La meditación de la Pasión mueve a la compasión


¡Todo el país desolado, y nadie se detuvo a pensarlo! La causa de todos nuestros males se halla en la ausencia de meditación y de reflexión: de aquí se origina todo desorden moral. Y se desconoce lo más elemental: porque se olvidan los abundantes beneficios recibidos de Dios, y son escasos los que dedican su tiempo a la contemplación de los acerbísimos sufrimientos que Cristo padeció por nosotros. Se descuida el cumplimiento del deber y no se ponen los medios suficientes para alejar los continuos peligros que nos acechan durante nuestra existencia. El mundo está lleno de maldad y con razón se queja Jeremías: Todo el país desolado.

¿Puede existir algún remedio a tanto mal? Una medicina quisiera proponer a los prelados, párrocos, sacerdotes y restantes ministros de Dios, y que remediaría en gran manera muchos males: me refiero al piadoso ejercicio del Vía crucis. Si se propagase esta laudable costumbre en las parroquias, en las iglesias, empleando los recursos de una sabia pastoral y el celo por las almas, los sacerdotes pronto encontrarían remedio eficaz para contrarrestar los vicios y mejorar las costumbres, puesto que muchos se verán movidos a obrar bien, al recordar los dolores y el amor de Jesucristo. ¡Cuántos frutos proporcionaría a las almas la asidua meditación de la acerbísíma pasión de Cristo! ¡Cómo excitaría a la contrición del corazón, cuánta fortaleza de espíritu les comunicaría! La experiencia en el apostolado me ha enseñado que muchas almas han progresado rápidamente por las vías intrincadas de la perfección, cuando han sido constantes en la práctica de este piadoso ejercicio.

Porque el Vía crucis es antídoto contra el vicio, aplaca la concupiscencia, empuja a la consecución de la virtud y eleva el espíritu a encumbradas metas de santificación. En verdad, representando al vivo en nuestra mente las escenas dolorosas que recorrió el Hijo de Dios en la pasión, como si se grabaran en lo hondo del alma, apenas habrá quien no aborrezca para siempre la fealdad del pecado frente a irradiación tan luminosa, y también se verá constreñido a amar tanto amor. No sería poco que, al menos, ante las adversidades de la vida, tan frecuentes, se supiera afrontarlas con generosidad de ánimo, viéndole padecer a Él.

Fuente: De una Exhortación sobre el Vía crucis, de san Leonardo de Porto Maurizio, presbítero

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