfuerza cuanto puede, pero no lo consigue. Cuando es continuo este estado -si durase sólo algún período podría provenir de especiales circunstancias físicas o morales- y, si bien fluctuando entre días de mayor y menor intensidad, se apodera del alma haciéndole imposible habitualmente la meditación, entonces es el caso de descubrir en la aridez la llamada divina a una oración más profunda.

¡Oh Jesús, qué pesada y amarga es la vida cuando os ocultáis a nuestro amor! ¿Qué hacéis entonces, o dulce Amigo? ¿No veis nuestras angustias, el peso que nos oprime? ¿Dónde estáis?, ¿por qué no venís a consolarnos, puesto que no tenemos otro amigo que Vos?

Pero si os place dejarme en este estado, ayudadme a aceptarlo por vuestro amor. Que os ame lo bastante para sufrir por vos todo lo que queráis, aún las penas del alma, las arideces, las angustias, las frialdades aparentes. ¡Ah! Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor: es un martirio...

Muchos ¡oh Jesús!, os sirven cuando les consoláis, pero pocos consienten en haceros compañía cuando dormís sobre las olas, o cuando sufrís en el jardín de la agonía... ¿Quién, pues, querrá serviros por Vos solo? ¡Ah... lo haré yo!

El santo Evangelio me enseña que dejas las ovejas fieles en el desierto. ¡Cuánto me dice esto!... Estáis seguro de ellas, no podrían descarriarse porque están cautivas del amor. Por eso le hurtas la presencia sensible para dar vuestros consuelos a los pecadores. O bien, si las conducís al Tabor, es por pocos instantes. Señor, haced de mí lo que os plazca. Si parece que me olvidáis, pues bien, sois libre de hacerlo, puesto que yo no soy mía sino vuestra... Antes os cansaréis vos de hacerme esperar que yo de esperaros” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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