La maternidad en la sociedad y en la familia

La emperatriz y reina Zita, con el archiduque Félix

La maternidad es un don de Dios. “He adquirido un varón con el favor del Señor” (Gn 4, 1) exclama Eva después de haber dado a luz a su primogénito. Con estas palabras, el libro del Génesis presenta la primera maternidad de la historia de la humanidad como gracia y alegría que brotan de la bondad del Creador.

Debemos rodear de atención particular la maternidad y el gran acontecimiento asociado a ésta, o sea, la concepción y el nacimiento del hombre, que se sitúan siempre en la base de la educación humana. La educación se apoya en la confianza en aquella que ha dado la vida. Esta confianza no puede exponerse a peligros.

La maternidad es la vocación de la mujer. Es una vocación eterna y, a la vez, contemporánea. Es necesario hacer lo imposible para que la dignidad de esta vocación espléndida no se destroce en la vida interior de las nuevas generaciones; para que no disminuya la autoridad de la mujer-madre en la vida familiar, social y pública, y en toda nuestra civilización: en toda nuestra legislación contemporánea, en la organización del trabajo, en las publicaciones, en la cultura de la vida diaria, en la educación y en el estudio. En todos los campos de la vida.

Fuente: Cf. San Juan Pablo II, Audiencia general del 10 de enero de 1979

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