La Comunión frecuente (II)


San Felipe Neri animaba a los cristianos a confesarse cada ocho días, y a comulgar aún más a menudo. Además, la Santa Iglesia manifiesta el vivo deseo de la Comunión frecuente por medio del Concilio de Trento, expresándolo en estos términos: “Sería muy conveniente que todo cristiano fiel mantuviese su conciencia en tal estado de pureza, que pudiese comulgar cada vez que asiste a la Santa Misa. Y esto no con la comunión espiritual, sino con la Comunión Sacramental, para que sea más abundante el fruto que se recoja de este divino alimento”.

Dirá quizás alguno: ¡Soy un gran pecador! Si eres pecador, procura ponerte en gracia de Dios mediante el Sacramento de la Confesión, y luego acércate a la Santa Comunión, donde encontrarás fuerza para perseverar en el bien.

Dirá otro: Yo comulgo raras veces para hacerlo con más fervor. Esto es un engaño. Generalmente se hace mal lo que se hace raras veces; por otra parte, si son muchas tus necesidades, frecuente debe ser el socorro que proporciones a tu alma.

Otros añaden: Yo estoy lleno de enfermedades espirituales y no me atrevo a comulgar con frecuencia. Jesucristo les responde: “Los sanos no necesitan de médico, sino los que están enfermos”. Por eso los más débiles y enfermos tienen mayor necesidad de ser visitados por el verdadero médico de nuestras almas, Jesucristo.

Viniendo frecuentemente a nosotros, nos da las gracias que necesitamos para no caer en faltas graves, y nos borra las culpas veniales. En efecto, se ve que son menos perfectas las personas que comulgan raras veces, que las que lo hacen con frecuencia. ¡Ánimo, pues! Si queréis hacer el acto más agradable a Dios, el más eficaz para vencer las tentaciones y perseverar en el bien, acercaos a menudo y con buenas disposiciones a la Santa Comunión.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

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