La meditación de la Pasión mueve a la compasión


¡Todo el país desolado, y nadie se detuvo a pensarlo! La causa de todos nuestros males se halla en la ausencia de meditación y de reflexión: de aquí se origina todo desorden moral. Y se desconoce lo más elemental: porque se olvidan los abundantes beneficios recibidos de Dios, y son escasos los que dedican su tiempo a la contemplación de los acerbísimos sufrimientos que Cristo padeció por nosotros. Se descuida el cumplimiento del deber y no se ponen los medios suficientes para alejar los continuos peligros que nos acechan durante nuestra existencia. El mundo está lleno de maldad y con razón se queja Jeremías: Todo el país desolado.

¿Puede existir algún remedio a tanto mal? Una medicina quisiera proponer a los prelados, párrocos, sacerdotes y restantes ministros de Dios, y que remediaría en gran manera muchos males: me refiero al piadoso ejercicio del Vía crucis. Si se propagase esta laudable costumbre en las parroquias, en las iglesias, empleando los recursos de una sabia pastoral y el celo por las almas, los sacerdotes pronto encontrarían remedio eficaz para contrarrestar los vicios y mejorar las costumbres, puesto que muchos se verán movidos a obrar bien, al recordar los dolores y el amor de Jesucristo. ¡Cuántos frutos proporcionaría a las almas la asidua meditación de la acerbísíma pasión de Cristo! ¡Cómo excitaría a la contrición del corazón, cuánta fortaleza de espíritu les comunicaría! La experiencia en el apostolado me ha enseñado que muchas almas han progresado rápidamente por las vías intrincadas de la perfección, cuando han sido constantes en la práctica de este piadoso ejercicio.

Porque el Vía crucis es antídoto contra el vicio, aplaca la concupiscencia, empuja a la consecución de la virtud y eleva el espíritu a encumbradas metas de santificación. En verdad, representando al vivo en nuestra mente las escenas dolorosas que recorrió el Hijo de Dios en la pasión, como si se grabaran en lo hondo del alma, apenas habrá quien no aborrezca para siempre la fealdad del pecado frente a irradiación tan luminosa, y también se verá constreñido a amar tanto amor. No sería poco que, al menos, ante las adversidades de la vida, tan frecuentes, se supiera afrontarlas con generosidad de ánimo, viéndole padecer a Él.

Fuente: De una Exhortación sobre el Vía crucis, de san Leonardo de Porto Maurizio, presbítero

Domingo de Ramos


Venid, subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación.

Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del cielo para exaltarnos con él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.

Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará -dice la Escritura-, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa.

Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener.

Alegrémonos, por tanto, de que se nos haya mostrado con tanta mansedumbre aquel que es manso y que sube sobre el ocaso de nuestra pequeñez, a tal extremo, que vino y convivió con nosotros, para elevarnos hasta sí mismo, haciéndose de nuestra familia.

Dice el salmo: Subió a lo más alto de los cielos, hacia oriente (hacia su propia gloria y divinidad, interpreto yo), con las primicias de nuestra naturaleza, hasta la cual se había abajado, impregnándose de ella; sin embargo, no por ello abandona su inclinación hacia el género humano, sino que seguirá cuidando de él para irlo elevando de gloria en gloria, desde lo ínfimo de la tierra, hasta hacerlo partícipe de su propia sublimidad.

Así, pues, en vez de unas túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; extendámonos tendidos a sus pies, a manera de túnicas.

Nosotros, que antes éramos como escarlata por la inmundicia de nuestros pecados, pero que después nos hemos vuelto blancos como la nieve con el baño saludable del bautismo, ofrezcamos al vencedor de la muerte no ya ramas de palmera, sino el botín de su victoria, que somos nosotros mismos.

Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel.

Fuente: De las Disertaciones de San Andrés de Creta, obispo

Sobre el Santo Rosario de la Santísima Virgen (III)


El Rosario es eficaz remedio contra los males presentes

Que la Virgen Santa, que un día ahuyentó victoriosa de los países cristianos la terrible secta de los albigenses, ahora invocada fervorosamente por Nosotros, haga retroceder los nuevos errores, especialmente los del comunismo, que recuerdan por muchos motivos y por sus muchas fechorías a los antiguos.

Y así como en los tiempos de las cruzadas se elevaba por toda Europa una sola voz, y por los pueblos una sola súplica; así también hoy, en todo el mundo, en las ciudades y en las aldeas aún más pequeñas, unidos de corazón y de fuerza, con filial y constante insistencia, trátase de obtener de la gran Madre de Dios que sean vencidos los enemigos de la civilización cristiana y humana, haciendo así resplandecer ante los hombres cansados y desviados la verdadera paz.

Por tanto, si todos lo hicieren así, con las debidas disposiciones, con gran confianza y con fervorosa piedad, es de esperar que como en el pasado, así también en nuestros días la Beatísima Virgen impetrará de su Divino Hijo que las oleadas de las actuales tempestades sean contenidas y calmadas, y que una brillante victoria corone esta noble raza de los cristianos en oración.

Además, el Santo Rosario no solamente sirve mucho para vencer a los enemigos de Dios y de la Religión, sino también es un estímulo y un acicate para la práctica de las virtudes evangélicas que insinúa y cultiva en nuestras almas. Ante todo, nutre la fe católica, que se vigoriza con la oportuna meditación de los sagrados misterios y eleva las almas a las verdades que nos fueron reveladas por Dios.

Todos pueden comprender cuan saludable sea -esta práctica-, especialmente en nuestros tiempos, en los que quizás aún entre los fieles reina cierto fastidio por las cosas del espíritu y casi disgusto de la doctrina cristiana.

Luego reaviva la esperanza de los bienes inmortales, pues, al hacernos meditar en la última parte del Rosario, el triunfo de Jesucristo y de su Madre, nos muestra el cielo abierto y nos invita a la conquista de la patria eterna. Así, mientras en el corazón de los inmortales penetra un ansia desenfrenada por las cosas de la tierra y cada vez más ardientemente los hombres se afanan por las riquezas caducas y los placeres efímeros, todos -los que rezan el Rosario- sienten un provechoso llamado hacia los tesoros celestiales, donde el ladrón no penetra ni carcome la polilla, y hacia los bienes imperecederos.

Y ¿cómo no se reencenderá la caridad, que ha languidecido y se ha enfriado en muchos, con un aumento de amor en el alma de los que recuerdan con corazón dolorido las torturas y la muerte de Nuestro Redentor y las aflicciones de su Madre Dolorosa?

De esta caridad hacia Dios no puede menos de brotar necesariamente un más intenso amor al prójimo con sólo que se detenga el pensamiento en los trabajos y dolores que Nuestro Señor sufrió para reintegrarnos a todos en la perdida herencia de hijos de Dios.

Por tanto, empeñaos en que esta práctica tan fructuosa sea cada vez más difundida, sea por todos altamente estimada y aumente la piedad común.

El Rosario en familia

Predíquese y repítanse a los fieles sus loas y sus ventajas.

Los jóvenes saquen de ella nuevas energías con que domar los rebeldes estímulos del mal y conservar intacto y sin mancilla el candor del alma; que en ella encuentren los ancianos en sus tristes ansias reposo, alivio y paz; y a todos los que de alguna manera sufren, particularmente a los moribundos, dé aliento y aumente la esperanza de la felicidad eterna.

Y los padres de familia en particular sean en esto también un dechado para sus hijos, especialmente cuando, a la caída del día, se recogen después de las labores de la jornada en el hogar doméstico, recitando, ellos los primeros, arrodillados ante la imagen de la Virgen, el Santo Rosario, fundiendo en uno la voz, la fe y el sentimiento, costumbre ésta tiernísima y saludable, de la que ciertamente no puede menos de derivar a la sociedad doméstica serena tranquilidad y abundancia de dones celestiales. Por esto, cuando, recibimos en audiencia a los recién casados y les dirigimos unas palabras paternales, les damos la corona del Rosario, recomendándoselo grandemente y exhortándolos, aduciendo también Nuestro ejemplo, a no dejar pasar ni un día sin rezarlo, no obstante estar agobiados por muchos cuidados y trabajos.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Ingravescentibus malis

Del error sobre la fraternidad


Lo mismo sucede con la noción de la fraternidad, cuya base colocan en el amor de los intereses comunes, o, por encima de todas las filosofías y de todas las religiones en la simple noción de humanidad, englobando así en un mismo amor y en una igual tolerancia a todos los hombres con todas sus miserias, tanto intelectuales y morales como físicas y temporales. Ahora bien, la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. Esta misma doctrina católica nos enseña también que la fuente del amor al prójimo se halla en el amor de Dios, Padre común y fin común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto de que aliviar a un desgraciado es hacer un bien al mismo Jesucristo. Todo otro amor es ilusión o sentimiento estéril y pasajero.

Ciertamente, la experiencia humana está ahí, en las sociedades paganas o laicas de todos los tiempos, para probar que, en determinadas ocasiones, la consideración de los intereses comunes o de la semejanza de naturaleza pesa muy poco ante las pasiones y las codicias del corazón. No, Venerables Hermanos, no hay verdadera fraternidad fuera de la caridad cristiana, que por amor a Dios y a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, abraza a todos los hombres, para ayudarlos a todos y para llevarlos a todos a la misma fe ya la misma felicidad del cielo. Al separar la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia, lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastroso para la civilización. Porque, si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus miembros por medio de la fraternidad, o, como también se dice, por medio de la solidaridad universal, es necesaria la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo. Esta unión no es realizable más que por medio de la caridad católica, la cual es, por consiguiente, la única que puede conducir a los pueblos en la marcha del progreso hacia el ideal de la civilización.

No hay verdadera civilización sin la civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sin la verdadera religión.

Fuente: San Pío X, Encíclica Notre charge apostolique

Frutos del Santo Abandono


El primer fruto del Santo Abandono, fruto tan nutritivo como sabroso, es una deliciosa intimidad con Dios, fundada en una confianza llena de humildad. “Yo amo a los que me aman”, nos dice la divina Sabiduría. Amemos a Dios y estaremos seguros de ser amados; amemos mucho y tendremos seguridad de ser amados sin medida. ¿No es por ventura verdadero amor el que se da, aquel sobre todo que se manifiesta por una perfecta obediencia y un filial abandono? Nuestro Señor es quien nos lo asegura: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él”, “Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. La obediencia y el abandono nos asemejan, en efecto, a Aquel que se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Su Santísima Madre se le parece y le es querida ante todo, no solamente por haberle llevado en sus entrañas, sino más aún porque escuchó mejor que nadie la divina palabra y la puso en práctica. Todos podemos adquirir este parentesco espiritual, este parecido con nuestro divino Hermano; y la semejanza irá acentuándose a medida que se avanza en el amor, la obediencia y el abandono. Llegará por fin el día en que el alma, a costa de múltiples sacrificios -¡y qué sacrificios! -, no tendrá más que un mismo querer y no querer con Dios.

Segundo. Un alma es libre y desprendida en la proporción en que las pasiones están amortiguadas, domado el amor propio, pisoteado el orgullo. La mortificación interior comienza y prosigue esta liberación; mas, sólo el abandono la termina, porque sólo él nos establece plenamente en la indiferencia, sólo él nos enseña a no ver los bienes y los males sino en la voluntad de Dios, sólo él nos une a esta santa voluntad con todo el amor, con toda la confianza de que somos capaces.

Tercero. Las almas abandonadas han conseguido fundir su voluntad con la de Dios; y por consiguiente, nada las sobreviene contra sus deseos, nada hiere sus sentimientos, porque nada les acontece que ellas no lo quieran así. “A mi juicio -dice Salviano- nadie en el mundo es más feliz que estas almas. Son humilladas, despreciadas, pero es a su gusto, y ellas lo quieren; son pobres, más se complacen en su pobreza: por esto siempre están contentas”. “Sea lo que fuere lo que acontezca al justo -dice el Sabio- nada podrá contristarle”, ni alterar la paz y serenidad de su espíritu, porque ha puesto su confianza en Dios y de antemano acepta todo cuanto plazca al buen Maestro. Sin duda, no es esta la paz del cielo, sino la de aquí abajo, pues Dios no quiere sobre la tierra ni paz perfecta, ni felicidad durable; no podemos evitar la tribulación, y la cruz nos seguirá por todas partes. Más el Santo Abandono nos enseña la importante ciencia de la vida y el arte de ser felices en este mundo, que consiste en saber sufrir: ¡saber sufrir!, es decir, sufrir como conviene sufrir todo lo que Dios quiere, mientras Él lo quiere y como Él lo quiere, con espíritu de fe, con amor y confianza. Él nos enseña a reposar en los brazos de la cruz, por consiguiente, en los brazos de Jesús y sobre el corazón de Jesús. Allí se encuentra más que la paz, allí se saborea la alegría.

Cuarto. Una santa vida prepara una muerte santa, y en cierto modo la asegura. La perseverancia final es siempre la gracia de las gracias, el don gratuito por excelencia; mas nada hay comparable al Santo Abandono para mover a nuestro Padre celestial a concedernos esta gracia decisiva.

La muerte nos arrebatará nuestros bienes y nuestra situación, nuestros parientes y hasta nuestro cuerpo. Cuando uno está bien afianzado en el Santo Abandono, ni siquiera llega a sentir esas crueles separaciones que desgarran el alma apegada a las cosas de este mundo.

Un alma que vive en el Santo Abandono triunfará de este temor. No descuida medio alguno de completar su preparación, más ante todo piensa en que va por fin a ver a su Padre, a su Amigo, a su Amado, a Aquel en quien ella ha puesto todas sus complacencias; ella ha vivido de amor y de confianza, muere en el amor y en la confianza. El que muere conformándose con la Divina Voluntad tiene una muerte santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene una muerte más santa. Asegura el Padre Luis de Blosio “que en la muerte, un acto de perfecta conformidad nos preserva no tan sólo del infierno, sino que también del purgatorio”.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Excelencia del Santo Abandono


Lo que constituye la excelencia del Santo Abandono, es la incompatible eficacia que posee para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección las más excelsas virtudes, y para establecer el reinado absoluto de Dios sobre nuestra voluntad. Evidentemente, la conformidad que viene de la esperanza, y más aún, la resignación que nace del temor, no se elevan a iguales alturas; tienen, sin embargo, su valor. Más aquí hablamos de la conformidad perfecta, confiada y filial que produce el santo amor.

Es ésta ante todo necesaria, y de un valor incomparable para obviar los obstáculos. La ciencia de un perfecto abandono de sí mismo; es decir, en la que se enseña al hombre a renunciarse de tal suerte que, sean cualesquiera las circunstancias en que el divino beneplácito se manifieste, se aplique tan sólo a permanecer siempre el mismo y tranquilo, renunciándose en la medida que permita la debilidad humana.

Sabemos en principio que el mal consiste en buscarse desordenadamente a sí mismos, y por consiguiente, en el orgullo y la sensualidad que resumen sus tan variadas formas. Mas, en realidad, estamos muy lejos de conocernos, y con frecuencia este mundo de pasiones, de debilidades, de perversas tendencias que bulle en nosotros, permanecería cubierto con un espeso velo y no llamaría nuestra atención, si la Providencia no viniera a abrimos los ojos en tiempo oportuno por medio de una saludable humillación, o mediante unas pruebas sabiamente apropiadas.

Finalmente, el gran mal es el juicio propio y la voluntad propia; La Providencia vendrá a corregir estos errores o esta debilidad. “¡Ah!, mostradme, Señor, de antemano mis penas para que las conozca”, decía el beato Susón; y Dios le responde: “No, es preferible que no sepas nada”. En efecto, quiere mantenernos en una disposición constante para doblegar nuestro juicio e inmolar nuestra voluntad. Va, pues, a ocultamos cuidadosamente sus intenciones, y muy frecuentemente irá contra nuestras previsiones y nuestras ideas; se opondrá directamente a nuestros gustos y a nuestras repugnancias. Si queremos prestar un poco de atención, observaremos que nunca Dios obra al azar: como verdadero Salvador, a la manera de médico tan enérgico como sabio y discreto, lleva el fuego y el hierro ora aquí, ora allá, por todas partes donde su ojo práctico vea faltas que expiar, defectos que corregir, un punto débil que fortificar. A pesar de los lamentos de la naturaleza, continuará Él haciéndolo con misericordioso rigor por todo el tiempo que juzgue oportuno, para acabar de curarnos y para colmarnos de sus bienes.

Más éste viene a unir su acción poderosa a la de la obediencia, además de que responde a nuestras necesidades personales, llevando así nuestra penitencia a su última perfección.

No hay mayor ni más viva fe que la de creer que Dios dirige siempre admirablemente nuestros asuntos, cuando parece destruirnos y aniquilarnos. Admirable es la fe del alma que va por el camino del abandono a Él, a fin de aniquilar su propia voluntad. Si hay un camino en que se ejercite una fe viva, una confianza a toda prueba, es sin duda, el del abandono a la divina voluntad.

Otro tanto sucede con el amor divino. El santo acrecentamiento, ante todo, mediante un despego perfecto. El Santo Abandono es quien termina de hacer el vacío en nuestra alma, invadiéndole proporcionalmente el amor divino, y si no encuentra obstáculo, la llena, la gobierna, la transforma, reina en ella como dueño.

El que da a Dios su voluntad se da a sí mismo y da todo. Es también el amor más puro y más desinteresado.

Pudiéramos añadir que un alma, ejercitándose en el Santo Abandono, se forma al propio tiempo de la manera más acabada en todas las virtudes, pues encuentra a cada paso ocasión de practicar tanto la humildad como la obediencia, la paciencia o la pobreza, etc., y que el Santo Abandono eleva unas y otras a su más alta perfección. Más si el abandono perfecciona las virtudes, perfecciona también la unión del alma con Dios. Esta unión es aquí abajo la unión del espíritu por la fe, la unión del corazón por el amor; es más que nada la unión de la voluntad por la conformidad con la voluntad divina.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Sobre el Santo Abandono


Queremos salvar nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir, purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez más en Él; he aquí la única obra a la que hemos consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no sería tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente sobrenatural.

“Todo lo puedo en Aquel que me conforta”; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme de impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin el auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin Él nada podemos.

Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos: para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de Él cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia. Porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va así que despertamos.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Hay niños Santos

Hoy celebramos la Fiesta de estos dos pequeños grandes Santos: Francisco y Jacinta Marto, Patronos de Infancia ARCADEI; una propuesta para la formación espiritual de los niños. Aquí les dejamos nuestro enlace: https://www.arcadei.org/infancia/

El 13 de mayo de 1917, Lucía, Francisco y Jacinta han llevado sus rebaños hasta un lugar denominado Cova da Iria. Es mediodía y el cielo está despejado. De súbito, un relámpago atraviesa el aire. Creyendo que se acerca una tormenta, los niños empujan el rebaño hacia el fondo de la cañada. Allí, delante de ellos, se yergue una joven de extraordinaria belleza, radiante de luz y vestida con una larga túnica blanca y un velo que le llega hasta los pies, los cuales se apoyan sobre una diminuta nube que roza una pequeña encina. La joven aparenta tener unos dieciocho años. Lucía le pregunta: “¿De dónde viene, señora? - Del Cielo. - ¿Y qué desea de nosotros? - He venido para pediros que regreséis aquí seis veces seguidas, el día 13 de cada mes y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que espero de vosotros. - ¡Viene del Cielo!... y yo, ¿podré ir al Cielo? - Sí. - ¿Y Jacinta? - También. - ¿Y Francisco? - También él irá; que rece también el Rosario...”.

La primera enseñanza de la Virgen en Fátima es el llamamiento a la realidad del Cielo. Dios nos ha traído al mundo para conocerlo, amarlo y servirlo, y mediante esto alcanzar el Paraíso. Quienes mueren en gracia y en la amistad de Dios, y que son perfectamente purificados, consiguen entrar en el Cielo, donde son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven tal cual es (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12). Esa vida perfecta de comunión y de amor con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y los santos, con ser el resultado de un don gratuito de Dios, es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado de felicidad supremo y definitivo. En efecto, pues Dios ha depositado en el corazón del hombre el deseo de la felicidad con el fin de atraerlo hacia Él. La esperanza del Cielo nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por más útil que resulte, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino solamente en Dios, fuente de todo bien y de todo amor. “Sólo Dios sacia”, dice santo Tomás de Aquino.

Después de fortalecer a los niños con la inestimable promesa del Cielo, la Señora les introduce en el misterio de la Redención, pidiéndoles con exquisita delicadeza que se adhieran a él: “¿Queréis ofreceros a Dios para hacer sacrificios y aceptar de buen grado todos los sufrimientos que Él quiera enviaros en reparación de los pecados que ofenden a su divina Majestad? ¿Queréis sufrir para alcanzar la conversión de los pecadores, para reparar las blasfemias, así como todas las ofensas al Corazón Inmaculado de María? - ¡Sí, queremos!, responde Lucía. - Sufriréis mucho, pero la gracia de Dios siempre os asistirá y os dará fuerzas”. Sin dejar de hablar, la Aparición extiende las manos y ese gesto derrama sobre los videntes un haz de luz misteriosa, el cual, penetrando en sus almas, les hace verse a ellos mismos en Dios.

Esa gracia, mediante la cual Dios acaba de reunirse con los tres niños en lo más profundo de sus seres, maravilla a Francisco. Por un sorprendente misterio, Dios se le manifiesta como “triste” a causa de los pecados de los hombres. Una radical transformación tiene lugar entonces en aquel niño de apenas nueve años. La primera impresión es que se ve menos favorecido que sus compañeras: Lucía ve a Nuestra Señora y habla con ella; Jacinta la ve y la oye, pero no habla, y Francisco la ve solamente, pero no la oye y no habla con ella. Sin embargo, él emprende una intensa vida espiritual. Al ser consciente de que su entrada en el Cielo está condicionada por el rezo de muchos rosarios, no permanece en un estado maravilloso de tranquilidad y de confianza, sino que reza hasta dos rosarios al día, e incluso más. Su devoción, lejos de convertirse en una repetición mecánica de las oraciones del rosario, le sumerge en un estado de plegaria continua. Su única preocupación es hacerle compañía a Nuestro Señor y consolarlo. Una noche, su padre le oye sollozar, y Francisco le confía lo siguiente: “Pienso en lo triste que debe estar Jesús a causa de los pecados que se cometen contra Él”. Ante la pregunta que le formula Lucía, “¿Qué te gusta más, consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores para que las almas no vayan al infierno?”, él responde: “Preferiría consolar a Nuestro Señor, pero después convertir a los pecadores para que dejen de ofenderle”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 15 de agosto de 2001

La condición eclesial del fiel laico


La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el Espíritu.

Volvamos de nuevo a la imagen bíblica: el brotar y el expandirse de los sarmientos depende de su inserción en la vid. “Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 4-5).

Todo el Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar modelos de santidad y testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia humana. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio. Las Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes, deben reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos hombres y mujeres que ofrecieron en estas condiciones (las condiciones ordinarias de vida en el mundo y el estado conyugal) el testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo para los demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan para la beatificación y canonización.

Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición eclesial del fiel laico, retorna a la mente la célebre exhortación de San León Magno: “Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam”. Es la misma admonición que San Máximo, Obispo de Turín, dirigió a quienes habían recibido la unción del santo Bautismo: “¡Considerad el honor que se os hace en este misterio!”. Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras de San Agustín: “¡Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...). Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!”.

La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros de la Iglesia, garantiza y promueve el espíritu de comunión, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico y misionero de los fieles laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su viña. Grava sobre todos los laicos la gloriosa carga de trabajar para que el designio divino de salvación alcance cada día más a todos los hombres de todos los tiempos y de toda la tierra.

Fuente: Cf. San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici

Las buenas lecturas


Entre nuestros amigos más fieles debemos contar los libros piadosos. Ellos nos hacen recordar la seriedad de nuestros deberes y las normas de la disciplina legítima; despiertan en nuestros corazones las voces celestiales adormecidas; nos echan en cara el abandono de nuestros buenos propósitos; sacuden nuestra falsa tranquilidad; desenmascaran los afectos menos rectos y disimulados; nos ponen al descubierto el peligro que con frecuencia nos acecha si no estamos alerta. Y todos estos buenos servicios nos los prestan con una benevolencia tan discreta, que se nos muestran, no sólo como amigos, sino como los mejores amigos. Los tenemos a nuestro lado siempre que nos place, dispuestos en todo momento a acudir en ayuda de nuestras necesidades más íntimas; su voz jamás es amarga, sus advertencias jamás son interesadas, su palabra jamás es tímida ni engañosa. Muchos y famosos ejemplos demuestran la eficacia saludable de los buenos libros; entre esos ejemplos sobresale el de San Agustín, cuyos grandes méritos dentro de la Iglesia tuvieron comienzo en la lectura: Toma y lee, toma y lee... Yo tomé (las epístolas de San Pablo), abrí y leí en silencio... Como si la luz de la seguridad se hubiese esparcido en mi corazón, todas las tinieblas de mis dudas se disiparon. (San Pío X, Exhortación Haerent animo)

Un libro espiritual es realmente una dirección escrita, hecha para varias almas a la vez.

De los autores espirituales. Si escogiéremos con tino entre los mejores, especialmente entre los que son santos, serán para nosotros maestros y correctores a la par.

a) Son maestros que, porque poseen y han practicado la ciencia de los santos, nos dan a entender y a saborear los principios y las reglas de la perfección; dan mayor fuerza a nuestro convencimiento sobre la obligación de aspirar a la perfección; nos dicen los medios de que hemos de valernos, y que serán mucho más eficaces, porque ellos mismos los pusieron en práctica; nos exhortan, nos animan y nos arrastran en pos de sí.

Son maestros muy a propósito; porque siempre están a nuestra disposición; y podemos escoger, ayudados por el director, los que más convengan al estado de nuestra alma, y platicar con ellos todo el tiempo que quisiéremos. Hay en verdad autores excelentes para cada uno de los estados del alma, y a propósito para las necesidades del momento; el quid está en saberlos escoger y en leerlos con deseo de aprovechar.

b) Son, además, correctores benévolos, que sacan a luz nuestras faltas con mucha discreción y suavidad. No hacen sino ponernos delante el ideal tras del que hemos de ir, y nos convidan al estudio de nosotros mismos, con la ayuda de ese espejo espiritual, para ver claramente nuestras buenas cualidades y nuestros defectos, el camino recorrido y el que nos resta por andar hasta llegar a la perfección. De esta manera se nos hace más fácil la reflexión sobre nosotros mismos, y el formar generosos propósitos.

No hemos, pues, de maravillarnos de que la lectura de los libros de espíritu, entre los cuales han de contarse las vidas de los Santos, hayan producido conversiones tan famosas como las de Agustín, de Ignacio, y guiado hasta las cumbres de la perfección a almas que, si no hubiera sido por ella, no hubieran pasado de los límites de la medianía. (Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística)

Consejos y santa muerte de Don Bosco, el Apóstol de la juventud


Encomendamos a San Juan Bosco, santo educador, a todos los niños; que sea preservada la inocencia de la infancia contra todo aquello que pretende corromperla en la actualidad: la ideología de género, la educación sexual integral, y demás astucias de los gobernantes perversos.

San Juan Bosco fue un apóstol que llevó muchas almas, especialmente de jóvenes, a Dios, sacándolos del abandono moral en que vivían y haciendo de ellos hombres de bien y buenos ciudadanos. El diablo no podía estar tranquilo y, con el permiso de Dios, lo molestaba continuamente. Y él ofrecía esos malestares y sufrimientos por la salvación de las almas, especialmente de sus queridos jóvenes, a quienes exhortaba a resistir al maligno:

“¿Queréis que os enseñe a no tenerle miedo y a resistir a sus asaltos? Escuchadme. No hay nada que el demonio tema más que estas dos cosas: 1. La Comunión bien hecha. 2. Las visitas a Jesús sacramentado.

¿Queréis que el Señor os conceda muchas gracias? Visitadlo a menudo.

¿Queréis que os haga pocas? Visitadlo poco.

¿Queréis que el demonio os asalte? Visitad poco a Jesús sacramentado.

¿Queréis que huya de vosotros? Visitad a menudo a Jesús.

¿Queréis vencer al demonio? Refugiaos con frecuencia a los pies de Jesús.

¿Queréis ser vencidos? Dejad de visitar a Jesús.

Queridos míos, la visita a Jesús sacramentado es un medio muy necesario para vencer al demonio. Id, pues, a visitar con frecuencia a Jesús sacramentado y el demonio no podrá hacer nada contra vosotros”.

A los 72 años, la salud de Don Bosco, va decayendo. Su organismo está totalmente desgastado de tanto trabajar. Durante 40 años un continuo dolor de cabeza, que en ocasiones sentía que le iba a reventar la cabeza, lo ha atormentado durante todo este tiempo. Un dolor agudísimo en un ojo que le ha hecho sufrir lo indecible durante 30 años, hasta que ha perdido el ojo, pero nadie fuera de sus más íntimos amigos, lo ha sabido. Nunca los dolores han hecho desaparecer la sonrisa de sus labios ni la alegría de su corazón.

Pero ya al final de 1887 su organismo no es capaz de resistir más. Tiene el hígado atascado. Los riñones en condiciones desastrosas, los pulmones deshechos, y la parálisis bloquea sus piernas. Su médico declaraba: “El cuerpo de Don Bosco es como una máquina a la cual han hecho trabajar sin descanso día y noche por años y años. Ya no hay nada que pueda curarlo. No muere de ninguna enfermedad. Muere de desgaste total por tanto trabajar”.

El 20 de diciembre de 1887 escribe sus últimos mensajes. Toma unas estampas de María Auxiliadora (las mismas que siempre repartía en todas partes) y escribe en ellas algunos pensamientos para que sean enviados, a sus salesianos, amigos y colaboradores de su obra:

• “Haced pronto muchas buenas obras, porque después, puede faltaros tiempo...”

• “Si hacemos el bien, obtendremos bienes en esta vida y premio en la eternidad”

• “El enemigo más grande de Dios es el pecado”

• “Oh María: sé la salvación del alma mía”

• “En las dificultades, encomendaos siempre a María Auxiliadora”.

En su testamento, escribe: “Os recomiendo que no lloréis mi muerte. Es una deuda que todos tenemos que pagar, pero después nos serán ampliamente recompensados todos nuestros sufrimientos soportados por amor a nuestro buen Maestro Jesús.

En lugar de llorar, haced firmes y eficaces propósitos para permanecer seguros en la vocación hasta la muerte (...) Si me habéis amado en el pasado, continuad amándome en el futuro con la exacta observancia de nuestras Reglas. Vuestro primer Rector, ha muerto. Pero vuestro verdadero Superior, Jesucristo, nuestro guía y modelo, no morirá jamás”.

En su lecho de muerte, pide la bendición de María Auxiliadora. Todos, los presentes, uno a uno pasan a besarle la mano, que está sostenida por Don Miguel Rúa, Vicario General de la Congregación. En la Iglesia de María Auxiliadora de Turín las campanas tocan, anunciando que son las 4 de la mañana. Don Bosco, con un poco de voz, dice a los presentes: “Propagad siempre y en todas partes la Devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora... Os espero a todos en el Paraíso...”, mientras su alma alcanzaba ya las puertas del cielo. Era el 31 de enero de 1888.

Fuente: cf. Texto compuesto por la Parroquia salesiana El Espíritu Santo (espiritusantogt.com)

San Pablo, gran converso y poderoso intercesor


Te damos gracias, oh Jesús, porque con tu poder derribaste hoy por tierra a tu enemigo, y le levantaste misericordiosamente. Eres en verdad el Dios fuerte, y mereces que todas las criaturas canten tus victorias. ¡Cuán admirables son tus planes para la salvación del mundo! Te asocias hombres para la obra de la predicación de tu palabra, y para la administración de tus Misterios; y para hacer a Pablo digno de tal honor, empleas todos los recursos de tu gracia. Te complaces en hacer del asesino de Esteban un Apóstol, para que aparezca tu poder a la vista de todos, y para que tu amor por las almas brille en su más gratuita generosidad, y superabunde la gracia donde abundó el pecado. Visítanos con frecuencia, oh Emmanuel, con esa gracia que muda los corazones, porque deseamos tener una vida exuberante, pero a veces sentimos que su principio está próximo a abandonarnos. Conviértenos como convertiste al Apóstol; y asístenos luego, porque sin ti nada podemos hacer. Anticípate, acompáñanos y no nos abandones nunca; asegúranos la perseverancia final, ya que nos diste el comienzo. Haz que reconozcamos, con amor y respeto el don de la gracia que ninguna criatura puede merecer, pero al cual la voluntad humana puede poner obstáculos. Somos prisioneros: sólo Tú posees el Instrumento necesario para poder romper las cadenas. Colócale en nuestras manos animándonos a usarlo, de manera que nuestra libertad es obra tuya y no nuestra, y nuestro cautiverio, dado caso de que exista, no debe atribuirse más que a nuestra negligencia y pereza. Danos, Señor, esta gracia; y dígnate aceptar la promesa que te hacemos humildemente de unir a ella nuestra cooperación.

Ayúdanos, oh Pablo, a responder a los designios misericordiosos de Dios sobre nosotros; haz que nos sometamos al yugo suave de Jesús. Su voz no atruena; no deslumbra nuestros ojos con sus rayos; pero con frecuencia se queja de que le perseguimos. Ayúdanos a decirle como tú: “¿Señor, qué quieres que haga?”. Seguramente nos responderá que seamos sencillos y niños como él, que seamos agradecidos, que rompamos con el pecado y luchemos contra nuestros malos instintos, que procuremos la santidad siguiendo sus ejemplos. Tú dijiste, oh Apóstol: “¡Sea anatema, quien no ame a Nuestro Señor Jesucristo!”. Haz que le conozcamos más y más, para poder amarle, y que misterios tan amables no sean por nuestra ingratitud, causa de nuestra condenación.

Oh Vaso de elección, convierte a los pecadores que no piensan en Dios. En la tierra te diste completamente a la obra de la salvación de las almas; continúa tu ministerio en el cielo donde reinas, y pide al Señor para los que persiguen a Jesús en sus miembros, las gracias que triunfan de las mayores rebeldías.

Como Apóstol de los Gentiles, mira a tantas naciones sentadas aún en las sombras de la muerte. En otros tiempos te abrasaron dos deseos: el de reunirte con Cristo, y el de permanecer en la tierra para trabajar en la salvación de los pueblos. Ahora estás ya para siempre con el Salvador a quien predicaste; no olvides a los que no le conocen todavía. Suscita hombres apostólicos que continúen tus trabajos. Haz fecundos sus sudores y su sangre. Atiende a la Sede de Pedro, tu hermano y jefe; protege la autoridad de la Iglesia Romana que es heredera de tus poderes, y que te considera como su segundo pilar. Sal por su honor allí donde es despreciada; destruye los cismas y las herejías; infunde tu espíritu en todos los pastores, para que a imitación tuya, no se busquen a sí mismos; sino sólo y siempre los intereses de Jesucristo.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Una Santa contra el aborto (III)


El 25 de abril de 1994, con motivo de su beatificación, el Papa Juan Pablo II llegará a decir: “Gianna Beretta Molla supo entregar su vida en sacrificio, para que el ser que llevaba en su seno -y que se encuentra hoy entre nosotros- pudiera vivir. Como médico, era consciente de lo que le esperaba, pero no retrocedió ante el sacrificio, confirmando de ese modo la heroicidad de sus virtudes. Es nuestro deseo rendir homenaje a todas las madres valerosas, que se dedican sin reservas a su familia, y que están dispuestas a no escatimar pena alguna, a hacer todos los sacrificios, para transmitirles lo mejor de ellas... ¡Cuánto deben luchar contra las dificultades y los peligros! ¡Cuántas veces son llamadas a enfrentarse a verdaderos “lobos” decididos a quitar la vida y a dispersar el rebaño! Y esas madres heroicas no siempre reciben apoyo de su entorno. Al contrario, los modelos de sociedad, promovidos y propagados con frecuencia por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad. Hoy en día, en nombre del progreso y de la modernidad, los valores de fidelidad, castidad y sacrificio, por los que numerosas esposas y madres cristianas se distinguen y continúan distinguiéndose, se presentan como superados. Sucede entonces que una mujer que decide ser coherente con sus principios se siente profundamente sola. Sola con su amor, al que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio conductor es Cristo, que nos ha revelado ese amor que nos prodiga el Padre. Una madre que cree en Cristo encuentra un enorme apoyo en ese amor que todo lo soportó. Se trata de un amor que le permite creer que lo que hace por un hijo concebido, traído al mundo, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios. Como lo escribe san Juan, Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y cuando esa realidad se manifieste plenamente seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es”.

El Papa manifiesta igualmente su solicitud paternal con las mujeres que han recurrido al aborto mediante las siguientes palabras de ánimo de la Encíclica Evangelium vitae: “La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la reconciliación... Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida... seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

“Recemos juntos a fin de tener la valentía de defender al niño que va a nacer y de darle la posibilidad de amar y de ser amado -decía la madre Teresa de Calcuta-. Y creo que de ese modo, con la gracia de Dios, podremos conseguir que haya paz en el mundo”.

Que en este año nuevo, la Santísima Virgen y san José nos concedan la paz que el Hijo de Dios vino a dar al mundo mediante su Encarnación.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

La santidad de dos (I)


La verdad de la vocación universal a la santidad ha sido reconocida y aceptada. Sin embargo se olvida con frecuencia que esta llamada no se dirige únicamente a las personas individualmente sino, en el caso de los esposos, se refiere al matrimonio mismo, y con él a toda la comunidad familiar. La santidad está estrechamente ligada al sacramento del matrimonio. Contemplando a los santos esposos lograremos entender mejor la esencia misma del matrimonio, es decir, de esta “comunión de dos” que comprende espíritu y cuerpo. Podremos así comprender mejor la importancia de la comunión espiritual.

Dos cristianos que se aman y toman la decisión de vivir juntos para siempre no manifiestan esta decisión frente a un funcionario estatal, como los no creyentes, sino ante Dios y ante la comunidad de los hombres que comparten su fe. Desde este momento están unidos en todas las vicisitudes de su vida, no sólo en la prosa cotidiana sino también, sobre todo, en la vida espiritual, es decir, en la oración, en el esfuerzo de amar cada vez más a Dios y en el camino común hacia la perfección cristiana, es decir, hacia la santidad. Todo sacramento introduce la semilla de la santidad en el alma del hombre que lo recibe. Aunque no se exprese verbalmente, este es el empeño prioritario en las promesas matrimoniales: “te ayudaré en tu camino a la santidad”, o mejor aún: “a partir de hoy, tu camino de santidad es el mío: es el nuestro”. Es imposible vivir en plenitud el sacramento del matrimonio y santificarse sin la ayuda de Dios, una ayuda que es dada a los que están cerca de Él, a los que están siempre en su presencia. Dios, que está siempre al lado de los esposos en todo momento de su vida, exige, sí, fidelidad a las promesas, pero también ayuda para mantenerlas.

La búsqueda común de la santidad enriquece la vida espiritual de los esposos, consolida su unidad, aumenta su amor y les ayuda a soportar las dificultades. Esas dos personas, ligadas del modo más estrecho posible entre los hombres, totalmente unidas corporal y espiritualmente, se convierten, como genialmente los ha definido Juan Pablo II, en la “unidad de dos”.

Fuente: Stanislaw y Ludmila Grygiel, Esposos y santos

San Juan de la Cruz (III)


Según Juan de la Cruz, todo lo que existe, creado por Dios, es bueno. A través de sus criaturas, nosotros podemos descubrir a aquel que en ellas ha dejado una huella de sí mismo. La fe, en cualquier caso, es la única fuente que se le da al hombre para conocer a Dios tal como es en sí mismo, como Dios uno y trino. Todo lo que Dios quería comunicar al hombre lo ha dicho en Jesucristo, su Palabra hecha carne. Él es el único y definitivo camino al Padre. Cualquier cosa creada no es nada en comparación con Dios y nada vale fuera de él: en consecuencia, para alcanzar el amor perfecto de Dios, cualquier otro amor debe conformarse en Cristo al amor divino. De aquí deriva la insistencia de san Juan de la Cruz en la necesidad de la purificación y del vaciamiento interior para transformarse en Dios, que es la meta única de la perfección. Esta “purificación” no consiste en la simple carencia física de las cosas o de su uso; lo que hace al alma pura y libre, en cambio, es eliminar toda dependencia desordenada de las cosas. Hay que situar todo en Dios como centro y fin de la vida. El largo y fatigoso proceso de purificación exige el esfuerzo personal, pero el verdadero protagonista es Dios: todo lo que el hombre puede hacer es “estar dispuesto”, estar abierto a la acción divina y no ponerle obstáculos. Viviendo las virtudes teologales, el hombre se eleva y da valor al propio compromiso. El ritmo de crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad va al paso con la obra de purificación y con la progresiva unión con Dios hasta transformarse en él. Cuando se llega a esta meta, el alma se sumerge en la misma vida trinitaria, de modo que san Juan afirma que llega a amar a Dios con el mismo amor con el que él la ama, porque la ama en el Espíritu Santo. Por este motivo el doctor místico sostiene que no existe verdadera unión de amor con Dios si no culmina en la unión trinitaria. En este estado supremo el alma santa conoce todo en Dios y ya no debe pasar a través de las criaturas para llegar a él. El alma se siente entonces inundada por el amor divino y se alegra completamente en él.

Queridos hermanos, al final queda la pregunta: este santo, con su alta mística, con este arduo camino hacia la cima de la perfección, ¿tiene algo que decirnos también a nosotros, al cristiano normal que vive en las circunstancias de esta vida de hoy, o es un ejemplo, un modelo sólo para pocas almas elegidas que pueden realmente emprender este camino de la purificación, de la subida mística? Para encontrar la respuesta debemos ante todo tener presente que la vida de san Juan de la Cruz no fue un “volar en nubes místicas”, sino que fue una vida muy dura, muy práctica y concreta, tanto como reformador de la Orden, donde encontró muchas oposiciones, como superior provincial, como en la cárcel de sus hermanos, donde estaba expuesto a insultos increíbles y a maltratos físicos. Fue una vida dura, pero precisamente en los meses pasados en la cárcel escribió una de sus obras más hermosas. Y así podemos entender que el camino con Cristo, ir con Cristo, “el Camino”, no es un peso añadido al ya suficientemente duro fardo de nuestra vida, no es algo que haga más pesado esta carga, sino que es una cosa totalmente distinta, es una luz, una fuerza, que nos ayuda a llevar este peso. Si un hombre lleva dentro de sí un gran amor, este amor le da casi alas, y soporta más fácilmente todas las molestias de la vida, porque lleva en sí esta gran luz; esta es la fe: ser amado por Dios y dejarse amar por Dios en Jesucristo. Este dejarse amar es la luz que nos ayuda a llevar el peso de cada día. Y la santidad no es una obra nuestra, muy difícil, sino precisamente esta “apertura”: abrir las ventanas de nuestra alma para que la luz de Dios pueda entrar; no olvidar a Dios porque precisamente en la apertura a su luz se encuentra fuerza, se encuentra la alegría de los redimidos. Oremos al Señor para que nos ayude a encontrar esta santidad, dejarse amar por Dios, que es la vocación de todos y la verdadera redención.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

San Juan de la Cruz (II)


San Juan de la Cruz está considerado como uno de los poetas líricos más importantes de la literatura española. Sus mayores obras son cuatro: Subida al Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva.

En Cántico espiritual, san Juan presenta el camino de purificación del alma, es decir, la progresiva posesión gozosa de Dios, hasta que el alma llega a sentir que ama a Dios con el mismo amor con el cual es amada por él. Llama de amor viva prosigue en esta perspectiva, describiendo más detalladamente el estado de unión transformador con Dios. La comparación que utiliza Juan siempre es la del fuego: igual que el fuego, que cuanto más arde y consume la madera, más incandescente se hace hasta convertirse en llama, así el Espíritu Santo, que durante la noche oscura purifica y limpia el alma, con el tiempo la ilumina y la calienta como si fuera una llama. La vida del alma es una continua fiesta del Espíritu Santo, que deja entrever la gloria de la unión con Dios en la eternidad.

Subida al Monte Carmelo presenta el itinerario espiritual desde el punto de vista de la purificación progresiva del alma, necesaria para escalar la cima de la perfección cristiana, simbolizada por la cima del Monte Carmelo. Esta purificación se propone como un camino que el hombre emprende, colaborando con la acción divina, para liberar el alma de todo apego o afecto contrario a la voluntad de Dios. La purificación, que para llegar a la unión de amor con Dios debe ser total, comienza por la de la vida de los sentidos y prosigue con la que se obtiene por medio de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que purifican la intención, la memoria y la voluntad. Noche oscura describe el aspecto “pasivo”, o sea la intervención de Dios en el proceso de “purificación” del alma. De hecho, el esfuerzo humano por sí solo es incapaz de llegar a las raíces profundas de las inclinaciones y de las malas costumbres de la persona: sólo las puede frenar, pero no extirparlas completamente. Para hacerlo, es necesaria la acción especial de Dios que purifica radicalmente el espíritu y lo dispone a la unión de amor con Él. San Juan define “pasiva” esa purificación, precisamente porque aunque es aceptada por el alma, la realiza la acción misteriosa del Espíritu Santo que, como llama de fuego, consume toda impureza. En este estado, el alma está sometida a todo tipo de pruebas, como si se encontrara en una noche oscura.

Estas indicaciones sobre las obras principales del santo nos ayudan a acercarnos a los puntos más destacados de su vasta y profunda doctrina mística, cuyo objetivo es describir un camino seguro para alcanzar la santidad, el estado de perfección al cual Dios nos llama a todos.

Siguiendo las enseñanzas de san Juan de la Cruz, os exhorto a que recorráis el camino hacia la santidad, a la que el Señor os ha llamado con el bautismo, abriendo vuestro corazón al amor de Dios y dejándoos transformar y purificar por su gracia

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

María, Madre nuestra


Acudamos a la esposa del Señor, acudamos a su madre, acudamos a su más perfecta esclava. Pues todo eso es María.

¿Y qué es lo que le ofrecemos? ¿Con qué dones le obsequiamos? ¡Ojalá pudiéramos presentarle lo que en justicia le debemos! Le debemos honor, porque es la madre de nuestro Señor. Pues quien no honra a la madre sin duda que deshonra al hijo. La escritura, en efecto, afirma: Honra a tu padre y a tu madre.

¿Qué es lo que diremos, hermanos? ¿Acaso no es nuestra madre? En verdad, hermanos, ella es nuestra madre. Por ella hemos nacido no al mundo, sino a Dios.

Como sabéis y creéis, nos encontrábamos todos en el reino de la muerte, en el dominio de la caducidad, en las tinieblas de la miseria. En el reino de la muerte, porque habíamos perdido al Señor; en el dominio de la caducidad, porque vivíamos en la corrupción; en las tinieblas, porque habíamos perdido la luz de la sabiduría, y, como consecuencia de todo esto, habíamos perecido completamente. Pero por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz.

María es nuestra madre, la madre de nuestra vida, la madre de nuestra incorrupción, la madre de nuestra luz. El Apóstol afirma de nuestro Señor: Dios lo ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.

Ella, pues, que es madre de Cristo, es también madre de nuestra sabiduría, madre de nuestra justicia, madre de nuestra santificación, madre de nuestra redención. Por lo tanto, es para nosotros madre en un sentido mucho más profundo aún que nuestra propia madre según la carne. Porque nuestro nacimiento de María es mucho mejor, pues de ella viene nuestra santidad, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención.

Afirma la Escritura: Alabad al Señor en sus santos. Si nuestro Señor debe ser alabado en sus santos, en los que hizo maravillas y prodigios, cuánto más debe ser alabado en María, en la que hizo la mayor de las maravillas, pues Él mismo quiso nacer de ella.

Fuente: De los sermones del beato Elredo, abad

Participar en la Santa Misa (II)


“Para que la oblación con que los fieles ofrecen al Padre la Víctima divina tenga efecto cumplido se requiere todavía una cosa: es necesario que ellos se inmolen como víctimas” (Mediator Dei). Esta autorizada enseñanza de la Iglesia nos invita a tomar parte en la Misa, siendo “junto con la Hostia Inmaculada, una víctima agradable a Dios Padre”. Jesús fue la Víctima grata al Padre al abrazarse en todo con su voluntad, hasta morir en cruz por su gloria. Nosotros seremos víctimas ante Dios cuando renunciando a todo querer contrario al suyo, tratemos de conformamos en todo a su querer divino, ya por el cumplimiento exacto de nuestros deberes, ya por la aceptación generosa de todo lo que Dios permite en nosotros. Y si el deber requiere sacrificio, si la vida comporta sufrimientos, todas las mañanas tendremos la oportunidad en la santa Misa de dar el máximo valor a nuestros sacrificios, ofreciendo en ella “junto con el divino Crucificado, todo nuestro ser, nuestras preocupaciones, dolores, angustias y miserias”.

Jesús en el Calvario se inmoló Él solo por nuestra salvación, pero en el Altar quiere asociarnos a su sacrificio, pues, si la cabeza es inmolada, inmolados deben ser también los miembros. ¿Qué valor pueden tener los sacrificios y la misma vida de una criatura aislada, ofrecidos en expiación a Dios? Ninguno, porque nosotros no somos nada. Pero si esa oblación va acompañada por la de Jesús, con Él, en Él, se hace entonces hostia agradable a Dios Padre. Retornando después a nuestras ocupaciones, el recuerdo de la entrega hecha por la mañana nos ayudará a ser generosos en la aceptación de las grandes o pequeñas penas cotidianas, y el pensamiento de que Jesús se inmola en nuestros altares en todos los instantes del día y de la noche, nos permitirá unirnos y vivir realmente como víctimas asociadas a la Víctima divina. ¡Cuánto valor y arranque de generosidad deriva al alma de esta vida, y de la continua participación en la santa Misa!

“¡Oh Salvador mío! En honor de la oblación y unido al sacrificio que de Ti haces al Padre, me ofrezco para ser una hostia sangrienta de tu voluntad, una víctima inmolada a gloria tuya y a gloria del Padre. Úneme a Ti, ¡oh Jesús!, de esa manera: atráeme a tu sacrificio para que sea inmolado contigo y por Ti. Y pues se requiere que la hostia sea sacrificada, degollada, y consumida por el fuego, hazme morir a mí mismo, a mis vicios, a mis pasiones, a todo lo que te disgusta; consúmeme totalmente en el fuego sagrado de tu divino amor y haz que desde ahora toda mi vida sea un continuo sacrificio de alabanza, de gloria y amor al Padre y a Ti” (San Juan Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Negociemos los talentos


“El que recibió cinco talentos negoció con ellos y ganó otros cinco, y de la misma manera el que recibió dos ganó otros dos, y el que recibió uno cavó en la tierra y escondió el tesoro de su señor.”

En el criado que recibió cinco talentos y en el que recibió dos están representados los fervorosos y diligentes; porque ordinariamente los que han recibido mucho caudal cobran grande ánimo y confianza para trabajar, y como mercaderes ricos se abalanzan a grandes empresas y ganan mucho, con tal que tengan humildad, atribuyendo su fervor a la divina gracia.

En el que recibió un talento están representados los negligentes y perezosos, porque los que tienen poco caudal, si no son muy humildes, suelen ser muy quejicosos, envidiosos y pusilánimes, y así se rinden a la pereza. Y si tienen otros talentos de mundo y carne, empléanse en buscar los bienes terrenos, y debajo de esta tierra sepultan el talento que recibieron para negociar los bienes del cielo.

Y ¿cuál es su premio y galardón? Al que ganó cinco talentos y al que ganó dos, díjoles el Señor: “Alégrate, siervo bueno y fiel; pues fuiste fiel en lo poco, yo te haré señor de muchas cosas: entra en el gozo de tu señor.”

Califícalos de buenos y fieles: buenos, porque vivieron santamente, cumpliendo su ley y voluntad; fieles, porque usaron fielmente de los dones y gracias que habían recibido, aunque en sí grandes, pero pequeños respecto de los eternos; y por eso dice: “Pues fuiste fiel en lo poco”, cual es lo que pasa en esta vida mortal, Yo te constituiré en el cielo sobre mucho, haciéndote muchas y grandes mercedes. “Entra en el gozo de tu Señor”; engólfate en el abismo de los deleites celestiales, para que de dentro y de fuera estés lleno y colmado de gozo, bebiendo del río copioso de su alegría hasta tener perfecta hartura.

A ambos dijo las mismas palabras, para darnos a entender que en la paga del cielo más se atiende a la diligencia de las obras que al número de los talentos. No hubiera sido llamado siervo bueno y fiel el que recibió cinco talentos, si sólo hubiera ganado dos. Y tú ¿negocias con los talentos que Dios te dio? ¿En tu salud, tu ingenio, tu ciencia, con verdadero afán, en las cosas que tocan al servicio de Dios y bien de las almas?

“El siervo que recibió un talento dijo a su Señor: Sé que eres hombre duro y que coges de lo que no haz sembrado, y así, temiéndote, escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo.”

Descúbrese aquí la malicia del perezoso que, para en encubrir su pereza, finge peligros y dificultades y teme donde no hay que temer.

“Respondióle el Señor: Siervo malo y perezoso, si sabías que cojo donde no siembro, debías haber dado mi dinero cambio, para que cuando viniera recibiera lo que es mío con ganancia. Quitadle el talento y dadle al que tiene cinco; porque, al que tiene se le dará, y al que no tiene le quitarán lo que parece que tiene; y a este siervo desaprovechado echadle en tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de diente.”

¡Terrible sentencia! No sólo le reprende aspérrimamente y le confunde delante de los otros siervos, sino que le quita el talento que tenía, esto es, le despoja de todos los bienes de gracia y de todos los dones añadidos a su naturaleza, en castigo de su pereza. Y le echa en las tinieblas exteriores del infierno, donde perpetuamente llore y rabie por su desaprovechada pereza.

Y si tal castigo se da al que por pereza no usa del talento que recibió, ¿qué castigo se dará al que usa de él para ofender a Dios y escandalizar o dañar al prójimo?

Señor, no entres en juicio conmigo. Merecía que me hubieras quitado los talentos que me diste, por haberlos enterrado. Mas ya que por tu paciencia me has hecho sufrir ayúdame a desenterrarlos para que, negociando con ellos lo que me pides, alcance lo que prometes a los que dignamente los emplean.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

En la beatificación de Franz Jägerstätter


Agosto de 1943. En la prisión militar de Berlín-Tegel, un condenado a muerte traza con mano torpe las siguientes líneas: “Aunque escriba con las manos encadenadas, es preferible a tener la voluntad encadenada. A veces, Dios se manifiesta dando fuerza a quienes le aman y no anteponen las cosas terrenales a las realidades eternas. Ni el calabozo, ni las cadenas, ni siquiera la muerte pueden separar a alguien del amor de Dios, ni arrebatarle la fe y el libre albedrío. El poder de Dios es invencible”. Este “mártir de la conciencia” fue beatificado, en presencia de su esposa, de 94 años de edad. (Dom Antoine Marie, OSB)

He venido a Linz con gran alegría en mi corazón por el honor que el Santo Padre Benedicto XVI me ha concedido, por su benevolencia, al designarme para presidir, como representante suyo, el solemne rito de la beatificación del siervo de Dios Franz Jägerstätter. Quiero manifestaros mi gozo particular al ver inscrito hoy en el catálogo de los beatos a un laico casado y padre de familia.

La peculiaridad de nuestro beato se encuentra en su martirio (1943), insertado en el contexto histórico particularmente trágico del período del III Reich, durante la segunda guerra mundial. El beato Franz era un hombre de nuestro tiempo, un hombre normal, con defectos; incluso, durante cierto tiempo, llevó un estilo de vida más bien ligero y mundano. Pero siguiendo su vocación y con la gracia de Dios, puso la voluntad de Dios por encima de todo, llegando, tras largas luchas interiores, a una vida extraordinaria de testimonio cristiano.

Por sus convicciones de fe afrontó la muerte. Su camino es un desafío y un estímulo para todos los cristianos, que pueden seguir su ejemplo para vivir con coherencia y compromiso radical su fe, incluso hasta las extremas consecuencias, si fuese necesario. Los beatos y los santos siempre han dado ejemplo de lo que significa e implica ser cristianos, incluso en algunos momentos particulares, concretos, de la historia.

En un tiempo como el nuestro, en el que no faltan los condicionamientos e incluso la manipulación de las conciencias y las inteligencias, a veces a través de formas engañosas que se sirven de las tecnologías modernas más avanzadas, el testimonio del beato Franz es un ejemplo importantísimo de inquebrantable valentía y de firme y fuerte coherencia.

Son conmovedoras las palabras que escribió Franz Jägerstätter en la última carta que envió a su esposa Franziska Schwanniger, especialmente cuando afirmaba: “También doy gracias a nuestro Salvador porque he podido sufrir por él. Confío en su infinita misericordia. Espero que me haya perdonado todo y que no me abandone en mi última hora... Cumplid los mandamientos y, con la gracia de Dios, pronto nos volveremos a ver en el cielo” (Doc. 21, Summ., 187-188).

Esas palabras nos llevan a la esencia, porque los santos saben ir siempre a lo esencial, que aquí es aquel “serva mandata”, “cumple los mandamientos” (cf. Mt 19, 17), con que Jesús responde a quien quiere saber qué debe hacer para alcanzar la vida eterna.

Invocando la protección especial del nuevo beato, el mártir Franz Jägerstätter, me complace transmitir la bendición apostólica particular del Santo Padre Benedicto XVI, para que os acompañe en el camino hacia la santidad, a la que todos estamos llamados

Fuente: Card. José Saraiva Martins, Homilía del 26 de octubre de 2007 en la ceremonia de Beatificación

Ejercicio de la buena muerte


Toda nuestra vida, debe ser una preparación para tener una buena muerte.

Para conseguir este importantísimo fin nos ayudará muchísimo la práctica del Ejercicio de la buena muerte, que consiste en disponer un día de cada mes todos nuestros negocios espirituales y temporales, como si en aquel día debiésemos realmente morir.

Se hace alguna reflexión acerca de la muerte, considerando que quizás está muy próxima y que puede asaltarnos repentinamente; pensemos cómo hemos pasado el mes precedente y sobre todo, si tenemos algo de que nos remuerda la conciencia o tenga inquieta nuestra alma, en caso de que debiese presentarse al tribunal de Dios; al día siguiente confesemos y comulguemos, como si verdaderamente hubiese llegado el instante de nuestra muerte.

Podría suceder que murieseis de muerte súbita y repentina y que no tuvieseis tiempo de llamar al sacerdote y de recibir los Santos Sacramentos; por esto os exhorto a que hagáis con frecuencia, durante vuestra vida, aun fuera de la Confesión, actos de perfecto dolor de los pecados cometidos y actos de perfecto amor de Dios; uno solo de estos actos, cuando va unido al deseo de confesarse, puede bastar en todo tiempo y especialmente, en los últimos momentos de la vida, para borrar cualquier pecado e introducimos en el Paraíso.

Fuimos creados por Dios y debemos volver a Él. Nuestra vida es un viaje hacia la Casa del Padre que nos espera: una muerte santa nos abrirá las puertas del Paraíso introduciéndonos en los esplendores eternos.

Por consiguiente el momento más importante y decisivo de nuestra vida es la muerte: de ella depende nuestra eternidad. ¿Será para ir a una eternidad feliz o desgraciada? ¿Y si la muerte nos sorprendiera ahora imprevistamente, estaríamos preparados para presentarnos ante el tribunal de Dios?

Es por lo tanto muy conveniente, como lo recomendaba Don Bosco, que cada mes pensemos en la muerte a fin de poder revisar el estado de nuestra conciencia y las confesiones pasadas, especialmente las que hemos hecho en el mes anterior para quitar cualquier duda o incertidumbre.

Hacer una confesión y una comunión tan esmeradas y fervorosas, como si fueran las últimas de nuestra vida.

El pensamiento de la muerte no es motivo de tristeza sino de serenidad y de paz para el alma, luego de contento y alegría. Nadie murió tan serenamente como Santo Domingo Savio por ejemplo, cuya muerte fue "un sueño de alegría". Él todos los meses hacía con toda fidelidad el ejercicio de la buena muerte. Para quien está en gracia de Dios, la muerte es un encuentro fraternal con Nuestro Señor Jesucristo, un abandono afectuoso y confiado en los brazos de un Padre infinitamente bueno.

Fuente: Cf. San Juan Bosco, La juventud instruida

No es lícito establecer diferencia entre las verdades de la fe


Donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. Los llamados “pancristianos”, han llegado a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe.

Ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado -y que haya hablado lo comprueba la historia-, es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia.

Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Por tanto, la Iglesia de Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir -y de ello estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no habían de prevalecer contra ella (Mt 16, 18).

Aun cuando podrá encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarán pocos a quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando enseña o manda y gobierna.

Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe?

Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás?

En lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquella diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pero la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad.

Ojalá Nuestro Divino Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad, oiga Nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar a la unidad de la Iglesia a cuantos están separados de ella. Con este fin, sin duda importantísimo, invocamos y queremos que se invoque la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Divina Gracia, develadora de todas las herejías y Auxilio de los cristianos, para que cuanto antes nos alcance la gracia de ver alborear el deseadísimo día en que todos los hombres oigan la voz de su divino Hijo, y conserven la unidad del Espíritu Santo con el vínculo de la paz. Bien comprendéis, cuánto deseamos este retorno, y cuánto anhelamos que así lo sepan todos Nuestros hijos, no solamente los católicos, sino también los disidentes de Nos; los cuales, si imploran humildemente las luces del cielo, reconocerán, sin duda, a la verdadera Iglesia de Cristo, y entrarán, por fin, en su seno, unidos con Nos en perfecta caridad.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Mortalium Animos

Santa Teresa de Jesús - relato de su conversión


El año 1554 con 29 años de edad comenzó su conversión definitiva y entrega total a Dios. A partir de aquí avanza con pasos de gigante en la senda de la santidad.

Ella relata: Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas. Y no sabía lo que decía (que harto hacía quien por sí me las consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento) y encomendábame a aquesta gloriosa santa para que me alcanzase perdón.

Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.

En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto. Yo soy muy aficionada a san Agustín, porque el monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome que en ellos había de hallar ayuda y que, como los había el Señor perdonado, podía hacerlo a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié; de mí muchas veces...

En cuanto comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí. Comencé a encomendarme mucho a este glorioso santo. Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí misma con gran aflicción y fatiga... Yo me admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. ¡Sea Dios alabado, que me dio vida para salir de muerte tan mortal!

Fuente: Cf. Santa Teresa de Jesús, Vida, 9, 1-3; 9, 7-8. Citado por P. Ángel Peña O.A.R, Santa Teresa de Jesús: Vida y Obras, Ed. digital, pp. 26 y 27

Orar en nombre de Jesucristo


Para alcanzar el efecto de la oración es preciso orar en nombre de Jesucristo, pues no haciéndolo así es lo mismo que no orar, según se deduce de las palabras que dirigió a sus apóstoles: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis.

¿Nada habían pedido los apóstoles a Jesucristo hasta el momento de la cena en que les dirigió esas palabras? Sí, habían pedido ya varias cosas, según consta del mismo evangelio. San Pedro le había pedido permanecer con él en el Tabor; san Juan y Santiago sentarse al lado de su trono en su reino, y sin embargo dice a todos en general, que nada le habían pedido en su nombre. ¿Cómo se explica esto? Se explica diciendo que lo que pedían esos apóstoles era únicamente lo relativo al orden temporal, y como lo que no tiene relación alguna con la vida sobrenatural y eterna, es nada a los ojos del Salvador, por eso les dijo que nada le habían pedido en su nombre.

Orar en nombre de Jesucristo tomado en sentido literal y estricto es pedir por su intercesión y en virtud de sus méritos, pero además de ese sentido los santos Padres deducen otro menos estricto y más extenso. Rogar en nombre de Jesucristo, dicen es orar como Jesucristo quiere que se ore, del modo que ha mandado, y según las reglas que Él mismo trazara. En efecto: ¿cómo se puede decir que una oración se hace en nombre de Jesucristo, si esa oración no es conforme a lo que quiere Jesucristo? ¿Puede uno imaginarse que presente a su Padre y apoye oraciones viciosas en sí mismas o en el modo? Es claro que no. Es abogado y protector de los pecadores, pero no de los pecados. Lejos de apoyar, rechaza las oraciones con las cuales no pedimos lo que se debe pedir o como se debe pedir.

¿Qué debemos pedir para que sea en nombre de Jesucristo? Hay dos clases de bienes que pueden ser objetos legítimos de nuestras súplicas: bienes temporales y espirituales. No está prohibido pedir a Dios bienes temporales. Jesucristo mismo en la oración del Padre nuestro nos enseñó a pedir el pan de cada día. La Iglesia pide muchos bienes temporales: pide que nos libre el Señor del rayo y la tempestad, de los terremotos, de la peste, del hambre y de la guerra. Pidamos con ella esos bienes, pero como ella los pide, y guardando el mismo orden que ella guarda. Según el precepto del divino fundador comienza por pedir el reino de Dios y su justicia, y como cosas secundarias, los bienes temporales y sólo en cuanto sean conducentes a la salvación eterna. Así sólo se pide en nombre de Jesucristo y es eficaz la oración.

Jesucristo, que es el que nos promete ser escuchados, es salvador. De aquí se deduce, dice nuestro Padre san Agustín, que cuando no se pide lo que es útil a la salvación, no se ora en nombre del Salvador. No nos sorprendamos, pues, si la mayor parte de nuestras oraciones no son oídas, puesto que ordinariamente no pedimos sino cosas bajas y terrenas.

Fuente: De los sermones de san Ezequiel Moreno, obispo

Santa Teresita, el secreto de su santidad


¿Cuál fue el secreto de su santidad? Óyeselo a ella misma: Todo mi empeño y toda mi alegría está en ser pequeña, y en hacerme como un niño para poder ser admitida en el reino de los cielos... La perfección me parece cosa fácil. Basta con que uno reconozca su propia nada, y se arroje como un niño en los brazos del buen Dios... En este estado de infancia espiritual, Dios lo es todo, el hombre no es nada. En este "niño" obra Dios todo lo que quiere, como lo quiere y hasta donde quiere. No encuentra en el alma la menor resistencia, ningún obstáculo... Mi verdadero progreso está en hacerme como niño ante Dios... Más alegra a Dios lo que Él realiza en un alma que se contenta humildemente en su pobreza que la creación de millones de soles... El espíritu de la infancia espiritual mata mejor el orgullo que el mismo espíritu de mortificación... Su mérito es grande, porque nada cuesta tanto al hombre como el hacerse sincero y verdaderamente pequeño...

Estas palabras en que la Santa nos dejó como un retrato de su alma, nos revelan claramente el secreto de su santidad. Hízose pequeña, como niño, ante Dios, y el Señor la encumbró y engrandeció.

He aquí el secreto de toda verdadera santidad. Lo que nos hace grandes a los ojos de Dios no son nuestros vastos planes, nuestras empresas, ni aun siquiera nuestras grandes mortificaciones y obras de penitencia, o nuestros numerosos ejercicios de piedad. Todo esto puede ser envenenado por nuestro orgullo, por nuestra vanidad. Todo esto puede proceder y procede muchas veces, por desgracia, de nuestro propio espíritu, de nuestro propio gusto. Lo que nos hace verdaderamente grandes delante de Dios, lo que nos abre las puertas del reino de los cielos, de las virtudes, de la gracia, de la perfección y de la unión con Dios, es el ser pequeños, humildes como niños. No en vano comenzó Dios la gran obra de la redención por hacerse niño. Más tarde nos diría en su Evangelio: El que se hiciere pequeño como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos... Así piensa Cristo, así piensa Dios, así piensa la Santa Iglesia, así piensan y viven los santos. Fijos, pues, los ojos en este modelo de santidad que hoy te propone la Iglesia, resuélvete a emprender el camino de la verdadera infancia espiritual.

Posee el espíritu de la infancia espiritual todo aquel que, convencido de su propia impotencia y debilidad, se deja guiar en todo y totalmente por la luz y conducta de la gracia divina, y de aquellos que Dios ha puesto como representantes suyos. Este tal quiere ser pequeño, renuncia a confiar en sí mismo, a apegarse a sí propio. Cree con sencillez lo que se le dice; ejecuta lo que se le ordena, sin preguntar ¿por qué yo, o por qué así? Obedece lo que se le indica.

Lleno de espíritu de fe se eleva por encima de todo razonamiento, y no se inquieta por el camino que ha de seguir, ni por el término a que se le conduce. No juzga por sí mismo de nadie. Se arroja ciegamente en las manos de la Providencia, del gobierno de Dios. Marcha resuelto por el camino que debe seguir, sin pararse a contemplar si es escarpado, pedregoso o fácil. No se fija en si podrá avanzar, ni en cómo lo podrá hacer. Olvidado de sí mismo, descansa tranquilo en los brazos, en el corazón del Padre, como un niño recién nacido sobre el corazón y los brazos de su madre.

No busca las ocasiones de practicar delante de los hombres grandes y maravillosas virtudes. Prefiere siempre lo más pequeño, lo más oscuro. Sigue con heroica fidelidad y con absoluto espíritu de sacrificio todos los impulsos de la gracia. Obedece todos los mandatos de los superiores, y cumple con fidelidad todas sus reglas. Aprovecha todas las ocasiones de padecer, de sufrir, de mortificarse, que Dios quiera ofrecerle. Ama el ser pobre. Ve en todo cuanto le sucede la santa voluntad de Dios, y se somete a ella total, fiel y alegremente. Por amor de Dios conserva siempre y en toda circunstancia una dulce tranquilidad y una serena alegría. Renuncia a todo egoísmo, y a toda preocupación de sí mismo. No mira más que a Dios, su beneplácito; y esto sin ninguna mira egoísta. Todo es sencillez...

En presencia de Dios, a solas con tu conciencia, pregúntate: ¿Se dan en mí estas notas características del verdadero espíritu de la infancia espiritual? ¿Qué me falta? ¿Qué debo hacer para lograrlo? ¡Dichoso el justo que se hace niño por la humildad! El Señor cuidará de él con particular predilección.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz.

Frases de San Pío de Pietrelcina (II)


Continuación del artículo sobre frases de San Pío de Pietrelcina...

9. ¿Hace algún tiempo que no amas al Señor? ¿No lo amas ahora? ¿No anhelas amarlo para siempre? Por lo tanto, ¡no temas! Aun admitiendo que has cometido todos los pecados de este mundo, Jesús te repite: “¡Muchos pecados te son perdonados porque has amado mucho!”.

10. No te preocupes por las cosas que generan preocupación, desorden y ansiedad. Una sola cosa es necesaria: Elevar tu espíritu y amar a Dios.

11. Donde no hay obediencia, no hay virtud; no hay bondad ni amor. Y donde no hay amor, no hay Dios. Sin Dios, no podemos alcanzar el Cielo. Estas virtudes forman una escalera; si falta un paso, nos caemos.

12. Los mejores medios para protegerte de la tentación son los siguientes: cuida tus sentidos para salvarlos de la tentación peligrosa, evita la vanidad, no dejes que tu corazón se exalte, convéncete del mal de la complacencia, huye del odio, reza cuando sea posible. Si el alma supiera el mérito que uno adquiere en las tentaciones sufridas en la paciencia y conquistado, estaría tentado a decir: Señor, envíame tentaciones.

13. Es necesario proteger todos tus sentidos, especialmente tus ojos: son los medios por los cuales toda la fascinación y el encanto de la belleza y la voluptuosidad entran en el corazón. Cuando la moda, como en nuestro tiempo, es hacia la provocación y expone lo que antes era incorrecto pensar, se debe tener precaución y autocontrol. Siempre que sea necesario, debes mirar sin ver y ver sin pensarlo.

14. Debes recordar que tienes en el Cielo no sólo un Padre sino también una Madre. Entonces recurramos a María. Ella es toda dulzura, misericordia, bondad y amor para nosotros porque es nuestra Madre.

15. El amor y el miedo deben ir unidos, el miedo sin amor se convierte en cobardía. El amor sin miedo se convierte en presunción. Cuando hay amor sin miedo, el amor corre sin prudencia y sin restricción, sin preocuparse por dónde va.

Fuente: Cf. www.aciprensa.com, publicación del 23 de septiembre de 2019.

Frases de San Pío de Pietrelcina (I)


El Padre Pío será recordado durante mucho tiempo por sus innumerables enseñanzas espirituales y que se plasmaron en decenas de frases emblemáticas a lo largo de su vida. Aquí se puede leer 15 de ellas (en dos artículos de este blog) gracias a la selección del National Catholic Register.

1. La sociedad de hoy no reza, por eso se está desmoronando.

2. La oración es la mejor arma que poseemos, la llave que abre el corazón de Dios.

3. Ora, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Nuestro Señor misericordioso escuchará tu oración.

4. Sería más fácil para el mundo existir sin el sol que sin la Santa Misa.

5. Mil años de disfrutar de la gloria humana no valen ni una hora en dulce comunión con Jesús en el Santísimo Sacramento.

6. En la vida espiritual, el que no avanza retrocede. Sucede como con un barco que siempre debe seguir adelante. Si se detiene, el viento lo devolverá.

7. Debes hablar a Jesús también con el corazón, además de los labios; de hecho, en ciertos casos debes hablar con Él solo con el corazón.

8. Siempre debemos tener coraje, y si nos llega alguna languidez espiritual, corramos a los pies de Jesús en el Santísimo Sacramento y ubiquémonos en medio de los perfumes celestiales, y sin duda recuperaremos nuestra fuerza.

Fuente: Cf. www.aciprensa.com, publicación del 23 de septiembre de 2019.

El Gran Medio de la Oración (X)


III. DE LA NECESIDAD DE ACUDIR A LOS SANTOS COMO NUESTROS INTERCESORES

Aquí aparece el lugar conveniente para tratar de la duda si es necesario también recurrir a la intercesión de los Santos para alcanzar las gracias divinas.

Que sea cosa buena y útil invocar a los Santos para que nos sirvan de intercesores y nos alcancen por los méritos de Jesucristo lo que por los nuestros no podemos obtener, es doctrina que no podemos negar, pues así lo declaró la Santa Iglesia en el Concilio de Trento. Lo negaba el impío Calvino, pero era desatino e impiedad, porque, en efecto, nadie osará negar que sea bueno y útil acudir a las almas santas que en el mundo viven para que vengan en nuestra ayuda con sus plegarias. Así lo hacía el apóstol San Pablo, el cual escribiendo a los de Tesalónica, les decía: Hermanos, rogad por nosotros. Pero ¿qué digo? Hasta el mismo Dios mandaba a los amigos del Santo Job que se encomendasen a sus oraciones para que por sus méritos Él les pudiese favorecer. Pues si es lícito encomendarse a las oraciones de los vivos, ¿no lo será invocar a los Santos que están en el cielo y más cerca de Dios?

Y no se diga que esto es quitar el honor debido a Dios, pues es más bien duplicarlo, pues a reyes y potentados no se les honra solamente en su misma persona, sino también en la de sus reales servidores. Y apoyado en esto sostiene Santo Tomás que es cosa muy excelente acudir a muchos santos, porque se obtiene por las oraciones de muchos lo que por las de uno solo no se logra alcanzar. Y si alguno por ventura objetase de qué puede servir el recurrir a los Santos, pues que ellos rezan por todos los que son justos y dignos de sus oraciones, responde el mismo Santo Doctor que si alguno no fuese digno, cuando los santos ruegan por él, se hace digno desde el momento en que recurre a su intercesión.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. III.

Eucaristía - Misterio de esperanza (II)


Alimentando en nosotros la vida de Cristo, la Eucaristía alimenta una vida que no tiene término; uniéndonos a Él, que es la Vida, nos redime de la muerte. En efecto, Jesús dijo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Jn. 6, 55). Notemos que dice: tiene la vida eterna, más bien que tendrá, porque la Eucaristía, acreciendo en nosotros la gracia -que es la semilla de la gloria- viene a sernos verdadera fuente de vida eterna. Y esto no sólo para el alma, sino también para el cuerpo: “La Hostia divina, le comunica el germen de la futura resurrección; el Cuerpo inmortal de Cristo, dice León XIII, infunden [en nuestro cuerpo] una semilla de inmortalidad que un día brotara y dará su fruto” (Encíclica Mirae caritatis). Considerado a esta luz, el Sacramento de la Eucaristía es verdaderamente el Sacramento de la esperanza: esperanza de la gloria celestial, de la visión beatífica, en que nuestra “comunión” con Cristo no tendrá fin. La “comunión” eterna empieza aquí abajo precisamente con la Comunión eucarística que es su preludio, su prenda y, en cierto modo, hasta su anticipación. Más también para la vida presente, en especial para cuanto se refiere a nuestro progreso espiritual, es la Eucaristía motivo de esperanza y confianza. En efecto, aumentando en nosotros la gracia, aumenta también la caridad, y, creciendo ésta, las pasiones quedan reprimidas: el aumento de la caridad -afirma San Agustín- es debilitación de las pasiones, y su perfección es supresión de las mismas. Si en ocasiones la lucha contra algún defecto o tentación se hace más violenta y difícil, si, a pesar de nuestros esfuerzos, no logramos vencer del todo la naturaleza, confiemos en la Eucaristía: Jesús viniendo a nosotros puede calmar toda tempestad y darnos la fuerza para ganar cualquier batalla. “La carne castísima de Jesús, enseña San Cirilo de Alejandría, reprime la insolencia de nuestra carne; efectivamente, Cristo, residiendo en nosotros, apacigua la ley de la carne que se ceba en nuestros miembros. La Eucaristía es, pues, nuestra esperanza para la vida presente y para la futura; nos sostiene en las adversidades, nos fortifican en la lucha por la virtud, nos guarda para la vida eterna y nos conduce a ella suministrándonos el viático necesario para el viaje”

“¡En ti, oh Jesús Sacramentado, manjar celestial, están encerrados todos los bienes! Y ¿qué otra cosa puede el alma desear cuando contiene en sí Aquél que contiene todas las cosas? Si deseo caridad, teniendo en mí al que es la caridad perfecta, vengo a tener la perfección de la caridad, y así por manera semejante de la fe, de la esperanza, de la pureza, de la paciencia, de la humildad y de la mansedumbre; porque Tú, ¡oh Cristo!, gracias a este Manjar, produces en el alma todas las virtudes. Y ¿qué otra cosa puedo querer y desear, si todas las virtudes, los dones y gracias que ansío están reunidas en Ti, ¡oh Señor!, que estás realmente bajo las especies sacramentales, como estás en realidad en el Cielo a la diestra del Padre? Teniendo, pues, y poseyendo un bien tan grande, nada más quiero, nada más deseo, nada más ansío” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vida de oración (II)


Como la oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho, así la vida de ininterrumpida plegaria consiste más en el amor que en el pensamiento. Sin embargo, es necesaria cierta actividad discursiva, sea para encaminar el corazón a Dios, ya para mantenerlo en esa dirección.

El alma que pone interés en hacer la oración mental, fácilmente atesorará en ella pensamientos buenos que le servirán durante el día para tener el corazón ocupado en Dios; por eso será útil que con frecuencia procure durante sus ocupaciones renovar tales ideas y hacerlas vida práctica.

Si, por ejemplo, hemos considerado en la oración la misericordia infinita de Dios, durante el día procuremos que esa idea nos acompañe en nuestras labores, descubriendo en las varias circunstancias que salgan al paso otros tantos rasgos de esa misericordia. Pues muchos acontecimientos que, desde un punto de vista humano, son desagradables y penosos, esconden en la realidad verdaderas misericordias del Señor que quiere despegarnos de las criaturas, hacernos ejercitar la virtud, adelantar en el bien, mediante los dolores, las fatigas y molestias de la vida. Por otra parte, procuremos imitar la misericordia divina en nuestro trato con el prójimo. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6, 36).

Si nuestra oración transcurrió envuelta en sequedad, sin inspirarnos pensamiento alguno determinado, sino solamente en convencimiento profundo de nuestra nada y de la infinita grandeza de Dios, sacaremos provecho de ella esforzándonos durante el día en cumplir nuestras obligaciones con espíritu de humildad y de obsequio al Señor, contentos de que se ofrezca alguna ocasión de humillarnos, de reconocer nuestra pequeñez delante de las criaturas y de exaltar, por el contrario, las grandezas del Señor.

De este modo la oración no será un acto aislado en el programa de cada día, sino que penetrará lo íntimo de cada obra, confiriendo a cada acción y circunstancia sentido de plegaria continua.

“¡Dios mío! Si tu amor me embriagara, no buscaría en todas las cosas sino el modo de servirte con mayor diligencia y perfección, y con generosidad de corazón me esforzaría en hacer sólo lo que más te agrada, negando en todo y por todo mi voluntad.

Concédeme, Señor, tan grande fervor, y un amor tan sin medida que no haga diferencia entre vida y vida, estado y estado, persona y persona, tiempo y tiempo, lugar y lugar, sino que de todos modos y en todo procure hacer lo que te agrada, suspirando siempre por Ti con el afecto de mi alma. Haz que vea todas las cosas en Ti y que en todas ellas no vea sino a Ti, ansioso y anhelante de servirte en todo; y encendido, abrazado de amor no considere nunca lo que para mí es más fácil o cómodo, si no lo que es más agradable a Ti.

Concédeme, Señor, imitar a los espíritus angélicos que no cesan de contemplarte, aun cuando están en nuestra compañía. Haz que sirva y trate a mis hermanos viéndote en ellos y ofrezca mi ayuda al prójimo presentándote a Ti mi corazón. Y si me olvido de este buen ejercicio, ayúdame a tornar a él, de modo que pueda servirte siempre con el corazón fijo en Ti” (San Buenaventura).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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