Madre del Amor Hermoso (II)

Sagrado Corazon 39 72

En buena escuela hemos aprendido, celosos apóstoles, ya lo veis, el amor de María; nada menos que en el Corazón de Jesús. Por buen camino ando al pisar, paso a paso, las huellas de mi Señor. Para no errar ni en poco ni en mucho, yo quiero amar lo que Él amó y, en cuanto es posible, como Él lo amó. Estoy seguro que al proceder así, que al amar con inmenso amor filial a María, amo más a Jesús, le procuro un gozo grande y una nueva gloria.

Todas las simpatías de Jesús, todas deben reflejarse en mi pobre corazón, el cual debe reproducir fielmente las palpitaciones de su Maestro. Al darme, pues, a María, no sólo no quito ni una migaja a Jesús, sino que, con este imitarle a Él en el amor de su Madre, entro yo más aún en su Sagrado Corazón. Tanto es esto verdad que al honrar a su Madre, y al darle a Ella yo esta prueba de amor filial, estoy cierto que conquistaría, como nunca, la benevolencia y la misericordia del Corazón de Jesús.

He dicho que Jesús es el Maestro por excelencia del amor de María, ya que nadie la conoció ni la amó como Él. Y ahora añado: y nadie como María es la Doctora y Maestra que nos lleva al conocimiento íntimo de Jesús. Que nos lo revele, ya que nadie conoció a Jesús ni más ni mejor que María. Ella es, pues, la llave de oro de esta Arca; sólo Ella puede romper los siete sellos del Libro santo y misterioso que es el Verbo de Dios. ¿Quién leyó en Él como Ella? Nadie, ni los Profetas, antes de María, ni los Santos que han venido después de Ella.
Cuando el terremoto de Pentecostés sacudió, mucho más que los muros del Cenáculo, los corazones de los once, cuando se llenó la habitación con lenguas de fuego que despedían una luz divina, inusitada, entonces sí, su pensamiento se posó con respeto profundo y sus miradas con veneración y ternura en Aquella que los presidía en silencio, aunque cediendo el honor a Pedro, pero que, desde esa hora, era el Sagrario y el Oráculo vivo de todos los secretos de Dios, ¡María!

Desde ese día, ¡qué de veces, seguramente todos los apóstoles, antes de separarse, se congregaron alrededor de su Reina, y con respetuosa insistencia, acosándola a preguntas, iban aprendiendo secretos que Ella, hasta ese momento, había guardado en el secreto de su Corazón virginal! Pero comprendiendo que gran parte de ese tesoro pertenecía, de derecho, a la Iglesia naciente, a sus archivos divinos, y que Ella era el Arca que debía, a su vez, confiar a otra Arca el depósito de luz y de amor con que la enriqueciera el Señor, abría la boca, y con tanta sabiduría como ternura y modestia, contaba y explicaba a los Apóstoles, atónitos y conmovidos, lo que sólo Ella sabía. Así supieron los Apóstoles y Evangelistas muchos hechos que nadie hubiera podido conocer, ni siquiera adivinar, sin María, como, por ejemplo, todo el misterio de la Anunciación.
Ya podéis fácilmente imaginar, apóstoles queridos, la santa avidez, la legítima curiosidad despertada en todos estos amigos y apóstoles del Rey, cuando, de narración en narración, fue llevándolos esta Señora hasta las profundidades del misterio de la Redención, del cual, muy a ciegas por cierto, habían sido ellos testigo y argumento.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

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