El Corazón de Cristo (II)

Complácese San Agustín en subrayar la expresión elegida por el Evangelio para darnos a conocer la herida producida por la lanza en el costado de Jesús. El escritor sagrado no dice que la lanzada hirió, sino que “abrió” el costado del Salvador. Fué la puerta de la vida, dice el gran Doctor, lo que se abrió, para que del Corazón traspasado de Jesús se desbordasen sobre el mundo los ríos de gracia que debían santificar a la Iglesia.

Esta contemplación de los beneficios que Jesús nos hizo, debe ser la fuente de nuestra devoción práctica a su Corazón sacratísimo.

El amor, sólo con amor se paga. ¿De qué se quejaba Nuestro Señor a Santa Margarita María? De no ver correspondido su amor: “He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres y que no recibe de ellos más que ingratitudes”. Por consiguiente, con amor, esto es, con el don de nuestro corazón, es como hemos de corresponder a Jesucristo.

Si amamos de veras a Jesucristo, no sólo nos gozaremos de su gloria, cantaremos sus perfecciones con todos los bríos de nuestra alma, lamentaremos las injurias hechas a su Corazón, y le ofreceremos humildes reparaciones, sino que procuraremos sobre todo obedecerle, aceptar de buen grado las disposiciones de su Providencia, tratar de extender su reino en las almas, y procurar su gloria.

Acostumbrémonos, pues, a hacer todas las cosas, aun las más menudas, por amor y por agradar a Jesucristo, trabajemos y aceptemos cuantos padecimientos y penas nos imponen nuestros deberes de estado únicamente por amor y por unirnos a los sentimientos que experimentó su Corazón durante su vida mortal, bien seguros de que tal modo de obrar es una excelente práctica de devoción al Sagrado Corazón.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

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