Un padre de familia camino a la beatificación

El Siervo de Dios Enrique Shaw

Casarse es no pertenecer más a sí mismo. ¿Cómo puede secarse el amor de los esposos, si han sido creados y unidos para darse a Dios uno a otro? La vida convivida por dos florece, se hace infinita. El crecimiento del amor no es automático. Hay que recrearlo. Un matrimonio es feliz cuando uno de los cónyuges se propone no ser feliz él, sino hacer feliz al otro.

En la familia sean todos verdaderamente adoradores de Dios sobre la tierra, para luego serlo también en el cielo. Si nosotros somos santos, lo serán también nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. A nuestros hijos hay que hablarles mucho del “plan de Dios”. Es el fundamento más profundo y más claro para preservar la pureza; porque en general todo conspira en su contra, sobre todo a una determinada edad.

Bello país el de aquí abajo donde a cada minuto puedo hacerme más santo. Para convertir al mundo no hay sino una manera: “ser santo”. La forma de mejorar la Iglesia es la santidad. Nuestro deber consiste en obrar con inteligencia y santidad. Quiero amar la voluntad de Dios, con alegría, sin desviaciones por debilidad.

Debo hacer que Cristo reine en mí: en nuestro matrimonio, en nuestra familia, en las empresas donde trabajo, en la Patria, en la Iglesia. Quiero ser más regular en confesarme, diciendo con humildad: “Padre, bendíceme porque he pecado”; y luego, ser agradecido por la infinita misericordia de Dios.

El apóstol debe saber lo que piensa Cristo y vivir esa caridad en su trabajo, en el hogar, en el lugar donde lo colocó la Providencia. Debe entregarse sin reservas.

Fuente: Enrique Shaw, Notas y apuntes personales

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