Humanismo y aborto en la Unión Soviética


Por propia ideología, el comunismo se ocupa del humanismo: a ese fin dirige todos sus esfuerzos. Ningún sistema social del mundo concede tanto prestigio al hombre como el comunista, al menos en teoría y en la propaganda.

Pero nada de todo eso satisface a la gente.

La mejora de la humanidad, la noción abstracta de humanismo o la idea glorificada del hombre son ideales muy tenues que enseguida pierden el poder de inspirar o satisfacer frente a la experiencia diaria y la repetitiva monotonía de la vida. Uno puede dedicarse temporalmente al objetivo de servir a la humanidad sufriente, puede ponerse como meta la idea de fraternidad; pero, dada la naturaleza humana y su condición -y los fallos humanos demasiado frecuentes-, es difícil mantener y perseverar en esos momentos de inspiración sin alguna motivación más honda y de peso.

Amar a la familia y a los amigos es una cosa -nace de la propia naturaleza humana y de los vínculos que crean el sacrificio mutuo y las cosas compartidas-; pero amar a la humanidad en general... ¿qué significa eso?

¿Y cómo explicar los grandes males del comunismo? Aquella gente conocía el terror de la época de Stalin; prácticamente todo nuestro entorno tenía un amigo, un familiar o sabía de alguien que había estado en los campos de prisioneros de Siberia. ¿Dónde se veía ahí el tan cacareado “humanismo”? O los abortos. Pensemos en los abortos. Solo en nuestra pequeña ciudad se practicaban cincuenta y seis abortos diarios -basta con repasar las estadísticas oficiales-; ¿y qué decir del resto de la Unión Soviética? ¿Es ese un modo de promover el humanismo?

En la Unión Soviética el aborto es legal. Cualquiera que lo desee puede abortar. El gobierno afirma que se debe legalizar para evitar abusos privados. Los sueldos del marido y la mujer apenas bastan para mantener a uno o dos hijos, así que todo el mundo quiere abortar. Pero es un tema que les inquieta. Las salas de espera contiguas a las salas de abortos de las clínicas estaban llenas de carteles que, lejos de elogiarlo, informaban a las pacientes de las posibles secuelas psíquicas y físicas que la intervención podía provocar. Los médicos -mujeres en su mayoría-, las enfermeras y el resto del personal intentaban disuadir a las pacientes. Pasados los años, las mujeres confesaban que no podían librarse de los sentimientos de culpa. Y no eran “creyentes”, sino mujeres y chicas que habían recibido una educación totalmente atea en las escuelas soviéticas.

Incluso para el comunismo se trata de un asunto relacionado básicamente con la vida y la muerte, con el bien y el mal. Si ya desde sus inicios la vida se trata con tanta ligereza, decía la gente, ¿quién va a evitar que se extienda esa mentalidad? ¿La sociedad? Difícilmente. La sociedad ni siquiera es capaz de lidiar convenientemente con los problemas de delincuencia actuales ni con otros desórdenes sociales. Y, cuando una sociedad apoya el mal, ¿dónde acabará? ¿Se puede confiar en que el hombre resuelva él solo los problemas de la humanidad? Contemplad la historia y hasta dónde han caído, una y otra vez, los países civilizados.

Fuente: P. Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros: Memorias de un jesuita en el Gulag

Un impresionante testimonio de conversión (III)

Devin Rose en un programa de EWTN

Pero Dios no se detuvo ahí; quería que Devin se encontrase definitivamente con Él dentro de la Iglesia Católica. Ya desde el inicio nació en él la duda de por qué habían tantas divisiones y denominaciones dentro del cristianismo. Así se lo hizo notar a Matt, un buen amigo suyo bautista, considerado líder entre su grupo. Pero él no supo responderle.

Su anhelo por la verdad le carcomía el alma y no le dejaba en paz ver las divergencias en las predicaciones entre los diversos cristianos. Buscó ayuda en su lectura de la Biblia... pero también ahí se dio cuenta que unas confesiones la veían de una manera y otros de otra.

La pregunta de fondo no era baladí: ¿quiénes están realmente guiados por el Espíritu Santo? Porque el Espíritu Santo es “el Espíritu de Verdad”, y la Verdad es una. ¿Cómo, entonces, producía tantos efectos?

Tras mucho pensar y orar, Devin decidió investigar qué denominaciones habían tenido la osadía de afirmar que eran la Iglesia que tenía la plenitud de la verdad. Su iglesia bautista ciertamente no lo decía, pero los católicos, los ortodoxos y los mormones sí que lo habían hecho. Sin habla ante los resultados y con mucho temor, empezó a investigar a la Iglesia Católica.

Durante mucho tiempo debatió con amigos protestantes, haciendo todo lo posible por no volverse católico. Pero mientras más estudiaba, más cuenta se daba de la autenticidad de la Iglesia. Y así, después de recibir una buena catequesis, fue recibido en la Iglesia en la Pascua del 2001, ceremonia a la que asistieron algunos de sus amigos protestantes.

Hoy, después de diez años de católico, Devin no puede sino ver con gratitud el camino recorrido: “Mi Camino a Roma comenzó con el riesgo de que Dios fuese real. Continuó con el descubrimiento de que Él me amó y de que era digno de mi confianza. Hoy, puedo decir que, después de vivir la fe católica desde hace diez años, mi confianza en Cristo y en Su Iglesia se ha vuelto cada día más fuerte”.

Fuente: Juan Antonio Ruiz LC/ReL, Publicado en religionenlibertad.com, 22 de marzo de 2012

Un impresionante testimonio de conversión (II)

Libros de Devin Rose

Pero la evolución era positiva sólo en parte. De hecho, sus ansiedades seguían ahí. Y fue entonces cuando aceptó su problema: era clínicamente depresivo, una lucha que se le presentaba titánica e interminable.

“Creía que mis problemas eran sólo un producto químico en mi cerebro, pero ya había intentado todas las tácticas posibles para vencer la ansiedad y no habían funcionado. Mi otrora confiable inteligencia me había fallado por completo, así que me enfrenté a una elección: o me suicido o trato de creer en Dios”.

Con esta dicotomía ante el camino, el antes ardiente ateo se lanzó a la empresa de creer: “Sabía que, si Dios no existía, tratar de creer en él no iba a funcionar, pues sería sólo una táctica mental más entre la multitud que había intentado antes, sin éxito alguno. Y aunque pedir ayuda a Dios era algo que sublevaba mi interior, no teniendo nada que perder, le di una oportunidad”. Y así, después de muchos años, Devin lanzó su primera oración: “Dios, tú sabes que yo no creo en ti, pero estoy en problemas y necesito ayuda. Si eres real, ayúdame”.

Al principio, el resultado de sus oraciones fue nulo, por lo que, irónicamente, le confirmó en su ateísmo. “Pero cuando se está en el océano y todo lo que tienes es un salvavidas, por pequeño que sea, ésa es la única esperanza que tenemos”. Así que continuó a orar.

Así, poco a poco, se atisbaron ligeros signos de mejoría. Y aunque en su interior los pretextos ateos se revelaban y querían romper ese arbolito que empezaba a crecer, Devin se decía que debía darle una oportunidad a la fe. Así que se protegía y continuaba con su oración, acompañada de la lectura de la Biblia.

Su compañero de cuarto en la universidad era un fiel bautista (protestante) y le empezó a llevar a su iglesia todos los domingos. Aunque seguía sintiendo ataques de ansiedad, se hizo violencia para permanecer en las reuniones y, sorprendentemente, su fe comenzó a fortalecerse y crecer, aunque estaba sumergido en un mar de dudas. Al final de ese año, Devin se consideraba ya, sin lugar a duda, un cristiano.

Fue en ese momento cuando Dios se hizo presente: “Dios se precipitó y era como nada de lo que antes hubiera podido experimentar. Me dio el coraje y la fuerza para afrontar mis ansiedades y empezar a superarlas [...] Dios me dio esperanza para hacerle frente a mi desesperación, y la fe y el amor empezaron a sanar mis profundas heridas”. En otras palabras: se topó con el amor de Dios. Al final de ese año, se bautizó en la iglesia bautista, dándole un nuevo rumbo a su vida.

Continúa.

Fuente: Juan Antonio Ruiz LC/ReL, Publicado en religionenlibertad.com, 22 de marzo de 2012

Un impresionante testimonio de conversión (I)


El camino de Devin Rose: ateo orgulloso, agnóstico deprimido, protestante dudoso, católico ferviente.

“Mi otrora confiable inteligencia me había fallado por completo,así que me enfrenté a una elección: o me suicido o trato de creer en Dios”.

Devin Rose nació en una familia de tradición cristiana, entendiendo con eso que lo eran sólo de nombre. De hecho, en casa le habían inculcado que los hombres provenían de una evolución del “fango original”. Por eso, no es de maravillarse que, en su adolescencia, una vez obtenido el uso de razón, Devin se haya declarado con orgullo no creyente. Había nacido un ateo.

Su paso por la escuela secundaria le ayudó a envalentonarse aún más en esta posición, dado el supuesto amplio consenso de sus compañeros en este campo. Pero al llegar a la universidad, algo pasó. A pesar de tener éxito en aquello que realizaba (buenas notas, una novia bonita, el amor de su familia, un montón de amigos,...) había algo que no funcionaba: “empecé a ser devorado por la ansiedad”, cuenta él mismo.

“Me ponía nervioso en las reuniones sociales, en los restaurantes, en el cine; incluso estando en clase. Mi estómago se agitaba y tenía miedo de tener que salir corriendo de la clase, poniéndome en ridículo delante de todos”.

Con el paso del tiempo, esta ansiedad no hizo sino aumentar, llegando a verdaderos ataques de pánico, aparentemente sin ningún motivo. Llegó incluso a desear la muerte: él, un estudiante de honor, con beca completa, atleta talentoso y rodeado de buenos amigos y el amor de su familia.

Ante esta situación, por fin se enfrentó a su ateísmo, que para él era ahora sinónimo de su desesperación: “La delgada capa de la comodidad, la prosperidad y el bienestar general me habían protegido siempre en mi vida de enfrentarme a las terribles conclusiones existenciales de mi visión del mundo. Un día, en un inquietante sueño despierto, vi ante mí, de manera total, la oscuridad, una vacía manifestación viva de mi desesperación”.

En medio de este dolor, acudió a su madre y le abrió su alma: “Doy gracias a Dios ahora que, incluso en la desesperación, me dio una madre cariñosa a la que podría acudir en una situación en la que pensaba que no tenía otro lugar adonde ir”. Juntos, acudieron a un psicólogo -otro palo para Devin, que miraba con desdén a las personas que acudían a uno- y la terapia empezó a dar sus resultados.

Fuente: Juan Antonio Ruiz LC/ReL, Publicado en religionenlibertad.com, 22 de marzo de 2012

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