En memoria de la esposa del Beato Carlos de Austria

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La Sierva de Dios, fallecida santamente el 14 de marzo de 1989

Zita fue la última emperatriz de Austria. La fecha de su muerte (el 14 de marzo de 1989) no nos resulta demasiado lejana. Después de la misa solemne de réquiem celebrada en la catedral vienesa de San Esteban el 1 de abril de 1989 -el mismo día del fallecimiento de su esposo-, los funerales de Estado austríacos prescribían que la comitiva fúnebre recorriera las calles del casco antiguo de la capital del Imperio de los Habsburgo. El trayecto finalizaba ante la puerta de la iglesia de los Capuchinos, en cuya cripta reposaría hasta el día del Juicio Final esta mujer admirable.

Fiel a los valores que defendió su marido, cuyo corazón la acompañó a todas partes, Zita transmitió esa herencia moral, espiritual y política a su numerosa descendencia: ocho hijos, treinta y tres nietos y ciento diez bisnietos. Su vida estuvo fundada sobre roca, sobre ese Dios en el que había puesto toda su confianza; construyó su vida sobre el amor de Jesucristo, cuyos mandamientos se esforzó por cumplir. Fue una esposa ejemplar en vida de su esposo y vivió con él en una intensa unidad de oración durante los sesenta y siete años que duró su viudedad.

En estos tiempos difíciles en que vivimos, a la Iglesia le gusta ofrecer a los fieles ejemplos de vidas que poder seguir, de personas cuyo itinerario no está alejado del suyo y que quizá han conocido, o de las que han oído hablar a alguien cercano, generándose así una proximidad. Son personas con sus defectos y debilidades, igual que cualquiera de nosotros, pero han movilizado todas sus fuerzas para seguir el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia, y para mejorar mientras viven en este mundo.

Fuente: Cyrille Debris, Zita, Retrato íntimo de una emperatriz

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