Oh Sagrado Corazón de Jesús


Oh Sagrado Corazón de Jesús, te adoro en la unidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Te adoro, oh Corazón de Jesús, como a Jesús mismo. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, Emmanuel. Te adoro, como parte de esa Pasión que es mi vida, porque Tú te desgarraste y quebraste en la agonía del huerto de Getsemaní, y tu precioso contenido se derramó a través de las venas y los poros de tu piel sobre la tierra. Y de nuevo fuiste drenado y secado en la Cruz; y luego, después de la muerte, fuiste traspasado por la lanza y entregaste los pequeños restos de aquel tesoro inestimable, que es nuestra redención.

Oh, sacratísimo y amantísimo Corazón de Jesús, Tú estás oculto en la Sagrada Eucaristía, y lates aún por nosotros. Ahora como entonces nos salvas. Yo te adoro con todo mi amor y temor, con mi ferviente afecto, con mi más sumisa y resuelta voluntad. Oh mi Dios, cuánto has aceptado sufrir para que yo te reciba, te coma y te beba. Haz tu morada dentro de mí, haz que mi corazón lata con tu Corazón. Purifícalo de todo lo que es terreno, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda muerte. Y así, llénalo de Ti, que ni los acontecimientos del día, ni las circunstancias del momento puedan confundirlo, sino en Tu amor y en Tu temor pueda estar en paz.

Fuente: Oración compuesta por San Juan Newman

Id a Nuestro Señor con toda naturalidad


Id a Nuestro Señor como sois, haciendo la meditación con toda naturalidad. Antes de echar mano de los libros, agotad el caudal de vuestra piedad y de vuestro amor. Aficionaos al libro de la humildad y del amor, cuya lectura es inagotable. Bien está que os valgáis de algún libro piadoso, para volver al buen camino del que os habíais desviado cuando el espíritu comenzó a divagar, o se adormecían vuestros sentidos; pero tened en cuenta que el buen Maestro prefiere la pobreza de vuestro corazón a los más sublimes pensamientos y santos afectos que os puedan prestar otros. Busca vuestro corazón y no el de los demás; busca los pensamientos y la oración que de él os broten como expresión natural del amor que le profesáis.

Frecuentemente, el no querer presentarnos al Señor con nuestra propia miseria y pobreza, que nos humilla, es efecto de un sutil amor propio, de la impaciencia o de la cobardía; y, sin embargo, eso es lo que prefiere a todo lo demás y lo que en nosotros ama y bendice.

Si os halláis con el espíritu sumido en tinieblas, os encontráis tristes y afligidos, de manera que todo se revela en vosotros y os impulsa a dejar la adoración, so pretexto de que ofendéis a Dios, de que, en vez de servirle, le deshonráis... ¡Oh, no!, no le prestéis oídos, ni os seduzca tan especiosa tentación, pues esa adoración es la adoración del combate, con lo que probáis vuestra fidelidad a Jesús contra vosotros mismos. No, no; no le desagradáis, antes al contrario, regocijáis a vuestro Señor que os está mirando. Si Satanás ha turbado vuestra quietud y sosiego es porque Él se lo ha permitido, y ahora, viendo cómo peleáis, espera que le prestéis el homenaje de vuestra perseverancia hasta el último instante del tiempo que le habéis prometido. Que la confianza, la sencillez y un grande amor a Jesús os acompañen siempre que vayáis a adorarle.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Jesús está vivo en el Santísimo Sacramento y quiere que le hablemos


La adoración eucarística tiene por objeto la divina Persona de Nuestro Señor Jesucristo presente en el santísimo Sacramento. En este divino Sacramento Jesús está vivo y quiere que le hablemos. Él por su parte hablará con nosotros. Todos pueden conversar con Nuestro Señor, puesto que allí se ha quedado para todos. Además, ¿no dijo, sin exceptuar a nadie, “Venid a mí todos”?

Este coloquio espiritual que se establece entre el alma y Nuestro Señor es la verdadera meditación eucarística, es lo que constituye en realidad la adoración. A todos se conceden las gracias necesarias para hacer bien esta adoración.

Vuestra hora de adoración la habéis de considerar como una hora de paraíso; id a ella como si fueseis al cielo, como a un banquete divino, y veréis cuánto la deseáis, y cómo la saludáis con regocijo. Fomentad suavemente en vuestro corazón su deseo. Repetid en vuestro interior: “iré a la audiencia de amor y de gracia que me ha concedido Nuestro Señor Jesucristo. Él es quien me llama, me espera, y desea tenerme a su lado”.

Si por vuestros achaques, enfermedad o por otra causa cualquiera os encontráis imposibilitados de hacer vuestra adoración, dejad que el corazón se contriste un instante y volad con el pensamiento al lado de Jesús, uniéndoos espiritualmente a los que le adoran en esos momentos. Durante vuestros viajes, cuando estéis ocupados en vuestros trabajos o postrados en el lecho del dolor, procurad guardar mayor recogimiento y conseguiréis el mismo fruto que si hubieseis podido ir a postraros a los pies del buen Maestro. Él os tomará en cuenta esta hora y tal vez se duplicará su valor.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Ángel de mi guarda, dulce compañía


Admiremos la bondad de Dios y agradezcámosle la merced que nos hizo al darnos un ángel para que cuide de nosotros, nos proteja y nos sirva. No se contentó Dios con habernos dado a su Hijo único para que nos librase del pecado; sino que, además, para no omitir ninguno de cuantos cuidados pueden afectar a nuestro interés y a mantenernos en la piedad y en su santo amor, envía a la tierra, para nosotros, a los santos ángeles, espíritus bienaventurados que gozan de Él en el cielo, para que estén siempre cerca de nosotros, con el fin de socorrernos y servirnos en todo tipo de situaciones. Les ordena que, de su parte, nos guarden, nos guíen y nos iluminen en todos nuestros caminos, para que podamos caminar derechamente hacia el cielo, con seguridad y sin descarriarnos. Bajo su guía, nos mantendremos invulnerables frente a todos los ataques del demonio.

¡Cuánta reverencia para con nuestro ángel bueno debe inspirarnos la ayuda que recibimos de él! ¿No debe inspirarnos también devoción hacia él, y movernos a confiar en su protección? Le debemos respeto, dice san Bernardo, a causa de su presencia; devoción, por su benevolencia para con nosotros; y confianza, por el cuidado que pone en protegernos. También tenemos obligación de agradecerle la extremada caridad con que obedece al mandato que recibió de cuidarnos en tan grandes y continuas necesidades.

Cada vez que nos sintamos acosados por alguna tentación violenta o que nos veamos oprimidos por alguna grave tribulación, invoquemos al ángel que nos guarda, nos guía y nos socorre tan favorablemente en nuestras necesidades y aflicciones. Dirijámonos a él con fervorosas y continuas oraciones, ya que está siempre presente y dispuesto a defendernos y consolarnos.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Madre Bondadosísima


San Francisco de Sales escribió: “La Santísima Virgen ha sido siempre la Estrella, el Puerto de refugio de todos los hombres, que han navegado por los mares de este miserable mundo. Los que dirigen su navío mirando a esta divina Estrella, se librarán de estrellarse contra los escollos del pecado”; quienes, por desgracia se apartan de su dirección tutelar, no tienen más puerto seguro, en donde reparar sus averías y sacar provecho de ellas, que el Inmaculado Corazón de la más buena de las Madres.

Madre bondadosísima de Aquel que ha dicho “No son los que están sanos los que tienen necesidad de médico”, y en otra ocasión “Perdonad setenta veces siete”, ¿cuándo podrán nuestras caídas agotar vuestro poder y la ternura de vuestras solicitudes y cuidados? Según dice San Buenaventura, vais a buscar al pecador que todos han rechazado, lo abrazáis, lo reanimáis y le dais calor, y no descansáis hasta que lo habéis curado.

Yo también soy vuestro enfermo, salvadme. Este será mi grito de esperanza todos os días que dure mi destierro. Mientras más me acuerde de mis caídas pasadas, más me acordaré de Vos, que habéis tenido el poder y la bondad de levantarme de ellas; y mayor será mi seguridad de que no me abandonaréis mientras dure mi convalecencia.

Mi agradecimiento por vuestros cuidados, y el deseo de poner de manifiesto vuestro poder, me ayudarán a seguir vuestros consejos. Os amaré, os glorificaré, porque me habéis sacado de lo más profundo. Y al fin en el Cielo, ocupando tímidamente mi sitio, entre el número de quienes os deben su salvación porque en medio de sus miserias pusieron en Vos todas sus esperanzas, seré vuestra gloria, como un enfermo es la gloria del médico que ha salvado de las puertas de la muerte, no una vez, sino muchísimas. Entonces, y éste será el mejor fruto que haya producido la Gracia, mis faltas mismas serán el pedestal de vuestra glorificación y, al mismo tiempo, el trono de las divinas misericordias que quiero cantar eternamente.

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

Invocaciones a Nuestra Señora

Nuestra Señora en sus advocaciones del Buen Remedio y del Pozo


Nuestra Señora del Buen Remedio, Tesorera de las riquezas de Dios, con tu corazón rebosando de compasión hacia el más desesperado; Virgen del Buen Remedio verdadera fuente de ayuda y muy eficaz remedio de nuestras vidas, en los días oscuros y sin esperanza tu siempre nos acompañas y nos recuerdas que no estamos solos en nuestras aflicciones, en nuestras necesidades y problemas. ¿Quién podrá tanto alabarte, según es tu merecer? ¿Quién sabrá tan bien loarte, que no le falte saber? ¡Oh Madre de Dios y hombre! Tú que tienes por renombre, Madre de misericordia, pues para quitar discordia, tanto vales, da remedio a nuestros males. Tú que amorosamente das compensación a nuestras necesidades, que con entrega y afán resuelves nuestras preocupaciones, no nos dejes sin paliar todo lo que aflige a nuestros corazones, ¡oh Madre querida!, oh Virgen del Buen Remedio, tú que eres la gran mediadora estas dificultades ayúdanos a resolver. Tú que por gran humildad, fuiste tal alto ensalzada, que a par de la Trinidad, Tú sola estás asentada; y pues Tú, Reina sagrada, tanto vales, da remedio a nuestros males. Amén.

Nuestra Señora del Pozo, aliento de los desesperados, fortaleza de los abatidos, luz de luz, alegría de alegría esperanza de los tristes, amor de los afligidos consuelo de los pobres de espíritu, linterna que alumbra las noches de oscuridad. Danos tu luz, omnipotencia suplicante elévanos en la oración, sujetos a tus pies, humildes en la espera, firmes en la confianza, entregados a tu Maternidad Divina. Tú, Señora de la Alta Gracia llévanos a tu Hijo, Jesús ábrenos al Divino Espíritu de Amor enséñanos a conocer el Amor del Padre. Que tu luz sea nuestra luz. Que tu amor sea nuestro amor. Que tu esperanza sea nuestra esperanza. Que tu fe sea nuestra fe. Virgen del Pozo, serena nuestros corazones para que unidos a tu Inmaculado Corazón y con la alegría de ser tu fiel reflejo seamos capaces de unirnos a tu santa corredención. Amen.

El desaliento es la pérdida del alma


Es, al mismo tiempo, honra y tormento del hombre que ha caído el no poder acostumbrarse a sus faltas. Es como un príncipe destronado, sin ningún prestigio, por culpa de sus primeros padres; pero en el fondo de su alma conserva siempre el recuerdo de la nobleza de su origen y de la inocencia que tendría que ser su patrimonio. Apenas puede contener una exclamación de sorpresa en sus caídas, como si le hubiera ocurrido una desgracia inmerecida. Se diría que era Sansón, agotadas sus fuerzas por la mano malvada que le cortó los cabellos. Le gritaron los filisteos: “¡Levántate sobre ti!” Él se levantó, creyendo que, como otras veces, derribaría a sus enemigos; pero las fuerzas de otros tiempos le habían abandonado.

Por muy noble que este sentimiento sea en nosotros, sus resultados son nefastos y hay que combatirlo. El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre el camino.

Contra este peligro nos va a prevenir San Francisco de Sales. Igual que otros eminentes doctores y otros sabios lúcidos, el bienaventurado Obispo siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria humana, miseria humana, repetía, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades! ¿Qué se puede esperar de nosotros, sino caídas?” Todas sus palabras y todos sus escritos muestran que desde la cumbre de la santidad a la que había llegado veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros. Su espíritu abierto no lo olvidaba, al tratar a las almas que acudían a su dirección espiritual, y no se cansaba de recordarles su condición frágil: “Vivís, escribía a una señora, con mil imperfecciones, según me decís. Es verdad, hermana mía; pero ¿no tratáis sin descanso hacerlas morir? Es cosa cierta que, mientras vivimos oprimidos por este cuerpo tan pesado y corruptible, siempre habrá en nosotros algo que vacile”. En otro lugar decía: “Os quejáis de que en vuestra vida se entremezclan muchas imperfecciones y defectos, contrariando el deseo que tenéis de perfección de pureza en el amor de Dios. Os respondo que no es posible desasirnos del todo de nosotros mismos hasta que Dios nos lleve al Cielo; no llevaremos cosa de gran valor mientras tengamos que cargar con el peso de nosotros mismos. ¿No es regla general que nadie habrá tan santo en esta vida que no esté siempre sujeto a imperfecciones?”

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

Las obras esclarecidas y los admirables beneficios de la Cruz


¿Te das cuenta, qué victoria tan admirable? ¿Te das cuenta de cuán esclarecidas son las obras de la Cruz? ¿Puedo decirte algo más maravilloso todavía? Entérate cómo ha sido conseguida esta victoria, y te admirarás más aún. Pues Cristo venció al diablo valiéndose de aquello mismo con que el diablo había vencido antes, y lo derrotó con las mismas armas que él había antes utilizado. Escucha de qué modo.

Una virgen, un madero y la muerte fueron el signo de nuestra derrota. Eva era virgen, porque aún no había conocido varón; el madero era un árbol; la muerte, el castigo de Adán. Mas he aquí que de nuevo una Virgen, un madero y la muerte, antes signo de derrota, se convierten ahora en signo de victoria. En lugar de Eva está María; en lugar del árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la cruz; en lugar de la muerte de Adán, la muerte de Cristo.

¿Te das cuenta de cómo el diablo es vencido en aquello mismo en que antes había triunfado? En un árbol el diablo hizo caer a Adán, en un árbol derrotó Cristo al diablo. Aquel árbol hacía descender a la región de los muertos; éste, en cambio, hace volver de este lugar a los que a él habían descendido. Aquella primera muerte condenó a todos los que habían de nacer después de ella; esta segunda muerte resucitó incluso a los nacidos anteriormente a ella. ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios? Una muerte se ha convertido en causa de nuestra inmortalidad: éstas son las obras esclarecidas de la Cruz.

¿Has entendido el modo y significado de esta victoria? Entérate ahora cómo esta victoria fue lograda sin esfuerzo ni sudor por nuestra parte. Nosotros no tuvimos que ensangrentar nuestras armas, ni resistir en la batalla, ni recibir heridas, ni tan siquiera vimos la batalla, y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó, y nosotros quienes hemos sido coronados. Por tanto, ya que la victoria es nuestra, imitando a los soldados, cantemos hoy, llenos de alegría, las alabanzas de esta victoria, y alabemos al Señor, diciendo: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Éstos son los admirables beneficios de la Cruz en favor nuestro: la Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe.

Fuente: De las Homilías de san Juan Crisóstomo, Liturgia de las Horas

El sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento

San Josemaría Escrivá junto al Venerable Isidoro Zorzano en su lecho de enfermo

¡Cuántos Hospitales y Orfanatos y Asilos cuentan con Adoradores Nocturnos que son nada menos que los enfermos, las enfermeras y los asilados! Con frecuencia estas almas son oro bruñido, admirables de generosidad en el sacrificio. Todo depende del fervor de los Directores de esos establecimientos de misericordia.

He visto en muchos de ellos maravillas de piedad y de penitencia. Y no es, por cierto, el menor beneficio de este apostolado del Sagrado Corazón en esas casas del dolor, el enseñarles el sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento. Esto es: que sepan no sólo arrastrar la cruz de sus enfermedades y penas con resignación, sino que sepan convertirla en gracia y en vida, en precio de salvación para tantos pecadores.

Es preciso enseñar a sufrir y a llorar como apóstoles. Una lágrima vertida con amor y ofrecida al Sagrado Corazón puede convertir uno y muchos pecadores. Que no se pierdan inútilmente tantos dolores físicos, tantas agonías morales... Compremos con ese tesoro, y con la Preciosa Sangre del Cáliz, muchos pobrecitos al borde de un abismo; salvémoslos con nuestra cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

La Comunión Reparadora


La reparación es un deber de justicia y de amor. Expía las ofensas hechas a Dios y restablece el orden violado por nuestras culpas. Nos asocia a los sufrimientos de Cristo. Aplaca a Dios irritado por los pecados de los hombres y alcanza misericordia para los pecadores. Es lo que hizo y hace Jesús. Por eso le consuela.

Para que nuestra Comunión sea reparadora, basta agregar a las intenciones que tengamos, la de reparar. Podemos, pues, comulgar pidiendo una gracia cualquiera, y al mismo tiempo añadir a nuestra Comunión el valor de la reparación.

Es prueba de un amor real, y no de solas palabras. A ella lleva la devoción al Corazón de Jesús, que es devoción de amor y generosidad. Ojalá cada uno viviera vida de reparación, vida que encuentra su alimento en la Comunión Reparadora. Así tendrían todo su efecto las magníficas promesas del Corazón de Jesús.

La necesidad de reparar el amor ofendido de Dios es urgente porque: en el mundo reina el mal espíritu que quiere borrar a Dios del individuo, de la familia, de la Iglesia y de la sociedad; los mismos católicos, en su mayoría, llevan una vida de espaldas a la fe que profesan y conocen; muchos traicionan la fe y se vuelven contra el mismo Jesucristo.

Los que aman a Jesús sufren con Él las ofensas que se le hacen; lo que a Él lo hiere, a ellos los hiere también.

Por esto, cuanta más ofensas y frialdad contra Jesús, más se ha de excitar nuestra alma para manifestarle su amor; tener mayor cuidado en evitar las faltas propias y todo lo que de nuestra parte pueda agraviar su Corazón; más renuncia y mortificación de la propia voluntad; mayor unión con Cristo en sus sentimientos; procurarle más alabanza y gloria mediante la recepción frecuente de los Sacramentos, y una gran fidelidad al deber de estado.

Fuente: Cf.Folleto del Apostolado de la Oración, mayo de 1946

Santos Patronos de las embarazadas

San Ramón Nonato, San Gerardo Mayela y Santo Domingo Savio

Oh excelso patrono, San Ramón, a vos, glorioso protector acudo para que bendigáis al hijo que llevo en mi seno. Protegedme a mí y al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto. Os prometo educarlo según las leyes y mandamientos de Dios. Escuchad mis oraciones, bendito protector mío, San Ramón, y hacedme madre feliz de este hijo que espero dar a luz por medio de vuestra poderosa intercesión. Amén.

A ti te invocamos, Dios y Padre nuestro, Señor de toda vida, que concediste a San Gerardo, a lo largo de su corta existencia, un especial cuidado por la vida naciente y las mujeres embarazadas. Bendice, por intercesión de san Gerardo, a todas las mujeres que esperan un nuevo nacimiento y a los hijos que llevan en sus entrañas, para que ambos lleguen sanos a un feliz alumbramiento. Y a toda tu Iglesia dale el don de amar, anunciar, defender y ofrecer la vida, como hizo nuestro Redentor Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Señor Jesús, por intercesión de Santo Domingo Savio, patrono de las mujeres embarazadas y de los matrimonios que tienen problemas para concebir, te ruego por esta dulce criatura que llevo en mi seno. Tú me has concedido el inmenso don de esta pequeña vida que crece dentro de mí. Humildemente te doy gracias por haberme escogido como instrumento de tu amor. En esta dulce espera, ayúdame a vivir en continuo abandono a tu divina voluntad. Concédeme el corazón de una madre pura, valiente y generosa. Te ofrezco todas mis preocupaciones, miedos y necesidades en favor de este bebé que está por venir. Haz durante la gestación no sufra ningún mal, que se forme en mi interior con toda normalidad, que el parto sea sin problemas y que este bebé pueda nacer sano. Aparta de él todo mal físico y todo peligro para su alma. Y a ti, oh María, que gozaste de las inefables alegrías de una maternidad santa, dame un corazón capaz de transmitir una fe viva y ardiente. Santifica y bendice mi dulce espera, y por medio de tu ayuda y la de tu Divino Hijo, concédeme, por intercesión de Santo Domingo Savio, que en el fruto de mi vientre pueda florecer una vida de virtud y santidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Fuente: Cf. devocionario.com

El confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska


Treinta y tres años después de su muerte, el Padre Miguel Sopocko (1888-1975), gran promotor del mensaje de la Divina Misericordia y confesor de Santa María Faustina Kowalska, fue beatificado en Polonia el 28 de septiembre de 2008. El Cardenal Estanislao Dziwisz, entonces Arzobispo de Cracovia, en su homilía dijo que “la Divina Providencia usó este sacerdote para que la invariable verdad de la Divina Misericordia pudiera alcanzar un camino especial hacia la mente y los corazones de la gente del siglo XX. Ese siglo se ha caracterizado de cierta manera por sus crueles sistemas totalitarios los cuales trataron de remover por la fuerza la esperanza de la vida de las personas, donde se trató de arrancar su dignidad, condenándolos a un sentimiento de desesperación. Entre los momentos de oscuridad de la vida, la lucha diaria con la maldad y las experiencias difíciles asociadas con la vida, había la necesidad de un rayo de luz y esperanza. Ese rayo fue un poderoso recordatorio de la verdad de nuestro destino el cual está en las manos de Dios misericordioso. El Beato Sopocko proclamó la misericordia de Dios no sólo a través de su participación directa en esta labor, la cual fue iniciada por la Hermana Faustina. El mismo fue un hombre de infinita confianza en la misericordia de Dios. Esa fue su actitud espiritual, una característica especial de su identidad cristiana”.

El Cardenal Ángelo Amato invitó a todos a seguir las enseñanzas del Beato Miguel Sopocko, especialmente en las relaciones familiares. Él dijo: “En las familias, hay una necesidad de misericordia cada día, cada día la esposa debe ser compasiva con su esposo y vise-versa, continuamente reconfirmando su fidelidad recíproca. Cada día los padres deben ser magnánimos al perdonar a sus hijos, al experimentar sus errores. Pero los hijos, también deben ser pacientes con sus padres. Todos en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en todas partes, deben ejercer la misericordia”.

El Papa Benedicto XVI, después de su mensaje del Ángelus en Roma, dijo: “Saludo con afecto a los fieles reunidos para la beatificación del siervo de Dios Miguel Sopocko, confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska. Por su sugerencia, la santa describió sus experiencias místicas y las apariciones de Jesús misericordioso. También gracias a sus esfuerzos se pintó y transmitió al mundo la imagen con la inscripción Jesús, en ti confío. Este siervo de Dios se dio a conocer como celoso sacerdote, educador y propagador del culto de la Misericordia divina”.

Fuente: marian.org

Sumergida en la Divina Misericordia (II)


Jesús dijo a sor Faustina: “La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina”. ¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina iluminará el camino de los hombres.

Pero, como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: “Paz a vosotros”. Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos”. El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 30 de abril de 2000

Confidencias del Corazón de Jesús


“Un poquito y ya no me veréis, y otro poquito y me veréis, porque voy al Padre” (Jn 16,16-19) ¡Cuánto me quiere decir ese poquito! ¡Qué tesoros de condescendencia con mi flaqueza! ¡Qué conocimiento de mi inconstancia! ¡Qué remedio tan de madre! ¿No recuerda ese poquito a las madres haciendo pasar medicinas amargas a sus hijos enfermos? ¡Un poquito no más, hijo mío, y te pones bueno!, les dicen a cada sorbo. Y en verdad que el poquito aquel los pone buenos. Ese poquito dicho dos veces por Jesús, pone al descubierto su Corazón, ¡me lo hace sentir tan cerca de mí y tan humano! Sí, esa palabra me hace saber que Él conoce lo contenta, lo ágil para el bien y lo fuerte para perseverar que mi alma se siente cuando lo ve y lo oye, como también conoce lo triste e inconstante que se pone cuando Él se oculta... ¡Y conforta tanto al alma estar cierta de que Él ya ha previsto las lágrimas, las luchas, las persecuciones que nos cuesta esperar su venida!

“Vosotros lloraréis y os contristaréis y el mundo se gozará, pero...”, y aquí viene la otra enseñanza que me hace saber aquella palabra, “pero confiad; esto no será más que por un poquito de tiempo, vuestras lágrimas y tristezas se trocarán en gozo que nadie os podrá quitar... porque voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo”. Hermanos míos, si las lágrimas han enturbiado vuestros ojos y el constante penar ha puesto desfallecimientos en vuestra esperanza, acercaos al Sagrario, poneos muy cerquita, vais a oír de nuevo, de labios del Maestro que allí vive, la palabra reanimadora: Hijo, un poquito no más y... me veras...

Ángeles del Sagrario, confidentes perpetuos de las intimidades del Corazón de Jesús; llevad muchos, muchos corazones atribulados y acobardados allí, y haced que oigan y comprendan el poquito de sus penas, de sus luchas, de sus tentaciones, de sus persecuciones, de su valle de lágrimas y el eternamente consolador: “Voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo...”

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Oración por los hijos a la Virgen del Perpetuo Socorro


¡Madre mía, socorre a mis hijos! Que esta palabra sea el grito de mi corazón desde la aurora. ¡Oh María! que tu bendición los acompañe, los guarde, los defienda, los anime, los sostenga en todas partes y en todas las cosas.

Cuando postrados ante la presencia del Señor le ofrezcan sus tributos de alabanza y oración, cuando le presenten sus necesidades, o imploren sus divinas misericordias.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando se dirijan al trabajo donde el deber los llama, cuando pasen de una ocupación a otra, a cada movimiento que ejecuten, a cada paso que den y a cada nueva acción.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando la prueba venga a ejercitar su debilísima virtud y el cáliz del sufrimiento se muestre antes sus ojos, cuando la Divina Misericordia, quiera instruirlos y purificarlos por el sufrimiento.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando el infierno desencadenado contra ellos se esfuerce en seducirlos con los atractivos del placer, las violencias de las tentaciones y los malos ejemplos. ¡Madre mía socorre y preserva de todo mal a mis hijos!

Cuando se dirijan a buscar el remedio de sus males y la curación de sus heridas en el Tribunal de la reconciliación y de la paz. ¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando se acerquen a la Sagrada Mesa para alimentarse con el Pan de los Ángeles, con el Verbo hecho carne por nosotros en tus purísimas entrañas. ¡Madre mía bendice a mis hijos!

Cuando en la noche se dispongan al descanso a fin de continuar con nuevo fervor al día siguiente su camino hacia la Patria eterna. ¡Madre mía bendice a mis hijos!

Que tu bendición, Madre mía, descienda sobre ellos, en el día, en la noche, en el consuelo, en la tristeza, en el trabajo, en el descanso, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte y que esta no sea repentina, y por toda una eternidad. Así sea.

Fuente: es.aleteia.org

La Solemnidad de hoy nos impulsa a elevar la mirada al Cielo


La solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad. La fiesta de hoy nos impulsa a elevar la mirada hacia el Cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el Cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos.

Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la “Santa” que se convirtió en su morada en la tierra, María. Mirando a la Virgen elevada al Cielo comprendemos mejor que nuestra vida de cada día, aunque marcada por pruebas y dificultades, corre como un río hacia el océano divino, hacia la plenitud de la alegría y de la paz. Comprendemos que nuestro morir no es el final, sino el ingreso en la vida que no conoce la muerte. Nuestro ocaso en el horizonte de este mundo es un resurgir a la aurora del mundo nuevo, del día eterno. Ante el triste espectáculo de tanta falsa alegría y, a la vez, de tanta angustia y dolor que se difunde en el mundo, debemos aprender de Ella a ser signos de esperanza y de consolación.

Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.

Fuente: Benedicto XVI, Homilías de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen

Una antigua devoción

En el siglo XVI El Papa Nicolás V otorgó indulgencia a la devoción por los Catorce Santos Auxiliadores.

Oh Santos Auxiliadores: San Blas, celoso obispo y benefactor de los pobres; San Jorge, valiente Mártir de Cristo; San Acacio, útil abogado en la muerte; San Erasmo, poderoso protector de los oprimidos; San Vito, protector especial de la castidad; San Cristóbal, poderoso intercesor en los peligros; Santa Margarita, valiente campeona de la Fe; San Pantaleón, milagroso ejemplar de caridad; San Ciríaco, terror del Infierno; San Gil, despreciador del mundo; San Eustaquio, ejemplar de la paciencia en la adversidad; San Dionisio, brillante espejo de fe y confianza; Santa Catalina, victoriosa defensora de la Fe y la pureza; Santa Bárbara, poderosa patrona de los moribundos, Rogad por nosotros.

Oh Señor, que a través de la intercesión de San Blas,

nos confirmes en la Esperanza.

Que a través de la intercesión de San Jorge,

nos preserves en la Fe.

Que a través de la intercesión de San Acacio,

nos otorgues una muerte santa.

Que a través de la intercesión de San Erasmo,

enardezcas en nosotros tu Santo Amor.

Que a través de la intercesión de San Vito,

nos enseñes el valor del alma.

Que a través de la intercesión de San Cristóbal,

nos preserves del pecado.

Que a través de la intercesión de Santa Margarita,

nos preserves del Infierno.

Que a través de la intercesión de San Pantaleón,

nos des caridad para nuestro prójimo.

Que a través de la intercesión de San Ciríaco,

nos otorgues la resignación a tu Santa Voluntad.

Que a través de la intercesión de San Gil,

nos otorgues un Juicio piadoso.

Que a través de la intercesión de San Eustaquio,

nos des paciencia en la adversidad.

Que a través de la intercesión de San Dionisio,

nos des tranquilidad de conciencia.

Que a través de la intercesión de Santa Catalina,

acortes nuestro Purgatorio.

Que a través de la intercesión de Santa Bárbara,

nos recibas en el Cielo. Amén.

Fuente: Cf. es.aleteia.org

La Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí


“Nos encontramos ante la imagen de la Inmaculada Concepción, venerada en el santuario de Itatí, fundado en el año 1615, y centro de la honda tradición mariana de esta región. Desde entonces, muchos miles de peregrinos han acudido ante esta imagen para honrar a María; para poner sus intenciones y sus vidas bajo su protección e intercesión.

Hoy queremos acudir también nosotros a la Virgen María, para atestiguar ese mismo amor y esa misma confianza en la que es Madre de Dios y Madre nuestra. Queremos ser buenos hijos que vienen a saludar a su Madre; hijos que se saben necesitados de su protección maternal; hijos que quieren demostrarle sinceramente su afecto”. (Homilía de San Juan Pablo II, en su visita a Corrientes, Argentina el 9 de abril de 1987)

Oración

Tiernísima Madre de Dios y de los hombres, que bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, miraste con ojos de misericordia por más de tres siglos a todos los que te han invocado.

Atiende nuestras necesidades que tu mejor que yo las conoces.

Concédenos un gran amor a tu divino Hijo Jesús y un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida, fortaleza en las tentaciones y consuelo en la muerte.

Amén.

La institución de la Solemnidad del Corpus Christi

El Beato Carlos de Austria y su familia en la procesión del Corpus Christi

Cristo, nuestro Salvador, estando para partir de este mundo para subir al Padre, poco antes de su Pasión, en la Ultima Cena, instituyó, en memoria de su muerte, el sumo y magnífico sacramento de Su Cuerpo y Su Sangre, dándonos el Cuerpo como alimento y la Sangre como bebida. Siempre que comemos este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor, porque dijo a los apóstoles durante la institución de este sacramento: “Haced esto en memoria mía”, para que este excelso y venerable sacramento fuese para nosotros el principal y más insigne recuerdo del gran amor con que Él nos amó. Es un memorial dulcísimo, sacrosanto y saludable en el cual renovamos nuestra gratitud por nuestra redención, nos alejamos del mal, nos afianzamos en el bien y progresamos en la adquisición de las virtudes y de la gracia, nos confortamos por la presencia corporal de nuestro mismo Salvador, pues en esta conmemoración Sacramental de Cristo está presente El en medio de nosotros, con una forma distinta, pero en su verdadera sustancia. Se ha dado, pues, el Salvador como alimento; quiso que, de la misma forma que el hombre fue sepultado en la ruina por el alimento prohibido, volviera a vivir por un alimento bendito; cayó el hombre por el fruto de un árbol de muerte, resucita por un pan de vida. De aquel árbol pendía un alimento mortal, en éste halla un alimento de vida; aquel fruto trajo el mal, éste la curación; un apetito malvado hizo el mal, y un hambre diferente engendra el beneficio; llegó la medicina adonde había invadido la enfermedad; de donde partió la muerte vino la vida.

¡Excelso y venerable sacramento, amable y adorado, eres digno de ser celebrado, exaltado con las más emotivas alabanzas, por los cantos inspirados, por las más íntimas fibras del alma, por los más devotos obsequios, eres digno de ser recibido por las almas más puras! ¡Glorioso memorial, deberías ser guardado entre los más profundos latidos del corazón, impreso indeleblemente en el alma, encerrado en las intimidades del espíritu, honrado con la más asidua y devota piedad!

Fuente: S.S. Urvano IV, Bula Transiturus De Hoc Mundo

María, Madre eucarística


Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: “¡Haced esto en conmemoración mía!”, se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: “Haced lo que él os diga”. Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: “no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así Pan de Vida”.

En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor. Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió “por obra del Espíritu Santo” era el “Hijo de Dios”. En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: “Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros”? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia De Eucharistia

El «Doctor Evangélico» y el Sagrado Corazón

San Antonio de Padua, llamado el "Doctor Evangélico", es uno de los santos que han descubierto para sí y han indicado a los demás ese refugio de las almas puras, esa arca de salvación para las arrepentidas que es el Corazón Deífico. Al declararle Doctor, la Iglesia ha señalado a los fieles que es necesario acudir al Santo taumaturgo en busca de su celestial doctrina.

"El hueco de piedra, dice San Antonio, donde el alma se puede refugiar, es la llaga del costado de Jesucristo. Hay en su carne numerosas heridas y está la llaga de su costado; ésta lleva a su Corazón, es hacia allí que Él llama al alma de la cual hace su esposa. Le extendió los brazos; le abrió su costado y su Corazón para que venga allí a esconderse. Retirándose en las profundidades de la tierra, la paloma se coloca al abrigo de las persecuciones del ave de rapiña; al mismo tiempo, encuentra una morada tranquila donde habita dulcemente... Y el alma religiosa encontrará en el Corazón de Jesús, como un asilo seguro contra todas las maquinaciones de Satanás, un delicioso retiro... No permanezcamos, por lo tanto, a la entrada de la gruta; vamos a lo más profundo. A la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es verdad, la Sangre que nos rescató... Él habla, pide misericordia por nosotros. Pero el alma religiosa no debe detenerse allí. Cuando escuche la voz de la Sangre divina, que vaya hasta la fuente de la cual ella brota, a lo más íntimo del Corazón de Jesús. Allí ella encontrará la luz, la consolación, la paz, y las delicias inefables.

Había, agregaba el santo, en la ley antigua dos altares: el altar de bronce o de los holocaustos, y el altar de oro o de los perfumes... Jesucristo es al mismo tiempo estos dos altares: altar de bronce, en su cuerpo todo ensangrentado, inmolado a la vista de todo el pueblo; altar de oro, en su Corazón todo ardiente de amor... Sobre el primero, ofrecemos nuestras lágrimas de compunción y de arrepentimiento; sobre el segundo, el incienso de nuestra ternura y de nuestra devoción..."

Fuente: cf. Venerable León Dehon, Mes del Sagrado Corazón

La verdadera devoción al Corazón de Jesús

Tengamos presente toda la riqueza que se encierra en estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús. Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro.

Al tratar del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente -con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías- a todo Jesús.

En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña y nos guía.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Ser sumisos al Espíritu Santo

“Os voy a revelar un secreto para ser santo y dichoso. Si todos los días, durante cinco minutos, sabéis hacer callar vuestra imaginación, cerráis los ojos a las cosas sensibles y los oídos a todos los rumores de la tierra, para penetrar en vosotros mismos, y allí, en el santuario de vuestra alma bautizada, que es el templo del Espíritu Santo, habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:

Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, os adoro. Iluminadme, guiadme, fortalecedme, consoladme. Decidme que debo hacer; dadme vuestras órdenes: os prometo someterme a todo lo que deseéis de mí y aceptar todo lo que permitáis que me suceda. Hacedme tan sólo conocer vuestra Voluntad.

Si esto hacéis, vuestra vida se será feliz, serena y llena de consuelo, aun en medio de las penas, porque la gracia será en proporción a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla, y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo es el secreto de la santidad”.

Fuente: de los escritos del Cardenal Mercier

El Amor de los amores

Con razón San Bernardo llama al divino Sacramento de la Sagrada Eucaristía,Amor amorum, el Amor de los amores.

El amor del divino Corazón de Jesús le llevó a encerrarse en este sacramento, le obliga a morar en él continuamente, día y noche, sin salir jamás de él, para estar siempre con nosotros. Aquí está adorando, alabando y glorificando incesantemente a su Padre por nosotros, es decir para dar cumplimiento a las infinitas obligaciones que nosotros tenemos de adorarle, alabarle y glorificarle.

Dios envió a su Hijo para bendecirnos; y vino este Hijo adorable todo lleno de amor a nosotros, y con un deseo ardentísimo de derramar incesantemente sus santas bendiciones sobre los que le honran y le aman como a Padre suyo, principalmente por este divino Sacramento.

En la santa Eucaristía nos da bienes inmensos e infinitos, y gracias abundantísimas y muy particulares, si aportamos las disposiciones requeridas para recibirlas.

Vuestro amabilísimo Corazón, oh Jesús mío, está en este Sacramento del todo abrasado en amor a nosotros; y está obrando para nuestro bien mil y mil efectos de su bondad. Pero ¿qué es lo que os devolvemos, Señor mío? Ingratitudes y ofensas de mil modos y maneras, de pensamiento, palabra y obra, pisoteando vuestros divinos mandamientos y los de vuestra Iglesia. ¡Qué ingratos somos! Nuestro benignísimo Salvador nos ha amado tanto. Muramos, de dolor a vista de nuestros pecados; muramos de vergüenza, al ver que tan poco amor le tenemos; muramos con mil muertes antes que ofenderle en lo venidero. Oh Salvador mío, concedednos esta gracia. Oh Madre de Jesús, obtenednos de vuestro amado Hijo este favor.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El Corazón de Cristo (III)

Estampa del funeral del Beato Carlos de Austria

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús debe sernos grata a todos porque en ella se honra a Jesucristo, no ya en uno de sus estados o misterios particulares, sino en la generalidad y totalidad de su Amor, de ese Amor que nos da la clave de todos los misterios.

La práctica general de esta devoción tiende a devolver a Nuestro Señor amor por amor, a apoderarse de toda nuestra actividad, y penetrarla de amor que sea agradable a Jesucristo, de tal modo, que los ejercicios particulares no son más que medios de expresar a nuestro divino Maestro el recíproco amor que le tenemos. Es esto efecto, y muy precioso por cierto de esta devoción, puesto que toda la religión cristiana se reduce a dedicarnos por amor al servicio de Jesucristo, y por Él al servicio del Padre y del Espíritu Santo.

El cristianismo es el amor de Dios manifestado al mundo por Cristo, y toda nuestra religión cristiana puede reducirse a contemplar este amor en Cristo y responder al amor de Cristo para llegarnos hasta Dios.

Tal es el plan divino y lo que Dios quiere de nosotros. Si no nos amoldamos a él, no tendremos ni luz, ni verdad, ni seguridad, ni salvación.

Cuando recibimos a Nuestro Señor en la sagrada Comunión, hospedamos en nosotros aquel Corazón divino, hoguera de amor.

Pidámosle muy de veras nos haga Él mismo comprender este amor, porque un rayo que nos venga de arriba es harto más eficaz que todos los discursos humanos; pidámosle que nos haga amar a su divina Persona.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

Santa Margarita María y su Consagración

Santa Margarita María de Alacoque

He aquí el texto de la Consagración que Santa Margarita María hizo de sí misma, dictado por el Sagrado Corazón, tal como lo escribió al P. Croiset.

“Yo, ... me entrego y consagro al Corazón de Nuestro Señor Jesucristo; mi persona y mi vida, mis acciones, penas y padecimientos, para no servirme de nada de mi ser, sino sólo para amarle, honrarle y glorificarle. Mi voluntad irrevocable es ser todo para El y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a todo lo que no sea de su agrado. Te elijo, pues, Sagrado Corazón, como único objeto de mi amor, protector de mi vida, prenda de mi salvación, y remedio en mi fragilidad e inconstancia, reparador de todos los defectos de mi vida, y refugio seguro en la hora de mi muerte. Sé, oh Corazón bondadoso, mi justificación ante Dios, tu Padre, y no permitas que caigan sobre mí los rayos de su justa cólera: Corazón amante, en ti tengo puesta mi confianza, pues todo lo temo de mi malicia y fragilidad, pero lo espero todo de tu bondad. Haz desaparecer de mí todo aquello que te desagrade o se resista a ti. Tu purísimo Amor arraigue tan íntimo en mi corazón, que nunca pueda olvidarte o separarme de ti: Te suplico, por todas tus bondades, que mi nombre se escriba en ti, puesto que he cifrado toda mi gloria y felicidad en vivir y morir como esclavo tuyo. Así sea.”

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

La virtud del Abandono en los santos (V)

Es el santo abandono aquel estado en que el alma amante se entrega sin condiciones ni reservas al beneplácito de Dios, y ello así en el orden de la naturaleza como en el de la gracia.

El alma que así se da al santo abandono quiere todo lo que Dios quiere, porque Él lo quiere y de la manera que Él lo quiere, en orden a su cuerpo, lo mismo si le da salud como enfermedad, así le coloque en un país como en otro y sin distinción de condiciones de casa, trabajo, alimento o sociedad que plazca a Dios. Todo le es igual, todo le resulta amable con estas solas palabras: Así lo quiere Dios, tal es su beneplácito. Como hijo a quien el porvenir no inquieta, el alma santamente abandonada a Dios duerme con sosiego en el seno maternal de la divina Providencia, o descansa a sus pies. El hijo que tiene una buena madre no se inquieta de lo que pueda venir, pues su madre piensa por él. Choquen los elementos entre sí, ruja la tempestad, amenace el mar tragarlo todo, tiemblen todos de espanto: el hijo del santo abandono duerme sin temores en el seno maternal de la divina Providencia. No hay tempestades para él. Los hombres son malos, quieren arrebatarle todo: bienes, libertad, reputación, mas él se deja despojar sin montarse en cólera ni desesperarse. Como le queda Dios, y Dios le ama, por harto feliz se tiene; tanto más cuanto que así se ve más libre para ir hacia el Padre celestial.

El alma que practica el santo abandono, como un niño, pone en manos de Dios su espíritu para que Él sea su luz y la luz que le plazca: clara o velada, luz de fe o luz manifiesta; no quiere saber más que lo que Dios quiere que sepa; es como un ciego a quien Dios abre o cierra los ojos según tenga por bien. Con toda sencillez entrega el corazón a Dios, para a Él solo amar en todas las cosas y en cualquier estado. Entrega del todo a Dios su propia voluntad para que Él la gobierne, la vuelva y revuelva según le plazca. El alma santamente abandonada a Dios, se da a su servicio sin elegir ni amar otra cosa que lo que Dios le escoge y le cambia a cualquier hora como le da la gana. Sirve a Dios haciendo uso de los medios del momento presente, sin apegarse ni a su estado, ni a los medios, ni a las gracias; no se apoya más que en la santa voluntad de Dios.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Ante tus ojos, Señor

Ante tus ojos, Señor, ponemos nuestras culpas, y los castigos que por ellas hemos recibido.

Si pesamos el mal que hemos hecho, es poco lo que padecemos, y más lo que merecemos.

Es más grave lo que hemos cometido, y más leve lo que por ello sufrimos.

Sentimos la pena del pecado, y no por ello abandonamos la obstinación en pecar.

En tus castigos se aniquila nuestra debilidad, mas no se muda nuestra iniquidad.

Se inclina el espíritu dolorido, pero no se doblega la cerviz.

Nuestra vida suspira en el penar, pero no se enmienda en el obrar.

Si nos esperas, no nos corregimos; si nos castigas, no lo soportamos.

Mientras dura el castigo, confesamos lo que hemos pecado; cuando pasa tu visita, olvidamos lo que hemos llorado.

Si extiendes tu Mano, prometemos obrar bien; si suspende el golpe, no cumplimos lo que hemos prometido.

Si nos castigas, clamamos para que perdones; si nos perdonas, de nuevo te ofendemos.

Aquí nos tienes, Señor, confesándonos culpables; reconocemos que si nos perdonas, es justo que nos castigues.

Concede, oh Padre clemente, que de la misma nada has creado a quien te ruega, otorgarle el Perdón que te suplica, aunque no lo merezca. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Agustín

La Iglesia y la verdad vencerán

Pedro, por lo que a él respecta, era hombre por naturaleza, cristiano por gracia, apóstol, y el primero entre ellos, por una gracia de privilegio; pero, cuando Cristo le dijo: Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatares sobre la tierra será desatado en el cielo, representaba a toda la Iglesia, que en este mundo es azotada por diversas pruebas, como si fuesen tempestades, pero, a pesar de todo, no cae, porque está fundada sobre piedra, de donde viene el nombre de Pedro.

El Señor dice: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, porque Pedro había dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. “Sobre esta piedra que tú has confesado edificaré mi Iglesia”. Porque la piedra era Cristo; Él es el cimiento sobre el cual fue edificado el mismo Pedro, pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.

La Iglesia, pues, que tiene a Cristo por fundamento, ha recibido de Él, en la persona de Pedro las llaves del reino de los cielos, es decir, el poder de atar y desatar los pecados. La Iglesia, amando y siguiendo a Cristo, vence todas las pruebas. Y los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte.

Fuente: De los tratados de San Agustín

Oración por las vocaciones sacerdotales

Jesús, Pastor eterno de las almas, escucha la oración que te dirigimos por los Sacerdotes. Hacia ellos sientes el amor más afectuoso y más delicado de tu Corazón, ese amor profundo en que parecen reunirse todos los lazos íntimos que te unen a las almas.

Mira misericordiosamente a toda esa multitud de almas ignorantes, para las cuales el Sacerdote ha de ser luz; a todos los esclavos del pecado, que buscan a alguien que los libre de los engaños y que los salve en tu Nombre.

Piensa en todos esos niños, en todos esos jóvenes, que buscan un guía capaz de llevarles hasta Ti.

Piensa, Señor, en tantas criaturas que sufren y tienen necesidad de un corazón que las consuele y que las lleve a tu Corazón.

Piensa en todas las almas que podrían llegar a la perfección, si encontrasen en su camino la ayuda de un Sacerdote santo.

Haz que tus Sacerdotes conduzcan hacia Ti a toda esta Humanidad que sucumbe de debilidad, para que toda la tierra se renueve, sea exaltada la Iglesia, y el Reino de tu Divino Corazón quede establecido en la paz.

Oh Virgen Inmaculada Madre del Sacerdote Eterno, que tuviste a Juan, el sacerdote amado de Jesús, como primer hijo adoptivo, y que, en el cenáculo presidiste como Reina la reunión de los Apóstoles, alcanza a la Iglesia de tu Hijo un continuo Pentecostés, incesantemente renovado. Así sea.

Fuente: Oración compuesta por el Cardenal Mercier

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