Exhortación a los esposos


Tengan en cuenta, queridos hermanos, que el Matrimonio es necesario para la conservación del género humano, y les es concedido a todos, si no tienen algún impedimento. Fue instituido por nuestro Dios en el Paraíso terrenal, y santificado con la real presencia de Jesucristo nuestro Redentor en las Bodas de Caná. Es uno de los siete Sacramentos de la Iglesia, grande por su significado, y no pequeño en la virtud y dignidad. Colma de gracia a los que lo contraen con puras conciencias, con la cual gracia soportan las dificultades y pesadumbres a las que están sujetos los casados por todo el tiempo de su vida, y para que cumplan con el oficio de casados cristianos, y satisfagan la obligación que han tomado a su cargo.

Deberán considerar diligentemente, queridos esposos, el fin a que deben encaminarse las obras de vuestra vida; porque, en primer lugar, este Sacramento fue instituido para que procuren dejar herederos, no tanto de los bienes materiales, cuanto de la fe, religión y virtud de ustedes. Además fue instituido para que se ayuden el uno al otro a llevar las incomodidades de la vida y las debilidades de la vejez. Ordenen vuestra vida de tal manera, que mutuamente se presten alivio y descanso, evitando siempre las ocasiones de disgusto y malestar.

Finalmente, recuerden que ningún matrimonio entre cristianos puede ser legítimo sin ser sacramento; y que una vez realizada la unión matrimonial, es indisoluble hasta la muerte de uno de los cónyuges, porque lo que Dios unió, ningún poder humano puede separar. La dignidad de este Sacramento, que significa la unión de Cristo con la Iglesia, pide que se amen el uno al otro como Cristo amó a la Iglesia.

A ti, Esposo, Dios te entrega esta compañera; tú, que eres varón, sé su generoso protector, y coloca el honor de tu fuerza en ser el amparo de su debilidad. Recuerda siempre que se ha dado compañera, y no sierva. Así Adán nuestro primer padre, a Eva formada de su costado, la llamó compañera.

Se ocuparán ambos en actividades y ejercicios honestos, para asentar vuestra casa y familia, tanto para conservar el patrimonio, como para huir de la ociosidad, que es la fuente y raíz de todos los males.

Tú, Esposa, deberás estar sujeta a tu marido en todo: despreciarás el demasiado y superfluo adorno del cuerpo, en comparación con la hermosura de las virtudes; y deberás cuidar con gran diligencia los intereses de la familia: Intentarás no salir de casa si la necesidad no te obliga, y siempre con la licencia de tu marido.

A nadie, después de Dios, ha de amar más, ni estimar más la mujer que a su marido, ni el marido más que a su mujer.

Procúrense agradar mutuamente en todas las cosas que no contradicen a la piedad cristiana.

La mujer obedezca a su marido; el varón, por conservar la paz, ceda con prudencia el derecho de su autoridad.

Sobre todo, piensen cómo deberán dar cuenta a Dios de vuestra vida, de la de vuestros hijos y de la de todos los miembros de la familia.

Tengan ambos cuidado de enseñar a todos los miembros de la familia, el temor de Dios. Sean santos, y todos los vuestros sean santos, porque es santo nuestro Dios y Señor. Que Él los acreciente con numerosa sucesión, y después del curso de esta vida les conceda la felicidad eterna que es a la que deben aspirar para cantar sus glorias por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: Exhortación a los esposos del Ritual Toledano

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