Lectura orante de la Sagrada Escritura y lectio divina


La Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana. Como dice san Agustín: “Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios”. Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor.

En la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística, así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico.

La lectio divina, es verdaderamente capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente. Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sigue después la meditación en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración, que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? La contemplación tiende a crear en nosotros una visión según Dios, de la realidad y a formar en nosotros la mente de Cristo. Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción, que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini

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