Habrá niños santos

Corpus Christi 05 07

A pesar de sus pequeños defectos, en un niño pueden generalmente echarse de ver la simplicidad y la conciencia de su debilidad, sobre todo si está bautizado y ha sido cristianamente educado. La sencillez o ausencia de doblez es en él totalmente espontánea, sin afectación; generalmente dice lo que piensa y manifiesta sin ambages sus deseos, sin miedo del qué dirán. Tiene igualmente conciencia de su debilidad, porque por sí nada puede y en todo depende de sus padres.

Esta conciencia de la propia debilidad hace que sea humilde, y le dispone a practicar las tres virtudes teologales de una manera profunda en su simplicidad. En primer lugar el niño cree todo lo que le dicen sus padres, que muchas veces le enseñan a rezar y le hablan de Dios. El niño naturalmente tiene confianza en sus padres que le enseñan a esperar en Dios aun antes de que sea capaz de formular un acto de esperanza, que más tarde leerá en su catecismo y recitará mañana y tarde.

El niño, en fin, ama cordialmente a sus padres a quienes lo debe todo; y si ese padre y esa madre son verdaderamente cristianos, hacen que el afecto de ese tierno corazón se eleve hacia Dios y hacia su santa Madre. Dentro de tanta sencillez, de esa conciencia de su debilidad, y de esa simple práctica de las tres virtudes teologales, se encuentra el germen de la más alta vida espiritual.
Por esta razón, queriendo Jesús enseñar a sus apóstoles la importancia de la humildad, colocando un niño en medio de ellos, les dijo: “En verdad os digo, si no os volvéis y hacéis semejantes a niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”(Mt 18, 3). En estos últimos tiempos, nos ha sido dado ver realizada la predicción de Pío X: “Habrá niños santos” llamados desde pequeños a la comunión frecuente.

Fuente: cf. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

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