Tres consejos para tiempos difíciles (I)

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¿Qué puedo deciros, en este excepcional encuentro, que os acompañe y os sirva de aliento, para estos momentos no fáciles, en los que la Providencia quiere que vivamos?

Mucho se ha dicho ya y mucho se dirá todavía sobre esta segunda mitad del siglo XX, tan turbulento e inquieto, analizando los diversos fenómenos económicos, sociales y políticos que connotan su fisonomía. Pero quizá la característica que, entre otras muchas se va destacando siempre como más fundamental, es el “pluralismo ideológico”.
Sin duda que este concepto merece una profunda comprobación por lo que respecta a su contenido teórico y a sus implicaciones prácticas. Si queremos que este “pluralismo”, a nivel práctico, no implique exclusivamente la contraposición radical de los valores, la preocupante dispersión cultural, el “laicismo” unilateral en las estructuras estatales, la crisis de las instituciones e incluso una dramática inquietud en las conciencias, de lo que tenemos experiencia cada día tanto en las relaciones públicas como privadas, es necesaria la madura conciencia cristiana de la Iglesia, a la que se refería, de modo previsor, el Papa Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam.

a) Lo primero de todo: que tengáis verdadero culto a la verdad.
Para poder comprometer auténticamente el tiempo propio y las propias capacidades en la salvación y santificación de las almas, primera y principal misión de la Iglesia, es necesario ante todo tener certeza y claridad sobre las verdades que se deben creer y practicar. Si hay inseguridad, incertidumbre, confusión, contradicción, no se puede construir. Especialmente hoy es necesario poseer una fe iluminada y convencida, para poder iluminar y convencer.
El fenómeno de la “culturización” de masas exige una fe profunda, clara, segura. Por esta razón os exhorto a seguir con fidelidad las enseñanzas del Magisterio. A este propósito, ¿cómo no recordar las palabras de mi predecesor Juan Pablo I en su primer y único radiomensaje del 27 de agosto pasado? Decía: «Superando las tensiones internas que se han podido crear aquí y allá, venciendo las tentaciones de acomodarse a los gustos y costumbres del mundo, así como las seducciones del aplauso fácil, unidos con el único vínculo del amor que debe informar la vida íntima de la Iglesia, como también las formas externas de su disciplina, los fieles deben estar dispuestos a dar testimonio de la propia fe ante el mundo: “Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 Pe 3, 15)».

Hoy más que nunca son necesarias una gran prudencia y un gran equilibrio porque, como ya escribía San Pablo a Timoteo (cf. 2 Tim 4, 3-4), hay tentaciones de no soportar más la sana doctrina y de seguir, en cambio, “doctas fábulas”.
No os dejéis intimidar, o distraer, o confundir por doctrinas parciales o erróneas, que después dejan desilusionados y vacían todo fervor de la vida cristiana.

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Acción Católica Italiana,30 de diciembre de 1978

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