Compromiso por la promoción de la familia


No puede faltar en la comunidad cristiana un serio compromiso de redescubrimiento del valor de la familia y del matrimonio. Ese compromiso es tanto más urgente, cuanto que este valor hoy es puesto en tela de juicio por gran parte de la cultura y de la sociedad.

No sólo se discuten algunos modelos de vida familiar, que cambian bajo la presión de las transformaciones sociales y de las nuevas condiciones de trabajo. Es la concepción misma de la familia, como comunidad fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, la que se ataca en nombre de una ética relativista que se abre camino en amplios sectores de la opinión pública e incluso de la legislación civil.

La crisis de la familia se transforma, a su vez, en causa de la crisis de la sociedad. No pocos fenómenos patológicos -como la soledad, la violencia y la droga- se explican, entre otras causas, porque los núcleos familiares han perdido su identidad y su función. Donde cede la familia, a la sociedad le falla su entramado de conexión, con consecuencias desastrosas que afectan a las personas y, especialmente, a los más débiles: niños, adolescentes, minusválidos, enfermos, ancianos...

Así pues, es preciso promover una reflexión que ayude no sólo a los creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad, a redescubrir el valor del matrimonio y de la familia. En el Catecismo de la Iglesia católica se lee: “La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad” (n. 2207).

Al redescubrimiento de la familia puede llegar por sí sola la razón, escuchando la ley moral inscrita en el corazón humano. La familia, comunidad “fundada y vivificada por el amor” (Familiaris consortio, 18), encuentra su fuerza en la alianza definitiva de amor con la que un hombre y una mujer se entregan recíprocamente, convirtiéndose juntos en colaboradores de Dios para transmitir la vida.

En la base de esta relación fontal de amor, también las relaciones que se entablan con los demás miembros de la familia, y entre ellos, deben inspirarse en el amor y caracterizarse por el afecto y el apoyo mutuo. El amor auténtico, lejos de encerrar a la familia en sí misma, la abre a la sociedad entera, dado que la pequeña familia doméstica y la gran familia de todos los seres humanos no se oponen, sino que mantienen una relación íntima y originaria. En la raíz de todo esto se halla el misterio mismo de Dios, que precisamente la familia evoca de modo especial. En efecto, como escribí hace algunos años en la Carta a las familias, “a la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida. El Nosotros divino constituye el modelo eterno del nosotros humano; ante todo, de aquel nosotros que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina”.

La paternidad de Dios es la fuente trascendente de toda otra paternidad y maternidad humana. Contemplándola con amor, debemos sentirnos comprometidos a redescubrir la riqueza de comunión, de generación y de vida que caracteriza al matrimonio y a la familia.

En ella se desarrollan relaciones interpersonales, en las que a cada uno se le encomienda, aunque sin esquemas rígidos, una tarea específica. No pretendo aquí referirme a las tareas sociales y funcionales, que son expresiones de marcos históricos y culturales particulares. Más bien pienso en la importancia que revisten, en la relación esponsal recíproca y en el común compromiso de padres, la figura del hombre y de la mujer en cuanto llamados a actuar sus características naturales en el ámbito de una comunión profunda, enriquecedora y respetuosa. A esta unidad de los dos confía Dios no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia.

Asimismo, el hijo debe considerarse como la expresión máxima de la comunión del hombre y de la mujer, o sea, de la recíproca acogida-donación que se realiza y se trasciende en un “tercero”, en el hijo precisamente. El hijo es la bendición de Dios. Transforma al marido y a la mujer en padre y madre. Ambos “salen de sí mismos” y se expresan en una persona que, a pesar de ser fruto de su amor, va más allá de ellos.

A la familia se aplica de modo especial el ideal expresado en la oración sacerdotal, en la que Jesús pide que su unidad con el Padre implique a sus discípulos (cf. Jn 17, 11) y a los que crean en su palabra (cf. Jn 17, 20-21). La familia cristiana, “iglesia doméstica”, está llamada a realizar de modo especial este ideal de perfecta comunión.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 1 de diciembre de 1999

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