La voluntad de Dios es que seamos santos (IX)

Todos nosotros tenemos un corazón y un alma hecha sólo para amar, y capaz de amar lo indecible. A todos se propone el mismo Dios a amar, todos tenemos las mismas razones para amarlo; por lo tanto todos podemos amarlo cuanto queramos; en este amor consiste la verdadera y sublime santidad; por lo tanto podemos ser santos en el grado más sublime que queramos. Imaginen el amor más grande que haya tenido una criatura por Dios; cada hombre ayudado por la divina gracia, que Dios no niega nunca a quien se la pide con humildad, puede amarlo aún más. Y la razón principal es ésta: porque siendo Dios más amable cuanto más nos ama, puede amarse siempre más, y siempre más merece ser amado. ¡Oh Dios! ¡Oh Caridad! ¡Oh Divino Amor! ¿cuándo aprenderemos a amarte como se debe?.

Aprende de una vez, que en cualquier estado en que te encuentres eres capaz de amar a tu Dios, y de amarlo cuanto quieras; que en todos los estados hubo santos, y que se hicieron santos justamente por la gracia de este amor. Aprende, que tienes un alma, la cual te asemeja a Dios, creada por Dios, que es espiritual y que la envileces forzándola a amar a las criaturas. Aprende, que esta alma no puede encontrar reposo si no es en Dios.

Alza de una vez, alza esta alma y este corazón del mundo y lánzate en Dios, busca a Dios, ama a Dios y serás santo. Si alguno te dice que no debes hacerlo, te engaña; si alguno te dice que no puedes, te engaña todavía más. Animo entonces, animo. Todos debemos hacernos santos, todos podemos serlo; hagámonos santos de verdad. No es difícil el hacerse santos, lo difícil es querer serlo.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

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