Recemos el Santo Rosario


Persevera en pedir a Dios, mediante el Santo Rosario, todas las gracias espirituales y corporales que necesitas, especialmente la divina Sabiduría, que es un tesoro infinito. Tarde o temprano, la obtendrás infaliblemente, con tal que no abandones el Rosario ni te desanimes a medio camino. Te queda aún largo camino. Sí, aún te queda mucho por andar, muchas adversidades por atravesar, muchas dificultades por superar, muchos enemigos por vencer. Te faltan muchos Padrenuestros y Avemarías para alcanzar el Paraíso y ganar la hermosísima corona que espera a todo fiel del Rosario.

No sea que alguien te arrebate el premio. Pon mucho cuidado en que otro más fiel que tú en rezar bien y diariamente el Rosario, no te arrebate la corona. Esa que constituye tu premio. Dios te la había preparado y la tenías casi ganada con los rosarios bien rezados. Pero por haberte detenido en el hermoso camino por el que avanzabas tan de prisa, otro pasó adelante; sí, otro más diligente y fiel adquirió y ganó con sus rosarios y buenas obras lo que necesitaba para comprar esa corona. ¿Quién, pues, te cortó el camino, hacia la conquista de tu corona? ¡Ah! ¡Los enemigos del Santo Rosario que son muchos!

¡Créeme! Sólo alcanzarán esa corona los valerosos que la arrebatan por la fuerza. Tales coronas no son para los cobardes, que temen las burlas y amenazas del mundo. Ni para los perezosos y holgazanes, que rezan el Rosario con negligencia, a la carrera, por rutina o a intervalos y según su capricho. Ni para los cobardes que se descorazonan y rinden las armas tan pronto ven a todo el infierno desencadenado contra su Rosario. Si quieres matricularte al servicio de Jesús y María rezando el Rosario todos los días, prepárate para la tentación: Hijo mío, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. ¡No te hagas ilusiones! Los herejes, los libertinos, las “gentes de bien” según el mundo, los semidevotos y falsos profetas, en sintonía con tu naturaleza corrompida y los poderes infernales, te harán una guerra sin cuartel para obligarte a abandonar esta práctica.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, El secreto admirable del Santísimo Rosario

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