San Agustín a los hombres de hoy


A quien busca la verdad le enseña que no pierda la esperanza de encontrarla. Lo enseña con su ejemplo, él la encontró después de muchos años de laboriosa búsqueda, y con su actividad literaria, cuyo programa fija en la primera carta que escribió después de su conversión: “A mí me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad”.

A los teólogos, que justamente se afanan por comprender mejor el contenido de la fe, deja Agustín el patrimonio inmenso de su pensamiento, siempre válido en su conjunto, y especialmente el método teológico al que se mantuvo firmemente fiel. Sabemos que este método suponía la adhesión plena a la autoridad de la fe, una en su origen, la autoridad de Cristo, se manifiesta a través de la Escritura, la Tradición y la Iglesia; la seguridad de que la doctrina cristiana viene de Dios.

Se sabe cuánto amaba Agustín la Escritura, y cuánto la estudiaba. La lee en la Iglesia, teniendo en cuenta la Tradición, cuyas propiedades y fuerza obligatoria pone de relieve. Es célebre su expresión: “Yo no creería en el Evangelio si no me indujera a ello la autoridad de la Iglesia católica”.

Frente al triste espectáculo del mal, recuerda a los pensadores que tengan fe en el triunfo final del bien, esto es, de aquella Ciudad “donde la victoria es verdad, la dignidad santidad, la paz felicidad y la vida eternidad”.

A los hombres de ciencia les invita también a reconocer en las cosas creadas las huellas de Dios.

A los hombres que tienen en sus manos los destinos de los pueblos les recomienda que amen sobre todo la paz y que la promuevan no con la lucha, sino con los métodos pacíficos, porque, escribe él sabiamente, “es título de gloria más grande matar la guerra con la palabra que los hombres con la espada, y procurar o bien mantener la paz con la paz, no con la guerra”.

A los jóvenes, a quienes Agustín amó mucho como profesor antes de su conversión, y como Pastor, después, él les recuerda su gran trinomio: verdad, amor, libertad; tres bienes supremos que se dan juntos. Y les invita a amar la belleza, él que fue un gran enamorado de ella. La belleza eterna de Dios, de la que proviene la belleza de los cuerpos, del arte y de la virtud. Agustín, recordando los años anteriores a su conversión, se lamenta amargamente de haber amado tarde esta “belleza tan antigua y tan nueva”, y quiere que los jóvenes no le sigan en esto, sino que, amándola siempre y por encima de todo, conserven perpetuamente en ella el esplendor interior de su juventud.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta apostólica Augustinum Hipponensem

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