Reina de la Paz


Ardía la guerra mundial, el odio y los estragos se extendían a todas las naciones; las familias deshechas; el espectáculo de las inmensas ruinas sembradas por la guerra; mantenían en angustia a todos los corazones. En esas circunstancias, el Papa Benedicto XV, el 30 de noviembre de 1915, concedió facultad a los obispos para añadir a las Letanías Lauretanas, la Invocación “Reina de la Paz, ruega por nosotros”.

La paz, la más noble aspiración del corazón humano, es, según San Agustín, la tranquilidad del orden. La paz es la constante serenidad del ambiente moral que hace que la vida sea tranquila y fecunda. En este ambiente todo prospera y crece.

Paz externa e interna, imploramos a María con la invocación Reina de la Paz. Y, nótese que no la llamamos amiga o madre de la paz, sino que la llamamos Reina, porque Ella ha poseído la paz en grado sumo, en una medida verdaderamente regia.

La paz interna, porque desde el primer instante de su existencia Ella estuvo llena de gracia y fue elegida para engendrar en su seno al Príncipe de Paz. La paz externa, porque Ella al pie de la Cruz abrazó con caridad maternal a todos los hombres, mostrando especial predilección y misericordia para los pecadores.

La llamamos Reina de la Paz para significar su poder ante Dios. María Santísima es siempre la benigna Estrella que dirige las almas descarriadas en la inmensidad del mar hacía el puerto de salvación: la estrella que aun en la noche más profunda del odio, señala el camino a los navegantes, la estrella mensajera del día que nos trae la luz, preludio del eterno día en que las almas descansarán en paz. Virgen Santísima Reina de la paz, acoge benignamente nuestra oración. Inspira pensamientos de paz a los que gobiernan, y haz que la justicia y la caridad florezcan en las almas, en las familias y en la sociedad.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

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