La multiplicación de los panes (II)

Multiplicacion de los panes 03 08

Antes de obrar el milagro, Jesús pregunta a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para dar de comer a éstos?», y observa el evangelista «Esto lo decía para probarle, porque Él bien sabía lo que había de hacer» (Jn 6, 5-6).

No hay circunstancia difícil en nuestra vida cuya solución Dios no conozca: desde la eternidad previó todas las situaciones posibles, aun las más complicadas, y dispuso el remedio oportuno. Sin embargo, quizás a veces nos parezca, cuando nos encontramos ante alternativas difíciles, que Dios nos deja solos, que la solución tenemos que buscárnosla nosotros; pero esto Dios lo permite solamente para probarnos. Él quiere, que al medir completamente solos nuestras fuerzas con las dificultades, nos hagamos más plenamente conscientes de nuestra impotencia e incapacidad y por otra parte nos ejercitemos en la fe y en la confianza en él. En realidad, el Señor nunca nos abandona si nosotros no le abandonamos antes, solamente se esconde, y oculta en la oscuridad su acción sobre nosotros: entonces es el momento de creer, creer fuertemente y esperar con humilde paciencia, con plena seguridad.

Los apóstoles avisan a Jesús que un muchacho tiene cinco panes y dos peces; muy poca cosa, nada para saciar el hambre de cinco mil hombres; pero el Señor pide aquella nada y se sirve de ella para obrar el gran milagro.
Siempre la misma realidad: Dios omnipotente, que todo lo puede hacer y crear de la nada, cuando se encuentra ante su criatura dotada de libertad, nunca quiere obrar sin su concurso. Es muy poco lo que el hombre puede hacer, y sin embargo, Dios quiere este poco, se lo pide, y se lo exige como condición antes de que Él intervenga.
Solamente el Señor puede santificarte, como sólo Él podía multiplicar las reducidas provisiones del muchacho del evangelio, y no obstante te pide tu cooperación. Como el muchacho del evangelio, también tú entrégale todo lo que posees, preséntale todos los días tus propósitos siempre renovados con constancia y amor y Él obrará en ti un gran milagro, el milagro de tu santificación.

¡Oh Señor! En tu bondad infinita no te olvidas de preparar también una mesa para mi cuerpo; con tu providencia lo nutres, lo vistes, lo conservas en vida, lo mismo que a los lirios del campo y a los pájaros del aire. Tú conoces mis necesidades, mis angustias, mis inquietudes por el pasado, por el presente y por el futuro, y a todo provees con amor paternal.
¡Oh Señor! ¿Por qué no confío en ti?, ¿por qué no arrojo en tus brazos todas mis preocupaciones, sabiendo que Tú puedes remediarlo todo? A ti te entrego, pues, mi vida: la vida del cuerpo, la vida terrena con todas sus necesidades, con todos sus trabajos, y la vida del espíritu con todas sus exigencias, sus ansias, con toda su hambre del infinito. Tú sólo puedes llenar la capacidad de mi corazón; Tú sólo puedes hacerme feliz; Tú sólo puedes hacer realidad mi ideal de santidad, de unión contigo.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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