Meditando en el Vía Crucis (XII)


Decimosegunda estación: Jesús muere en la Cruz

El lecho de muerte del Hijo de Dios está formado por dos vigas y tres clavos. En él está pendiente durante tres largas horas, cubierto de sangre, abrasado por la fiebre y por la sed, abandonado de todos, de sus amigos, de sus discípulos y -profundo misterio- hasta de su Padre celestial. Llega el instante supremo: "Todo está consumado", e inclinando la cabeza, expira.

El Corazón de Jesús deja de latir... La lanza del soldado lo abre para derramar por nosotros las últimas gotas de su Sangre.

Amado Salvador mío: tu sacrificio está cumplido y los hombres superabundantemente redimidos. ¡Cuánto hubiera deseado poder estar en aquellos momentos junto al altar de tu Cruz! Pero mayor beneficio nos concedes al poder, cada día en la Santa Misa, contemplar la Cruz y recoger tu Sangre redentora. Cuánto debió sufrir tu Corazón en la agonía de la Cruz, al prever la frialdad y tibieza de tantos católicos para con el sacrificio del altar. En adelante, cada Misa será para nosotros una oportunidad para presenciar con devoción tu muerte mística en la Cruz y cada primer viernes recordaremos tus dolores con una comunión reparadora.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

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