El Padre Garrigou-Lagrange nos habla del Abandono

La esperanza heroica se echa de ver no sólo en su firmeza, sino también en el confiado abandono en los brazos de la Providencia y en la todopoderosa bondad de Dios. Este abandono difiere del quietismo, en cuanto que va acompañado de esperanza y de la constante fidelidad al deber, aun en las cosas pequeñas, según las palabras del Señor: “Qui fidelis est in minimo, et in majori fidelis est: El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes” (Lc 16, 10). Y este tal tendrá el auxilio divino hasta para soportar el martirio, si es preciso. La constante fidelidad a la voluntad de Dios conocida en el deber de cada momento nos dispone a abandonarnos con entera confianza en la divina voluntad, de la cual, dependen nuestro futuro y nuestra eternidad.

No hay cosa que dé contento a nuestro corazón como el amor de Jesucristo, por el camino del desasimiento, que tan íntimamente nos une a la divina voluntad. Este amor de conformidad con la divina voluntad conocida por sus preceptos, consejos y sucesos de la vida, nos permite abandonarnos a lo que de esa voluntad no conocemos, y de lo que depende nuestro futuro. En este filial abandono está encerrada la fe, la confianza y el amor de Dios; y puede condensarse en estas palabras: “Señor, en vos confío”. El abandono es el camino que debemos seguir; la fidelidad de cada día y cada momento son los pasos que damos en este camino.

La práctica del puro amor consiste sobre todo en abandonarse en la divina Providencia y en el beneplácito de la divina voluntad. Tal acto de abandono supone la fe, y la esperanza, y un amor de Dios cada día más puro y ardiente.

Fuente: Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

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