En el primer Encuentro mundial de las familias


Hoy, todos los que, mediante su maternidad o su paternidad, se asocian al misterio de la creación, profesan a “Dios, Padre todopoderoso, creador...”.

Profesan a Dios como Padre, porque a él deben su maternidad o paternidad humana. Y, profesando su fe, se confían a este Dios, “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15), por la gran tarea que les corresponde personalmente como padres: la labor de educar a los hijos. “Ser padre, ser madre”, significa “comprometerse en educar”. Y educar quiere decir también “generar”: generar en el sentido espiritual.

Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios..., que por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de María, la Virgen, y se hizo hombre”.

Creemos en Cristo, que es el Verbo eterno: “Dios de Dios, Luz de Luz”. El, en cuanto consubstancial al Padre, es Aquel por quien todo fue creado. Se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación. Como Hijo del hombre santificó la familia de Nazaret, que lo había acogido en la noche de Belén y lo había salvado de la crueldad de Herodes. Esta familia -en la que José, esposo de la purísima Virgen María, hacía para el Hijo las veces del Padre celeste- ha llegado a ser don de Dios mismo a todas las familias: la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, que, viviendo durante treinta años en la casa de Nazaret, santificó la vida familiar. Santificó también el trabajo humano, ayudando a José en el esfuerzo por mantener la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, el cual ha confirmado y renovado el sacramento primordial del matrimonio y de la familia (cf. Mc 10, 2-16). En él vemos cómo Cristo, en su coloquio con los fariseos, hace referencia al “principio”, cuando Dios “creó al hombre -varón y mujer los creó-” para que, llegando a ser “una sola carne” (cf. Mc 10, 6-8), trasmitieran la vida a nuevos seres humanos. Cristo dice: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mc 10, 8-9). Cristo, testigo del Padre y de su amor, construye la familia humana sobre un matrimonio indisoluble.

Creo -creemos- en Jesucristo, que fue crucificado, condenado a muerte de cruz por Poncio Pilato. Aceptando libremente la pasión y la muerte de cruz redimió el mundo. Resucitando al tercer día, confirmó su potencia divina y anuncio la victoria de la vida sobre la muerte.

De este modo, Cristo ha entrado en la historia de todas las familias, porque su vocación es servir a la vida. La historia de la vida y de la muerte de cada ser humano está injertada en la vocación de cada familia humana, que da la vida, pero que también participa de un modo muy particular en la experiencia del sufrimiento y de la muerte. En esta experiencia está presente Cristo que afirma: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25-26).

Familias cristianas del mundo entero, construid vuestra existencia sobre el fundamento de aquel sacramento que el Apóstol llama “grande” (cf.Ef 5, 32). ¿Acaso no veis cómo estáis inscritos en el misterio del Dios vivo, de aquel Dios que profesamos en nuestro “Credo” apostólico?

La Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles tiene en vosotros su inicio: “Ecclesiola; iglesia doméstica”. Así pues, la Iglesia es la familia de las familias. La fe en la Iglesia vivifica nuestra fe en la familia. El misterio de la Iglesia, este misterio fascinante, halla precisamente su reflejo en las familias.

Profesamos la fe en la Iglesia y esta fe permanece estrechamente unida al principio de la vida nueva, a la que Dios nos ha llamado en Cristo. Profesamos esta vida. Y, profesándola, recordamos tantos baptisterios del mundo en los que fuimos engendrados a esta vida. Y además a estos baptisterios habéis llevado a vuestros hijos y vuestras familias. Profesamos que el bautismo es un sacramento de regeneración “por el agua y el Espíritu” (Jn 3, 5). En este sacramento se nos perdona el pecado original así como cualquier otro pecado, y llegamos a ser hijos adoptivos de Dios a semejanza de Cristo, que es el único Hijo unigénito y eterno del Padre.

¡Qué inmenso es el misterio del que habéis llegado a participar! ¡Qué profundamente se une mediante la Iglesia vuestra paternidad -queridos padres y madres- con la eterna paternidad del mismo Dios!

Queridas familias de todo el mundo: Os deseo que, mediante la eucaristía, mediante nuestra oración común, sepáis siempre descubrir vuestra vocación, vuestra gran vocación en la Iglesia y en el mundo. Esta vocación la habéis recibido de Cristo que “nos santifica” y que “no se avergüenza de llamarnos hermanos y hermanas” (Hb 2, 11). He aquí que Cristo os dice hoy a todos vosotros: “Id, pues, por todo el mundo y enseñad a todas las familias” (cf. Mt 28, 19). Anunciándoles el evangelio de la salvación eterna, que es el “evangelio de las familias”. El Evangelio -la buena nueva-es Cristo, “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Y Cristo es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8).

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 9 de octubre de 1994

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