Reine su Corazón

Sagrado Corazon 28 46

El huracán contra el hogar, contra el santuario de la familia cristiana, arrecia y es formidable en estos días. Sabedlo: de todos los antros anticristianos brota un solo grito de combate, voz de orden del infierno, que dice: «Paganizad la familia.» « ¿De qué manera? Neutralizar la influencia de la mujer, cueste lo que cueste; embriagad con placer y vanidad a la joven en espectáculos y modas relajadas; haced del niño un ente laico, y hemos vencido.»

Pero ¿y cuál es la finalidad suprema de toda esta campaña? «Señor Jesús, perdóname, pero déjame gritarlo a este tu pueblo: Quieren, con cólera satánica, destronarte a Ti, reclamando tu muerte; exigen que te vayas.» ¿Qué les importa lo demás?
Y hubo un momento en que el infierno pensó en lanzar un grito salvaje de victoria: ¡había avanzado tanto, profanado a mansalva los tabernáculos del Señor! No penséis que exagero; levantad si no la mirada, pasad las fronteras de vuestra patria y recorred de una ojeada las ruinas morales gigantescas en tantos otros pueblos de Europa y del mundo y os convenceréis que estoy en lo cierto al afirmaros que Satán estuvo a punto de exclamar: ¡He vencido!

Más ¿quién lo ha detenido en las puertas mismas de la ciudadela del hogar? Recordad aquel momento de sublime majestad en Getsemaní, el Jueves Santo: se acerca Judas, el amigo infiel, el traidor; tras él vienen los sicarios y verdugos. Preséntase Jesús y les dice: ¿A quién buscáis?Y ellos responden: A Jesús de Nazaret. Entonces se presenta el Señor, avanza unos pasos y les afirma: ¡Soy yo! Y caen de espaldas, aterrados, vencidos.
Pues así ocurrió en nuestros días: Satán creía ya suya la familia, conquistado el hogar destartalado, batido furiosamente; pero al presentarse en los umbrales para reclamar las llaves se encontró con el Maestro, con el Amo, con el Rey de Amor que velaba por Nazaret, la fuente de la vida; el Águila Real cubría con sus alas el nido y los polluelos, Jesús, sentado en el brocal del pozo de Jacob, conversaba con la familia y le decía: Dejadme entrar en la intimidad de vuestra casa. Yo soy la vida. Y el hogar le contestaba: ¡Entra en casa, Señor; entra como Rey, quédate con nosotros!

¿Qué ha ocurrido? ¿Recordáis que Constantino arrolló con el lábaro de la cruz a Majencio? Con el mismo estandarte San Fernando y Juan de Austria dieron a la Iglesia victorias cuyas felices consecuencias son eco vivo todavía en nuestros días; antes que éstos, Santo Domingo de Guzmán luchó contra los herejes, y con la Cruzada del Rosario batió en brecha a los formidables albigenses.
¿Y qué decir de la transfiguración de aquellas familias ya cristianas, pero que pueden y deben ser mejores en la práctica de un cristianismo más fuerte, más puro y acendrado? Entra en esas casas Jesús, digo, nace en ellas, y gracias a la fidelidad con que le escuchan y le tratan, crece y se desarrolla como en Nazaret. Sobre Cristo en el hogar se debe levantar, regenerada y fuerte, la nueva sociedad cristiana.

Amadísimos hermanos, renunciad en estos días solemnes a vivir de un cristianismo artificial y de barniz. Entronizad profundamente el Corazón de Cristo en vuestro hogar, hacedle convivir en el toda vuestra vida, pues Él quiere y pide cantar cuando cantéis vosotros, Él quiere llorar cuando lloréis vosotros, sus amigos. Como la luz, testigo silencioso e íntimo de alegrías y pesares, así Jesús ha venido, Jesús se ha quedado, Jesús avanza victorioso en nuestros días, ansioso de compartir y de divinizar nuestra vida, toda nuestra vida.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

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