El Escapulario de la Virgen del Carmen (IV)

Nuestra Senora del Carmen 05 13b

Ejemplos (I)

1- ¡La Virgen me ha salvado!
En 1940 un marino, encanecido en salitres y algas de todos los mares, narró este hecho: En cierta ocasión la mar embravecida nos lanzaba a las costas africanas, amenazando estrellarnos contra una escollera. Una ola gigante arrastró a un joven grumete. El mayor de mis hijos, un fornido y experto nadador, en un acto de caridad heroica, me dijo, santiguándose:
- Padre, voy a buscarlo.
Al mismo tiempo que yo le gritaba:
-¿Llevas puesto el Escapulario?
- Sí, padre, contestó, lanzándose desde la proa... Los siguientes momentos fueron de indecible angustia.

De rodillas sobre cubierta, juntamente con mi hijo menor, contemplábamos, asidos fuertemente a las maromas de la nave, los esfuerzos titánico y desesperados que hacía mi pobre hijo por llegar hasta el desdichado grumete, que estaba a punto de perecer.
Puse toda mi confianza en nuestra Madre bendita del Carmen y le hice una promesa: comprar una imagen suya para que fuese venerada de estas gentes sencillas, buenas y creyentes; y el primer atún que pescase cada año fuese íntegro para fomentar su culto y su devoción.
Todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Vi rasgarse una nube y, en un rompimiento como de gloria, la contemplé embelesado, extendiendo hacia mi pobre hijo su bendito Escapulario.
Ya, entonces, nada temí; no sentía ni congoja ni ansiedad, estaba tranquilo y seguro de que se salvaría. No hacía otra cosa que rezar maquinalmente y de rutina la Salve, pero con una dulzura que parecía relamerme con miel de los labios. Un minuto después, mi hijo traía consigo la preciosa carga del grumete salvado y se echaba en mis brazos, diciéndome:
- ¡La Virgen me ha salvado!

2- El tiburón
Hace años un joven marino francés, dejando las costas de San Maló, partió para América. Tenía gran devoción y amor a María y llevaba su Escapulario con mucha fe y esperanza. Llegado al término del viaje, quiso bañarse en el mar.
Algunos procuraron disuadirle haciéndole ver que las olas estaban muy agitadas; mas él insistió en su propósito, y, como buen nadador, se alejó de la ribera del mar.
De repente vio junto a sí un tiburón con las fauces abiertas. El primer movimiento del marino fue de espanto; pero luego su pensamiento se dirigió al cielo.
Con la mano izquierda se quitó el Escapulario, presentándoselo al tiburón como un escudo de defensa, mientras con la mano derecha seguía nadando.
El monstruo, como herido de ceguera o de parálisis, se detuvo, y él, protegido por la Virgen, con su arma milagrosa en la mano, llegó sin la menor novedad hasta la playa, donde se arrodilló para dar gracias a su salvadora rezando el Avemaría.

Desde aquel día, cada vez que se embarcaba se proveía de Escapularios, no sólo para sí mismo, sino para todos los marineros.

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