La voluntad de Dios es que seamos santos (VI)


¿Cómo, me decís, cómo podemos nosotros aspirar a ser santos, a hacernos santos con tantos vicios, con tantas debilidades, con tantas pasiones, con tantos pecados? ¿Cómo podemos pretender la santidad nosotros, que no tenemos tiempo suficiente para recitar alguna breve oración, visitar una iglesia, y practicar alguna obra de piedad? ¿Cómo nos haremos santos nosotros, que nunca hacemos penitencia, y sudamos y fatigamos para hacer un ayuno mandado por la Iglesia, y muy raramente lo observamos? ¿Cómo podemos nosotros ser santos, si no somos capaces de abstenernos de ciertas faltas y de ciertos pecados, de los cuales siempre nos confesamos, y en los cuales de tanto en tanto más o menos recaemos? ¿Cómo?...

He entendido todo, mis oyentes, y, después de haberos puesto en una justa y necesaria agitación, paso a consolaros y a tranquilizaros. Y como lo que más debe aterrorizaros son vuestros pecados, yo me atrevo a interrogaros así: ¿Hacéis vosotros todo lo posible para no volver a cometerlos? ¿Lo deseáis al menos vivamente? ¿Pedís al Señor que os libre de ellos? O, recayendo nuevamente en ellos, ¿os sentís amargados? ¿Tratáis de confesaros en seguida? Si no es así, tenéis mucha razón de temer; pero si tenéis estos santos temores; esta santa premura, estos santos deseos, este santísimo disgusto, no temáis; no seréis todavía santos, pero podéis llegar a serlo. Continuando el camino con este santo temor por vuestros pecados, movéis al Señor para que tenga compasión hacia vosotros: Él os ayudará con su gracia; y poco a poco triunfaréis en todo, y os haréis santos de verdad. Por lo tanto el ser pecadores no debe haceros desesperar de haceros santos; más bien debe empeñaros a serlo con más fuerza y vigor.

Pero vosotros no podéis rezar, no tenéis comodidad, no tenéis tiempo, ocasiones, y no podéis hacer aquel bien que pueden hacer tantos otros. Este es uno de los engaños más grandes y más universales. Todos dicen que querrían hacer y que harían mucho bien si se encontrasen en un estado diverso de aquél en el que se encuentran, y no advierten que harían aún menos, y que la verdadera santidad, después de la observancia general de la ley de Dios, consiste en el cumplimiento de los propios deberes. El Señor nos lo ha dicho muy claro, que no se salva aquél que solamente reza: No todo el que me dice: Señor, Señor; sino aquél que cumple la divina voluntad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

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