El Padre te espera, confiando en tu retorno


Por fortuna, ¿el que tropieza y cae, no vuelve a levantarse? O el que marcha de viaje, ¿no retorna? En la sagrada Escritura hallarás abundantes remedios contra el mal, antídotos para librarte de la muerte y encontrar la salvación; también, los misterios sobre la muerte y resurrección, testimonios sobre el juicio temible y sobre los suplicios eternos; reflexiones sobre la penitencia y el perdón de los pecados; y ejemplos admirables de conversión: la dracma, la ovejuela, el hijo pródigo perdido y reencontrado, muerto y vuelto a la vida. Usemos de estos remedios contra el mal y salvaremos nuestras almas; mientras disponemos de tiempo, librémonos de las caídas sin desesperar de nosotros mismos, para apartarnos del mal. Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores. “Venid, adorémosle, arrodillémonos ante él gimiendo y llorando”.

La palabra del Padre clama y dice, incitando a la penitencia: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cuando decidimos seguirle, él se convierte en camino de salvación. La muerte nos había devorado a todos, pero sabed que Dios ha enjugado las lágrimas de los arrepentidos. El Señor es fiel a sus palabras. No miente al afirmar: Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana. El médico de las almas presto se encuentra para sanarte, y no sólo a ti, sino a cuantos incurrieron en el pecado. Suyas son aquellas dulces y consoladoras palabras: No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a los pecadores a que se conviertan. ¿Qué excusa puedes tener ahora tú o cualquier otro, si él mismo invita dulcemente?

Ha querido Dios librarte de la presente aflicción, y te promete además la luz esplendente, superadas las tinieblas del mundo actual. El Buen Pastor, abandonadas las restantes ovejas, te busca a ti. Si te dejas conducir, no dudará en llevarte cómodamente sobre sus hombros, satisfecho por haber hallado a la oveja perdida.

El Padre te espera, confiando en tu retorno. Vuelve pronto; te divisará desde lejos y saldrá a tu encuentro, te abrazará colmándote de caricias, al verte arrepentida y purificada por tu dolor. No contento aún, te adornará con la estola de la gracia, despojándote del hombre viejo y de sus obras, te colocará el anillo de la alianza en tus manos limpias ya de la sangre de muerte, ciñendo tus pies con sandalias, para que no retornen las pisadas por el camino de la perdición y tomen el sendero de la paz evangélica. Anunciará a sus ángeles y hombres que es un día de alegría y de gozo, porque tu alma se ha salvado. Lo atestigua Cristo: Os digo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y, si alguno de los presentes se extraña de la prontitud con que fue perdonada, el buen Padre contestará en tu nombre: Es preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Fuente: De una carta de san Basilio Magno, obispo

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