Meditando en el Vía Crucis (XIII)


Decimotercera estación: El descendimiento de la Cruz

El cuerpo de Jesús reposa en el regazo de su Santísima Madre como si su amor maternal hubiese de expiar las torturas de la Cruz. El Corazón de Jesús ya no palpita.

Llegó para María la hora de recoger los frutos del sacrificio común para distribuirlos al mundo. Los latidos de su corazón de Madre no eran más que el eco del de su divino Hijo.

Oh Señor mío Jesucristo, muerto y deshecho por mí, yo venero tu santísimo y divinísimo cuerpo reclinado en los brazos de tu piadosísima Madre, te suplico me concedas un vivo dolor de tanto como a Ti y tu Madre os hice padecer con mis pecados, y gracia para enmendarme de todos ellos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (XII)


Decimosegunda estación: Jesús muere en la Cruz

El lecho de muerte del Hijo de Dios está formado por dos vigas y tres clavos. En él está pendiente durante tres largas horas, cubierto de sangre, abrasado por la fiebre y por la sed, abandonado de todos, de sus amigos, de sus discípulos y -profundo misterio- hasta de su Padre celestial. Llega el instante supremo: "Todo está consumado", e inclinando la cabeza, expira.

El Corazón de Jesús deja de latir... La lanza del soldado lo abre para derramar por nosotros las últimas gotas de su Sangre.

Amado Salvador mío: tu sacrificio está cumplido y los hombres superabundantemente redimidos. ¡Cuánto hubiera deseado poder estar en aquellos momentos junto al altar de tu Cruz! Pero mayor beneficio nos concedes al poder, cada día en la Santa Misa, contemplar la Cruz y recoger tu Sangre redentora. Cuánto debió sufrir tu Corazón en la agonía de la Cruz, al prever la frialdad y tibieza de tantos católicos para con el sacrificio del altar. En adelante, cada Misa será para nosotros una oportunidad para presenciar con devoción tu muerte mística en la Cruz y cada primer viernes recordaremos tus dolores con una comunión reparadora.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (XI)


Decimoprimera estación: Jesús es clavado en la Cruz

Jesús contempla la Cruz que yace en tierra. Su Corazón acepta la hora suprema, la hora del cielo, la hora del infierno, la hora del odio, la hora del amor. Se tiende sobre la Cruz. Los verdugos le asen las manos y las atraviesan con sendos clavos. Luego los pies. ¡Espantoso sacrificio! Pero el Señor no exhala el menor grito de dolor. Sólo se oye de sus labios el “perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.

¡Salvador mío crucificado! Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos, y lo escribiste con tu Sangre sobre el madero de la Cruz. Al considerar aquellas palabras “Dios es amor”, que tan potentes se manifiestan en tu sacrificio, caemos de rodillas junto a la Cruz, contemplando la sangre que corre hacia la tierra culpable. Pero si grande es el dolor de tus miembros, mayor es el de tu Corazón, por la ingratitud del mundo ante tu Cruz salvadora.

El símbolo de la salvación y del heroísmo es para muchos indicio de necedad. Aparta tu rostro airado de los impíos y detén tus miradas moribundas sobre estos fieles que llevan heroicamente la bandera de la Cruz en medio de un mundo vacilante.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Los soldados, impacientes por la demora, dispersan a las mujeres, pues se acercaba la hora del mediodía. En su apresuramiento, golpean y maltratan a la sagrada víctima entre exclamaciones y blasfemias. Jesús está extenuado y sin fuerzas. Desde la última cena le habían negado todo refrigerio. En un supremo esfuerzo llega hasta la cima del Calvario, donde su cuerpo exhausto se desploma sobre la dura roca. Pero el rostro de Jesús resplandece de alegría: ¡ha llegado!

Amado Salvador mío: Ni la honra ni la recompensa te mueve a sufrir por los hombres, sino sólo el amor. Ahora comprendo por qué tu Corazón acepta sin dudar el supremo sacrificio. Querías, con tu caída, convertir nuestros dolores humanos en dones y gracias. Con nuestros sufrimientos, podemos ayudarte en la salvación del mundo. Las continuas recaídas en el pecado te entristecen profundamente. Son muchos los que llevan sobre sus frentes el sello de la embriaguez y de la incontinencia. Odios y enemistades, discordias en las familias y en los pueblos, ocasionan continuas desgracias y ruinas. Para reparar tantas abominaciones dominaremos las tempestades que se levanten dentro y fuera de nuestra alma, anhelando escalar con amor entusiasta, las cumbres de la virtud.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

El Padre Pío en los altares (II)


No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que el Padre Pío tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad.

Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el Padre Pío, han recuperado la fe, siguiendo su ejemplo. A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: “Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma”.

Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi plantado al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que “junto a la cruz se aprende a amar”.

Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el manantial mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento

San Josemaría Escrivá junto al Venerable Isidoro Zorzano en su lecho de enfermo

¡Cuántos Hospitales y Orfanatos y Asilos cuentan con Adoradores Nocturnos que son nada menos que los enfermos, las enfermeras y los asilados! Con frecuencia estas almas son oro bruñido, admirables de generosidad en el sacrificio. Todo depende del fervor de los Directores de esos establecimientos de misericordia.

He visto en muchos de ellos maravillas de piedad y de penitencia. Y no es, por cierto, el menor beneficio de este apostolado del Sagrado Corazón en esas casas del dolor, el enseñarles el sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento. Esto es: que sepan no sólo arrastrar la cruz de sus enfermedades y penas con resignación, sino que sepan convertirla en gracia y en vida, en precio de salvación para tantos pecadores.

Es preciso enseñar a sufrir y a llorar como apóstoles. Una lágrima vertida con amor y ofrecida al Sagrado Corazón puede convertir uno y muchos pecadores. Que no se pierdan inútilmente tantos dolores físicos, tantas agonías morales... Compremos con ese tesoro, y con la Preciosa Sangre del Cáliz, muchos pobrecitos al borde de un abismo; salvémoslos con nuestra cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Sumergida en la Divina Misericordia (III)


Sor Faustina Kowalska dejó escrito en su Diario: “Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo”. ¡Hasta ese punto de comunión lleva el amor cuando se mide según el amor a Dios!

En este amor debe inspirarse la humanidad hoy para afrontar la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. Así, el mensaje de la misericordia divina es, implícitamente, también un mensaje sobre el valor de todo hombre. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno.

Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su Corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación “Jesús, en ti confío”, que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno.

Santa Faustina, concédenos percibir la profundidad de la Misericordia divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos. Que tu mensaje mueva a los pecadores a la conversión. Hoy, nosotros, fijando, juntamente contigo, nuestra mirada en el rostro de Cristo resucitado, hacemos nuestra tu oración de abandono confiado y decimos con firme esperanza: “Cristo, Jesús, en ti confío”.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 30 de abril de 2000

En la Beatificación del Papa Pio IX


En la Homilía del 3 de septiembre de 2000, S.S. Juan Pablo II dijo: Al escuchar las palabras de la aclamación al Evangelio: “Señor, guíanos por el recto camino”, nuestro pensamiento ha ido espontáneamente a la historia humana y religiosa del Papa Pío IX, Giovanni Maria Mastai Ferretti. En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel a los compromisos de su ministerio en todas las circunstancias, supo atribuir siempre el primado absoluto a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue fácil, y tuvo que sufrir mucho para cumplir su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado.

Sin embargo, precisamente en medio de esos contrastes resplandeció con mayor intensidad la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones templaron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre los acontecimientos humanos jamás dudó. De ella nacía la profunda serenidad de Pío IX, aun en medio de las incomprensiones y los ataques de muchas personas hostiles. A quienes lo rodeaban, solía decirles: “En las cosas humanas es necesario contentarse con actuar lo mejor posible; en todo lo demás hay que abandonarse a la Providencia, la cual suplirá los defectos y las insuficiencias del hombre”.

Sostenido por esa convicción interior, convocó el Concilio Vaticano I, que aclaró con autoridad magistral algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre fe y razón. En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana resplandece en la Virgen la luz de Cristo, más fuerte que el pecado y la muerte.

Oración: Señor Dios nuestro, que, en tiempos de grandes transformaciones culturales y sociales, guiaste el camino de tu Iglesia, confiándola al seguro magisterio, al infatigable celo apostólico y a la ferviente caridad de tu siervo el papa Pío IX, te pedimos humildemente, por la intercesión de la Santísima Virgen, a quien proclamó Inmaculada, que confirmes nuestra fe, que alimentes nuestra esperanza y fortalezcas nuestra caridad. Amén.

Con la mirada en el Cielo

Hace ya bastantes años, con un convencimiento que se acrecentaba de día en día, escribí: espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. El obrará, si en Él te abandonas. Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras.

Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. Nos lo confirma San Pablo: buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del Cielo, no las de la tierra. Porque muertos estáis ya -a lo que es mundano, por el Bautismo-, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José, de los Angeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios

Meditando en el Vía Crucis (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Nunca presenció la creación escena tan desoladora. El que creó y sustenta el universo, desmaya y cae ante los ojos atónitos de sus criaturas. Hace pocos días, las turbas lo aclamaban su Mesías; ahora lo escarnecen tratándolo de traidor. Pero los labios de Cristo no exhalan la menor queja; con los ojos en el Cielo y el pensamiento en nosotros, se esfuerza por levantarse. Ha de subir al Calvario y continuará hasta la consumación.

Salvador mío: ¡cuánto nos enseña el silencio de tu caída! A pesar de la debilidad, de las burlas, del desprecio de tu pueblo, no arrojas la Cruz, antes sigues adelante obedeciendo los generosos impulsos de tu Corazón. Ves en nosotros la mediocridad y la tibieza, causantes de tu caída. En adelante confirmaremos con las obras nuestro nombre de cristianos, para reparar nuestros pecados y los de tantos que un día comenzaron a seguir tu camino y después de las primeras dificultades te abandonaron.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Via Crucis (II)


Segunda Estación: Jesús cargado con la Cruz

La sentencia es injusta, pero el Corazón de Jesús no vacila y ansioso de sufrimientos abraza la Cruz. El Inocente se inclina bajo el madero de los malhechores. El símbolo del crimen pesa sobre los hombros de la bondad. El Rey de los reyes carga con el leño de la vergüenza. Jesús soporta la Cruz de nuestras culpas, no por temor ni por fuerza, sino por ser fiel a su misión salvadora.

Amado Salvador mío, vas con la Cruz a cuestas precediéndonos en el camino, pues ser cristiano no sólo significa estar bautizado, sino más bien vivir vida cristiana. Danos la gracia de reparar con el fiel cumplimiento de nuestros deberes, las infidelidades de tantos cristianos tibios. Cuando la cruz del dolor pese sobre nuestros hombros, cuando las enfermedades y miserias nos atormentan, haz que olvidando el dolor, atendamos a imitar los sentimientos de tu Corazón, a fin de santificarnos con el cumplimiento exacto de los deberes cotidianos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Niños santos - Sierva de Dios Angela Iacobellis


Angela nació en Roma el 16 de octubre de 1948 y fue bautizada el 31 de octubre en la Basílica de San Pedro, su hermoso rostro era el espejo de su pureza. Recibió su Primera Comunión y Confirmación el 29 de junio de 1955 en Nápoles.

Del testimonio de los padres y de aquellos que la conocieron, sabemos que su amor a Jesús en la Eucaristía era inmenso y que el rezo del Rosario la acompañó a lo largo de su breve peregrinación terrenal. Angela decía: “Debemos darle el primer lugar a Dios”. Era una niña normal en sus afectos familiares, en la escuela, con sus amigos y en los juegos.

A los 11 años sufrió con paciencia y heroísmo los dolores atroces de la leucemia, consolando a los demás. Aceptó el tratamiento y cuando se dio cuenta de que su enfermedad avanzaba, no se impacientó ni se desanimó, sino que aceptó conscientemente la Voluntad de Dios, expresando toda su alegría y generosidad en la oración, en una conversación íntima y sencilla con el Señor. Predicó en silencio y con el ejemplo.

En la fase final de la enfermedad, Angela pasaba de un análisis clínico a otro, de una transfusión a otra hasta que una obstrucción intestinal definitivamente complicó el pronóstico. El suministro de oxígeno no mejoró la situación. Y el 27 de marzo de 1961, su alma voló al cielo.

“Bienaventurado eres, Padre del cielo y de la tierra, porque has revelado a los pequeños los misterios del reino de los cielos” (Mateo 11:25), esta cita del evangelio está grabada en la lápida de su tumba, y refleja fielmente la corta vida de Ángela Iacobellis.

Fuente: Cf. angelaiacobellis.it

Niños santos - Sierva de Dios Odette Oliveira


Odette nació el 15 de septiembre de 1930 en la ciudad de Río de Janeiro (Brasil), su padre fue Francisco Rodrigues de Oliveira y su madre fue Alicia Vidal. Los padres eran profundamente religiosos y sobre todo de gran caridad hacia los necesitados. Poseía un amor extraordinario a Jesús Sacramentado e iba a la misa con frecuencia con su madre. Desde los cuatro años tenía coloquios íntimos con Jesús en el Santísimo Sacramento.

Su familia se mudó al barrio de Botafogo, y allí Odette hizo su Primera Comunión el 15 de agosto de 1937. Desde entonces, al recibir la comunión, ella decía: “¡Oh mi Jesús, venid ahora a mi corazón!”. Su confesor testificó su fe viva, confianza inamovible, intenso amor a Dios y al prójimo. Odette ejercitaba la búsqueda de la santidad de forma extraordinaria para una niña tan joven. La modestia y el pudor fueron una gran señal de su alma pura y buena. Rezaba el Rosario diariamente, y tenía total confianza en Nuestra Señora.

Sus últimos días fueron vividos en una dolorosa enfermedad, la meningitis. Ella hizo gala de la paciencia cristiana. En medio de tantos dolores, decía: “Jesús mío, te amo, y te pido que te ame por toda la eternidad. Yo os ofrezco, oh mi Jesús, todos mis sufrimientos por las misiones y por los niños pobres”. El 25 de noviembre de 1939, recibió la Santa Comunión y decía en su Acción de Gracias: “Mi Jesús, mi amor, mi vida, mi todo, llévame al cielo”, y serenamente entregó su alma a Dios.

Fuente: Cf. santiebeati.it

Niños santos - Siervo de Dios Santos Franco Sánchez


Santos Franco Sánchez nació en Hinojosa del Duque, España, el 13 de julio de 1942. Era alumno del Seminario Menor de los Carmelitas de la Antigua Observancia.

En su adolescencia le dio una meningitis y cuando transido de dolor, el párroco, le pidió que ofreciera sus dolores por la Iglesia y sus necesidades, él le contestó: “desde el primer momento que empecé a sentir dolor, no he dejado de ofrecerlos al Señor por las misiones, los sacerdotes y los pecadores”. Cuando estaba muy enfermo una de sus hermanas le pregunta: “¿quieres curarte o ir al cielo?”. Sin dudar contestó: “ir al cielo”.

Cuando más intensos eran sus dolores de cabeza, produciéndoles convulsiones que lo dejaban extenuado, de sus labios salía una sonrisa de paz interior y decía: “todavía no, aún me queda sufrir un poco más”. Al aproximarse su muerte, abrazó a sus padres y les dijo: “ya me voy a ir pronto al cielo, me queda muy poco tiempo. No me olvidaré de vosotros. Os quiero mucho. No lloréis que yo estoy muy alegre. ¿Que importan los sufrimientos? ¡Qué hermoso, allí está Dios y la Virgen!”.

Falleció en su ciudad natal a los once años el 6 de febrero de 1954.

Fuente: cuando-los-santos-son-amigos.blogspot.com

Niños santos - Venerable Pilar Cimadevilla


Pilar, nació en Madrid el 17 de febrero de 1952. Fue hija del coronel Amaro Cimadevilla y de doña María del Rosario López-Dóriga. Desde temprana edad se caracterizó por su genio vivo que le ganó el apelativo de “la Brava”. Dócil e inteligente, empezó a destacar al poco tiempo por su piedad.

La Primera Comunión marcó un hito en su vida: “Mi Primera Comunión fue toda para Jesús”, diría ella misma.

A los nueve años fue internada en el Hospital Militar debido a un cáncer doloroso e irreversible. Pilar sufrió inapetencia y cansancio extraordinarios, a lo que se le sumó la aparición de un ganglio en el cuello. Fue atendida por las religiosas Hijas de la Caridad quienes le proponen formar parte de la Unión de Enfermos Misioneros, y ella se entusiasmó de tal modo con la idea de ofrecer sus sufrimientos por las misiones, sabiendo que sus sufrimientos podían ser convertidos por el Señor en fuente de conversión y salvación de muchos. Toda su vida se convirtió en un acto de entrega al Señor. Aquí es donde comenzó a mostrarse lo extraordinario de la niña: su heroísmo en el sufrimiento, no se quejaba de sus fuertes dolores, no solicitaba sino la ayuda indispensable, se preocupaba más de los demás que de ella misma...

Una mañana, al concluir su acción de gracias después de la comunión, sorprendió a sus padres con estas frases: “Abrid las ventanas y poneos muy contentos, pues me acaba de decir el Niño Jesús que sí, que me llevará con El, pero que todavía tengo que sufrir otro poco, porque puedo ser santa”. Un día después, el 6 de marzo de 1962, la niña cayó en brazos de su madre recién cumplidos los diez años de edad. El 19 de abril de 2004 fue declarada Venerable.

Fuente: Cf. aciprensa.com

Santificados en la vida laical- Santa Ana Schäffer


Anna Schäffer nace el 18 de febrero de 1882 en Mindelstetten, Alemania. Aprendió la piedad y el amor de Dios de su madre que le enseñó a ser una buena cristiana. Después de hacer la Primera Comunión, ella se ofreció al Señor, siendo su más caro deseo entrar en una orden de Hermanas misioneras. Su vida fue marcada el 4 de febrero de 1901, estando en un trabajo como empleada, sufrió un accidente en el que sus dos piernas se quemaron con agua hirviendo, quedando ella invalida, aquejada por terribles dolores y postrada en su cama, pero fue desde ahí que inició su labor de apostolado mediante cartas y consejos. Fueron 24 años de sufrimiento, ofreciéndolo siempre al Señor, hasta que falleció el 5 de octubre de 1925, diciendo “Jesús, vivo por ti”.

En la homilía de su beatificación, el 7 de marzo de 1999, Juan Pablo II dijo: “Cuanto más se transformaba su vida en un calvario, tanto más fuerte era en ella la convicción de que la enfermedad y la debilidad podían ser las líneas en las que Dios escribía su Evangelio. Llamaba a su habitación de enferma taller del dolor, para conformarse cada vez más con la cruz de Cristo. Hablaba de tres llaves que Dios le había concedido: La más grande es de hierro y muy pesada, son mis sufrimientos. La segunda es la aguja, y la tercera, la pluma. Con todas estas llaves quiero trabajar día tras día, para poder abrir la puerta del cielo. Entre atroces dolores, Ana Schäffer tomaba conciencia de la responsabilidad que cada cristiano tiene de la santidad de su prójimo. Por eso utilizó su pluma. Su lecho de enferma se ha convertido en la cuna de un apostolado que se ha extendido al mundo entero. Las pocas fuerzas que le quedan las emplea en el bordado”. Fue canonizada por Benedicto XVI el 21 de octubre de 2012. Su fiesta se celebra el 5 de octubre.

Oración

Señor, concédenos a través del ejemplo e intercesión de Santa Ana Schäffer, saber entender que en la oración, en el sacrificio y en la expiación se encuentra el gran medio para encontrar la Salvación eterna y la felicidad en la tierra. Concede la conversión a los pecadores, la unidad a la Iglesia, la paz a las familias, la firmeza y fidelidad a los sacerdotes, la piedad y la pureza a los jóvenes. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Santa Ana Schaffer, ruega por nosotros.

Fuente: Cf. es.catholic.net

Santificados en la vida laical- San Nunzio Sulprizio

Tapiz de la Canonización de Nunzio Sulprizio

San Nunzio Sulprizio nació en Pescosansonesco, Italia, el 13 de abril de 1817. Tras quedar huérfano a edad temprana, fue confiado al cuidado de su abuela materna. De ella aprendió el arte de la oración y las verdades profundas de la fe. Con nueve años se quedó nuevamente solo. Se hizo cargo de él un tío materno, herrero, brusco de modales y violento. En la herrería, además de los maltratos del tío, comenzaron también los sufrimientos físicos: se enfermó gravemente de osteosarcoma y fue enviado a Nápoles, al Hospital de los Incurables. Un tío paterno lo confió al coronel Félix Wochinger, que se lo llevó consigo y lo cuidó como un verdadero padre. La recuperación duró 21 meses. Sufriendo entre los que sufren, llevaba consuelo y ayuda a los demás. Muy deteriorado y postrado en cama, murió el 5 de mayo de 1836, a los 19 años. La vida de este joven, dedicada totalmente a Dios, estuvo marcada por dos grandes amores: la Eucaristía y la Virgen María. Fue beatificado por Pablo VI el 1 de diciembre de 1963, e inscrito entre los Santos por el Papa Francisco el 14 de octubre de 2018. Su Memoria litúrgica se celebra el 5 de mayo.

Nunzio Sulprizio terminó santamente su vida temporal. En julio de 1859 Pío IX lo declaró Siervo de Dios, en virtud del decreto que introducía el proceso que ahora acaba de terminar, y León XIII, en 1891, declaró heroicas las virtudes del joven, comparando su figura a la de San Luis Gonzaga, con motivo del tercer centenario de la muerte de este santo, por la devoción que Nunzio Sulprizio le dispensó, y por la brevedad con que ambos cerraron el ciclo de su vida en la tierra, distintos en el aspecto histórico y social, los dos jóvenes proporcionan a la Iglesia el gozo y la gloria de una misma virtud: la santidad juvenil. (Palabras de San Pablo VI en la beatificación, 1 de diciembre de 1963)

Oración

Señor Dios todopoderoso, que de entre tus fieles elegiste a san Nunzio Sulprizio para que manifestara a sus hermanos el camino que conduce a Ti, concédenos que su ejemplo nos ayude a seguir a Jesucristo, nuestro Maestro, para que logremos así alcanzar un día, junto con nuestros hermanos, la gloria de tu reino eterno. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Amén

San Nunzio, ruega por nosotros.

Fuente: Cf. causesanti.va

El Corazón de Cristo es paz para el cristiano


Las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que El es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar contra el mal, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.

La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¿Cómo no recordar aquí, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Dios nos entrega su Corazón

Hemos de luchar sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque sabemos que es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio o la indiferencia. No se nos oculta tampoco que, aunque consigamos llegar a una razonable distribución de los bienes y a una armoniosa organización de la sociedad, no desaparecerá el dolor de la enfermedad, el de la incomprensión o el de la soledad, el de la muerte de las personas que amamos, el de la experiencia de la propia limitación.

Ante esas pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque -después del pecado original- forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.

La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana.

Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si -ante la realidad del sufrimiento- sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Una gran figura del laicado católico

"El beato Federico Ozanam, apóstol de la caridad, esposo y padre de familia ejemplar, gran figura del laicado católico... hombre de pensamiento y de acción, sigue siendo un modelo de compromiso valiente, en la búsqueda de la verdad y en la defensa de la dignidad de toda persona humana". (Palabras de la homilía de S.S. Juan Pablo II en la beatificación de Federico Ozanam, 22 de agosto de 1997)

He aquí algunos breves escritos del beato Federico Ozanam: "Zarandeado algún tiempo por la duda, sentía una imperiosa necesidad de sujetarme con todas mis fuerzas a las columnas del Templo... extenderé mi brazo para mostrar la religión como un faro liberador a los que navegan por el mar de la vida, sintiéndome dichoso si algunos amigos vienen a agruparse alrededor de mí. El catolicismo se elevará súbitamente sobre el mundo y se pondrá a la cabeza de este siglo que renace....

Muero en el seno de la Iglesia católica, apostólica y romana. He conocido las dudas de nuestro siglo, pero a lo largo de mi vida me he convencido de que no hay reposo para el espíritu y el corazón más que en la Iglesia y bajo su autoridad...

Ruego por mi familia, mi esposa, mi hija y demás parientes para que perseveren en la fe y sean testigos a pesar de los escándalos y demás sufrimientos de la vida".

Oración para pedir por su canonización

Señor, has hecho del Beato Federico Ozanam un testigo del Evangelio, maravillado con el misterio de la Iglesia y le has dotado de una incansable generosidad al servicio de los que sufren. En familia, se reveló hijo, hermano, esposo y padre ejemplar. En el mundo, su ardiente pasión por la verdad iluminó su pensamiento, su enseñanza y sus escritos. En cada uno de los aspectos de su breve existencia, aparece su visión profética de la sociedad tanto como la evidencia de sus virtudes. Señor, si tal es tu voluntad, te pedimos que la Iglesia proclame su santidad, tan providencial para los tiempos presentes. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Niños santos - Siervo de Dios Antonio da Rocha Marmo

Antonio nació el 19 de octubre de 1918 en San Pablo, Brasil. De pequeño, cuando lo sacaban a pasear por las calles y por casualidad pasaba frente a alguna iglesia, agitaba sus bracitos pidiendo para entrar allí. Era muy inteligente. Luego de estudiar el catecismo, lo transmitía a otros niños después de jugar. Antonio manifestaba gran respeto por los sacerdotes, incluso decía que quería ser uno. Una mañana, él y su familia participaron en la primera Misa del Padre Olegario da Silva. En el momento de besar sus manos consagradas, el pequeño Antonio las abrazó con veneración y lágrimas, dejando conmovido al nuevo sacerdote.

En febrero de 1929 Antonio enfermó de tuberculosis y fue enviado al hospital de San José de los Campos. Una tarde, cuando vio a su madre entristecida por su salud, le dijo: "Madre, debemos hacer la voluntad de Nuestro Señor. ¡Nuestro Señor me necesita!"

El 20 de diciembre de 1930, recibió la santa unción junto con la Comunión, y luego dijo: "¡Le estoy agradeciendo a Dios! ¡Qué hermoso camino... cubierto de flores ... qué hermosas son! ¡Cuántos ángeles! Mira, mamá... Me invitan a acompañarlos... ¡Qué hermoso desfile! ... Voy, madre... Ya veo... Sí... ¡veo una luz!..." Luego encendieron dos velan a una imagen de San Antonio de Padua que estaba junto a su cama, y el pequeño Antonio dijo: "antes de que se consuman estas velas, estaré en el cielo. Estoy cansado... necesito descansar..." Fue el comienzo de la agonía. Cuando el reloj marcó las 23:30 del 21 de diciembre de 1930, el niño abrió los ojos, miró a su alrededor, y sonriendo a todos entregó su alma pura a Dios.

Fuente: cf. santiebeati.it

Morir antes que pecar

Jóvenes mártires de la virginidad, las Beatas: Karolina Kozka, Pierina Morosini, Teresa Bracco, Albertina Berkenbrock, Anna Kolesarova y Verónica Antal


Karolina Kózka es considerada como la “María Goretti” de Polonia. Fue arrastrada entre matorrales y asesinada en 1914, por evitar que un soldado ebrio la violase. Sus manos ensangrentadas daban fe de la resistencia que opuso. Tenía 16 años de edad. Juan Pablo II la beatificó el 10 de junio de 1987.

Pierina Morosini, italiana; inscrita en la Juventud Femenina de la Acción Católica participó en la peregrinación a Roma para la beatificación de María Goretti en 1947. El 4 de abril de 1957, mientras regresaba a su casa, en un lugar solitario fue abordada por un joven que no le ocultó sus torpes propósitos. Pierina trató de hacerle entender la gravedad de sus intenciones y le opuso una fuerte resistencia. Fue inútil. Agredida, se defendió con todas sus fuerzas. Herida mortalmente en la nuca con una piedra repetidas veces, siguió pronunciando palabras de fe y de heroico perdón, hasta que entró en un coma irreversible. Tenía 26 años. Fue beatificada por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1987.

Teresa Bracco, italiana; cuando conoció la vida de Domingo Savio quedó fascinada y desde entonces hizo suyo el lema “La muerte antes que el pecado”. Y mantuvo el propósito. Secuestrada en 1944 por un soldado alemán, trató de eludir sus brutales intenciones y, al ver que todo esfuerzo era inútil, prefirió renunciar a la vida antes que perder la virtud tan celosamente guardada. La hallaron, con el cuerpo martirizado, el 30 de agosto. Tenía 20 años. Juan Pablo II la beatificó el 24 de mayo de 1998.

Albertina Berkenbrock, brasilera; tenía dos puntos de referencia espirituales: la Virgen Madre de Dios y san Luis Gonzaga. El 15 de junio de 1931 se opuso con firmeza ante un violador para salvaguardar su pureza. Al no lograrlo, el hombre extrajo una navaja y le cortó la garganta, causándole la muerte en el acto. Albertina tenía 12 años. El 20 de octubre de 2007 Benedicto XVI la beatificó.

Anna Kolesarova, eslovaca. Su vida transcurrió tranquila hasta que el ejército ruso ocupó su aldea. Durante un ataque militar el 22 de noviembre de 1944, Anna y sus padres se escondieron, pero un soldado los descubrió y comenzó a hacerle insinuaciones la joven. Ella se resistió, para defender su castidad, y el soldado la asesinó de un tiro frente a su familia. Tenía 16 años. En su tumba se encuentra grabado el lema de Santo Domingo Savio: “Antes morir que pecar”. Fue beatificada por el Papa Francisco el 1 de septiembre de 2018.

Verónica Antal, la “María Goretti de Rumania”; a los 16 años conoce la obra de San Maximiliano Kolbe y no duda en entregar su existencia en manos de la Inmaculada y se convierte en Mílite (miembro laico de la Milicia de la Inmaculada). El 23 de agosto de 1958 fue apuñalada 24 veces por un joven que pretendió abusarla. Cuando encontraron su cuerpo tenía aferrado a sus manos el Rosario. Tenía 23 años. Fue beatificada el 22 de septiembre de 2018.

Fuente: cf. es.catholic.net

El Varón saturado de oprobios

Busqué quien me consolara y no lo hallé (Salmo 68)

En ese dolor, suma de todos los dolores que se llama la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuatro veces se lee en el Evangelio que se quejó el Varón saturado de oprobios.

La primera, de sus tres íntimos que se duermen: “¿No pudisteis velar una hora conmigo?”.

La segunda, de Judas, que lo vende y traiciona: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”.

La tercera, del esbirro del tribunal que le abofetea: “Si he hablado mal, dime en qué, y si bien, ¿por qué me hieres?”.

Y la cuarta de su Padre que le priva de su presencia sensible: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Estas cuatro quejas tan serenas y reposadas, que más parecen lamentos que quejas, han sido arrancadas de los labios y del Corazón de Jesucristo más que por cuatro dolores distintos por uno solo manifestado bajo cuatro formas.

Ésa es la gran pena del Corazón de Cristo, ése es el dolor que flota sobre el mar sin fondo ni riberas de dolores en que se anega su Corazón. El abandono de la amistad humana, en la soñolienta desidia de sus íntimos y en la perfidia de Judas, el abandono de la justicia humana en la insolente bofetada y el abandono de los consuelos de Dios... Recoged y saboread esta enseñanza y responded a una pregunta. ¿Seguirá contando con vosotros en esa hora sin término de abandonos de Sagrario por la que aun está pasando?

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

El odio a la fe y el triunfo del martirio

Beata Apolonia del Santísimo Sacramento

Apolonia Lizárraga nació Navarra, el Jueves Santo de 1867. A sus 19 años, ingresó en las Carmelitas de la Caridad, eligiendo, al hacer sus votos, el nombre de Apolonia del Santísimo Sacramento. Sor Apolonia fue Superiora en Sevilla, y en 1909 se hallaba en el Colegio de Vic cuando la Semana Trágica hizo un ensayo de revolución, siendo testigo del incendio de los templos. Su espiritualidad se centraba en el Corazón Eucarístico de Jesús, y en la devoción a la Virgen del Carmen y a San José. Su lema era "Confiar contra toda confianza, y esperar contra toda esperanza". En 1923 era elegida Superiora General.

En 1932 escribía: "Aquí estamos preparándonos para sucesos desagradables, aunque no sucederá más que lo que el Señor permita; suyas somos y Él cuidará de nosotras". En 1935 escribía a sus Comunidades: "Tengan mucho ánimo y más confianza en el Sagrado Corazón, en la Santísima Virgen y en San José, a quienes he entregado las Hermanas, los Colegios y todo lo nuestro, y que no nos dejarán si nosotras le somos fieles y les amamos más y más... Ellos nos darán las gracias para lo que tengamos que sufrir".

Llegó el estallido de la cruenta persecución religiosa. El 20 de julio de 1936 trasladó el Santísimo de la Iglesia al Oratorio y la Madre Apolonia organizó velas ante Él durante toda la noche. El martes 21 llegaron a Vic camiones de milicianos de Barcelona que comenzaron a incendiar iglesias y conventos y quemar imágenes religiosas. A las 4 de la tarde los milicianos golpeaban las puertas de la Casa General de las Carmelitas de la Caridad y les ordenaban salir a todas menos a la superiora. Esta fue llevada prisionera a un lugar de tortura, la desnudaron en un patio, le ataron de las muñecas y tobillos y con un serrucho le cortaron brazos y piernas mientras la mártir rezaba y rogaba por sus asesinos. Estos luego dieron su cuerpo a comer a unos cerdos hambrientos que tenían allí.

La Madre Apolonia fue beatificada en Roma el 28 de octubre de 2007.

Fuente: cf.hispaniamartyr.org

Misterios Dolorosos (V)


La Crucifixión del Señor (Lc 23, 33-34, 44-46; Jn 19,33-35)

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron. Jesús decía: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Jesús, dando un fuerte grito, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu y, dicho esto, expiro. Como le vieron muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.

Comentario de San Agustín

“Llenos de coraje, confesemos, o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor; gloriándonos, no avergonzándonos. Lo vio el apóstol Pablo, y lo recomendó como título de gloria. Muchas cosas grandiosas y divinas tenía para mencionar a propósito de Cristo; no obstante, no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por él, que, siendo Dios junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombre como nosotros, dio órdenes al mundo; sino: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Sermón 218, 2)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (IV)

La Cruz a cuestas (Mt 27,31)

Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarlo. Y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario.

Comentario de San Agustín

“En el hecho de que después de entregado para la crucifixión llevó él mismo la cruz, nos dejó una muestra de paciencia e indicó de antemano lo que ha de hacer quien quiera seguirle. Idéntica exhortación la hizo también verbalmente cuando dijo: Quien me ame, que tome su cruz y me siga. Llevar la propia cruz equivale, en cierto modo, a dominar la propia mortalidad” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (III)

La Coronación de espinas (Mt 27, 29-30)

Los soldados trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: ¡salve, Rey de los judíos!; y después de escupirle, tomaron la caña y le golpeaban en la cabeza.

Comentario de San Agustín

“Si ellos veían entonces con agrado el resultado de su crueldad, ¡con cuánto mayor agrado, ayudados por la memoria, hemos de traer de nuevo a nuestras mentes lo que piadosamente creemos! Si ellos miraban con placer su maldad, ¿no hemos de recordar nosotros, con gozo mayor aún, nuestra salvación? En aquel único acontecimiento se manifestaban los crímenes actuales de aquéllos y se borraban también los nuestros futuros. Más aún, donde detestamos las maldades cometidas por ellos, allí mismo nos alegramos del perdón de las nuestras” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (II)

La Flagelación del Señor (Jn 18, 33, 19; 1)

Pilato volvió a salir donde los judíos y les dijo: Yo no encuentro ningún delito en él. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos? Ellos volvieron a gritar diciendo: ¡A este, no; a Barrabás! Pilato entonces tomo a Jesús y mando azotarle.

Comentario de San Agustín

“Ciertamente, en cuanto sufrió de parte de sus enemigos, nuestro Señor se dignó dejarnos un ejemplo de paciencia para nuestra salvación, útil para esta vida por la que hemos de pasar; de manera que, si así él lo quisiere, no rehusemos el padecer lo que sea en bien del Evangelio. Puesto que aun lo que sufrió en esta carne mortal lo sufrió libremente y no por necesidad, es justo creer que también quiso simbolizar algo en cada uno de los hechos que tuvieron lugar y fueron escritos respecto a su pasión” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (I)

La agonía en el huerto (Lc 22, 39-46)

Va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allí a orar. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y dijo: Padre si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra (Mt 26, 36-37; Lc 22, 4 1-44).

Comentario de San Agustín

“Nuestro Señor Jesucristo, a punto de sufrir en la plenitud de los tiempos por nuestra salvación, previno a sus discípulos, diciéndoles: Velad y orad para no entrar en tentación. Esto debe ser preocupación constante del cristiano, para que no sea el sueño quien se adueñe de todas las noches; no obstante ello, para imitar al Apóstol, que dice: frecuentemente en vigilias, se ha constituido en esta noche la más sagrada y santa de las vigilias con el fin de que el mundo entero esté en vela por Cristo” (Sermón 223)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Habrá niños santos - Venerable Raquel Ambrosini


Raquel, hija única del doctor Alberto Ambrosini y Filomena Sordillo, nació el 2 de julio de 1925 en Pietradefusi, Italia. Algunos testigos dicen que sus primeras palabras fueron “Ave María”, las que todos los días escuchó a su madre recitando durante la oración del Rosario.

Era una niña generosa, caritativa, humilde, silenciosa, extremadamente buena, como una pequeña azucena a la que se le permite por un corto tiempo darle a la tierra el encanto de su perfume.

Raquel recordaba el día de su primera comunión, el 12 de junio de 1932, como el más bello de su vida. Su primer encuentro con el Señor había puesto en su corazón el deseo de ser más virtuosa, de obedecer más a sus padres y en especial de abandonarse a la Voluntad de Dios.

Más tarde, se mudó a otra ciudad para realizar sus estudios y se unió a la Acción Católica. Se comprometía en sus estudios y tenía un profundo sentido del deber; era muy respetuosa con sus maestras y siempre estaba disponible para ayudar a sus compañeros de clase. Un día escribe a sus amigos: “Amen la vida como el único medio por el cual pueden alcanzar la felicidad eterna en el Cielo; ámenla como un regalo de Dios, abrácenlo con afecto aunque tenga la forma de una cruz”.

En el momento en que escribió estas palabras, la cruz ya está marcando su vida: primero una otitis purulenta, luego un malestar generalizado, finalmente una meningitis. Raquel fallece santamente el 10 de marzo de 1941. Fue declarada venerable el 10 de mayo de 2012.

Fuente: cf. fondazionerachelinambrosini.it

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