Joven mariano


Cuanto mejor se corresponde al amor de María Santísima, más feliz se es. Ahora bien, este amor lo tuvo, en grado altísimo, Domingo Savio. Como decía Don Bosco, la vida de Domingo Savio fue una serie de actos devotos hacia María. Todo lo que él encontraba en su devocionario en honor de María, lo rezaba, y se deleitaba con su Rosario.

Cuando contaba con doce años, en 1854, Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Cuentan que yendo por las calles de Turín se alegraba ante los honores tributados a María Santísima y quería hacer algo que correspondiese a tan excepcional evento. Pero, ¿qué podía hacer en honor de la Inmaculada Concepción? Pensó unir consigo a otros jóvenes, fundando así la Sociedad de la Inmaculada Concepción.

Y escribió a los catorce años, reglas de esta sociedad, reglas todas rebosantes de amor, en las que se ve el esfuerzo ascético, el entusiasmo del alma, del corazón que todo lo quiere realizar para honrar a María.

“Sonría, escribe, María Santísima a esta sociedad que ha sido constituida por su inspiración, y escuche nuestras plegarias y nuestros deseos”. De esta suerte, el joven angélico era también mariano.

Era su amor por María, un amor filial y veraz, porque, a las prácticas de piedad exteriores, correspondía su afecto interior. Hacía muchos sacrificios en honor de María, sobre todo el de la guarda de los sentidos. Habiéndole dicho un compañero: “pero, ¿qué haces con los ojos que no miras nada? ¿Para qué los guardas?, respondió: “los reservo para contemplar el rostro de María Santísima, si llego a ser digno de que me admita en su presencia”.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

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