Una reflexión del Beato Cardenal Newman


Si examinamos cuidadosamente cómo ha sido el curso del cristianismo desde el principio, sólo veremos una serie continua de dificultades y desórdenes de todo tipo.

Cada siglo se parece a todos los demás y a todos los que viven en un siglo determinado, siempre les parecerá que todo es peor comparado con todos los que lo precedieron. En todo tiempo, siempre, parece que la religión se termina, da la impresión de que los cismas se multiplican, que la luz de la Verdad empalidece.

Siempre, en todo tiempo, la causa de Cristo se halla en su última agonía, como si sólo fuera cuestión de tiempo y cualquier día de estos desfallecerá para siempre. En todo tiempo, siempre, pareciera que prácticamente no hay santos ya, que la Parusía de Cristo está a la vuelta de la esquina; y de esta manera el Día del Juicio siempre aparece como inminente; y constituye nuestro deber estar siempre vigilantes y aguardándolo expectantes; y nunca mostrarnos desilusionados porque a pesar de anunciarlo tan a menudo diciendo «ahora sucederá», luego sucede contrariamente a lo que creíamos.

Así es la Voluntad de Dios, que reúne a sus elegidos, primero a uno, y luego a otro, poco a poco, en los intervalos de buen tiempo que hay entre tormenta y tormenta, o bien rescatándolos de los oleajes de la iniquidad, incluso cuando las aguas se muestran más furiosas que nunca.

Bien pueden los profetas lanzar voces diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo continuarán estas cosas que no comprendemos? ¿Hasta cuándo seguiremos contemplando estos misterios de iniquidad? ¿Cuánto más durará este mundo moribundo, apenas sostenido por pálidas luces que luchan por sobrevivir en medio de esta atmósfera tenebrosa?”.

Sólo Dios sabe el día y la hora cuando aquello, finalmente, sucederá, aquello con que Él siempre está amenazando. Nunca desalentarnos, nunca desmayar, nunca dejarnos ganar por la ansiedad al contemplar los males que nos rodean. Siempre ha sido así, siempre lo será; es lo que nos toca en suerte.

Levantan los ríos, Señor,

levantan los ríos su voz,

levantan los ríos su fragor;

pero más que la voz de aguas caudalosas,

más potente que el oleaje del mar,

más potente en el cielo es el Señor. (Salmo 92:3-4)

Fuente: newmanreader.org

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