Encontraréis descanso para vuestras almas


Para ser santos necesitamos humildad y oración. Jesús nos enseñó el modo de orar y también nos dijo que aprendiéramos de Él a ser mansos y humildes de corazón.

Pero no llegaremos a ser nada de eso a menos que conozcamos lo que es el silencio. La humildad y la oración se desarrollan de un oído, de una mente y de una lengua que han vivido en silencio con Dios, porque en el silencio del corazón es donde habla Él.

Impongámonos realmente el trabajo de aprender la lección de la santidad de Jesús, cuyo Corazón era manso y humilde. La primera lección de ese Corazón es un examen de conciencia; el resto, el amor y el servicio, lo siguen inmediatamente. El examen no es un trabajo que hacemos solos, sino en compañía de Jesús. No debemos perder el tiempo dando inútiles miradas a nuestras miserias sino emplearlo en elevar nuestros corazones a Dios para dejar que su luz nos ilumine.

Si la persona es humilde nada la perturbará, ni la alabanza ni la ignominia, porque se conoce, sabe quién es. Si la acusan no se desalentará; si alguien la llama santa no se pondrá sobre un pedestal. Si eres santo dale gracias a Dios; si eres pecador, no sigas siéndolo. Cristo nos dice que aspiremos muy alto, no para ser como Abraham o David ni ninguno de los santos, sino para ser como nuestro Padre celestial. “No me elegisteis vosotros a Mí, fui Yo quien os eligió a vosotros, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (cf. Jn 15, 16).

Fuente: Santa Teresa de Calcuta, El Amor más grande

La prudencia cristiana


La prudencia es la virtud que nos permite juzgar rectamente de aquellas cosas que debemos obrar, siguiendo el dictamen de la recta razón. Además, es su función imperar con eficacia la ejecución de los actos virtuosos correspondientes a las diferentes virtudes morales. Esta virtud es la que nos aconsejará en muchas cosas que la razón natural puede conocer con su propio esfuerzo. Nos preservará de la impulsividad, tendrá a raya a nuestro temperamento, nos disuadirá de seguir las fantasías de nuestra imaginación y los embelecos y engaños de la sensibilidad. Nos enseñará a someternos al juicio de quienes saben y tienen más experiencia que nosotros, y a obedecer a quienes tienen autoridad para mandarnos.

Pero, por perfecta que sea esta virtud (que denominamos prudencia natural, pues no pasa del orden natural de nuestra propia razón), no se halla capacitada para juzgar rectamente sobre el modo de comportarnos en nuestra vida sobrenatural y cristiana. Para esto es preciso poseer la prudencia sobrenatural o cristiana, que nos recomienda Nuestro Señor repetidas veces en el Evangelio, como cuando dijo a los Apóstoles: “Os envío como a ovejas en medio de los lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10, 16). Y más adelante: “¿Cuál es el servidor fiel y prudente?... Dichoso servidor, pues recibirá gran recompensa” (Mt 24, 45).

Esta prudencia sobrenatural nos fue infundida en el bautismo; va aumentando con la caridad, mediante nuestros méritos, los sacramentos y la santa comunión. Nos da facilidad para juzgar rectamente en las cosas de la vida cristiana, haciendo descender a los actos de la vida cotidiana la luz de la gracia y de la fe, del mismo modo que la prudencia natural nos comunica la luz de la recta razón.

Claro está que no se trata aquí de esa prudencia negativa, que casi siempre aconseja no obrar, ni emprender cosas de importancia, a fin de no tropezar con dificultades y enojos. Esta tal prudencia, cuyo lema es “no emprender cosa alguna ardua”, es propia de los pusilánimes. Después de dar por cierto que “lo mejor es a veces enemigo del bien”, acábase diciendo que “lo mejor es con frecuencia enemigo de lo bueno”. Esta prudencia negativa confunde lo mediocre con el justo medio de la virtud, que es cosa muy superior y está muy sobre los vicios contrarios. La mediocridad, en cambio, es el término medio inestable y tambaleante entre el bien y el mal; y con ella se contenta la tibieza, que siempre habla de “moderación” proclamando: “en nada conviene ser exagerado”.

Pero la realidad es que se echa en olvido en tales casos que en el camino que lleva a Dios, el no avanzar es retroceder; no subir es bajar, porque la ley del viajero es ascender e ir adelante, y de ningún modo dormirse en el camino. La verdadera prudencia cristiana es una virtud positiva, que obliga a obrar cuando es preciso y de la manera que es necesario, y que nunca pierde de vista la alteza de nuestro fin último sobrenatural, ni el celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Y desecha por lo tanto, irremisiblemente, ciertas máximas mundanas.

La verdadera prudencia jamás pierde de vista la sublimidad del fin hacia el cual debemos dirigir nuestros pasos; juzga de todos nuestros actos en relación con la vida eterna, y no sólo según las maneras o convenciones del ambiente en que nos movemos. Vuelve constantemente los ojos a “lo único necesario”; y, con el auxilio de las especiales inspiraciones del Don de Consejo, pondera todas las cosas sin jamás perder a Dios de vista.

Fuente: Cf. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (I)

El Beato Carlos de Austria de rodillas en adoración

¡Sagrado Corazón de Jesús! Enséñame a modelar los movimientos de mi corazón según los del tuyo.

El alma consagrada al Sagrado Corazón, el alma reparadora, debe sentir la necesidad de modelar su vida por la de Jesús. ¿Cómo puedes llamarte con verdad consagrado al Sagrado Corazón y cómo puedes decirte su víctima reparadora cuando tú mismo conservas en tu corazón sentimientos, apetitos y gustos contrarios a los suyos?

Es claro que para modelar tu corazón por el Corazón de Cristo, no puedes limitarte a eliminar este o aquel defecto y conseguir esta o aquella virtud, sino que debes tender a la reforma de toda tu vida. Sin embargo, el Maestro divino, cuando quiso presentarnos su Corazón como modelo, habló de dos virtudes particulares: la mansedumbre y la humildad. “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Y no sin motivo. En efecto, cuando hayas eliminado de tu corazón todos los movimientos y resentimientos del amor propio, del orgullo, tendrás con esto eliminados todos los demás defectos; y cuando hayas adquirido una humildad profunda, habrás conseguido por junto todas las demás virtudes. Párate, pues, a considerar esta gran lección del Corazón de Jesús.

Ante todo Jesús te habla de mansedumbre. La mansedumbre es la virtud que torna al hombre capaz de dominar lo que, con expresión genérica, se puede llamar ira, cólera. Esta virtud te confiere el poder de frenar y dominar todos esos movimientos un poco apasionados que a veces te sacan de los justos límites, te hacen un tanto... perder la brújula. Y como la brújula de un alma que quiere darse al servicio de Dios es Dios mismo, es el Corazón de Jesús, si pierdes de vista, aun cuando sólo sea por un instante, al Señor y te alejas de Él, acabarás siguiendo tu amor propio y tus pasioncillas; la mansedumbre, en cambio, te hace señor de ti mismo, capaz de dominar cualquier suerte de irritación. Si te examinas bien, reconocerás que esta irritación proviene casi siempre del amor propio ofendido, del apetito irascible puesto en movimiento por alguna cosa que ha herido tu yo. Mira, pues, cómo la mansedumbre es virtud íntimamente ligada a la humildad.

“¡Oh Corazón santísimo de Jesús, que tanto deseas colmar de beneficios a los miserables, e instruir a quien quiere aprovechar en la escuela de tu amor! Tú me invitas continuamente a ser como Tú, dulce y humilde de corazón. Por eso estoy persuadido de que, para ganar tu amistad y llegar a ser verdadera discípula tuya, nada mejor podré hacer que ser dulce y humilde de veras. Concédeme, pues, aquella humildad sincera que me tenga sometida a todos, que me haga soportar en silencio las pequeñas humillaciones, más aún, me las hagas aceptar de grado, con serenidad, sin excusas, considerando que merezco más y mayores” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (II)


En el primer período de la vida espiritual, por lo común, el influjo de los dones del Espíritu Santo, aunque jamás falta, es más bien raro y escondido; por eso en este período prevalece la iniciativa del alma, o sea, el ejercicio activo de las virtudes y de la oración. Pero, a medida que se desarrolla la vida espiritual, a medida que aumenta la caridad, crece también al influjo de los dones y, cuando el alma es fiel, ese influjo se hace gradualmente más fuerte y continuo hasta predominar sobre la actividad del alma misma; y de ese modo, bajo la dirección del Espíritu Santo, consigue el alma la santidad.

Para aprovecharse de los dones del Espíritu Santo es necesario que el alma, desde el principio de su vida espiritual, se acostumbre a ser al mismo tiempo activa y pasiva, o sea, esté atenta y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo sin olvidar el ser fecunda en iniciativas personales. Pues, si es cierto que existen almas demasiado pasivas, también las hay demasiado activas, que dan toda la importancia a sus planes de reforma espiritual, a sus propósitos, a sus ejercicios y prácticas, como si la santidad dependiese únicamente de sus esfuerzos; en el fondo ellas confían demasiado en sus fuerzas y demasiado poco con la ayuda divina. Estas almas están expuestas a no saber recibir las inspiraciones del Espíritu Santo, a sofocar sus impulsos y así, afanarse sin obtener la meta. Es preciso más docilidad, más abandono. Docilidad de la mente para reconocer las inspiraciones interiores del Espíritu Santo; docilidad de la voluntad para secundarlas; abandono para dejarse llevar aún por caminos oscuros y desconocidos y contrarios a los gustos propios. Nadie puede ser maestro de santidad para sí mismo. El Maestro es uno: es el Espíritu Santo. Es preciso someterse siempre a su escuela, a su dependencia. Por eso, en medio del empeño activo para corregir los defectos y adquirir las virtudes, es necesario prestar atención interior a los impulsos del Espíritu Santo. Precisamente para darnos esta posibilidad nos infundió Él sus dones. “El Señor, cada mañana, me despierta el oído para escuchar como discípulo, dice Isaías. El Señor me ha abierto el oído y no me he rebelado, no me he echado atrás”. Esta debe ser la postura interior de un alma que quiere ser guiada por el Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo! Tú eres la fuente que anhelo, el deseo de mi corazón. Océano desbordante de agua, absorbe esta gotita insignificante que desea salir de sí para entrar en Ti. Tú eres la única sustancia toda de mi corazón y a Ti me entrego con todo fervor. ¡Oh cuán amable unión! De veras que esta familiaridad contigo es más apreciable que la misma vida; tu perfume es como bálsamo en propiciación y paz.

¡Oh Espíritu Santo, Amor! Tú eres el beso suavísimo de la Santísima Trinidad, que une el Padre y el Hijo. Tú eres aquel beso bendito que la divinidad dio a la humanidad por medio del Hijo de Dios. ¡Oh beso dulcísimo! No me abandone tu vínculo, a mí, granito de polvo; tus brazos me estrechen hasta que sea una sola cosa con Dios. Hazme, Dios viviente, experimentar las delicias que encierras; dulcísimo amor mío, haz que te abrace, que me una a Ti, ¡Oh Dios Amor! Tú eres mi posesión más querida, sin la que nada más espero, quiero, ni deseo en el cielo ni en la tierra”(Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (I)


Enséñame ¡oh Espíritu Santo!, a prestar atención continua a tus inspiraciones y dependencia fiel a tus impulsos divinos.

Santo Tomás enseña que se nos dieron los dones en ayuda de las virtudes. Los dones son para “ayudar” a las virtudes, por lo tanto no para “sustituirlas”, lo que quiere decir que el alma debe hacer cuanto puede en el ejercicio asiduo de las virtudes, y entonces el Espíritu Santo completará con los dones la parte que ella no puede realizar. “Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín). Por eso la postura práctica que el alma debe de adoptar para que se digne el Espíritu Santo actuar sus dones, es ponerse en camino hacia la santidad con denodado esfuerzo. Toda la tradición católica pone como punto de partida esta actividad y empeño personal, porque “si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella... la atrae y la hace correr hacia Él” (San Juan de la Cruz). Y el alma Busca a Dios con el ejercicio asiduo de las virtudes que, aunque no basta para conducirla al término, es necesario para demostrar al Señor su buena voluntad. Como no espera el marinero ansioso de zarpar del puerto a que el viento hinche sus velas, sino que echa mano de los remos con vigor, así el alma deseosa de hallar al Señor mientras espera que venga Él a unirlas a sí, se esfuerza con ahínco en buscarlo con iniciativas personales, que son esfuerzos para vencer los defectos propios, para deshacerse de las criaturas, para practicar las virtudes, para ejercitar el recogimiento interior, etc. Y el Espíritu Santo se aprovechará de estos esfuerzos para ocultar en ellos su acción, actuando sus dones. Eso indica cuán errada es la postura de ciertas almas que viven demasiado pasivamente su vida espiritual, no teniendo suficientes iniciativas personales para avanzar en la virtud, para salir al encuentro de Dios. Ellas pierden mucho tiempo y se exponen a fáciles ilusiones. Sobre todo al principio de la vida espiritual es necesario poner manos a la obra activamente. Sólo de ese modo podemos esperar en la ayuda del Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo, Dios, Amor, vínculo de la Santísima Trinidad por vía de amor! Tú pones y depositas tus delicias en los hijos de los hombres, en la castidad santa que florece por influjo de tu fuerza y de tus encantos en este valle, como rosa entre espinas. ¡Espíritu Santo! ¡Amor! Dime qué vía conduce a una estancia tan deliciosa; dónde está el sendero de la vida que lleva a estas praderas fecundas por el rocío divino en que se sacian los corazones abrazados por la sed. ¡Oh Amor! Tú sólo conoces ese camino que conduce a la vida y a la verdad. En ti se consuma la unión rebosante de delicias que une entre sí a las Personas divinas de la Santísima Trinidad. Por ti, ¡Oh Espíritu Santo!, fueron esparcidos sobre nosotros los más preciosos dones. De ti proceden los gérmenes fecundos que producen frutos de vida. De ti dimana la miel de delicias que sólo se hallan en Dios. Por ti bajan a nosotros las aguas fertilizantes de las bendiciones divinas, dones tan preciosos para el espíritu, pero, por desgracia, tan raros en nuestro valle” (Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Imitar y reflejar a Cristo


¿Qué es hacer de Jesús?

Es: Hablar de Jesús como Jesús y con autoridad de Jesús instruyendo, alumbrando, atrayendo.

Obrar con la virtud y con el estilo de Jesús, curando enfermos, resucitando muertos, consolando afligidos, levantando caídos, haciendo andar a los paralíticos, ver a los ciegos y oír a los sordos.

Amar por y a lo Jesús. O sea: decir y hacer todo esto por amor, sin esperar paga ni recompensa, con sacrificio hasta morir en la cruz del cansancio, del agotamiento, de la ingratitud, del martirio de sangre, poco a poco o de una vez.

Un apóstol de Jesús es como un Sagrario ambulante con la puerta abierta de par en par o con sus paredes transparentes para que, así como en los de las iglesias se ve con los ojos del alma a Jesús a través de las especies sacramentales, en aquéllos se vea, se oiga y se sienta a través de las palabras, las obras, el cuerpo y el alma del apóstol.

Un apóstol es el Evangelio vivo andando por nuestras calles y plazas, repitiendo y renovando las escenas de Jesús pasando sereno y generoso por entre muchedumbres hambrientas, fariseos envidiosos, niños que aclaman, turbas que vociferan y a veces crucifican...

Lo que vale un apóstol

Grande, inmensa es la dignación del Padre celestial en haber querido valerse del sol para dar a la tierra y a los mundos toda la luz y todo el calor que necesitaban. Pero es incomparablemente más valiosa y enaltecedora la dignación del Corazón de Jesús al hacer de un hombre -al fin y al cabo de barro- apóstol suyo, distribuidor de su Luz, de su Calor, de su Vida; voz de su boca, mano de su poder, cimiento de su Iglesia, mirada de sus ojos, palpitación de su Corazón, repetidor y continuador y hasta ampliador de su Obra y de sus milagros.

Qué extraño que san Pablo, uno de los más grandes hombres de la historia, honrado por el mismo Jesús en persona y de modo extraordinario con el apostolado, exclamara con la máxima convicción repetidas veces en sus cartas: No soy digno de ser llamado apóstol. Y el que había sido constituido príncipe de todos ellos, a la primera insinuación que recibe de Jesús, cayera de rodillas ante Él exclamando en tono de la más sentida humildad: Apártate de mí que soy hombre pecador.

Si en el solo nombramiento de apóstol se sienten tan fuertes las palpitaciones del Corazón de Jesús, preparaos para sentirlas más fuertes en la tierna solicitud con que prepara y escoge a los que Él quiso para tan encumbrado oficio.

¡El Corazón de Jesús formándose sus apóstoles! ¡Qué tema tan interesante!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (II)


Introduciendo a las almas en la sequedad, Dios pretende elevarlas del modo demasiado humano y bajo de tratar con Él a otro más sobrenatural. En la meditación discursiva el alma se acercaba a Dios mediante el trabajo de su inteligencia, que aun siendo medio óptimo, siempre es inadecuado y pobre para conocer a Dios infinito y, como tal, inmensamente superior a la capacidad de nuestro entendimiento. Sometiéndola ahora a la aridez, le hace imposible la meditación y la obliga a ir a Él por camino diverso.

Este camino, según San Juan de la Cruz, es el de la contemplación inicial, consistente en comenzar a conocer a Dios añadiendo a la inteligencia algo de experiencia de amor, experiencia que no infunde en el alma ideas nuevas, pero que le comunica un “sentimiento” de la grandeza de Dios. Ya vimos, en efecto, que precisamente con la sequedad nace en el alma una pena aguda de no amar al Señor, de no sentir ya el amor, y esa pena no existiría si el alma no hubiera adquirido un sentimiento profundo de las grandezas divinas y de cuán digno es de ser amado.

Tal sentimiento no es fruto de raciocinios, que ya no puede hacer el alma, sino de su experiencia amorosa; y, en verdad, el alma ama a Dios mucho más que antes, aunque no se da cuenta, y la prueba mejor es aquella aguda pena que la tormenta por el temor de no amarlo. Precisamente por medio de su penosa experiencia de amor, consistente en la preocupación de no amar y servir a Dios, nace en el alma el conocimiento contemplativo, o sea, el “sentimiento” de Dios. Es este un conocimiento que por ahora tiene poco de consolador para el alma, pero sin embargo encierra muy subido valor, pues mejor que cualquier meditación, le infunde el sentimiento de la Divinidad y la enamora cada vez más de Dios, cuya amabilidad infinita intuye ahora mejor. Tales ventajas son tan dignas de aprecio que el alma debe, ante ellas, no sólo abrazarse con generosidad a la aridez que el Señor le envía, sino reconocer en ella una de las mayores misericordias que ha tenido con ella.

¡Dios mío! Sólo te pido una cosa: que en esta sequedad crezca mi amor y te sea yo siempre fiel; que, cuanto menos sienta el amor, más te ame con la realidad de las obras; que cuanto menos alegría encuentre en el amor, más gloria te procure a ti. Y, si para crecer en el amor es necesario sufrir, bendita sea esa prueba, pues tú me hieres para instruirme, me mortificas para sanarme y darme una vida mejor.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (I)


Llévame, Señor, a ti por la vía que Tú prefieras y como Tú quieras: tan sólo te pido la gracia de seguirte siempre.

La aridez enviada por Dios tiene la ventaja no sólo de hacernos avanzar en la virtud, sino de introducirnos también en una oración más elevada. San Juan de la Cruz enseña que precisamente mediante esta especie de sequedad invita el Señor a las almas a una forma de oración más sencilla y profunda que llama “contemplación inicial”. Para poder distinguir esta sequedad de la originada por otras causas, nos da tres señales. La primera es que “así como el alma no haya gusto ni consuelo en las cosas de Dios, tampoco le haya en alguna de las cosas criadas”. También cuando la sequedad proviene de faltas cometidas, pierde el alma el gusto de las cosas divinas, pero entonces va en busca de satisfacciones humanas; mientras que en este caso, aun no sintiendo la alegría de estar con Dios, no se vuelve a las criaturas, antes bien, permanece fiel a su decisión de conservar el afecto desligado de ellas. La segunda señal es que, no obstante su aridez, el alma “ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado penoso, pensando que no sirve a Dios”; en otras palabras, el alma sufre por su insensibilidad espiritual, teme no amar al Señor, no servirle, y con todo continúa buscándole con el ansia de quien no logra encontrar su tesoro. Consiguientemente permanece siempre ocupada en Dios, si bien en modo negativo y penoso, semejante a quien sufre la ausencia de una persona amada. Si por el contrario las sequedad es culpable, especialmente si proviene de un estado de tibieza habitual, el alma no se preocupa en modo alguno de no amar a Dios; se ha vuelto indiferente. La última señal consiste en “no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de la imaginación como solía, aunque más haga de su parte. El alma querría meditar, lo pretende, se esfuerza cuanto puede, pero no lo consigue. Cuando es continuo este estado -si durase sólo algún período podría provenir de especiales circunstancias físicas o morales- y, si bien fluctuando entre días de mayor y menor intensidad, se apodera del alma haciéndole imposible habitualmente la meditación, entonces es el caso de descubrir en la aridez la llamada divina a una oración más profunda.

¡Oh Jesús, qué pesada y amarga es la vida cuando os ocultáis a nuestro amor! ¿Qué hacéis entonces, o dulce Amigo? ¿No veis nuestras angustias, el peso que nos oprime? ¿Dónde estáis?, ¿por qué no venís a consolarnos, puesto que no tenemos otro amigo que Vos?

Pero si os place dejarme en este estado, ayudadme a aceptarlo por vuestro amor. Que os ame lo bastante para sufrir por vos todo lo que queráis, aún las penas del alma, las arideces, las angustias, las frialdades aparentes. ¡Ah! Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor: es un martirio...

Muchos ¡oh Jesús!, os sirven cuando les consoláis, pero pocos consienten en haceros compañía cuando dormís sobre las olas, o cuando sufrís en el jardín de la agonía... ¿Quién, pues, querrá serviros por Vos solo? ¡Ah... lo haré yo!

El santo Evangelio me enseña que dejas las ovejas fieles en el desierto. ¡Cuánto me dice esto!... Estáis seguro de ellas, no podrían descarriarse porque están cautivas del amor. Por eso le hurtas la presencia sensible para dar vuestros consuelos a los pecadores. O bien, si las conducís al Tabor, es por pocos instantes. Señor, haced de mí lo que os plazca. Si parece que me olvidáis, pues bien, sois libre de hacerlo, puesto que yo no soy mía sino vuestra... Antes os cansaréis vos de hacerme esperar que yo de esperaros” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La Esclavitud Mariana


“Soy todo tuyo, ¡oh María!, y cuanto tengo es tuyo”

La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más conforme a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y conforma a Nuestro Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo.

La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Ésta es la devoción que yo enseño, y que consiste -en otras palabras- en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales.

Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo.

Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro Dios y Redentor.

Todo cristiano, en el Bautismo, por su propia boca o las de sus padrinos, renunció a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y eligió a Jesucristo como a su Dueño y Señor, para depender de Él en calidad de esclavo de amor. Es precisamente lo que hacemos por la presente devoción: renunciar al demonio, al mundo, al pecado y a nosotros mismos, y consagrarnos totalmente a Jesucristo por manos de María.

En el Bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María, ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas acciones. Y, después de él, quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente a Nuestro Señor por manos de María y le entregamos el valor de todas nuestras acciones.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

Amigos de la Cruz (III)


Luchamos bajo la mirada paternal de Dios.

Dios, como un gran rey, desde lo alto de una torre, contempla a sus soldados en medio de la pelea, complacido y alabando su valor. ¿Qué contempla Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus tronos? -a menudo los mira con desprecio. ¿Mira las grandes victorias de los ejércitos del estado, las piedras preciosas; en una palabra, las cosas que los hombres consideran grandes?-lo que es grande para los hombres es abominable para Dios (Lc. 16,15) Entonces, ¿Qué es lo que mira con gozo y complacencia, pidiendo noticias de ello a los ángeles y a los mismos demonios? Dios mira al hombre que lucha por El contra la fortuna, el mundo, el infierno y contra sí mismo, al hombre que lleva la cruz con alegría. ¿Has reparado sobre la tierra en una maravilla tan grande que el Cielo entero la contempla con admiración?- dice el Señor a satanás-. ¿Te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mí? (Job. 2,3)

¡Mirad!, Dios nos sostiene. Con su brazo poderoso alcanza del uno al otro extremo de nuestra vida, suave y poderosamente; suavemente, porque no permite que seamos tentados y afligidos por encima de nuestras fuerzas; poderosamente, porque nos ayuda por una gracia poderosa y proporcionada a la fuerza y duración de la tentación o aflicción; poderosamente también, porque-como lo dice el Espíritu de su santa Iglesia- se hace nuestro apoyo al borde del precipicio ante el cual nos hallamos; nuestro compañero, si nos extraviamos en el camino; nuestra sombra, si el calor nos abrasa; nuestro vestido, si la lluvia nos empapa y el frio nos hiela; nuestro vehículo, si el cansancio nos oprime; nuestro socorro, si la adversidad nos acosa; nuestro bastón, si resbalamos en el camino; nuestro puerto, en medio de las tempestades que nos amenazan con ruina y naufragio.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

El valor de la obediencia (II)


Uno de los obstáculos más fuertes a la plena conformidad de tu voluntad con la de Dios es el apego a tu querer, a tus deseos, a tus inclinaciones. Ahora bien, la obediencia que te impone la voluntad ajena como norma en el obrar, es el mejor ejercicio para acostumbrarte a contradecir tu voluntad, a desprenderte de ella y a unirte a la voluntad de Dios, que se te manifiesta a través de las órdenes de los superiores. Y cuanto más estrecha es la forma de obediencia a que estás sometido, es decir, cuanto más amplia es, abrazando no sólo algún aspecto particular, sino toda tu vida, más intenso será este ejercicio y más eficazmente te introducirá en la voluntad de Dios. Aquí está el valor inmenso de la obediencia: poner toda la vida del hombre en la voluntad de Dios, hacer posible que el hombre en toda circunstancia regule su conducta no según su voluntad, tan débil, frágil y sujeta a error, tan limitada y ciega, sino según la voluntad de Dios, tan perfecta y santa, que jamás puede equivocarse, ni querer el mal, sino sólo el bien, y no el bien pasajero, que hoy existe y mañana no, sino el eterno e imperecedero.

La obediencia realizará en ti este trueque dichosísimo: abandonar tu voluntad para abrazar la de Dios. Es este el motivo que hacía correr a los Santos en busca de la obediencia. De Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús, se dice: “no solamente volaba en el ejecutar los preceptos, sino que gozaba enormemente y se divertía obedeciendo”. La naturaleza siente dificultad en denegar la propia voluntad, en renunciar a un proyecto, a un plano, a un trabajo en que se tiene toda la ilusión y el cariño; pero el alma de vida interior no se detiene a considerar esta renuncia, sino que, a pesar del sufrimiento y de la lucha que supone este vencerse a sí mismo, lanza su mirada más lejos: la fija en la voluntad de Dios, que se le presenta escondida en la voz de la obediencia; y hacia esa voluntad tiende con toda la energía de sus fuerzas, porque abrazar la voluntad de Dios es abrazar a Dios mismo.

¡Señor! Sólo dispongo de una vida, ¿y puede existir por ventura una manera mejor de emplearla toda en tu gloria y en mi santificación que poniéndola directamente bajo tu obediencia? Solamente así estaré seguro de no perder el tiempo y de no equivocarme, porque entregarse a la obediencia es entregarse a tu voluntad. Si mi voluntad está llena de defectos, la tuya es santa y santificante; si mi voluntad posee la triste capacidad de poder extraviarme, la tuya es poderosa para santificar mi pobre vida, para santificar todas mis acciones, aun las más simples e indiferentes, cuando son realizadas bajo su impulso.

¡Oh Señor! Es precisamente el deseo de vivir totalmente en las manos de tu voluntad lo que me empuja hacia la obediencia, a amar y abrazar esa virtud, a pesar de la ardiente ansia de libertad y de independencia que me abrasa.

¡Oh voluntad santa y santificadora de mi Dios! Quiero amarte sobre todas las cosas quiero vivir siempre abrazado a ti, nada quiero hacer sin ti o fuera de ti.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Es necesario orar siempre


Alguien ha dicho que la oración es semejante a un molino de moler granos. Si al girar la piedra del molino no se le va echando grano, la misma acabará por girar en el vacío. La oración es la piedra. El grano es el contenido: la fe, la palabra de Dios, los conocimientos de las verdades fundamentales de la vida cristiana, las exigencias de la vida en gracia. Una oración sin esos contenidos será un girar en el vacío.

En los últimos tiempos, por el prurito de “cambiarlo” todo por el hecho de cambiar, o para satisfacer los “gustos” de los hombres, que más responden a la poca formación que a una real necesidad, también la oración ha sido objeto de “reformas”, tanto en el modo o la forma, como sobre todo, y esto es lo más grave, en el contenido. Dicho más claro: oraciones sin contenido, molino sin granos. La oración, entiéndase también el canto, no es para que salgamos del templo “satisfechos” nosotros, como el fariseo del Evangelio, sino para agradar a Dios. Esto, tratándose de celebraciones y actos litúrgicos.

Otro peligro de nuestro tiempo es creer que solamente la oración comunitaria tiene valor. No pocos sacerdotes dejan de celebrar la Santa Misa cuando no cuentan con la presencia de una “comunidad”. Un ejemplo bastante distinto nos ha dado el mismo Jesucristo, que se iba a un “lugar solitario”, o se “retiraba Él solo”, o “pasaba la noche en oración”, o se iba “muy de madrugada” para hacer oración, sin contar los cuarenta días con sus noches en el desierto, antes de comenzar su vida pública. También contamos con innumerables ejemplos de santos, de todos los tiempos, que han hecho de la oración una norma de su vida. No estamos, de ningún modo, contra la oración comunitaria. Jesús mismo nos ha dicho que “donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está presente”, y asegura además que “si dos unen sus voces en la tierra para pedir cualquier cosa, la conseguirán del Padre que está en los cielos”. Lo que quiero destacar es que la oración privada, personal, es tan, o incluso más necesaria que la hecha en común. Quien no sabe rezar en privado, difícilmente podrá hacerlo bien en público, porque no se trata de emitir la voz correctamente sino de unir el corazón a Dios. (Mons. León Kruk)

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

¡Señor mío y Dios mío!


“Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Le dijeron los demás discípulos: ¡Hemos visto al Señor! Respondió él: Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con vosotros!

Luego dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Tomás respondió: ¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 24ss).

Tomás, hondamente conmovido por lo que veía y oía, y vencido de la gran bondad del Señor, se echó a sus pies, diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!

¡Cuánto se encierra en estas pocas palabras! Fe, humildad, reverencia, amor, arrepentimiento, acción de gracias, total entrega de sí mismo para cuanto el Señor quisiese mandarle.

Es un acto de fe por el que ve en el Señor, no sólo al amado Maestro, sino a su Dios y Señor. Abierta y solemnemente confiesa su fe, no sólo en la Humanidad de Cristo, sino en su Divinidad también.

Es una retractación de la falta cometida y una reparación del escándalo dado a sus hermanos. Es reconocer la gracia inmensa que ha recibido y la seguridad que tiene del perdón, y la expresión más explícita de su íntima gratitud y ardiente amor.

¡Señor mío y Dios mío! Todo está encerrado en estas palabras. Fue como decir al Señor: ¡Cómo pude yo estar tan ciego! ¡Cómo pude obrar con tanta obstinación! ¡Perdóname, Señor! En adelante quiero ser todo tuyo y reparar mi pecado con una fe doblemente fervorosa y activa.

Graba en tu alma el sentido de estas palabras y repítelas con frecuencia. Son un compendio de aquellas otras de San Ignacio: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta”. Y a la vez es un acto de contrición perfecta.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz, p. 226-227

Oración ante el sufrimiento


Gracias te doy, Señor, por los golpes con que azotas mis espaldas; porque con este castigo me has salvado de la ruina. Me castigas, porque no quieres que queden impunes mis pecados; y con ello me das una gran lección.

Por eso me someto humildemente a los golpes de tu látigo; y te bendigo por la amargura que mezclas con la dulzura de la vida temporal, para que no me apegue a los deleites terrenales y aspire siempre a las delicias eternas.

Tú, Señor, iluminas mis tinieblas cuando castigas mis pecados con adversidades y mis perversos deleites con amarguras.

¡Qué bondadoso eres, Dios mío! Si en mi vida terrena no pusieras dolor tal vez me olvidaría completamente de Ti.

Pensaré cuánto has sufrido Tú por mí; y por pesados que sean mis trabajos, y grandes mis dolores, no igualarían jamás a los que Tú padeciste: insultos, humillaciones, flagelación, coronación de espinas, crucifixión.

Beberé, Señor, este amargo cáliz para recobrar la salud de mi alma; lo beberé sin temblar, porque para animarme lo has bebido Tú primero. Beberé este cáliz hasta que pase toda la amargura de este mundo y llegue a la otra vida en la que no habrá más maldad ni dolor. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Agustín de Hipona

Frutos abundantes de la victoria del Señor


Jesús, no teniendo en sí nada de común con la muerte, al triunfar de ella lo hizo en provecho nuestro. El Señor quiso hacérnosla dulce al convertirla en puerta de entrada para una vida infinitamente mejor que la terrena.

Antes de la venida de nuestro Redentor era muy duro abandonar este mundo aún para los justos, porque era sabido que el cielo permanecía cerrado para todos. Con su muerte, dice el Apóstol, Cristo desató a aquellos que el temor tenía sujetos durante toda su vida.

¡Oh! y de qué manera tan admirable la Confesión, la Eucaristía, la Extremaunción y las indulgencias, frutos preciosos de la muerte del Salvador, contribuyen a endulzar nuestras últimas horas. “¡Oh muerte! -exclamaba San Francisco de Asís-, ¿quién pudo decir jamás que eras amarga?”

El Salvador, en efecto, bebió Él primero del cáliz que nos asustaba, presentándonoslo a todos para que bebiésemos a nuestra vez. Pero ¡cuanto más dulce es nuestra muerte que la suya! Sobre la Cruz en que agonizaba no hallaba ningún reposo: el mar tempestuoso de la cólera divina parecía anegarle por completo, y expiró de dolor y colmado de oprobios por sus propias criaturas. Este espectáculo es capaz por sí solo de dulcificar la amargura de las postreras angustias y de consolarnos en la hora de la muerte. Acostumbrémonos a meditar en Jesús crucificado, para que, al llegar el momento final de nuestra vida, el crucifijo que entonces contemplarán nuestros ojos nos anime y dé la paz con la esperanza de la salvación.

Recordemos, sin embargo, que si la muerte perdió su amargura fue por la victoria que Jesús logró sobre el pecado, y que para participar de los frutos de esta victoria habremos de triunfar también nosotros del pecado y de las inclinaciones que lo llevan. Reprimamos, pues, el orgullo que nos induce a resistir a la autoridad legítima y nos impulsa a la desobediencia; reprimamos la sensualidad, que sólo se complace en halagar los sentidos, y que, a pesar de los remordimientos de conciencia, nos incita a los placeres; reprimamos la culpable avaricia, que nos apega a los bienes caducos y perecederos, y de los que no se sacia, y, en cambio, no se preocupa de buscar las riquezas eternas y verdaderas.

¡Oh Dios mío! Dame fuerza para triunfar en mí de las tres concupiscencias, vencidas por Jesús y María en el Calvario. Para lograr esto te ruego me ayudes: a aficionarme a todo lo que me rebaje a los ojos de las criaturas, a amoldarme a todo cuanto contraríe mis sentidos y mortifique mi amor propio, a no preocuparme de buscar bienestar, comodidad, salud y satisfacciones, al recuerdo de que Jesús y María vivieron en este destierro privados hasta de lo necesario.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 330-332

El apóstol debe conocer a Jesús


Si no hay más vida sobrenatural que la que da el conocimiento amoroso de Jesús, y la obra esencial del apóstol es dar y difundir ese conocimiento, nadie debe conocer más y mejor a Jesús que su apóstol.

Ésa es la única asignatura, no escrita, sino viva, de la carrera de apóstol: saberse a Jesús de todos los modos. Y ésa es la única que quiere enseñar Jesús: darse a conocer, solo y acompañado, presente y echado de menos, público y privado, visto de cerca y de lejos. Aclamado y perseguido. Abofeteado y escarnecido. Glorioso en el cielo y sacramentado en la tierra. Y darse a conocer no sólo a los ojos y oídos de carne, sino a la cabeza, al corazón, y hasta al instinto de los que han de ser sus apóstoles.

Ved, si no, la gradación con que se va dando a conocer a los que preparaba para apóstoles. El primer llamamiento a los cinco se hace por Jesús sin acompañamiento de gentes, sin aureola de milagros, sin sermones. No más el “ven”, el “sígueme”. ¡Jesús solo! Primera lección.

El segundo llamamiento se hace por Jesús asediado de muchedumbres hambrientas de verlo, oírlo y estar con Él y en plena florescencia de milagros. ¡Jesús buscado y seguido! Segunda lección.

El tercer llamamiento, el definitivo, se hace, es verdad, bajo un cielo de aclamaciones de las gentes y maravillas de palabras y obras de Jesús. Pero sombreado con nubes de maledicencias, envidias y maquinaciones de fariseos y escribas. ¡Jesús querido, discutido y odiado! Tercera lección.

Sin atreverme a afirmar que con esas tres lecciones los seleccionados se sabían ya a Jesús por entero, sí aseguro que tenían bastante para prestar razonable aceptación al cargo que les ofrecía y a las renuncias y asperezas que éste les imponía.

Su fórmula suprema será la afirmación que más tarde hará el doctor de las gentes, san Pablo: “Yo no sé más que a Jesucristo, y éste crucificado”.

Ése es el apóstol: el hombre que sabe y se sabe a Jesucristo, y no cuenta con sitio, ni tiempo, ni ganas para saber más.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía

Amigos de la Cruz (I)


Amigos de la Cruz, discípulos de un Dios Crucificado: el misterio de la Cruz es un misterio ignorado por los gentiles, rechazado por los judíos, menospreciado por los herejes y los malos cristianos. Pero es el gran misterio que tenéis que aprender en la práctica, en la escuela de Jesucristo. Solamente en su escuela lo podéis aprender. En vano rebuscareis en todas las academias de la antigüedad algún filósofo que lo haya enseñado. En vano consultareis la luz de los sentidos y de la razón. Solo Jesucristo puede enseñaros y haceros saborear ese misterio por su gracia triunfante.

Adiestraos, pues, en esta sobreeminente ciencia bajo la dirección de tan excelente maestro, y poseeréis todas las demás ciencias, ya que esta las encierra a todas en un grado eminente. Ella es nuestra filosofía natural y sobrenatural, nuestra teología divina y misteriosa, nuestra piedra filosofal, que -por la paciencia- cambia los metales más toscos en preciosos; los dolores más agudos, en delicias; la pobreza, en riqueza; las humillaciones más profundas, en gloria. Aquel de vosotros que sepa llevar mejor su cruz -aunque, por otra parte sea un analfabeto-, es más sabio que todos los demás.

Escuchad al gran San Pablo que, al bajar del tercer cielo -donde aprendió misterios escondidos a los mismos ángeles-, exclama que no sabe ni quiere saber nada fuera de Jesucristo Crucificado. Alégrate, pues, tú, pobre ignorante; tú, humilde mujer sin talento ni letras; si sabes sufrir con alegría, sabes más que un doctor de la Sorbona que no sepa sufrir como tú.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

Castidad y caridad


La castidad, la caridad y la humildad carecen externamente de relieve, pero no de belleza; y, ciertamente, no es poca su belleza, ya que llenan de gozo a la divina mirada. ¿Qué hay más hermoso que la castidad, la cual purifica al que ha sido concebido de la corrupción, convierte en familiar de Dios al que es su enemigo y hace del hombre un ángel?

El hombre casto y el ángel son diferentes por su felicidad, pero no por su virtud. Y, si bien la castidad del ángel es más feliz, sabemos que la del hombre es más esforzada. Sólo la castidad significa el estado de la gloria inmortal en este tiempo y lugar de mortalidad; sólo la castidad reivindica para sí, en medio de las solemnidades nupciales, el modo de vida de aquella dichosa región en la cual ni los hombres ni las mujeres se casarán, y permite, así, en la tierra la experiencia de la vida celestial.

Sin embargo, aunque la castidad sobresalga de modo tan eminente, sin la caridad no tiene ni valor ni mérito. La castidad sin la caridad es una lámpara sin aceite; y, no obstante, como dice el sabio, qué hermosa es la generación casta, con caridad, con aquella caridad que, como escribe el Apóstol, brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.

Fuente: De las cartas de san Bernardo, abad

“Dios me ve”

El Beato Esteban Nehme, monje maronita

Los contemporáneos y amigos del beato Esteban relatan que siempre repetía, en secreto y en público, esta expresión: “Dios me ve”. Tenía ante los ojos a Dios, y hacía todo su trabajo como si estuviera en presencia de Dios. Repetía esta expresión seguro de que Dios le estaba mirando fijamente, penetrando en lo más profundo de su ser, para sondear sus pensamientos y sus deseos.

“Dios me ve” era el lema de su vida, meditaba en su significado espiritual y se refugiaba en él cuando las tentaciones y las dificultades turbaban la lucidez de su espíritu y la pureza de su mente. El pensamiento en Dios dominaba todos sus pensamientos. Dios y siempre Dios. Dios está aquí, murmura en su corazón, y así el trabajo se hace con más ánimo y el dolor se vuelve menos intenso. “Dios me ve” y la obediencia se vuelve más fácil, la pobreza se vuelve agradable, la tentación se aleja. “Dios me ve” y la intención se vuelve pura, los méritos se multiplican. “Dios me ve” y el pensamiento en Dios no nos abandona.

El beato tenía el pensamiento en Dios y a Dios a su alrededor. En el canto de los pájaros, el verdor de los árboles, en el trabajo, en todo esto veía a Dios. Lo veía en estas cosas aún más que en las fortunas y el dinero, y más que en la buena salud. No es suficiente para el amor la presencia del amado, sino hablar con él con respeto, confianza y alegría. Rezaba “Dios me ve” con mucho respeto. El Padrenuestro, que era un acto de esperanza y gratitud para él, lo rezaba de tal manera que la presencia de Dios llenaba su corazón de alegría y consuelo. Jamás empezaba un trabajo o una oración antes de decir con humildad: “Ahora voy a hablar a Dios, Dios me ve.” Así su interior se enciende más y más, se eleva con una piedad ardiente, y le cubre una paz celestial.

“Dios me ve” era el lema que había realizado efectivamente, haciendo todo lo que complace a Dios. Decidió vivir bajo la mirada de Dios, estar ante los ojos de Dios y gozar envuelto en su Divina Presencia, dándonos un ejemplo a imitar.

Fuente: Cf. estephannehme.org

Reina del Santísimo Rosario


Cuan grande es el valor y la excelencia de la oración tanto vocal como mental, pero este valor y excelencia se acrecientan en el Santo Rosario, porque éste asocia y une la oración vocal y la mental. Como oración vocal, el Rosario pone en los labios lo más grande, noble y eficaz que nos enseñaron Jesús y la Iglesia, como oración mental ofrece a la mente y al corazón lo que nuestra religión contiene de más sublime y conmovedor.

La oración dominical (el Padre Nuestro) y la salutación angélica (el Ave María) forman la oración vocal del Santo Rosario; los Misterios de la vida de Cristo, constituyen la oración mental. El Rosario es un catecismo que nos recuerda los Misterios principales de nuestra Religión; ofrece a nuestra consideración la vida de Jesús y la de su santa Madre.

Cuando recemos el Santo Rosario, pongámonos en la presencia de Dios y mientras la boca va repitiendo las oraciones vocales trasladémonos con el pensamiento, por ejemplo a Nazaret y consideremos la humildad de la Virgen, y así considerar cada uno de los Misterios.

El Santo Rosario es fuente de gracias espirituales para las personas y para los hogares. Bienaventuradas aquellas familias que tienen la piadosa costumbre de rezarlo en común.

¡Virgen bendita! Poderoso auxilio de los cristianos, te suplicamos enciendas en nuestra mente y en nuestro corazón el amor hacia la prodigiosa oración del Santo Rosario, que podamos rezarlo en la forma más grata a Dios, la más honrosa para Ti y la de más fruto para nuestras almas.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Vaso Honorable


Vaso digno de honor. El honor es la expresión o testimonio exterior que se da a una persona por sus virtudes o por su dignidad. Expresión o testimonio que se rinde con palabras o con hechos. Llamar a María, Vaso Honorable equivale a testimoniar su dignidad y sus virtudes.

María es adoptada desde toda la eternidad, por el Padre como Hija, escogida por el Espíritu Santo como Esposa, elegida por el eterno y Divino Hijo como Madre; Hija, Esposa y Madre respectivamente de las Augustas Personas de la Santísima Trinidad, que la harán digna por la inagotable generosidad de Ellas; y así María de una realeza sin nombre, de una pureza sin medida, de una santidad sin igual, después de la de Dios, avanza triunfadora del mal, hacia el Trono del Altísimo y es saludada por el Padre: ¡llena de gracia!, por el Hijo: ¡el Señor es contigo!, por el Espíritu Santo: ¡Bendita eres entre todas las mujeres!

Esta admirable elección y exaltación de María le abrió los tesoros inagotables de las gracias, de los dones y de los privilegios, con los que Dios quiso ensalzarla y honrarla: la Inmaculada Concepción, la Purísima Virginidad unida a la Divina Maternidad, la Asunción en cuerpo y alma al cielo, la gloria triunfal que la coronó Reina del Cielo y de la tierra.

El honor que se tributa a la Madre redunda ciertamente en el Hijo, en el honor de Quien la hizo tan hermosa.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Cumplir la Voluntad de Dios hasta la vida eterna

El Beato Carlos de Austria, fallecido santamente el 1 de abril de 1922

El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. “No se contristará el justo por cosa que le acontezca”, porque el alma se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto desea; y el que sólo quiere lo que quiere Dios, tiene todo lo que puede desear, puesto que nada acaece sino por efecto de la divina voluntad.

No debemos pedir, decía el santo Abad Nilo, que haga Dios lo que deseamos, sino que nosotros hagamos lo que Él quiera.

Quien así proceda tendrá venturosa vida y santa muerte. El que muere resignado por completo a la divina voluntad nos deja certeza moral de su salvación. Mas el que no vive así unido a la voluntad de Dios, tampoco lo estará al morir, y no se salvará.

Procuremos, pues, familiarizarnos con ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que sirven para conservarnos en esa unión incomparable: “Dime, Señor, lo que quieres que haga, pues yo deseo hacerlo” (Hch. 9, 6). “He aquí a tu siervo: manda y serás obedecido” (Lc. 1, 38). “Sálvame, Señor, y haz de mí lo que quieras. Tuyo soy, y no mío” (Sal. 118, 94).

Y cuando nos suceda alguna adversidad, digamos en seguida: “Hágase así, Dios mío, porque así lo quieres” (Mateo 11, 26). Especialmente, no olvidemos la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Digámosla a menudo, con gran afecto, y repitámosla muchas veces... ¡Dichosos nosotros si vivimos y morimos diciendo: Fiat voluntas tua!

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, Preparación para la muerte

Para ser buenos adoradores


Para ser buenos adoradores es preciso que recordéis continuamente que Jesucristo, realmente presente en la sagrada Eucaristía, reproduce y glorifica en ella todos los misterios y todas las virtudes de su vida mortal.

Recordad que la santísima Eucaristía es Jesucristo con su pasado, presente y futuro; que es el último desenvolvimiento de la Encarnación y de la vida mortal del Salvador. Por la sagrada Eucaristía Jesucristo nos comunica todas las gracias, a Ella afluyen todas las verdades, y al pronunciar la palabra Eucaristía lo hemos dicho todo, puesto que es Jesucristo mismo.

Sea la adorable Eucaristía el punto de partida al comenzar vuestras meditaciones sobre los misterios, las virtudes y verdades de la religión. Puesto que ella es el foco y las demás verdades los rayos, partamos siempre del foco y así irradiaremos también nosotros.

¿Qué cosa más sencilla que relacionar el nacimiento de Jesús en el establo de Belén con su nacimiento sacramental sobre el altar y en nuestros corazones?

¿Quién no ve en la Hostia encerrada en el sagrario una continuación de la vida oculta de Jesús en Nazaret; y en el santo sacrificio de la Misa, que se ofrece sin interrupción en todas partes, una celebración de la Pasión del Hombre-Dios en el calvario?

¿No es Jesucristo en el santísimo Sacramento tan dulce y humilde como lo fue en su vida mortal?

¿No es ahora, como entonces, el buen Pastor, el consolador por excelencia, el amigo más fiel de todos los hombres? ¡Feliz el alma que sabe encontrar en la Eucaristía a Jesús y todas las cosas!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Padre Pío en los altares (II)


No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que el Padre Pío tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad.

Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el Padre Pío, han recuperado la fe, siguiendo su ejemplo. A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: “Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma”.

Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi plantado al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que “junto a la cruz se aprende a amar”.

Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el manantial mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

Invoquemos la intercesión de los Santos


Los Santos, que ya poseen a Dios en el cielo, cuidan de nuestra santificación y nos ayudan a adelantar en el ejercicio de la virtud con su poderosa intercesión y los buenos ejemplos que nos dejaron: debemos, pues, venerarlos; son poderosos intercesores: debemos invocarlos; son nuestros modelos: debemos imitarlos.

Debemos venerarlos, y, al venerarlos, veneramos a Dios y a Jesucristo en ellos.

Debemos invocarlos, porque, con su poderosa intercesión nos alcanzarán más fácilmente las gracias de que hemos menester.

Ante todo debemos imitar sus virtudes. Todos ellos trabajaron por copiar en sí los trazos del divino modelo, y todos ellos pueden decirnos con San Pablo: “Sed imitadores míos como yo lo fui de Jesucristo”. A cada cual pediremos especialmente la virtud en que sobresalió, seguros de que tiene gracia especial para alcanzárnosla.

Nuestra devoción, pues, será ante todo hacia los Santos que vivieron en la misma condición de vida que nosotros, que se emplearon en los mismos oficios y practicaron la virtud de que habernos mayor menester. Por otra parte, hemos de tener especial devoción a nuestros santos patronos, considerando como un indicio providencial, del que hemos de aprovecharnos, el hecho de llevar su nombre. Mas, si por razones especiales, la gracia nos inclina hacia éste o el otro santo, cuyas virtudes dicen mejor con las necesidades de nuestra alma, no hay inconveniente alguno en dedicarnos a imitarlos, siempre con el consejo de un sabio director.

Entendida así la devoción a los Santos, es provechosa en extremo: los ejemplos de aquellos que tuvieron las mismas pasiones que nosotros, padecieron las mismas tentaciones, y, con todo ello, favorecidos con las mismas gracias, alcanzaron la victoria, son un poderoso estímulo que aguijoneará nuestra dignidad, y hará que formemos enérgicos propósitos y trabajemos con constancia en ponerlos por obra. Las oraciones de ellos pondrán la última mano en la obra y nos ayudarán a caminar sobre sus huellas.

Fuente: Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística

Con la mirada en el Cielo

Hace ya bastantes años, con un convencimiento que se acrecentaba de día en día, escribí: espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. El obrará, si en Él te abandonas. Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras.

Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. Nos lo confirma San Pablo: buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del Cielo, no las de la tierra. Porque muertos estáis ya -a lo que es mundano, por el Bautismo-, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José, de los Angeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios

Santa Teresita, gran devota de Santa Juana de Arco

Santa Teresita del Niño Jesús y Santa Juana de Arco a los pies de la Virgen

Teresa descubrió a Juana de Arco siendo todavía una niña, cuando leyó sobre su vida y sus muchos logros en el campo de batalla. Fue algo que tuvo un gran impacto sobre ella e influyó en su vocación, según cuenta en su autobiografía: "Al leer los relatos de las hazañas patrióticas de las heroínas francesas, y en especial las de la Venerable Juana de Arco, me venían grandes deseos de imitarla".

Decidida a ser una santa, Teresita entró en la Orden de los Carmelitas. Allí, conservaba el deseo de imitar el heroísmo de Juana de Arco y explicó en su autobiografía que sentía "la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas... Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla...".

Teresa poseía un fogoso deseo de hacer muchas obras heroicas por Jesucristo e incluso quería que la enviaran como misionera a tierras lejanas. La virtud se convirtió en su bandera y la caridad derrotó cualquier rival que encontrara. Teresa repasaba constantemente la vida de Juana de Arco en búsqueda de inspiración. También escribió varias poesías dedicadas a Juana de Arco.

En 1920, el Papa Benedicto XV nombra a Santa Juana de Arco Patrona de Francia, y el 3 de mayo de 1944, Pio XII declara a Santa Teresita, Patrona secundaria.

Fuente: Cf. es.aleteia.org

Santificación de las relaciones de amistad

Beato Pier Giorgio Frassati

La amistad puede ser un medio de santificación, o un fuerte obstáculo para la perfección.

Por ser la amistad una mutua comunicación entre dos personas, especifícase según la diversidad de comunicaciones y de los bienes que se comunican. Muy bien lo declara S. Francisco de Sales: “Cuanto más excelentes sean las virtudes que entren en esta comunicación, tanto más perfecta será tu amistad. Será ciertamente muy laudable si comunicas acerca de las ciencias; mucho más si comunicas acerca de las virtudes, prudencia, templanza, fortaleza y justicia; pero si esta mutua y recíproca comunicación fuese acerca de la caridad, devoción y perfección cristiana, ¡oh Dios mío, qué amistad tan preciosa! Será excelente porque viene de Dios, excelente porque va a Dios, excelente porque su vínculo es Dios, excelente porque durará para siempre en Dios. ¡Qué bueno es amar en la tierra como se ama en el cielo, y aprender a amarse mutuamente en este mundo como nos amaremos eternamente en el otro!”.

La amistad verdadera en general es, pues, un comercio íntimo entre dos almas para hacerse mutuamente bien. Puede no pasar de simplemente honesta, si los bienes que los amigos se comunican son del orden natural. Mas la amistad sobrenatural es de un orden muy superior. Es un comercio íntimo entre dos almas que se aman en Dios y por Dios, con propósito de ayudarse recíprocamente a hacer más perfecta la vida divina que poseen. La gloria divina es su fin último, y el adelantamiento espiritual su fin inmediato, y Jesús el lazo de unión entre los amigos.

Fuente: Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística

Ser sumisos al Espíritu Santo

“Os voy a revelar un secreto para ser santo y dichoso. Si todos los días, durante cinco minutos, sabéis hacer callar vuestra imaginación, cerráis los ojos a las cosas sensibles y los oídos a todos los rumores de la tierra, para penetrar en vosotros mismos, y allí, en el santuario de vuestra alma bautizada, que es el templo del Espíritu Santo, habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:

Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, os adoro. Iluminadme, guiadme, fortalecedme, consoladme. Decidme que debo hacer; dadme vuestras órdenes: os prometo someterme a todo lo que deseéis de mí y aceptar todo lo que permitáis que me suceda. Hacedme tan sólo conocer vuestra Voluntad.

Si esto hacéis, vuestra vida se será feliz, serena y llena de consuelo, aun en medio de las penas, porque la gracia será en proporción a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla, y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo es el secreto de la santidad”.

Fuente: de los escritos del Cardenal Mercier

Conquistemos la cima de la santidad

Beato Pier Giorgio Frassati

Vosotros y yo formamos parte de la familia de Cristo, porque El mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia por la caridad, habiéndonos predestinado como hijos adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por puro efecto de su buena voluntad. Esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal, como nos lo repite insistentemente San Pablo: hæc est voluntas Dei: sanctificatio vestra, ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación. No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del Maestro, para conquistar esa cima.

¡Si los hombres nos decidiésemos a albergar en nuestros corazones el amor de Dios! Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi Reino entre vosotros será una realidad!

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará -bien fuerte- la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio.

Fuente: De los escritos de San Josemaría Escrivá de Balaguer

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