El Escapulario y la salvación eterna


San Simón Stock, hombre de gran templanza y devoción hacia María Santísima, rezaba a menudo con humildad e insistencia a la Virgen, gloriosa Madre de Dios y Patrona de la orden carmelita, a fin de que concediera un privilegio a esa orden que se distinguía por su nombre. Así pues, un día, Nuestra Señora se le apareció rodeada de multitud de ángeles, llevando en la mano un escapulario. La Virgen dijo a Simón: “He aquí un símbolo para ti y un privilegio para todos los carmelitas; quien muera llevando este hábito estará a salvo del fuego eterno”. La visión es reconocida enseguida por el Papa Inocencio IV, y la noticia del maravilloso presente de la Virgen a la orden del Carmelo se extiende rápidamente. El don del escapulario se había concedido a toda la Iglesia (la Virgen había dicho “cualquiera que muera con el símbolo de la orden...”).

Ese favor del escapulario concedido por María obliga a todos los hombres a plantearse la cuestión de su salvación eterna. Recuerda que nuestra vida en la tierra tiene un final y que, al morir, seremos juzgados por Dios según nuestros actos. “¿Qué es el juicio particular?”, pregunta el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Y responde: “Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna del infierno” (núm. 208). Esas verdades acerca del fin último del hombre adquieren una importancia capital, pues nuestro comportamiento en esta vida prepara nuestra eternidad. La negación por parte de muchos de esas verdades reveladas no las convierte en caducas y no cambia la realidad.

De manera reiterada, en efecto, Nuestro Señor alude en su predicación al reto que supone la vida eterna, y subraya hasta qué punto resulta insensato arriesgar la eternidad por bienes que duran poco: Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16, 26). Es preferible pasar por la puerta estrecha y la senda angosta que llevan a la vida eterna que por la puerta ancha y el camino espacioso que llevan a la perdición del infierno (cf. Mt 7, 13-14). Jesús habla con frecuencia de la gehenna del fuego que no se apaga (cf. Mt 5, 22, 29-30), reservada a quienes, hasta el final de su vida, rechazan creer y convertirse, y donde pueden perderse a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Anuncia en términos solemnes que seremos separados de Él si omitimos ocuparnos de las necesidades perentorias de los pobres y de los más pequeños, que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Por otra parte, nos previene de que nos resulta imposible saber en qué momento Él vendrá a pedirnos cuentas de nuestros actos, pues la muerte se presenta de improviso, como un ladrón (cf. Mt 24, 42-44). El colmo del error es infravalorar la importancia de la salvación eterna -decía san Euquerio, obispo de Lyon, citado por san Alfonso.

El camino que conduce a la vida eterna es ante todo el de la fe: Id por todo el mundo -pide Jesús a sus apóstoles- y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará (Mc 16, 15-16). Pero la verdadera fe se traduce en buenas obras y, en primer lugar, por la observancia de los mandamientos de Dios: En esto se acercó uno y le dijo: “Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir vida eterna?”. Jesús le respondió: “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. “¿Cuáles?” -replicó él. Y Jesús le dijo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 19, 16-19). A la inversa, las malas obras conducen al infierno, como nos los recuerda San Pablo: ¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Co 6, 9-10).

El 6 de agosto de 1950, el Papa Pío XII afirmaba: “¡Cuántas almas, en circunstancias humanamente desesperadas, alcanzaron su suprema conversión y salvación eterna gracias al escapulario que llevaban! ¡Y cuántas también, en medio de los peligros del cuerpo y del alma, sintieron, gracias a él, la protección materna de María!”. Antiguos relatos cuentan que el primer milagro del escapulario fue la conversión, en su lecho de muerte, de un noble inglés que escandalizaba la región. San Simón Stock lo había conseguido lanzando su escapulario sobre el moribundo, por lo que interpretó ese prodigio como una invitación a revelar el secreto a sus hermanos y a mostrarles el precioso ropaje recibido de manos de María. Son innumerables los santos y personajes célebres que llevaron el escapulario, por ejemplo los santos Roberto Belarmino, Carlos Borromeo, Alfonso de Ligorio, Juan Bosco, Bernarda Soubirous, así como la mayor parte de los Papas de los últimos tres siglos.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 25 de marzo de 2015

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