Nueve Primeros Viernes - Promesas del Sagrado Corazón

PROMESAS DEL SAGRADO CORAZÓN

A LOS QUE COMULGAN EN SU DESAGRAVIO LOS PRIMEROS VIERNES DE MES

DURANTE NUEVE MESES SEGUIDOS

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).

2. Pondré paz en sus familias.

3. Los consolaré en todas las aflicciones.

4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.

5. Bendeciré abundantemente sus empresas.

6. Los pecadores hallarán misericordia.

7. Los tibios se harán fervorosos.

8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.

9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de él.

12. La “Gran Promesa”: la gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los sacramentos.

Un viernes, durante la Santa Comunión, Él dijo estas palabras a su indigna sierva, si es que ella no se equivoca: “Te prometo, en el exceso de la misericordia de mi Corazón, que su Amor omnipotente otorgará a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final. No morirán en mi desgracia ni sin recibir los Sacramentos. Mi Corazón les dará refugio seguro en el último momento de la vida” (Carta a la Madre Saumaise 1689).

Fuente: Cf. Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía. (El orden expuesto es fruto de una síntesis de todas las Promesas reveladas a la Santa)

El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (IV)


REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

CUARTA REVELACIÓN

13 y 26 de junio de 1675 en la Octava de Corpus Christi

Estando en presencia del Santísimo Sacramento, un día de su Octava, recibí de Dios gracias extraordinarias de su amor; y deseando corresponderle en algo, y pagarle amor con amor, me dijo: “No puedes darme mayor prueba de él que la de hacer lo que yo tantas veces te he pedido”. Entonces, descubriéndome su Divino Corazón, me dijo: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha ahorrado hasta agotarse y consumirse para demostrarle su amor; y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitud, por sus irreverencias y sacrilegios y por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de Amor (la Santísima Eucaristía). Pero lo que me es más sensible es que son corazones que me están consagrados los que me tratan así. (sacerdotes y religiosos).

Por esto te pido que sea dedicado el primer viernes después de la Octava del Santísimo Sacramento, una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando en ese día y reparando su honor por medio de un Acto de Desagravio, para expiar las injurias que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares. Te prometo también, que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su Divino Amor sobre todos los que le rindan este honor y sobre los que procuren que les sea tributado”.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (II)


Nuestro Señor junta a la lección sobre la mansedumbre otra acerca de la humildad, precisamente porque el fundamento inmediato de la mansedumbre es ni más ni menos la humildad.

Basta que haya en ti un poco de orgullo, de amor propio, de apego a tu propio modo de ver u obrar, para que no sepas sufrir ser contradicho, y entonces, frente a los inevitables choques derivados de la convivencia, perderás, más o menos, la calma, la paz interna y externa. Si pierdes la calma, pierdes también la serenidad de juicio y por ello no puedes ver ya con limpidez la luz divina que te muestra el camino a seguir y lo que el Señor de ti quiere. Entonces tu alma titubea, pierde el brío y se deja un tanto arrastrar por la pasión. Mientras en ti haya residuos de orgullo y amor propio, siempre te ocurrirá casos en que perderás un tanto el control y dominio de ti mismo, con el resultado de faltar a la mansedumbre. Para sacar provecho de la elección del Corazón de Jesús, para modelar tu corazón según el suyo, debes, pues, trabajar asiduamente por extirpar en ti todos los gérmenes del orgullo y del amor propio. Es este un trabajo en el que debes empeñarte día tras día, comenzando siempre de nuevo, sin dejarte desanimar por el continuo rebrotar de los sentimientos y resentimientos de tu yo. Es ésta una batalla que ganarás no cejando jamás en ella.

Para animarte a esta lucha, piensa que ella aprovechará no sólo al bien de tu alma, sino también al de otras almas, porque -como enseña Pío XI- “cuanto más hayamos inmolado el amor propio y nuestras pasiones..., tanto más copiosos frutos de propiciación y de expiación recogeremos para nosotros y para los demás” (Miserentissimus Redemptor). La lucha contra el amor propio y el ejercicio de la humildad entran, pues, de lleno en el programa de un alma consagrada al Sagrado Corazón y que se ha ofrecido a Él como víctima reparadora.

“¡Oh Jesús! Permíteme entrar en tu Corazón como en una escuela. Que en esta escuela me adoctrine de la ciencia de los Santos; en esta escuela escucharé con atención tus dulces palabras: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Lo comprendo. Las tempestades que puedo temer provienen sólo del amor propio, de la vanidad, del apego a mi apetito. ¡Defiéndeme, Señor, protege la paz de mi alma!... Tu Corazón es un abismo en que lo hallo todo y, especialmente, es un abismo de amor en el que debo sumergir cualquier otro amor, principalmente el amor propio con todos sus frutos de respeto humano, de vana complacencia y de egoísmo. Ahogando estas inclinaciones en el abismo de tu amor, hallaré en él todas las riquezas necesarias a mi alma. ¡Oh Jesús! Si siento en mí un abismo de orgullo y de vanagloria, quiero ahogarlo al punto en las profundas humillaciones de tu Corazón, que es un abismo de humildad. Si hallo en mí un abismo de agitación, de impaciencia, de cólera, recurriré a tu Corazón que es un abismo de dulzura. En todas las circunstancias, en cualquier coyuntura, quiero abandonarme a tu Corazón, océano de amor y de caridad, y no salir más de él, mientras no esté toda penetrada de su fuego divino” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (III)

REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

TERCERA REVELACIÓN

Fecha indeterminada de 1674

Una vez que el Santísimo Sacramento estaba expuesto, después de haberme sentido reconcentrada completamente por un recogimiento extraordinario, Jesucristo, mi dulce Maestro, se me presentó resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas como cinco soles, y de esa sagrada humanidad salían llamas de todas partes, especialmente de su adorable pecho, que parecía una hoguera que, permaneciendo abierta, me dejó ver su muy amante y amable Corazón, que era la viva fuente de esas llamas. Me hizo reposar largo tiempo sobre su pecho, fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor, y a qué exceso le había conducido en su amor a los hombres, de los que no recibía más que ingratitudes y desprecios.

“Esto -me dijo- me es mucho más sensible que cuanto he sufrido en mi Pasión; tanto, que si me devolvieran algún amor en retorno, estimaría en poco cuanto por ellos hice, y querría hacer aún más, si fuera posible. Pero sólo tienen frialdad y rechazo para corresponder a mis desvelos por hacerles el bien. Pero tú, al menos, dame el placer de suplir sus ingratitudes, en cuanto seas capaz de hacerlo”.

“Primeramente, me recibirás en el Santísimo Sacramento siempre que te lo permita la obediencia, por muchas mortificaciones y humillaciones que eso te produzca, las cuales debes recibir como regalos de mi amor. Comulgarás, además, todos los primeros viernes de cada mes, y todas las noches del jueves al viernes te haré participante de la tristeza mortal que tuve que sentir en el Huerto de los Olivos. Esta tristeza te reducirá, sin que tú puedas comprenderlo, a una especie de agonía más dura de soportar que la muerte. Y a fin de acompañarme en la humilde oración que presenté entonces a mi Padre en medio de tantas angustias, te levantarás entre once y doce de la noche para postrarte conmigo durante una hora, con el rostro en tierra, para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia por los pecadores”.

“Mas oye, hija mía, no crea ligeramente a todo espíritu y no te fíes, porque Satán rabia por engañarte; por lo cual, no hagas nada sin la aprobación de los que te dirigen, a fin de que teniendo la autorización de la obediencia no te pueda engañar, pues no tiene poder alguno sobre los obedientes”.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (II)

REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

SEGUNDA REVELACIÓN

Fecha indeterminada de 1674

Después de esto, se me presentó el Divino Corazón como en un trono de llamas más radiante que el sol y transparente como el cristal, con la sagrada llaga, y estaba rodeado de una corona de espinas, símbolo de las heridas que le causaron nuestros pecados, y encima tenía una cruz que significaba que desde el primer instante de su Encarnación, es decir, desde que el Sagrado Corazón fue creado, estuvo la Cruz plantada en Él.

Me manifestó que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres y de apartarlos del camino de perdición, en el que Satanás los hace caer a montones, le habían hecho concebir el designio de manifestar a los hombres su Corazón con todos los tesoros de su amor, de misericordia, de gracia, de santificación y de salvación que contiene, a fin de que todos los que quieran rendirle y procurarle todo honor, el amor y la gloria que pudiesen, quedasen enriquecidos con abundancia y profusión de esos divinos tesoros del Corazón de Dios, origen de ellos, al que debían honrar bajo la figura de ese Corazón de carne, cuya imagen quería que estuviese expuesta y que yo la llevara sobre mi corazón para imprimir en él su amor y colmarle con los dones de que Él estaba lleno, destruyendo de ese modo todos sus movimientos desordenados.

Y que derramaría sus gracias y bendiciones en todos los lugares en que estuviera expuesta a la veneración de dicha imagen. Y que esta devoción era como el último esfuerzo de su amor, que quería favorecer a los hombres con esa amorosa Redención, en estos últimos tiempos, para sacarlos del dominio de Satanás, a quien pretendía arruinar, poniéndonos bajo la dulce libertad del imperio de su amor, que quería restablecer en los corazones de cuantos quisieran abrazar dicha devoción.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

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