Maravillas del Corazón de Jesús

Figuráos el mundo de la gracia que encierra infinidad de maravillas que sobrepujan incomparablemente las del mundo de la naturaleza, pues contiene todos los portentos de santidad que han sido operados en la tierra por el Santo de los santos; todas las maravillas realizadas en la Madre de la Gracia, en María Santísima; toda la santa Iglesia militante; todos los Sacramentos, tesoros de gracia inefable con todos los efectos maravillosos que dé ellos se derivan; todos los prodigios de la divina gracia realizados y por realizar en la existencia de todos los Santos que han sido y que serán hasta el fin de los tiempos. Ahora bien, ¿cuál es la fuente de todas estas maravillas? ¿No es acaso la caridad inenarrable del bondadosísimo Corazón de Jesús, que ha establecido y que conserva este mundo prodigioso de la gracia en la tierra por amor a los hombres?

¡Oh mi buen Jesús!, que todos estos portentos de vuestro Corazón amabilísimo, y que todas las potencias de vuestra divinidad y de vuestra humanidad no se cansen de bendeciros por siempre.

Elevad vuestro espíritu y vuestro corazón al cielo, para contemplar el mundo de la gloria, es decir, esta bella, inmensa y gloriosa ciudad en la que todos sus moradores están libres de penas y colmados de infinidad de bienes. Mirad esta falange innumerable de Bienaventurados, más resplandecientes que el sol, llenos de riquezas inestimables, de gozos indecibles y de gloria imponderable.

Considerad los goces inefables que os esperan en la Jerusalén celestial, pues el Espíritu Santo nos declara que jamás ojo humano vio, ni oído alguno oyó, ni corazón de hombre comprendió, ni comprender podrá jamás, los tesoros infinitos que Dios reserva a los que lo aman. Ahora bien, ¿quién ha hecho el cielo, y quién es el autor de cuantas maravillas encierra, sino el amor ardentísimo del amable Corazón del Hijo de Dios, que lo creó con su potencia infinita, que nos lo mereció con su Sangre y que lo colmó de un océano inmenso de delicias inenarrables, para dárnoslo por toda la eternidad como morada segura e imperecedera?

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

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