El Padre Pío en los altares (II)


No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que el Padre Pío tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad.

Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el Padre Pío, han recuperado la fe, siguiendo su ejemplo. A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: “Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma”.

Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi plantado al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que “junto a la cruz se aprende a amar”.

Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el manantial mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

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