La Comunión frecuente (I)


Habiendo instituido Jesucristo el Sacramento de la Eucaristía para bien de nuestras almas, desea que nos acerquemos a Él, no sólo algunas veces, sino muy a menudo. He aquí las palabras con que nos invita: “Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, y yo os aliviaré”. En otra parte hace las más consoladoras promesas a los que se alimentan de su divina Carne: “Yo soy el Pan vivo, que descendí del Cielo; el que come de este Pan vivirá eternamente, y Yo lo resucitaré en el último día”. Para corresponder a estas invitaciones del divino Salvador, la Santísima Virgen y los cristianos de los primeros tiempos iban todos los días a oír la palabra de Dios, y todos los días se acercaban a la Santa Comunión. En este Sacramento encontraban los Mártires su fortaleza, las Vírgenes su fervor y los Santos su valor.

Si queremos secundar los ardientes deseos de Jesucristo y atender a nuestras necesidades, debemos comulgar con mucha frecuencia. Así como el maná sirvió de alimento diario a los Hebreos, durante todo el tiempo que estuvieron en el desierto hasta el día en que entraron en la tierra prometida, así la Santa Comunión debe ser nuestro Pan cotidiano, en medio de los peligros que nos rodean en este mundo, hasta que consigamos llegar a la verdadera tierra prometida que es el Paraíso. San Agustín escribe: “Si todos los días pedimos a Dios el pan corporal, ¿por qué no procuramos también alimentarnos todos los días con el Pan espiritual de la Santa Comunión?”.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

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