Hemos de consolar a Nuestro Señor


Hemos de consolar a Nuestro Señor Jesucristo. Él espera vuestros consuelos. Pedidle que suscite en su Iglesia sacerdotes santos, de esos sacerdotes apóstoles y salvadores que dan carácter a su siglo, que conquistan a Dios nuevos reinos. Consoladle de que se le considere tan poco como rey en su reino. Ya no reina sobre las sociedades católicas: hagamos que reine, al menos, sobre nosotros y trabajemos por extender su reinado por todas partes.

Nuestro Señor no desea tantos artísticos monumentos como nuestros corazones. Jesús los busca, y ya que los pueblos lo han expulsado, erijámosle nosotros un trono sobre el altar de nuestros corazones. ¡Cuánto ama Jesucristo nuestros corazones y cuánto los desea! Mendiga nuestro corazón. Pide, suplica, insiste... ¡Cien veces se le habrá negado lo que pide! ...; no importa. ¡Él tiende siempre la mano! ¡Verdaderamente es deshonrarse a sí mismo solicitar todavía, después de tantas negativas!

Sobre todo anda solícito tras de los católicos. Entre los católicos que hay en el globo, ¿cuántos le aman con amor de amistad, con ese amor que da la vida, con un verdadero amor del corazón? Amémosle siquiera por nosotros, amémosle por aquéllos que no le aman, por nuestros padres y por nuestros amigos; paguemos la deuda de amor de nuestra familia y de nuestra patria: así lo hacen todos los santos; imitad en esto a Nuestro Señor, que ama por todos los hombres y sale fiador por el mundo entero.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

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