Guiados por la liturgia esperemos el Nacimiento de Cristo


La Navidad ya está cerca. Mientras se dan los últimos toques al belén y al árbol navideño, es preciso preparar el corazón para vivir intensamente este gran misterio de la fe.

En los últimos días del Adviento, la liturgia pone de relieve en particular a la figura de María. En su Corazón, con su “He aquí” lleno de fe, como respuesta a la llamada divina, comenzó la encarnación del Redentor. Por eso, si queremos comprender el significado auténtico de la Navidad, debemos mirarla e invocarla a Ella.

María, la Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras clave del misterio del nacimiento de su Hijo divino: humildad, silencio, asombro y alegría.

Nos exhorta, ante todo, a la humildad, para que Dios encuentre espacio en nuestro corazón, no oscurecido por el orgullo y la soberbia. Nos indica el valor del silencio, que sabe escuchar el canto de los ángeles y el llanto del Niño, sin ahogarlos con el alboroto y la confusión. Junto a Ella nos presentaremos ante el belén con íntimo asombro, saboreando la alegría sencilla y pura que este Niño trae a la humanidad.

En la Noche santa, el astro naciente, “esplendor de la luz eterna, sol de justicia”, vendrá a iluminar a quienes yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte. Guiados por la liturgia, hagamos nuestros los sentimientos de la Virgen y esperemos conmovidos el nacimiento de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 21 de diciembre de 2003

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