Humildad y oración


¿Quieres adorar a Dios en verdad? Reconoce primero tu pequeñez, magnífica adoración que rendimos a Dios por el conocimiento propio; mi pequeñez, mi ruindad, mi pobreza. Aquí cabe muy bien esta palabra: la humildad es la verdad. La verdad está en conocer nuestra nada. ¿Por qué? ¿Qué somos? Segundo: conocimiento también junto con el de nuestra pequeñez, conocimiento de Su grandeza.

En esta Hostia está toda la omnipotencia, toda la sabiduría, toda la bondad de Jesucristo, porque está su Corazón vivo, como está en el cielo. Cuando así adoramos, lo hacemos en espíritu y en verdad. Después de la adoración hemos de abrir nuestro corazón a todos los demás afectos. Ya sabéis que en el Evangelio se nos presentan diferentes maneras de adorar; unas veces es postrarse profundamente guardando silencio. A veces a la adoración se unen lágrimas, gemidos y suspiros; a veces también acompañan palabras, expresiones, súplicas. Todas estas maneras diversas de adorar caben perfectamente ante Jesús Sacramentado. A veces basta que el alma se incline ante Jesús.

¿Qué hago yo si no se me ocurre nada decirle? ¿Que qué haces? Adora... Y espera. Si no sé decir nada... No importa, ese silencio basta; aunque sientas el corazón seco, árido, incluso molestado de tentaciones, no temas, sigue adorando, que esto solo ya es un acto magnífico ante Dios; y si luego consientes afectos de gratitud, de más inmolación, toma todos estos afectos que el Espíritu Santo te da y preséntaselos también a Jesús. Esta es una práctica principal que hemos de tomar.

Fuente: De los escritos de San José María Rubio, presbítero

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