Joven eucarístico


El Señor habita en sus tabernáculos: nosotros podemos hablarle todas las veces que lo deseemos, podemos llegarnos a Él, estar junto a Él. Esta es la respuesta que la humanidad debería dar a la Eucaristía, pero, desgraciadamente, no la da: Tabernáculos sin adoradores, Comunión no lo suficientemente frecuente, asistencia no devota a la santa Misa.

Pero Savio no obraba así. El Señor le concedió una doble gracia, porque cuando se solía retardar la Comunión, él fue admitido a hacerla a los siete años; cuando se trataba de establecer la frecuencia de la Comunión, él fue autorizado para hacerla diariamente. Todo lleno de amor a la Eucaristía, él razonaba así: “Soy feliz, nada me falta, falta solo el Paraíso que poseeré, el día en que pueda ver sin velos aquello que ahora adoro escondido en el altar; pero en realidad soy feliz desde ahora, porque lo que necesito, Él me lo da, ¡acudo a Él!”

No una sino varias horas permanecía delante de Jesús Sacramentado, como en aquel día célebre, en que, haciendo la acción de gracias a la Comunión, perdió por completo la idea del tiempo y fue hallado por la tarde, todavía en adoración.

Fervor eucarístico auténtico, es pues, el que Domingo nos enseña.

No tenía nobleza de blasón, porque era hijo de un herrero, pero, indelebles le corresponden los magníficos títulos de joven angélico, mariano y eucarístico.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

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