Meditando en la Navidad (I)


Admirando en primer lugar el alma del divino Niño, consideremos en ella la plenitud de su gracia santificadora. Pidámosle que sus divinas facultades suplan la debilidad de las nuestras y les den nueva energía; que su memoria nos enseñe a recordar sus beneficios, su entendimiento a pensar en Él, su voluntad a no hacer sino lo que Él quiere y en servicio suyo.

Del alma del Niño Jesús pasemos ahora a su cuerpo, que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. El Espíritu Santo formó ese cuerpecillo divino con tal delicadeza y tal capacidad de sentir, que pudiese sufrir hasta el exceso para cumplir la grande obra de nuestra Redención.

La belleza de ese cuerpo del divino Niño fue superior a cuanto se ha imaginado jamás; la divina Sangre que por sus venas empezó a circular desde el momento de la Encarnación es la que lava todas las manchas del mundo culpable.

Pidámosle que lave las nuestras en el sacramento de la Penitencia, para que el día de su Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

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